gatoconejo

Fauna en Arquitecto Sullivan – PARTE 3 Y FINAL

24 de Junio de 2005

Y después del gato amarillo vino el Rafa. Mi mamá había decidido que no más animales por un tiempo, pero mi papá, luego de mirarlo en secreto varios fines de semana seguidos, junto a mi hermano chico, en la feria de Vitacura, un día de la nada llegó con él, creo que a finales del 2001. Lo había querido hace mucho tiempo.

El Rafa era un salchicha y a mi papá le encantaba porque decía (otra vez) que tenía la nariz respingada igual que mi mamá. Lo encontraba precioso y es cierto que cuando llegó lo era, una cosa chica y larga envuelta en un chaleco de lana tejido a mano. La verdad es que era un salchicha muy lindo, de piel lustrosa como de caballo y ojos casi españoles. Lo único que tenía feo es que se le salía su cosa todo el día, y era roja, mojada y brillante, como un rouge casi fosforescente. Mi mamá siempre lo retaba y el Rafa entendía, y la guardaba altiro, pero sólo le hacía caso a ella… Igual no era tan grave, sólo fea, y con mi hermano chico nos daba más risa que otra cosa. Muchas veces le decíamos “Nanny” porque en esa serie la protagonista, que es una niñera, es contratada por el otro protagonista al aparecer por ahí vendiendo cosméticos, como el rouge que llevaba, flamante, el perro. Y el Rafa venía feliz adonde nosotros porque el hecho de que lo llamáramos (y no cómo) era siempre más importante (además, claramente no sabía de qué hablábamos).

Pasamos varios momentos agradables. Pablo le hizo un collar con nombre de príncipe (“Rafael Alberto VII” o algo así) por si se perdía y nos reímos cuando lo leíamos pomposamente. También nos reíamos cuando, en días calurosos, lo perseguíamos con la manguera (mi mamá incluida) mojándonos de paso a nosotros mismos. El animalito era entretenido de observar porque, como toda mascota, tenía sus hábitos y horarios e incluso un recorrido en el jardín a la hora de correr y ladrar, que mató todo el pasto y quedó como un verdadero sendero. También guardo un recuerdo especial del año nuevo del 2002 en que con mi mamá y Pablo salimos con maletas a dar la vuelta a la cuadra, y él corría como un loco alrededor de nosotros. Creo que nunca he visto a un perro tan exaltado y tan feliz.

Pero eso no era todo. Como tenía las patas cortas, lo más divertido para jugar con él era la escalera. Uno daba un paso para subir y el perro inmediatamente estaba arriba. Lo mismo para bajar. Nosotros pensábamos que era un perro embalado simplemente, hasta que un día nos dimos cuenta que lo que pasaba era que tenía las patas muy cortas como para darse la vuelta dentro de la escalera misma, así que no le quedaba otra que hacer el recorrido entero. Admito que a veces lo torturábamos con eso, nos parábamos en la mitad de la escalera, sólo para dar un paso para arriba una vez, un paso para abajo otra y el Rafa corriendo, subiéndola y bajándola, como un loco. Lo más interesante es que JAMÁS se cansaba, sin importar cuánto rato estuviéramos en eso. Estaba feliz y todos nos sentíamos alegres en eso.

En todo caso, lo más interesante del Rafa, no eran sus hábitos de horario o de juego, sino su absoluta falta de barreras. Dormía con todos nosotros, incluso con mi hermano grande (que no lo quería nada), a diferentes horas del día (siempre las mismas). A mí me tocaba como desde las 3 de la mañana hasta las 7, que es cuando despierta mi papá. Si estaba en la casa lo sentía subir por las escaleras con sus patitas cortas, para luego sin ningún preámbulo, meterse bajo mis sábanas y dormirse en mis pies. Venía siempre muy contento, inocente y campante, sin considerar siquiera la idea de algún rechazo. Yo estaba entonces en una etapa muy arisca y achorada de mi vida, y aunque me agradaba el perro, cuando iba a dormir conmigo era raro para mí, y sentía una mezcla entre risa, extrañeza, y rechazo, pero igual nunca lo eché y con el tiempo llegaron a emocionarme esos momentos, tanto así que los esperaba.

Desgraciadamente, algo le pasó al Rafa que se convirtió en un perro miserable (en el sentido de que inspiraba miseria). Después de un tiempo pasó que siempre tiritaba, siempre lloraba, y si uno salía de la casa aunque fuera a comprar una bebida, a la vuelta, de la emoción se hacía pipí encima de uno. Era bastante inquietante, y agotador, y no sabíamos qué hacer con él. Le dábamos bastante atención, en especial mi papá, que lo amaba, pero al parecer no era suficiente para él porque empezó a hacerse pipí no sólo encima de nosotros al llegar, sino que en todas las partes de la casa y todo el día. Y lo peor ni siquiera era eso, sino que se veía siempre infeliz, excepto cuando estaba con mi papá, y se veía infeliz de una forma tan obvia y gráfica que todos nos sentíamos deprimidos ante su presencia.

Así que, luego de un tiempo, mi papá lo regaló. Al jardinero de mi tía Margarita. Fue un enorme sacrificio para él porque lo quería tanto que hasta le tenía un nombre especial y una especie de canto, pero ya ni los muebles de la casa ni la situación misma daba para más. Lo bueno es que después supimos que, el Rafa, donde ahora vive, es la alegría del barrio y todos los quieren, lo aman y lo persiguen, así que queda una sensación agradable. Por otro lado mi papá no pierde la idea de un día, cuando tenga un jardín más grande, tener a otro salchicha, o un perro más grande y así contar con la compañía fiel y cariñosa de ese animal que es el que a él, lejos, más le gusta en el mundo (los perros).

Simultánea del Rafa también tuvimos a la Clarita, que es una tortuga que mi mamá vio tratando de cruzar una calle. Mi mamá iba manejando, pero al verla se bajó para rescatarla y la trajo a la casa. Era una tortuga vieja (10 años por lo menos) y proveniente de otra familia. Seguramente otra prófuga como fue la Guillermina de nosotras (ver fauna 1). Nosotros la tuvimos algunos días, yo principalmente emocionada por ser ella un animal tan valiente, pero luego de esos días descubrí que no era ni cerca de lo emocionante que me pareció en mi primera infancia. Ni siquiera se le podía hacer mucho cariño porque se pasaba escondiendo la cabeza. Así que se la regalamos a la hija de una nana que teníamos entonces, quien al parecer todavía es muy feliz con ella (no sé cuántos años viven las tortugas).

Y, por último la Poli. Ella es el gato que tenemos ahora. Yo la elegí, un día de octubre de 2003, en la Feria de Vitacura. Ella tenía una luna blanca en la frente y convivía con otros gatitos que la tenían arrinconada contra la última esquina. Me costó dos lucas y la trajimos a la casa. Yo estaba dichosa.

La Poli siempre ha sido mordelona y agresiva, aunque de mordidas suaves. Según mi mamá los gatos de su jaula le pegaban y por eso ella es así, y yo no sé cuánta razón pueda tener ella, pero lo que sí sé es que los gatos sí tienen su propia personalidad. Mientras el gato amarillo en todas las fiestas se paseaba con su cola alta al aire, la Poli desaparece ante la presencia de cualquier persona extraña y no vuelve hasta horas después. Mientras el gato amarillo se entregaba a la sesiones de ronroneo con los ojos cerrados, la Poli sólo quiere cariño cuando ella quiere y cómo ella quiere, y si uno es quien la busca, aunque se deja, tiene los ojos abiertos en expresión de enorme stress, para luego irse apenas uno la suelta. Pero aún así es ronroneadora y exquisita e irradia esa autoridad propia de los felinos, esa exquisitez inconfundible. Y también tiene sus horarios: está en mi pieza todas las tardes, pero duerme con mis papás.

A mi mamá le costaba respetarla porque decía que no le gustaba su personalidad, tan cobarde. Yo le contestaba que era sólo un gato (todavía le digo eso), pero es cierto que la Poli pasa escondida, salta ante cualquier ruido, tanto así que el otro día salió disparada cuando, leyendo el diario, di vuelta una página (lo que ni siquiera es inusual), pero hace un par de semanas se comió un pájaro y casi se muere, lo que le ganó el respeto de mi mamá quien nunca pensó que fuera capaz de algo así…. Ahora el gato ya se sanó y otra vez ronda por la casa curioseándolo todo, ronroneando en las mañanas y persiguiendo polillas que es lo que más le gusta en la vida hacer. Las mata de a poco y cuando las hace sufrir mucho antes de comerlas, mi mamá se las quita. También la baña. Y la manguerea. Y habla con ella en voz alta y la reta. Pero luego se deja acompañar por ella quien todas las mañanas es fan del proceso de lavarse los dientes y está mirándolo todo. También mi papá que, aunque sigue hablando de lo bacanes que son los perros, todas las noches la contempla y hace imitaciones de cómo ronronea. Él también le habla y la apreta entera cada vez que la ve.

Es que la Poli es como una enorme bola blanca de pelos, un ovillo suave y brillante, aunque infértil porque la operamos muy chiquitita, pero eso es una razón más por la cual mi papá la quiere ya que se declara responsable de ella. Le decimos Poli, Poliana, Poliéster, Poxipoli, Campanita y también Conejo (porque se parece a uno), y Pellejo cuando estaba tan flaca y enferma. Yo le canto “Poliana” (igual a la “Noelia” de Nino Bravo pero Poliana en vez), la canción del gato con botas y la de los 101 dálmatas pero en versión gato, y dejo correr mi imaginación, porque uno siempre es dulce e indefenso y exento de vergüenza con los animales. Y la hora de los regaloneos es parecida en el embalamiento, del tipo: eres la cosa más preciosa que he visto en toda mi vida… el tipo de halagos que TODOS decimos. Por eso a veces me pregunto cuántos gatos habrán que serán los más preciosos de la Tierra y es entonces cuando me contesto que quienes le hablamos así a un animal o a alguien es porque eso es lo que significan para nosotros, en nuestro propio universo…

Termino aquí mi historial de animales en mi casa, pero animales residentes acá, porque también están los perros del barrio, el lorito que mi mamá recogió que se cayó de pino y no pudo salvar, el pájaro que recogí cuando chica y sí pude (con ayuda), el guarén negro y perfecto que una vez capturamos corriendo por el jardín (que no adoptamos por si acaso), los conejos del campo de un tío, los caballos que primera vez monté, y etc, y etc.

Todos esos animales tienen su propia presencia y yo estoy feliz de haber vivido (o estar viviendo) entre ellos.

En alguna parte leí que alguien le preguntaba a un sabio si los animales tenían alma. Él le contestó: “todos los que han mirado a uno a los ojos saben la respuesta”.

Y tiene razón.




1 comentario en “Fauna en Arquitecto Sullivan – PARTE 3 Y FINAL

  • Anonymous dice:

    que buena foto la del perro!!! te felicito… espero ver mas y leer mas tb…………

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