gatoconejo

Dónde me pilló el terremoto

16 de diciembre de 2011

Era febrero del 2010 y yo figuraba en el lago Tinquilco, cerca de Pucón. Me había inscrito a un retiro de yoga que había organizado un centro alternativo que hay en Puerto Varas, y que habían decidido hacer allí. No conocía a nadie. El retiro me lo había recomendado mi prima, que entonces vivía en el sur, aunque ella no iría. Yo llevaba mucho tiempo con varios kilos de más, tratando de bajarlos y sin pasar nada, por lo que pensé que quizá mi cuerpo estaba enojado conmigo y que con la ayuda del yoga, tal vez se desenojaba. Además, me parecía una experiencia interesante, así que decidí ir de todas formas.

Nunca había hecho yoga antes.

El grupo era chico y diverso. Unas 10 personas en total, de todas las edades, entre ellas un par de australianos que estaban viajando por Chile. La cabaña donde alojamos era preciosa y sencilla, con un jardín enorme, terracita, muelle con kayaks y – lo mejor de todo – un hot tub en el que nos metíamos en las noches, con las estrellas casi estallando sobre nosotros. Y una comida muy rica. Vegetariana, pero quien la  cocinaba – un loco que tiene un restorán en Varas – sabía tan bien cómo hacerlo que, además de que nunca echamos en falta ningún tipo de carne, cada ocasión comestible llegó casi a ser una experiencia religioza.

Todo fue curioso, y diferente, para mí. Nos despertábamos antes del amanecer y cantábamos mientras sucedía, mantras y cánticos en un idioma extraño. Hacíamos distintos tipos de yoga varias veces al día, en unas posiciones nada de fáciles, que logré – relativamente – más por dignidad que por capacidad. Hicimos algunos juegos, muy entretenidos, de baile y movimiento, como también fuimos a caminar al Parque Huerquehue, al lado. La verdad es que fueron un montón de cosas, y que la mayoría fueron absolutamente nuevas para su servidora.

Y la gente era amable, y en general fue algo positivo… aunque no me gustó el tono pesimista y algo condenatorio común de algunos místicos que se preocupan tanto de “trascender” el mundo cotidiano, que lo dañan en su mente… encontrándolo sucio, burdo, insuficiente. O así siento yo. Le dieron mucho al tema de la mente como algo horrible a lo que temer y a lo que hay que dejar – como si su existencia fuese un error – y a la raza humana como la mayor plaga de la tierra. Sí, es cierto que causamos problemas, pero ¿cómo vamos a cambiar alguna cosa si nos odiamos así a nosotros mismos? 

Yo no me quiero odiar a mí misma.

Además, por algún motivo venimos a aparecer en esta tierra, y a estar en el aquí y el ahora.

La verdad es que los místicos a veces me parecen de lo más pretenciosos. El mundo es de todos. Solo podemos hacer cambios con nosotros mismos, y sugerirlos a los otros… pero obligar a otros a cambiar, es un acto de agresión. Creer que sabemos más que los demás y que podemos elegir por ellos, también una agresión. Discriminar a los otros, también. Todos merecemos respeto.

Cuando a mí me hablan de iluminar a los demás, se me vienen a la mente todas las torturas que los hombres (y mujeres) han hecho en pos de obligar a otros a seguir a su ideología. Las ideas intolerantes – y el hecho de creer que está bien imponerlas – han matado a más gente que cualquier enfermedad. Y no es violento solo en las guerras porque ¿quiénes somos para decir cómo otros deben vivir? 

Así que yo voy por Gandhi con su “sé el cambio que quieres ver en el mundo”. Eso me parece mucho más adecuado… y duro. Porque empezar por uno mismo suele ser lo más difícil, y abre muchos más caminos de lo que en primera instancia se imaginaría.

Bien, volviendo al tema del retiro, organizamos entre los cuatro días, uno entero de silencio. Eso significaba no poder hablar con nadie, en 24 horas. Ah, qué felicidad. Estar simplemente compartiendo el espacio, sin tener – ni poder – que hablar en absoluto. Fue como un descanso compartido. Yo lo encontré de lo más simpático y, pese a los mordaces comentarios que tal vez se estén guardando, no me costó nada. Tampoco creo que le haya costado a los demás. Era todo muy fluido y natural.

Y llegó la noche, y habíamos cantado mantras (eso podíamos) y ya estábamos de vuelta en la cabaña. Era una cabaña de dos pisos, donde nos habíamos instalado con saco de dormir y colchonetas en el suelo, repartidos. El suelo era de madera y se podían oír los árboles del bosque cimbreando con el viento. Y entonces el rumor subterráneo, y ese vaivén, indistinguible del resto de los ruidos, al comienzo.

Como buena chilena, yo estoy acostumbrada a los pequeños temblores… y este empezó suavecito pero constante, porque no paraba nunca. Se mecía, se mecía el suelo, y yo en él, el bosque crujía lentamente, y era como si la Tierra misma nos estuviera acunando. Era bastante tarde, y yo estaba desvelada y los demás durmiendo a pata suelta… pero ahí yo, sintiendo esos movimientos desde mi espalda, la cabaña sacudiéndose lentamente como una hamaca gigante, lenta, lentamente… pero de poco cada vez más fuerte…

Hasta que se lanzó. Se lanzó, como un auto que al fin arranca, y no pasó mucho antes de que todos nos levantáramos y saliéramos afuera por precaución.

¡Es que era un temblor muy fuerte! ¡Todo sonaba y se movía! Incluso costó ponerse de pie.

Aún así, nadie se salió del retiro de silencio, así que me calmé. Algunos se pusieron a hacer cánticos en aquel idioma extraño, y todo era surrealista y hasta un poco apocalíptico, pero donde fueres haz lo que vieres, y me uní… aunque luego me callé porque quería escuchar el rumor subterráneo.

Y así también hicieron los otros, y ahí descubrimos algo tan obvio como sorprendente: que la naturaleza sabía. El temblor/terremoto iba como a trompeticones, un remezón, un momento de quietud, otro remezón, otro momento de quietud… pero cada vez que el nuevo sacudón estaba por empezar, era algo más que esa quietud corriente: los insectos dejaban de chirriar y se podía oír hasta un alfiler caer… y ojo con que esto pasaba antes de que el sacudón llegara. Como preparándose a ello.Y preparándonos. Así, cada vez en que todo se detuvo, nos miramos unos a los otros con cara de circunstancias, sabiendo lo que se venía. Hasta que el movimiento cesó totalmente. Por ahora.

Luego de eso, el retiro continuó con normalidad. En algún lugar recóndito de mi mente una voz decía “esto puede haber sido realmente fuerte en alguna parte”, pero todos parecían tan serenos que me relajé. No teníamos señal, así que no supimos más. Y cuando acabaron las 24 horas de silencio, y teníamos aún un día más, lo comentamos casi como algo casual. Más que preocupados del terremoto mismo, ganaron nuestra atención los australianos… que como no los tienen en su país, nunca cacharon que habíamos pasado por uno, sino que creían que el guía había movido la cabaña para ponerlos a prueba con lo de la promesa de no hablar. Gracioso, ¿cierto? ¿Qué tipo de poder creen que tenía aquel, si pensaban que no solo tenía la fuerza para mover una cabaña, sino que también para mover todo el bosque y silenciar a sus insectos? Debe ser un alivio creer tanto en alguien. Y también una condena.

Moisés poniendo a prueba al amigo.

Pero en todo caso, para defender los australianos… más que ingenuidad, yo creo que les jugó en contra – por así decirlo – que no sabían lo que un movimiento telúrico de esas magnitudes era. Entonces, no pudieron reconocerlo… lo que grafica cómo, en cierto modo, estamos condicionados a ver solo lo que esperamos.

Los australianos estaban muy amargados de haber estado cabalgando en medio casi de la debacle, y de no haberlo sabido. Eran de lo más encantadores.

Y llegó el día de la partida, y nos separamos con cariño y algunos conocimientos nuevos (para mí, muchos), y cuando llegamos a Pucón, desde donde habíamos salido… los titulares, ¡oh! ¡qué titulares! Del terror. Y mi celular recobró la señal y aparecieron un montón de mensajes de texto. Me sentí tan popular. Por suerte, todos estábamos bien, y además nadie había temido por mí, porque sabían donde estaba, y un bosque es lo más seguro que hay en los terremotos, ya que sus árboles agarran la tierra. Aunque igual hubo un derrumbe (pero chiquiturri), y se habían caído los muelles de Pucón, y otra vez el casino. Pero nada comparado con otros lugares.

Tuve que quedarme allí más de una semana, por los caminos cortados. Sola, porque los del retiro eran de Puerto Varas y ellos podían volver. No me causó mayor drama: a otros le pasaron cosas peores. Además, había más como yo en el hostal donde me quedaba, y nos hicimos muy cercanos, casi como una familia, todos esperando que se volvieran a habilitar los caminos, e inevitablemente haciendo nexos en esa espera.

La verdad es que fue toda una experiencia.




10 comentarios en “Dónde me pilló el terremoto

  • Anonymous dice:

    Alojaste en el Tinquilco?? No sabia que se podía.. Es un lugar muy lindo… Ideal para hacer yoga, se me ocurre a mí.

    Saludos

  • Anonymous dice:

    Que buen post!!!y que divertidos los australianos pero no fue muy feliz no saber de tu jaja
    V.F

  • Anonymous dice:

    Jajaja qu onda los australianos!! Jajaja que buen cuento.

    LM

  • Anonymous dice:

    La cagó ese terremoto!!! Y como quedó la carretera!!! Por suerte a mi tb me tocó en el sur, mas piola… no estaba haciendo yoga eso si :o)

  • Anonymous dice:

    Ay que buen post!!!, me reí mucho imaginando a los australianos y el contexto del retiro de silencio, casi lloro y eso que estoy pecando leyendo mi iPhone en la graduación de mis ninos…

  • anonymous dice:

    Alojaste en el Tinquilco?? No sabia que se podía.. Es un lugar muy lindo… Ideal para hacer yoga, se me ocurre a mí.\u003cbr /\u003e\u003cbr /\u003eSaludos

  • anonymous dice:

    Que buen post!!!y que divertidos los australianos pero no fue muy feliz no saber de tu jaja\u003cbr /\u003eV.F

  • anonymous dice:

    Jajaja qu onda los australianos!! Jajaja que buen cuento.\u003cbr /\u003e\u003cbr /\u003eLM

  • anonymous dice:

    La cagó ese terremoto!!! Y como quedó la carretera!!! Por suerte a mi tb me tocó en el sur, mas piola… no estaba haciendo yoga eso si :o)

  • anonymous dice:

    Ay que buen post!!!, me reí mucho imaginando a los australianos y el contexto del retiro de silencio, casi lloro y eso que estoy pecando leyendo mi iPhone en la graduación de mis ninos…

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