gatoconejo

El verdadero amor no puede perderse

6 de septiembre de 2006

Paul Auster, un escritor muy conocido, logró en “Creía que mi padre era Dios” dar a luz a una obra magistral que, irónicamente, no salió de su propia pluma, sino que de los escritores más improvisados pero más reales que pudieron encontrarse. Ellos, siendo en principio radioescuchas improvisados, tomaron una invitación a poner en papel historias verídicas y remecedoras que Auster hizo al dirigir un programa de radio, y podría decirse que la suavidad de sus historias logró convertirlos ni siquiera en escritores, sino que en verdaderos poetas.

El resultado de este proyecto son más de 500 páginas de goce sincero y puro, en un abanico de vivencias de personas de todas las edades, credos y razas (aunque todas pertenecientes a norteamericanos), entre ellas una que quiero poner aquí, por ser tan linda, y por ser primavera (o casi):

En 1947 mi madre, que se llama Deborah, tenía 21 años y estudiaba literatura inglesa en la Universidad de Nueva York. Era una chica preciosa, vehemente aunque introvertida, y sentía una gran pasión por los libros y las ideas. Leía de una forma voraz y quería ser escritora algún día.

Mi padre, que se llama Joseph, era entonces un pintor en cierne, que vivía de dar clases de arte en un instituto del West Side. Los sábados pintaba durante todo el día en su casa o en Central Park y después solía permitirse el pequeño lujo de cenar fuera. La noche del sábado en cuestión, decidió ir a un restaurante de barrio llamado La Vía Láctea.

La Vía Láctea resultó ser el restaurante preferido de mi madre, y aquel sábado, después de estudiar toda la mañana y parte de la tarde, se fue allí a cenar llevando consigo un viejo ejemplar de Grandes esperanzas de Dickens. El restaurante estaba abarrotado y mi madre ocupó la última mesa que quedaba. Se preparó para una velada de goulash, vino tinto y Dickens, y rápidamente perdió contacto con la realidad que la rodeaba.

Media hora después el restaurante estaba tan lleno que sólo se podía comer de pie en la barra. La agotada camarera se acercó a mi madre y le preguntó si le importaría compartir su mesa con otra persona. Mi madre dio su consentimiento casi sin apartar los ojos del libro.

“Una vida trágica la del pobre Pip”, dijo mi padre al ver la gastada cubierta de Grandes esperanzas. Mi madre levantó la mirada y en ese momento, según ella, vio algo extrañamente familiar en los ojos de aquel hombre. Muchos años después, cuando yo le suplicaba que me contara la historia una vez más, suspiraba y decía: “Me vi a mí misma en sus ojos”.

Mi padre, totalmente cautivado por la persona que tenía delante, jura hasta el día de hoy que oyó una voz dentro de él. “Esta mujer es tu destino”, le dijo la voz, e inmediatamente sintió un cosquilleo que le recorría el cuerpo de la cabeza a los pies. Sea lo que fuere que mis padres vieron, oyeron o sintieron aquella noche, ambos se dieron cuenta de que había sucedido algo casi milagroso.

Hablaron durante horas, como dos viejos amigos que se encuentran después de mucho tiempo. Más tarde, cuando se despidieron, mi madre escribió su número de teléfono en el interior de la tapa de Grandes esperanzas y le regaló el libro a mi padre. Él le dijo adiós, besándola dulcemente en la frente, y después se alejaron, en direcciones opuestas, y se perdieron en la noche.

Esa noche ninguno de los dos pudo dormir. Incluso después de cerrar los ojos, mi madre sólo veía una cosa: el rostro de mi padre. Y mi padre, que no podía dejar de pensar en ella, se quedó toda la noche levantado pintando el retrato de mi madre.

Al día siguiente, que era domingo, fue a Brooklyn a visitar a sus padres. Se llevó el libro para leerlo en el metro, pero estaba tan exhausto después de pasar la noche en vela que, después de leer algunos párrafos, le entró sueño. Así que metió el libro en uno de los bolsillos de su abrigo – que había dejado en el asiento junto a él – y cerró los ojos. No se despertó hasta que el tren se detuvo en Brighton Beach, en el extremo opuesto de Brooklyn.

Para entonces, el tren estaba desierto y, cuando abrió los ojos y fue a coger sus cosas, el abrigo había desaparecido. Alguien lo había robado y, dado que el libro estaba en uno de sus bolsillos, también se había quedado sin él. Lo cual significaba que también se había quedado sin el número de mi madre. Desesperado, empezó a buscar por todo el tren, mirando debajo de los asientos, no sólo de su vagón sino de los vagones anterior y posterior al suyo. Joseph se había sentido tan feliz el día anterior de haber conocido a Deborah que no se había preocupado de averiguar cuál era su apellido. La única referencia que tenía de ella era su número de teléfono.

Mi madre nunca recibió la llamada que esperaba. Mi padre la buscó en varias ocasiones en el Departamento de Inglés de la Universidad de Nueva York, pero nunca la encontró. El destino los había traicionado a los dos. Lo que aquella primera noche en el restaurante había parecido inevitable pasó a ser algo claramente imposible.

Aquel verano los dos se fueron a Europa. Mi madre fue a Inglaterra a hacer un curso de literatura en Oxford, y mi padre se fue a pintar a París. A finales de julio mi madre tenía un descanso de tres días en sus estudios y voló a París, decidida a absorber toda la cultura que pudiese durante aquellas setenta y dos horas. En el viaje se llevó un nuevo ejemplar de Grandes esperanzas. Después de la triste historia con mi padre, no había tenido la fuerza de volver a leerlo, pero una vez en París y sentada en un restaurante abarrotado después de un largo día de visitas turísticas, lo abrió por la primera página y empezó otra vez a pensar en él.

Después de leer unas pocas frases, un maitre interrumpió su lectura para preguntarle, primero en francés y después en un inglés macarrónico, si le importaría compartir su mesa. Mi madre dio su consentimiento y volvió a su lectura. Poco después oyó una voz conocida.

“Una vida trágica la del pobre Pip”, dijo la voz, y entonces ella levantó la mirada y allí estaba él otra vez.

LORI PEIKOFF
Los Ángeles, California.




17 comentarios en “El verdadero amor no puede perderse

  • Ariel March dice:

    Ésta es una bella historia sobre el destino y las casualidades. El libro de Paul Auster, que es maravilloso, recoge muchas historias de gente común pero con experiencias extraordinarias. Leyéndolo me di cuenta que el misterio forma parte de nuestras vidas, también lo trágico y lo cómico. Muchas felicidades por tan estupendo blog.

  • Una historia maravillosa, te hace pensar que en verdad existe el destino, porque la probabilidad que algo así te suceda es como la de ganarte el loto dos veces. Pero será verdad, te lo pregunto por la última fotografía del post, Robert Doisneau no planeaba sus fotografías sólo las tomaba, pero esta fotografía fue hecha con modelos, durante décadas él dijo que la captó desde un balcón, pero antes de morir confesó que fue planeada. Bueno no te aburro más, fue un verdadero gusto leer tu post.

  • denisse dice:

    sita… ayer leí la historia, pero no pude comentar…sólo me alcanzó para pedirle a la brid que la viniera a leer (sabía que le iba a gustar!!)… sólo podía suspirar y suspirar…

    demasiado hermosa la historia!!!! infinitas gracias por publicarla acá!!

  • Carlos dice:

    no te imaginas el escalofrío que me dio leer la historia y ahora a suspirar y suspirar…

  • Peligro dice:

    Heyyy memorable!

    Digna de enmarcar la historia. Podrías hacer un catálogo de “good stuff” e inaugurarla con este peliculón.

    Un gusto leerla chica.

  • ::Diego:: dice:

    Yo quiero que me pase algo así!

  • ¡Supiste que el Club de Lulú cambió de look!

    visita http://www.clubdelulu.cl y atento a las novedades por su mes de aniversario.

  • danieLa® dice:

    Entonces es muy cierto que, por más que uno intente escapar de su destino, siempre al final nos atrapará.
    Es una historia realmente linda, que da para pensar en que nuestro verdadero amor también anda por ahí, y quizás hasta nos anda buscando.
    Un abrazo!.

  • Que linda historia se pasó!!!
    Yo creo mucho en el destino… y espero que algo me tengan preparado a mi también…

    Gracias por publicarlo!!

  • el_Dani dice:

    Que historia tan bonita, quiero abrigar también grandes esperanzas.
    Saludos!

  • El milagro ya se había producido y nada lo iba a cambiar. (Casi da escalofrío ese final.) Abrazo.

  • galgata dice:

    Sí, po, claro que es real!! Esa es la gracia!!
    Saludos y abrazos a mis queridos comentaristas :) incluyendo a lo incrédulos jajaja.

  • Mariposa dice:

    Qué ganas de que el destino te de un regalo así de grande, así de hermoso, que te confirme con tanta certeza algo que sientes dentro de tu corazón, pero uqe nunca (finalmente la razón se entromete siempre) puedes saber a ciencia cierta si es verdad o no. Declaro hoy mis intenciones de que mi destino me depare un regalo mágico como ese a la vuelta de la esquina.

    Muchos bessssssos de una lectora extraviada! jejeje

    Nati

  • cota greene dice:

    Que cuento mas romantico!!!, habra sido verdad?

  • jorge dice:

    Que.. LINDO!

    El secuas.

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