gatoconejo

¡Me derrito, me derrito!

10 de abril de 2008

Mi gato es la cosa más cobarde que he visto en mi vida. Simplemente circular por la casa es toda una cruzada, con respecto a ella. Salta medio metro para arriba cada vez que uno aparece de improviso, se esconde debajo del velador de mi mamá cuando oye el camión de la basura (como si vinieran a buscarla o algo así) y suele salir disparada cada vez que uno hace cosas tan sencillas como abrir la llave del agua, dar vuelta una hoja o hasta reírse… Luego, no puede dejar de volver a los lugares del crimen, presa de su curiosidad.

Como no siempre esta así de cobarde (pasa por ciclos), a veces yo la provoco, para ver qué onda. Es que me divierte ver su expresión totalmente paralizada antes de huir siendo una flecha de pelaje en movimiento. Además, me encanta, y por eso siempre se me ocurren nuevas maneras de impresionarla, como hace algunos días, cuando decidí derretirme.

Entonces estábamos solas en la casa, y yo me estaba cocinando. Ella me miraba desde la puerta (siempre con mucha cautela), tragándose todo como en un espionaje de la información, descarada en su simpleza, golosa de las imágenes, casi voyeurista. Yo cantaba embaladamente, pero de improviso tuve la idea y entonces me detuve para mirarla a los ojos. Dejé de hacer lo que estaba haciendo, me puse en posición totalmente erguida y firme (para luego, por contraste, poder impactar más), y de a poco y como en un murmullo, le dije, suavemente “Poli… me derrito… me derrito”, así como la bruja del Mago de Oz.

Ese “me derrito” fue cada vez más fuerte, como pidiendo ayuda, de a poco subiendo de tono, hasta convertirse en un mero aullido. A esto lo acompañé con con una agitación supuestamente muy dolorosa de mi cuerpo, que pasó por variadas fases (inquietud, sorpresa, horror, lucha interna – y externa, rendición). Esta performance la ejecuté con mucha paciencia (y gozo), y terminó con una convulsión pura, un grito apagado y mi persona totalmente tirada e inmóvil sobre las baldosas de la cocina: como si realmente me hubiera derretido. Luego, después de varios segundos de respeto (respeto a la muerta), muy pero muy quieta, abrí un solo ojo para ver la reacción de mi adorable felino.

El gato, paralizado, estaba ahí contemplándome con la intensidad más suprema, horrorizado y hechizado a la vez, como detenido en el espacio. Había tenido que mirarme hasta el final, con la fascinación de quien ve a un puente derrumbarse. Parecía ser lo mejor y lo peor que le había pasado jamás. Entonces y sólo cuando vio que el show se había acabado, y que no había ya nada que temer, volvió a salir disparado como esa flecha de peluche, con un retraso total y absoluto (cuando, de hecho, ni siquiera había real utilidad en huir)… probablemente producto de su curiosidad. Es que, pese a lo terrible que parezcan mostrársele los escenarios, la Poli simplemente no puede perderse la acción. Tiene – TIENE – que estar allí. Es un gato inevitablemente mortificado, inevitablemente entrometido, inevitablemente gatoso gato.

Ah… me estuve riendo mucho rato con eso y ahora de nuevo, cuando lo escribo. Es que la Poli me hace jugar. Si ella es cobarde, no es culpa de estos juegos: siempre ha sido así (además, a veces hago cosas muy simpáticas). Luego del suceso volvió a acercarse como si nada hubiera pasado, y es que en ocasiones tengo la impresión de que le gustan todas esas cosas. La Poli puede ser una gata masoquista, a veces. También puede ser escapista. Y también puede no estar ni ahí.

La Poli cambia, a diferencia de mí, que me mantengo persiguiéndola siempre. He construido épicas enteras en torno a ella, que probablemente nunca entienda y que al final son todas, todas para mí. Dibujando cosas para ella, me las he dado a mí. Eso es lo lindo de trabajar para impresionar a alguien: que uno mismo se ve enriquecido por el proceso. A veces el ejecutador de las sorpresas lo disfruta mucho más que el objeto de la atención. Sobretodo cuando ese objeto de la atención es un gato: adorable, pero gato a final de cuentas, y por ello ajeno a la riqueza de esos mundos pelacable a medio bosquejar.

Pero no a la sorpresa.




0 comentarios en “¡Me derrito, me derrito!

  • anonymous dice:

    no se quien sos, pero me facina -literalmente- tu forma de escribir.

  • Mexxe dice:

    Disculpa, pero la reacción de tu gata no tiene nada de extraordinario. O sea, ¡por favor…!

  • anonymous dice:

    Me encantó lo que escribiste!!!! y yo también soy una animal lover.

  • Julius dice:

    Yo no soy mucho de gatos, hasta que en la oficina adoptamos una (era vieja y se murió hace unas semanas). Pero si soy un hombre de perros. De haber hecho semejante performance, Lukas hubiera levantado la cabeza, me habría mirado y hubiera vuelto a acomodarse para seguir durmiendo (él básicamente duerme siempre).

  • anonymous dice:

    jajajaja… yo tengo un perro y creo que si hago algo así, se me tira encima en vez de quedarse mirando

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