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Fauna en Arquitecto Sullivan – PARTE 2

14 de junio de 2005

Y luego vino el loro. Alguien se lo regaló a mi hermana cuando ella estaba en media. Yo todavía era chica (tengo 7 años menos) y estaba fascinada porque encontraba que era lo máximo tener a un loro que hablara, como en las películas, sólo que el loro no quería nada con nadie. Estaba todo el día dentro de su enorme jaula, saltando de un palo a otro y siempre enojado, intranquilo, descontento. Además, el pobre loro ni siquiera tenía nombre, pero sólo porque no nos poníamos de acuerdo en cómo ponerle (cosa que nos pasa bastante), así que quedó en “loro” porque, total igual ni nos miraba cuando lo llamábamos.

Desgraciadamente, aunque me agradaba el pájaro y le hablaba muchísimo (al principio, después me aburrí), yo tampoco fui buena para él, aunque no a propósito. Resulta que, en una tarde cualquiera, peleaba con mi mamá en el jardín porque no quería bañarme. Mi mamá me daba los medios argumentos para convencerme y así evitarse una pelea meramente física. Uno de ellos fue: todo el mundo se baña. ¿Todo el mundo, incluido el loro? le pregunté, apuntándolo, ya que él estaba justo ahí al lado, muy ad hoc a la situación. Sí! exclamó ella, con una enorme sonrisa y encantada de que se le hubiera hecho tan fácil: a los loros les encanta bañarse, a todos los animales les gusta jugar en el agua!!! Así me convenció y dejamos el tema pero yo me quedé pensando en él. Estaba feliz de tener un supuesto punto en común con el animalito y estaba deseosa de usarlo.

Así fue como, un par de días después, preocupada por el carácter del loro pensé, le voy a dar una sorpresa tan feliz, para que esté contento… así que CHUAZAM, lo agarré a manguerazos. El pobre loro, si era irritable, desde ahí quedó simplemente histérico. Justo estaba mi mamá al lado quien me retó porque no entendía qué estaba haciendo, pero cuando le conté le dio un poco de pena y hasta me mintió diciendo que no era tan terrible. Luego, por fin, al ser incapaces de darle felicidad, lo regalamos, al hijo de un señor que trabajaba con mi mamá. Después de un tiempo supimos que el pajarito allá era simplemente dichoso, que ya no vivía en la jaula (yo trataba de sacarlo y no estaba ni ahí, no es que nosotros lo hubiéramos querido encerrarlo) y que se pasaba todo el día posado en el hombro de su amo, mientras éste estudiaba. Me alegré mucho de que el loro fuera ahora un ser alegre como su color brillante, y además medio pirata, pero me quedé con la idea de ser totalmente incapaz de comunicarme con ellos, tanto que todavía no logro ni que me miren los de las tiendas de mascota.

De ahí pasaron algunos años sin animalitos, hasta que, cuando tenía 12 años luego de ir a una feria de los perros en la Estación Mapocho, logré convencer a mis papás de que compráramos un cocker spaniel. A mi papá le encantó la idea porque decía que de esa raza era la dama de “La dama y el vagabundo” y que tenía la nariz respingada igual que mi mamá. A mi mamá no le entusiasmaba mucho, principalmente porque siempre termina siendo ella quien se ocupa realmente de todos los animales, pero también aceptó y un día fuimos a buscarlo a una casa, era un cachorrito precioso, totalmente dorado y le pusimos Benito porque a mi papá le encanta el personaje de Benito en “Don Gato” (que es un gato, ojo).

Benito era un perro precioso y adorable. Mi mamá lo bañaba cada vez que le daban ganas y el perro dócilmente se entregaba, sólo para correr después a refregarse contra el barro lo antes posible. Además, cantaba conmigo. Yo le inventé una canción muy mamona que decía cosas que acá no repetiré, en notas muy altas y persistentes. Nos encantaba esa canción, tanto así que él aullaba cada vez que se la cantaba, y al final realmente era cantarla juntos. Además, viendo cómo aúllaba, aprendí a hacerlo yo también y así, hasta el día de hoy puedo hacer una imitiación muy pero muy respetable.

Además, Benito era mi compañero. No dormía conmigo (dormía con mi hermano chico, Pablo) pero íbamos juntos a comprar pan y a pasear. Lo mejor era cuando yo iba en patines, porque entonces él no se asfixiaba por yo no correr, sino que actuaba como un propulsor mío. Éramos un verdadero espectaculo y a veces las personas nos gritaban desde los autos.

Fuimos muy felices, hasta que un día, cuando ya tenía 4 años, lo cruzamos con la perra de una amiga de mi hermana y le cambió el carácter. Según mis papás se hizo “macho” pero era más que eso. Nunca he visto a un perro tan agresivo. Empezó a morder a todo el mundo, incluso niños, y llegó un día en que empezó a morderme a mí. Llegué a tenerle verdadero miedo pero mentía para protegerlo porque en mi casa ya nadie lo quería, y eso me daba mucha pena. Igual lo regalaron, pero sin decirme, a un señor que trabajaba con mi papá, cosa que me entristeció pero, al mismo tiempo, me alivió porque no quería ser yo quien tomara la decisión. Curiosamente luego supimos que al perro se le suavizó el carácter y parece que era muy feliz allá. Quizás porque habían muchas perritas. Y mucho después supe que lo habían atropellado y entonces lloré bastante, porque de verdad fue mi compañero pero me alegré de que, antes de morir, hubiera vivido momentos como los que vivió conmigo.

Simultáneo a Benito, tuvimos también unos peces, en un acuario que había en mi pieza. Era super bonito, pero demasiado ruidoso en la noche. Además, nunca cachábamos como alimentarlos. Eso sí, habían 2 peces que eran especialmente lujosos, gorditos, con una piel brillante como de gamuza. El macho era enorme, también se llamaba Benito (valga la rebundancia) y era azul. La hembra también era grande, pero no tanto, se llamaba Nyso (por una clave con mi prima Flora) y era roja. Con el tiempo ella empezó a botar huevos por todas partes y estuvimos muy estimulados pensando que tendríamos pececitos, pero nunca logramos entender bien el proceso, así que nunca funcionó.

El acuario también tenía un coral enorme. En él se escondían los peces chicos de los peces grandes, aunque no habían peces tan grandes, al principio. Luego, al volver de las vacaciones del ’94 me encontré con la sorpresota de que uno de los peces había crecido casi de forma mutante. El acuario estaba lleno de peces chicos, blancos y muertos, flotando. Fue horrible. Por último alguien podría haberlos sacado antes de que yo los viera. Los peces Benito y Nyso estaban vivos y radiantes, ni ahí con el resto, en su calidad de príncipes deslumbrantes y algunos otros pocos pececitos estaban escondidos, casi incrustados en el coral en su afán de invisibilidad.

Luego supimos que los peces tienen el corazón super débil y que mueren fácilmente de miedo, entonces no era todo culpa de pez grande, pero mi mamá igual decidió terminar con el asunto y tirarlo por el water. Fue triste pero también divertido, tragicómico en realidad. Otra vez tomó la decisión por mí porque yo no podía matarlo pero tampoco podía tener pececitos si morirían de miedo. Luego compramos más para rellenar pero cuando murieron los dos peces lujosos, el ’95, dejamos de preocuparnos de los pececitos (que ya eran muy pocos) y en cierto modo los dejamos morir. No fue una buena experiencia, en realidad para mí, pero no porque no hayan sido lindos sino que porque eran tan débiles y morían con tanta facilidad. Me sentía impotente con todas esas muertes y también con las vidas sin nacer, es decir, los huevos de la Nyso siempre cayendo y cayendo. No sé si alguna vez habrá habido algún animal tan obviamente fértil.

Afortunadamente, no tenía toda mi mente ni en los peces ni en el perro, porque a fines del ’94 apareció el canario más lindo que he visto en mi vida. Era un canario finísimo, escapado de una casa, completamente amarillo y saltaba alegre sin que lo pudiéramos agarrar. Queríamos obtenerlo a toda costa, no sólo porque era lindo, sino que porque, si no lo hacíamos nosotros, lo harían los diuques.

Mi nana tuvo la excelente idea de ponerse uno de esos guantes amarillos terapéuticos y empezar a jugar con él, como si su mano fuera otro canario. Simón cayó, porque así le pusimos cuando llegó a la casa. Presa de la excitación llamé a mi mamá, y ella compró una jaula a un precio módico. El canario era feliz en ella, y aunque veces lo soltábamos, no quería salir. Luego convencí a mi mamá de que le compráramos una polola. El vendedor de la tienda nos dijo que no era buena idea, porque si el canario era macho (como Simón), cantaría mucho más si estaba solo, pero nosotras preferíamos que fuera feliz y así compramos a la canaria. Era naranja y linda, pero no tanto como él. Luego agregamos a unas caturras, dos parejas, porque eran una ganga al lado de los canarios y nos sentíamos muy pudientes entonces, y así todos juntos tenían una verdadera sinfonía.

El Simón también cantaba conmigo. Cada vez que yo le decía alguna frase me contestaba con un simple, corto y directo: “pii”. Era impresionante, porque sólo lo hacía conmigo. Otras veces me encerraba con todos ellos en el patio de luz (estaban ahí para que no se los comieran los diuques) y cantábamos horas. O sea, yo cantaba y ellos me hacían coro de pajaritos. Era como ser la niña de las praderas, pero en versión camuflada. Lo pasábamos chancho, y yo amaba a todos los pájaros aunque Simón era mi favorito porque, además, él no me tenía ningún miedo y me dejaba tocarlo.

Los otros pájaros también eran interesantes. Había un pobre caturro azul que mataba a todas las caturras de ataque al corazón. Al principio yo no me daba cuenta porque mi mamá corría y corría a buscarle pololas iguales para que yo no cachara y llorara, pero luego de demasiadas muertes mi mamá se declaró en bancarrota y me dijo que ya no podía con más, así que quedaron sólo los dos caturros machos (porque también mató del corazón a la polola del otro). Lo que pasaba es que el pobre caturro azul tenía un sex appeal realmente deficiente. Todos observábamos cómo él se pasaba el día entero cambiándose de barra (había dos barras en la jaula) donde las pájaras y cómo ellas se pasaban, pacientemente, de vuelta a la otra. Era un movimiento seguro y perpetuo. El caturro era buenmozo, a mi parecer, pero igual no tenía éxito. No había acción para él. Yo no sabía que era tanto lo mal que le iba como para matar a sus parejas, pero parece que era demasiado horrible para ellas.

Un tiempo después, mi mamá en un ataque de inspiración, volvió a comprar dos caturras hembras y esta vez le funcionó. La caturra de él era realmente especial, comía de la mano cuando uno le daba comida, y se posaba en el hombro al salir de la jaula, como el loro mítico. Era increíble y mi prima Nicole gozaba tanto como yo y a veces venía a mi casa sólo para darle comida de la mano, pero todo eso se echó a perder cuando el gato que llegó después, del que todavía no hablo, creció y terminó con TODOS los pájaros. Todos, excepto el Simón, que era lejos el más inteligente, cosa que presencié, una tarde al llegar del colegio y ver al gato colgando de la jaula, y al Simón volando justo al centro, sin moverse para nada, como un picaflor que levitase. Eché al gato y consolé al Simón, pero él estaba imperturbable, como un pájaro zen, tanto así que seguía haciéndome “pii” a cada una de mis consternadas preguntas.

El gato significó el fin de todos los otros pájaros y era una pena, pero había que optar y al final preferí al gato. Gracias a Dios el Simón quedó libre de sus garras (eso sí me habría dado pena), pero el gato al final lo respetaba y hasta dejó de mirarlo de esa forma selvática, con tal que el Simón murió de viejo a una edad muy inusual para un canario, 6 años. Con mi mamá lo enterramos en el jardín, con el corazón inflamado de sentimiento. Era un canario realmente especial y querido y tenerlo había sido un verdadero privilegio. También era divertido porque cuando hacía frío y estaba resfriado, piaba con voz afónica y mi mamá, creativamente, molía aspirina y la ponía en su agua.

Por último, en esta tanda, estaba el gato. Le pusieron Matías, Cual y muchos otros nombres, pero en la casa era solamente el gato. Cuando lo presentábamos, era Cual, y gozábamos las caras de las personas.

Para mí fue amor a primera vista. Un día, cuando volví del colegio, en primero medio, estaba media dormida en la cama de mi mamá (en esa época todavía estaba creciendo y me pegaba unas siestas históricas) cuando la vi llegar, con mi hermano chico, que entonces tenía como 7 años, con un gatito enanísmo y amarillo. No habrá medido más de 15 centímetros. El gato maullaba desconcertado y triste, y mientras los otros iban a comer algo, lo tomé, y le hice una cunita con mis brazos. Me quedé dormida, entonces, de guata en la cama, con el pequeñísimo gato justo debajo de mi cara, entre el cubrecama y mi mejilla.

Un par de horas después desperté porque mi hermano chico estaba medio llorando, llamando al gato. Me desperté, un poco extrañada de mí misma, y le dije, acá está, y ahí estaba el gatito, hecho un ovillo, completamente entregado, durmiendo diminuto.

Para mí fue un gato realmente especial, aunque no siempre fue un gato pequeño. Luego creció para ser un verdadero macho cat, disponedor de una sola bola pero enorme, y responsable de que hayan, hasta hoy en día, manadas de gatos amarillos como él en mi barrio. No quisimos castrarlo porque decidimos que no queríamos quitarle el placer de su vida. Así, vimos al gato vivir en las épocas de romance como un herido en guerra, siempre peleando en el techo, siempre herido, siendo un gato vividor y un poco peligroso, flaquísimo, para luego en las épocas abstemias ser una cosa gorda y lozana, siempre exquisita, siempre ronroneadora.cual y yo

Original como era, se subía a la hamaca y se empujaba con el pie. También iba a buscar a mi hermano chico a la salida del callejón cada vez que volvía del colegio. Era el gato más choro, grande y sexy que he visto. Caminaba como si poseyera el universo entero, y aunque era anaranjada, su guata era blanca, como un secreto, pero un secreto hasta ahí nomás porque bastaba rozarlo para que se pusiera en automática posición de cariño. Dormía en las posiciones más divertidas de la Tierra. Era un gato muy estiloso y además nos ayudaba a mantener la línea porque, cada vez que alguien iba en la noche a la cocina, le mordía los pies y dolía bastante. Sin embargo, era un juego para él y también, al final, para nosotros.

Los mejores recuerdos que tengo de él no son tanto por las cosas inusuales que hacía o lo divertido que era, sino que por el cariño que daba. Por ahí estuve en una época pésima de mi vida, y aunque él no estaba siempre en la casa, entonces se la pasaba al lado mío; cuando me desvelaba, cuando escribía, cuando veía tele, cuando dormía, y llenaba los silencios, las heridas o las dudas con su presencia. Me miraba con esos ojos enormes y amarillos para luego ronronear de una forma casi estereofónica porque, de una forma suave e indiscutible, lo sabía todo. Y no fue sólo entonces cuando pasábamos horas tendidos durmiendo abrazados en el suelo junto a la estufa. No sé si podría decir algo más que eso pero fue trascendental para mí, porque el gato me causaba gracia siempre, e incluso en un tiempo en que pocas cosas lo hacían, sentía su cariño, su compañía y era realmente mucho. El gato iba y hacía su vida por el mundo, lo que era bueno para todos, pero luego siempre volvía, a veces hecho mierda, pero volvía, con su mirada magnética, siempre entregado a nosotros. Yo era muy feliz con sus vueltas porque la verdad es que yo lo amaba profundamente, tanto que era como si se llenaran las piezas cuando él entraba.

El problema es que el gato tampoco duró tanto. Llegó a la casa el ’96 y se murió el 2001. El carrete y las peleas lo tenían destruido. Estaba flaquísimo y tenía un olor horrible, como si se estuviera muriendo por dentro, pero no había ninguna posibilidad de meterlo a algún tratamiento porque justo coincidió con un período de vacas raquíticas y moribundas. Fue horrible tener que verlo morir cuando él había sido mi gallardo compañero, pero no había otra opción, así que lloraba a veces con él junto a la estufa. Además, aunque estaba realmente enfermo, igual siempre venía a la casa, a lamerse sus heridas y por eso pudimos aprovechar hasta el último momento.

Un día lo encontraron muerto a la entrada de mi callejón. Llevaba como 3 días fuera y venía de camino a la casa. Lo atropellaron, al parecer. Yo no lo vi pero mi hermano grande, quien lo encontró, sí, y lo fue a enterrar al lado del Mapocho con un amigo. No en la casa porque mi mamá tiene recelo de enterrar a animales muy grandes, por los bichos… La verdad es que lloré muchísimo y todavía lloro a veces cuando me acuerdo. También lloraron otras personas de la casa, aunque nadie tanto como yo… Es que más que llorar porque se haya muerto (es imposible que hoy no exista en alguna parte), me emociona profundamente esto de estar tan consciente de que fuimos tan pero tan felices y de que nos conocimos tanto.

Es por eso que todavía lagrimeo a veces cuando me acuerdo, porque es realmente extraordinario lo que puede acompañar y alegrar un ser vivo a otro, aún cuando no sea un ser humano… ese gato tenía alma y me siento muy feliz de haberla conocido, como también él desde su alguna parte…




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