gatoconejo

Marcelinho

29 de Mayo de 2005

A Marcelinho lo conocí en Trancoso, Brasil, durante un tropical atardecer, en febrero del 2004. Yo andaba mochileando y él vivía ahí.

Era tarde y aunque yo había venido de Arraial, en donde estaba alojando, con un amplio grupo de amigos, en ese entonces estaba completamente sola y distraída mirando el mar, desde el borde de una meseta que caía como un precipicio hacia ese azul oceánico anticipado de mucho verde. Estaba fascinada y completamente ida.

Fue entonces cuando en medio de mi silencio y desde la oscuridad, se me apareció este personaje, tincudo y moreno, armado de una sonrisa tan blanca que bien podría haber hecho de linterna. Se parecía a la del gato de “Alicia en un país de las maravillas”. Se me sentó al lado y, sin decirnos nada, vimos cómo se ponía el sol. Luego me preguntó, muy sonriente, en un portugués que no podría reproducir, y con muchas señas, si quería que me enseñara Capoeira. Dudando bastante de mis habilidades de contorsionista acepté, pero sólo porque mi espíritu de aventura era mayor que mi sentido de la humillación. Así pasamos varios minutos zamarreando con patadas y mortales el aire, él con destreza absoluta y yo como una feliz y orgullosa pre-principiante. Marcelinho se agarraba de la cabeza, horrorizado de mi performance, retándome y riéndose, e intentaba mejorarme, hablándome del fondo espiritual, de la conexión, del sentimiento de toda esta danza, para que yo lo sintiera… pero aunque mi mente lo entendía, mi cuerpo no se daba por aludido y seguía golpeando con torpeza el aire. Al final nos dimos por perdida en el tema y fuimos a caminar por otros lados, cansados y contentos.

“Un personaje alegre, este Marcelinho”, me dije, pero a medida que caía la noche nos conocíamos mejor y perdía esa condición de superhéroe para ir mostrando rasgos humanos. Marcelinho también tenía sus heridas, por mucha pinta que tirara y por mucha condición de bailarín que tuviera. Lo supe cuando, ya sentados afuera de un bar y con guitarra prestada, me cantó canciones que había inventado, y aunque yo no decía mucho (el choque de idiomas nos tenía cómodos callados) él igual de vez en cuando rompía ese silencio para explicarme porqué había escrito tal o cual y para contarme los motivos ocultos. En esas canciones había de todo: amor, odio, vida, muerte. También habían violencia y asesinatos. Drogas y violaciones… No era una vida tan bailarina y tropical la de Marcelinho. Aún así sus canciones tenían una melodía fascinante, y un espíritu que ha hecho que tenga pegadas una de ellas hasta este preciso momento. Eran puras y sensibles, sobrevivientes a cualquier maltrato.

Picada por la curiosidad y aprovechando mi condición temporal en su vida, luego de un rato, le pregunté porqué se resignaba a vivir así, escribiendo de un mundo que le dolía. Él me dijo que las canciones eran una manera de suavizar ese dolor y de proteger la alegría. Era feliz, me dijo. Sólo había una sola cosa que lo hacía triste. “¿Cuál es?” le pregunté. “Que no puedo hacer lo que más me gusta en la vida”. “¿Y qué es lo que más te gusta en la vida?” inquirí. “Enseñar Capoeira”, me contestó. “Pero si me enseñaste a mí”, le respondí sonriendo muy encantadoramente, y fue entonces cuando él me contó su propia tragedia:

A los 17 años tenía una vida oscura y desastrosa y entonces alguna especie de gurú lo inició en la Capoeira. Esta danza no sólo era movimiento, sino también salud y rito. Tenía orígenes en lugares que ahora no recuerdo. Orígenes poderosos, al parecer. Ayudado por ella, Marcelinho se salvó, y fue cambiando su vida. Empezó a ser cada vez más y más bueno en esta danza, tanto así que le pagaban para que la bailara. Fue después de un tiempo cuando le ofrecieron un trabajo bacán en Argentina, en donde podría perfeccionarse, al mismo tiempo que hacer cursos. Era mucha plata y una enorme oportunidad. Un ticket a la comodidad y al éxito.

trancoso2 Igual Marcelinho no quería irse; su única familia era su mamá, estaba vieja y no quería dejarla sola: él era lo único que tenía. Pero ella insistió y él se fue, sólo para a la vuelta descubrir que la había atropellado una micro y que se había muerto. Sola. Desde entonces, Marcelinho nunca más había bailado Capoeira. Al menos, no oficialmente. Sentía que era un insulto contra su mamá, porque por ella (la Capoeira) la había abandonado justo cuando más lo necesitaba. Y no lo había sabido. Ni había podido estar ahí. Marcelinho había cometido el pecado horrible de andar bailando por el mundo con su mamá muerta, sin ni siquiera saberlo. Le consumía el remordimiento y la pena y estaba dispuesto a cualquier cosa para responder a ella, incluído el quitarse a sí mismo su mayor alegría: el baile y todas sus flamantes puertas.

Igual después con el tiempo, había intentado volver al baile (esto había sido un año antes), porque entendió que su mamá no habría querido que, además de perderla a ella, perdiera eso, pero igual lo sentía todo manchado. Todo se la recordaba. Sentía que por culpa del baile él se había sentido glorioso y que por ello Dios había querido que lo perdiera todo. Por soñar. Y ahora estaba huérfano de todo.

Qué oscura visión, pensé, un poco mareada, pero luego lo miraba y veía que él seguía sonriendo. Me tranquilicé recordando que alguien que escribe esas canciones y que vive así no puede estar toda su vida encerrado en una idea tan suicida. Los sueños y la pasión son más fuertes y lo empujarían fuera de esa autocondena… Igual me dio una tristeza enorme, y tuve ganas de poder darle algo, pero vi que no podía hacer más que estar ahí, celebrar sus canciones y continuar el momento. Era todo lo que él y yo necesitábamos, además. Creo que estábamos conformes.

Luego nos separamos contentos, y quedamos en juntarnos esa noche en Arraial, pero como llovía torrencialmente, se cerraron las fiestas y en vez pasé el carrete con unos israelitas y una amiga, echando la talla y persiguiendo cangrejos por la playa mojada. Nunca más lo vi, pero me imagino que él está bien, como yo lo estoy, y como todos lo estamos en nuestras diferentes vidas, con nuestras diferentes perspectivas, fortalezas y debilidades. Tenía una sonrisa increíble y una forma muy vergonzosa de dedicar canciones que lo hacía adorable y que me hace recordarlo con cierto cariño, aunque con más cariño recuerdo su verdad. Y su canción, la cual estoy segura de que, si algún día logro tener una banda musical, haré tan pero tan famosa que él mismo la escuchará por su radio en Trancoso. Y entonces recordaremos.




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