gatoconejo

Personalidades

27 de Mayo de 2005

Febrero del 2002. Estábamos en Montañita, Ecuador, rodeadas de puros lugares paradisíacos. Llovía muy pero muy fuerte, y el grupo de viaje figuraba tomando kaipirinhas en un bar llamado Sucupira, muy tarde en la noche. El dueño del bar (que había llamado Sucupira al local por la teleserie chilena que justo vio – y le encantó – durante una breve estadía aquí) era casi uno más, haciéndonos descuentos y conversándonos de vez en cuando. Las horas pasaban rápida y festivamente, porque nosotras dale con brindar; en parte por el espíritu del viaje, y en parte por el frío y para esquivar la tormenta.

En algún momento de silencio me quedé mirando a una amiga. Ella estaba muy serena. Ninguna exaltación, ninguna risa en voz alta. Ninguna sonrisa. Su expresión era completamente seria y hacia adentro. Entonces me entró la curiosidad; ¿Acaso no lo estaba pasando bien? ¿Cómo podía ser si estábamos viviendo todo lo que se requería para un viaje espectacular, que además recién empezaba?: Paseos, libertad, viajes en camionetas prestadas, gente nueva, comida rica, largas conversaciones, dedo en la carretera, baños de mar en plena noche, aperitivos en jacuzzi, paisajes alucinantes, romances, problemas con la policía local y el toque de queda, compras entretenidas, ataques de risa, alojadas aperradas en buses y merecidas en cómodos hostales, etc, y más etc. No lo podía entender y después de un rato, patudamente me empezó a molestar. Estaba a punto de decirle algo, ya rumiando mi oposición, cuando ella me miró y me dijo, suave, dulcemente: “Qué increíble todo esto. Éste es uno de los momentos por los que vale la pena vivir“.

Plop… ¡Así que estábamos sintiendo lo mismo, pero a nuestra propia manera! Sonreí y no le dije nada de eso, sino que conversamos de otras cosas. Luego las otras amigas se fueron y ella y yo nos quedamos pegadas. Ya no caminábamos tan bien, y a ella se le había roto una chala con el barro, pero igual fuimos después a cachar una fiesta electrónica, que se canceló por la gran tormenta gran, arrasadora de todo. Ya sin más panorama allí, en un acto heroico / suicida, nos devolvimos caminando al hostal que quedaba a las afueras del pueblo por la playa, con el mar hasta la cintura. Harto que teníamos ganas de vivir para desafiar así el clima, aunque tampoco lo pensamos mucho…

Al día siguiente supimos que la lluvia había dividido en dos el pueblo, y eso nos estancó un día entero allí, que pasamos contemplando el lugar sucio y todo dado vuelta por el flamante poder de la naturaleza… pero ya no era tan importante “atrasarnos” porque, sin duda, el espectáculo era otro momento por el cual vale la pena vivir, y, además, siempre habrían más de esos momentos, sin importar dónde estuviéramos y el temperamento con que los tomáramos.




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