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Fauna en Arquitecto Sullivan – PARTE 1

13 de junio de 2005

He tenido la suerte de crecer llena de animales, dentro y fuera de mi casa, todos los que hemos podido tener. Por contar sólo con un jardín chico nunca han sido tan magníficos y lujosos como un perro siberiano o un golden retriever (el sueño dorado de mi familia), pero eso no nos ha impedido haber tenido la más variada gama de animales únicos, todos con su propia personalidad. Lo más entretenido y emocionante ha sido ver cómo cada uno de ellos es inconfundiblemente él mismo y al final tan poderoso como cualquier otro, incluso que los sueños de perros enormes. También ha sido lindo ver cómo las personas forman lazos con ellos, los defienden, los cuidan y los esconden de los niños cuando mueren (en este caso los papás). Yo les contaré cómo ha sido.

A mis 9 meses llegamos a vivir a esta calle. Antes de eso, mis dos hermanos grandes tuvieron muchos animales, que son míticos para mí: el pato que se lo comió el gato callejero, los polllitos que les regalaron para los cumpleaños, que luego fueron degollados por la puerta o, otra vez, el gato callejero; el beagle Panchito que se metía con ellos a la tina, y así sucesivamente, pero yo no conocí nunca a esos seres y tampoco fueron parte de la fauna de Arquitecto Sullivan, sino de Espoz.

Mi primera mascota llegó a mi casa cuando yo tenía unos 4 años y fue una tortuga que se llamaba Guillermina, como la de la Mafalda. Era mía y de mi hermano Ricardo, 4 años mayor que yo. No era un animal emocionante, pero a nosotros nos encantaba. Tratábamos de pintarle el caparazón con scripto y nuestra mamá nos retaba diciendo que las tortugas se ahogaban así, porque también respiraban por ahí. Era difícil resistirse a hacerlo, hasta que ella nos enseñó a contar la edad según las celditas que se notan dibujadas en el mismo caparazón. Entonces la Guillermina pasó a ser una obra de arte ambulante, siempre sólida y dura como la verdad misma, aunque en general imposible de acariciar por estar siempre escondida adentro. ¿Por qué hace eso, mamá? le preguntaba, ¿por qué se mete ahí todo el rato?, y ella me decía que porque era su casa. Era interesante la idea pero yo no entendía porqué nosotros no teníamos también una. También tenía unas ganas enormes de verla entera fuera de ella, y si hubiera sido un poco más de armas tomar quizá hasta le habría roto el caparazón pensando que podría después conseguirse otro, que los fabricaban en alguna parte. Por suerte no lo hice porque la verdad es que, pese a tanta tortura, la quería muchísimo y me sacaba hasta fotos poniéndola cerca de mi cara, siempre sonriente, siempre dulce, toda una niñita.

Lamentablemente, ella no estaba ni ahí con nosotros. Nunca estaba porque siempre ocupaba todo su tiempo en la tierra bajo el pino el jardín, haciendo hoyos y complejas excavaciones, siempre en el mismo exacto lugar. Ya ni siquiera nos amargábamos cuando se perdía porque ya sabíamos dónde buscar. Ahora recuerdo y supongo que quería escaparse. Un tarde cualquiera al fin lo logró. No pudimos encontrarla nunca debajo del pino, sin importar cuántos hoyos hiciéramos, pero no le di mayor pensamiento porque mi mamá dijo que las tortugas eran hacedoras de túneles secretos, como los enanos de los cuentos y que estaba feliz en su lugar soñado. Mi única pregunta fue porqué no había estado en su lugar soñado desde el principio. No había querido hacer a la tortuga huérfana e infeliz, pero con el tiempo lo olvidé, especialmente cuando llegó la siguiente mascota: la Pelusa.

La Pelusa era una gata nada de original y nada de simpática. Ella sí que no nos quería pese a que solamente la tiramos al aire (para ver si caía parada) en total unas 10 veces (y casi todas mi mamá). Pero ella tuvo muchos gatitos a lo largo de su vida. No perdía tiempo: tenía hasta 3 camadas de 6 gatos los primeros años, y nunca menos 2 de 4 los últimos. Según mi papá, tuvo 38 gatitos y según yo, 67, pero no creo que ninguno tenga el dato correcto. Y esos gatitos me hacían enormemente feliz.

A todos ellos les ponía los mismos nombres. En cada camada había un “Bobby”, un “Billy” y alguna “Micifuz”… me encantaban esos nombres porque eran como de película. Vivían con nosotros hasta que cumplían un mes y luego mi papá se los llevaba a la fábrica de cerámica que entonces tenía, y los regalaba. Él siempre se reía diciendo que era el terror de los ratones de Renca, y de más que tenga razón. De vez en cuando me llevaba con él a la fábrica y yo aprovechaba de chequear a los gatos ya crecidos, lejos lo más excitante para mí… Era rarísimo ver a gatos grandes, porque el único gato grande que conocía, era la Pelusa, quien me hacía heridas cada vez que la tocaba (rasguñones triples, con toda la garra) pero sus gatitos nunca fueron como ella, sino seres casi celestiales para mí.

Aunque la Pelusa era, sin duda, una gata arisca, amaba a mi mamá, y tenían una relación muy de la naturaleza, como hermanas en el hecho de que ambas fueran madres. Mi mamá algunas veces la ayudaba en los partos y luego me contaba, emocionada, todo el proceso de los gatitos saliendo en bolsas y luego la Pelusa limpiándolos. A veces incluso los tiraba desde afuera cuando los gatos estaban estancados en salir, pero nunca tuve oportunidad de verlo. Además, mi mamá tenía una paciencia de santa porque la Pelusa, casi cada vez que tenía a sus gatitos, desaparecía, para al día siguiente aparecer todos las crías en un cajón de ropa de mi hermana grande. A la Pelusa le encantaban esos cajones. Mi mamá los limpiaba pacientemente sin retarla nunca, pues consideraba que la gata seguía a su instinto maternal y luego los trasladaba a todos a la caja de cartón de rigor. Se mostraba siempre tan fascinada como yo, aunque ahora sospecho que su felicidad era más por gusto de ver la mía que por otra cosa.

48 Era sumamente emocionante todo el proceso. Mi mamá se pasaba fijando adónde iba la Pelusa cuando ya estaba gordísima, para prevenir el ensucie de ropa pero nunca la veía, aunque yo siempre, yendo furtiva por el lugar menos esperado. Tenía a los gatitos en el techo o en cualquier lado y luego los trasladaba uno a uno, con el hocico, al cajón de la ropa de mi hermana (nunca la mía). Yo miraba extasiada el espectáculo nocturno, la Pelusa recortada contra la noche con un gatito maullante y minúsculo tomado con los dientes, y casi siempre sabía que los iba a meter a la ropa, pero nunca decía nada y nunca lograba captar el momento exacto (que anhelaba secretamente capturar, razón por la cual no la acusaba). Era alucinante y lo único que me daba miedo era que se comiera a los gatitos pero mi mamá decía que no pasaría (mi papá que sí pero que con los gatitos enfermos), así que era libre para la aventura de encontrar a los gatitos ensangrentados, por estar recién nacidos, al abrir el cajón, lo que era el mejor regalo de navidad, pascua, o cumpleaños posible. Yo era intensamente feliz y creo que todos en mi casa eran felices por mí, incluso mi hermana que nunca alegó por su ropa pese a ser muy adolescente entonces. Además, creo que a todos nos hacían gracia los gatitos. Aún así nunca pude convencer a mis papás que me dejaran quedarme con alguno, pero igual yo estaba tranquila porque sabía que era parte del trato. Me sentía mucho más afortunada que otras personas que tenían gatos operados.

Lo cierto es que aprendimos tantas cosas con ellos, todos juntos, desde la naturaleza animal, hasta a echarles gotitas cuando tenían conjuntivitis, desde meter al gato más débil a a la hora del amamantar (que se quedaba afuera), hasta el aceptar la muerte cuando alguno venía muy mal parado. Aún así mis papás escondieron de mí la muerte de un solo gato muy favorito, el “Negro” (que fue el único negro completo de todos los que hubieron) que desapareció entre un día y otro cualquiera de colegio. Cuando les pregunté me dijeron que le habían encontrado una mejor casa, sólo que antes de tiempo, o algo así, y me extrañaba porque ya cachaba cuándo los gatos podían separarse de su mamá y cuando no (generalmente se iban apenas podían) y el Negro era muy chico, pero igual les creí. Años después supe que se había muerto justamente por ser el más negrito, de insolación, al ser verano y atraer tanto el sol (casi siempre estaban al sol, pero nunca a otro le pasó algo), pero lo único que sentí fue ternura de parte de toda mi familia al respecto. Además, mientras duró era un gato muy feliz. El más lindo de todos los que hubieron. Era espectacular.

Por otro lado, la Pelusa no sólo era una madre, era también un gato gracioso en movimiento y salvaje en instinto. Una tarde estuvo juguetando / forcejeando, a vista y presencia de todos, con un ratón, y mi nana llamó a mi mamá a su trabajo, chillando por el teléfono con que ella no se bajaba del piso de la cocina (cual película) hasta que ella viniera. Mis hermanos y yo éramos muy chicos así que se volvió altiro, pero no para horrorizarse, sino que para quitarle el ratón de su misma boca. Como dije, mi mamá y la gata eran hermanas en la naturaleza de una forma casi poética y se enfrentaban de igual a igual. El gato soltó algo parecido a un ladrido de perro, algo increíble que nunca más he escuchado ni de forma suavizada o parecida, pero al final dejó ir al ratón. Yo no sé cómo no mordió a mi mamá, quien tampoco estaba feliz con el suceso, pero consideraba que un gato al que sus hijos besaban no podía comer ratones… Un tiempecito después la Pelusa le dejó dos lauchas medias muertas sobre su almohada, como una forma de regalo pensamos, porque la amaba, o bien una forma de decirle que tuviera sus propios ratones y no le quitara los suyos. Era todo siempre muy divertido.

Al final la maternidad consumió a la pobre Pelusa, quien era un gato esquelético y oscuro. La Colorina, flamante gata de mi prima Flora, tenía 2 años más y era un modelo de juventud y flexibilidad, que daba gusto mirar, mientras la Pelusa se apagaba inexorablemente. La pobre gata duró solamente unos 7 o 8 años, toda mi época de colegio en primer ciclo y algo del segundo, pero por lo menos su vida fue harto más fecunda. Era un gato bastante heroico, aunque lejano. Quizá por eso no me acuerdo bien de qué pasó cuando murió, sólo que lloré por ella pero más por el símbolo de ella, o por deber que por ella misma. Aún así todavía le estoy inmensamente agradecida por haber aportado su vida a toda esta familia y por haber entrelazado a ella la suya propia.




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