gatoconejo

Lo que me entregó San Pedro de Atacama

12 de Julio de 2005

Hay viajes que uno hace para salir, y otros para salirse; unos para conocer y otros para desconocer; unos para sumergirse en lo nuevo y otros para tomar perspectiva; unos para exaltarse y otros para calmarse; unos para moverse y otros para sanar.

Mi viaje a San Pedro correspondió a todas las últimas opciones.

Era julio de 2003, y yo había tenido un año multicolor pero también muy intenso y difícil. En ese momento estaba totalmente loca, pero consciente de esa locura y por eso quise irme al lugar más lejano al que pudiera ir. Quería cambiar de ambiente y respirar. Quería dejar de sentirme tan loca. Iba a irme con amigas, pero ellas caducaron a última hora, y yo me fui igual, celosa de mí misma, aperrada, segura, silenciosa, un poco insconsciente. Sola.

Estaba tan desesperada para irme que mentí un poco sobre cuánta plata necesitaba. Siendo estudiante sin trabajo, mis papás y abuela me patrocinaron, pero fue un patrocinio bastante modesto, que no me alcanzaba para mucho, en realidad para lo mínimo, tanto que cada día almorzaba pan con mortadela y en la noche lo mismo otra vez y para qué hablar de tragos o bebidas: eran siempre invitados.

Pero estaba feliz.

El cielo allá era completamente celeste y brillante. El horizonte entero siempre estaba desnudo para mirarlo. El pueblo era precioso, de calles amarillentas y bastante verdor, y en la noche se veían todas las estrellas en enorme silencio. Rápidamente cobré el color fascinante, a la vez que me encontré con varios amigos con los que carretear. Alojé en un hostal con dos tipas más que resultaron ser muy simpáticas, y por ser una mujer sola logré hacer los paseos más bacanes a un precio absolutamente ridículo. La gente me invitaba a todos lados: éramos pocos y ya sabían quién yo era, y yo iba a esos paseos, pero también pasaba horas caminando por las calles, o leyendo en la plaza, o andando en bicicleta por los alrededores, llenos de ruinas. También me la pasaba durmiendo, en el patio del hostal, mirando al desierto, sin exigirme nada más que lo que quisiera hacer. Estaba como en coma, y libre de estar así, dormía todo lo que quería, andaba a mi ritmo, y luego en las tardes, bajo la luz rojiza, era solamente yo estampada sobre ese paisaje.

Era delicioso pasearme a mí misma.

De vez en cuando aparecía gente más loca que yo, realmente chalada y agresiva, como un tipo que me abordó en la plaza y que cuando me preguntó porqué estaba ahí y le dije, se puso a gritar que la energía del pueblo era demasiado fuerte y que me destruiría. Que la gente que se sentía débil no podía estar acá. Gritaba exaltadamente y le faltó poco para echar espuma por la boca… hasta la tiritaron las manos. Parecía un profeta pseudo apocalíptico, pero la verdad es que yo me sentía tan relajada e ida (ya dije que cuando llegué estaba medio en coma), que no hice más que disfrutar del espectáculo. Era bastante particular… Por otro lado, si el pueblo quería destruirme, allá él, yo ya estaba entregada… y mirando el paisaje, y sintiendo la onda, parecía haber caído en unas manos infinitamente mejores que las que ese tipo conocía. Al menos para mí.

Por otro lado, había gente muy buena. Aparte de los amigos que me encontré, con los que fuimos a fogatas y hasta a fiestas electrónicas, las agencias me llevaron casi gratis a lugares como el Valle de la Luna, la Cordillera de la Sal, y los Geysers del Tatío. Anduve paseando con extranjeros (casi todos de mi hostal) a quienes ayudé traduciendo, a lo que ellos me respondían invitándome cosas, y también me hice varios amigos de Antofagasta, que van harto para allá porque les queda cerca. Alguna vez incluso madrugué para ir en la mañana azul a esos desayunos pro para gringos, en donde hasta me hablaron en inglés. Era todo original y entretenido. Lo único fome de estar sola es que había un perro que trató de morderme en una parte del pueblo y luego no podía ni acercarme a ese sector después, y eso que era precioso. Además, no lograba sacarme esa molestia que llevaba en mi corazón, no lograba encontrar esa paz que buscaba.

Pero igual era exquisito simplemente ser y no tener que darle explicaciones a nadie de absolutamente nada…

Luego el viaje terminó, sin durar demasiado, porque se me acabó la plata… pero no importó porque fue en la última tarde, ya haciendo hora para el bus, cuando encontré lo que buscaba. Fui a caminar por el pueblo y un argentino se me unió sin decir nada. Al fin protegida de los perros, caminamos como dos horas, ya no sólo por el pueblo sino que por los alrededores, a través de casonas enormes y paisajes idílicos, sin cruzar más que cuatro frases. Todo lo que supe de él era que había venido de paso y que llevaba dos años pegado, pero era todo lo que necesitaba saber: en ese momento éramos sólo dos hermanos en el viento, en lo anónimo, y en la vida misma… Y así fue, mientras nos sumergíamos en la energía de San Pedro, tan sólo recorriéndolo, que al fin sentí esa paz, en una conexión con lo terrestre… Sentí, con indiscutible claridad, que todos éramos perfectos tal cual éramos, que cada cosa tenía su propio propósito y su propia belleza, y que todos éramos lo mismo al final. Ah, y que yo siempre estaría completamente a salvo..

Sé que esto pudo haber pasado en cualquier otra parte del mundo, pero no sé porqué había buscado que allá me lo dijeran. No sé si tenía que comprobar la fama o qué, pero lo que si sé que no me defraudó. Fue como estar en una película, y sin embargo, no hubieron palabras, ni rarezas, ni artimañas, ni nada más que el desierto, el argentino, yo, y el rumor del viento y de nuestros pasos. Hasta que terminó de oscurecer y yo me fui al bus, y nos despedimos tan sólo con una seña y la sonrisa más enorme de la temporada.

Fue un par de días después, ya en Santiago, cuando me di cuenta que estaba mucho más relajada y tranquila. Recuperada y también expectante. Feliz, e incluso chistosa y pelacable otra vez. Le había devuelto al vida al fantasma. Así que, esa misma tarde, pese a que, después de 23 horas de bus, había prometido no viajar en meses, partí con mi amiga Denise, que también venía llegando de un viaje, a la playa de Cachagua, lugar al que llegamos en menos de 2 horas, por ir a una velocidad supersónica y en donde viví, junto a más amigos, todo el compañerismo y carrete con gente conocida que me había faltado.

Ya había vuelto del coma.




9 comentarios en “Lo que me entregó San Pedro de Atacama

  • Anonymous dice:

    Hola, me llamo patricio, la verdad es que he quedado muy impresionado por tu relato. En estas vacaciones pretendo ir a conocer San Pedro, solo, tal como tu lo hiciste hace algunos años, no te niego que siento un poco de incertidumbre ya que siempre ha andado acompañado en este tipo de viajes…. pero veremos la suerte está hechada y espero poder disfrutar así como lo hiciste tu….
    un beso.
    Pato.

  • Anonymous dice:

    que bellas palabras..luego de un tiempo de desgaste sin duda .no te imaginas las ganas que siento de viajar a san pedro!! la verdad gracias por la motivacion..espero que sea una experiencia increible
    un abrazo
    g

  • ::Diego:: dice:

    Y me pasaron cosas con esta historia…

  • ::Diego:: dice:

    Me pasan cosas con tu blog…

  • Anonymous dice:

    Estuve en este inmenso y maravilloso desierto, en Chiu Chiu, en julio del 2004, y me impresionó. Me siento reflejado en tu hermoso escrito. Que maravilla ese cielo estrellado, y la inmensidad del horizonte. Uno sintoniza con la Tierra, y el cielo.

    W

  • p a t i dice:

    Te envidio completamente… hacer un viaje sola, creo q implica un gran paso… porque es aislarse voluntariamente. Mmmm me da la impresión que es necesario ese “automismo” para poder comunicarte mejor con el resto..jajajaj no es paradójico???

    Gracias por la visita
    Saludos

  • Yo dice:

    Tremenda aventura…me gustó mucho leerla…Me encantaría tener la misma determinación para emprender una así algún día…sueño con Méjico, algún día será…
    Veo que en tu camino has compartido cosas con un argentino y ahora acá tenés otra argentina que estará encantada de compartir tus escritos y mis escritos…
    Gracias por visitar mi blog…
    Un beso grande desde el país vecino…

  • muy hermoso tu blog, me lo quedo…un abrazo

  • coco dice:

    No hay nada tan delicioso como el placer de acompañarse a uno/a mismo/a.
    Toda una fiesta.

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