gatoconejo

Los pequeños errores

2 de Diciembre de 2011

Debo haber estado en segundo medio cuando alguna lúcida profesora trajo una columna de consejos, para analizarlos en clase juntas. Lo que ella quería era que pudiéramos darnos cuenta de cómo un buen consejo no tiene que ser largo para ser eficiente, si corto conservaba lo esencial.

Uno de los casos que trajo para ilustrar eso se quedó pegado en mi memoria. Era de alguien que escribía preguntando qué hacer con su secretaria. Decía que era nueva, y que en su inexperiencia se había mandado un error tonto pero garrafal: perder un documento importante y también todas las copias, justo antes de una reunión pro. El dilema era ¿podía o no confiar en ella, luego de esto? ¿Merecía o no una nueva oportunidad?… La profe quería que diéramos nuestras propias respuestas, antes de leer la que habían contestado en la revista. Era de esos seres entrañables que enseñan cómo pensar, antes de qué pensar, lo que puede analogarse como enseñar a pescar antes de regalar el pescado… algo que queda para siempre.

A nosotras el ejemplo nos causó horror. Estábamos en un tiempo donde se nos transmitía día y noche lo importante que es ser responsable y cumplir, más allá de las intenciones últimas (“nada de excusas”, nos decían) y la secre claramente no había cumplido. Además, como adolescentes todavía vivíamos en un mundo sin matices, donde las cosas son buenas o malas, y por consiguiente el error parecía imperdonable. Aún así, intentamos negociar el asunto, aconsejando ciertos castigos y amenazas, seguidas – en general – de sugerir darle a la secretaria otra oportunidad. La mayoría de las respuestas eran extremadamente largas y complicadas, como para que la “blandura de corazón”, de la que casi nos avergonzábamos, conservara cierta respetabilidad y así fuese tomada en serio.

Y entonces la profe leyó lo que salía en la columna: “Hasta las personas más inteligentes cometen errores. Dale otra oportunidad”. Conciso y eficaz. Casi como un látigo de sabiduría, y nosotras tan calladas.

Ah, qué alivio fue escucharlo. Podíamos – teníamos permiso – para equivocarnos. No es que eso fuera a relajarnos (nadie se expondría a cometer el error de la secre, de poder prevenirlo), pero cuando inevitablemente mostráramos la hilacha… bueno, ya sabríamos que en algún momento iba a ser pasar de todas formas, así que… sería más fácil caer con gracia y, en el contexto adecuado, hasta tener preparada la humilde reverencia del payaso. También sería más fácil ser compasivo con los demás, en su propio momento de traspié humano.

Y era mejor saberlo desde ya porque, para ser una especie inteligente, las personas cometemos un sinfín de errores ridículos. Nos caemos, botamos las cosas, nos perdemos, perdemos las cosas, nos ponemos los zapatos en el pie equivocado, y en ocasiones hasta revolvemos la sopa con el lápiz y escribimos con la cuchara (a mí me ha pasado). Dejamos las llaves de la casa dentro de la casa, las llaves del auto dentro del auto y a veces hasta nos subimos en los autos equivocados (culpable). Inventamos contraseñas complicadas para internet que luego olvidamos, y si las anotamos en un papel, lo tiramos pensando que era una boleta vieja y luego tenemos que sacarla de la basura chorreando pepitas de tomate.

Y eso ni siquiera es todo. Leemos los mapas al revés, arreglamos el enchufe sin acordarnos de cortar la electricidad, le echamos sal al café, azúcar a la ensalada, nos llaman del supermercado con que dejamos allí la billetera o el celular, y de pronto nos encontramos con el control remoto perdido en el freezer (también). Y a veces ni siquiera recordamos bien los nombres de las cosas, o de las personas, como pasa en mi casa, donde se refieren a mí como “María Pablo”, un 2×1 de mi hermano chico y yo (y le dicen así a él también).

Visto de una perspectiva amplia, estos errores son bastante chistosos, y por supuesto que se prestan para el tandeo.

Y en este abanico de posibilidades, yo igual tengo un par de favoritos, quizá porque me son más familiares. Uno de ellos, es el de dar vuelta el líquido de turno, y es que, en mi casa, viene a ser casi una costumbre. Tal vez seamos demasiado distraídos, o genéticamente algo torpes, pero el hecho es que no hay comida familiar que no termine con el mantel manchado, y en general chorreando. Mi papá siempre – siempre – da vuelta el vino, tanto así que lo conocen hasta en los restoranes, y muchas veces nos sumamos los hijos con nuestros propios brebajes, y ahora hasta los sobrinos, como dignos herederos de nuestra genética. Es tan así que, cuando estoy viajando, si alguien da vuelta algo… siento como si estuviera otra vez en las mismas mesas familiares que he visto estilar desde mi infancia.

Mi cuñado salió un poco más elegante, pero aún así es el protagonista de uno de mis recuerdos favoritos al respecto. Cuando estaba recién pololeando con mi hermana, lo invitaron a comer, y entonces abrió una bebida que se había caído antes al suelo: La tapa salió disparada, explotando todo el contenido, que llegó hasta el techo… para luego llover profusamente desde allí, en oleadas de negro espumoso. Fueron como fuegos artificiales de Coca Cola, y también una bienvenida en la familia, porque entonces supimos que mi cuñado era uno más de nosotros, aún cuando en general no le pasen estas cosas.

Mi segundo tipo de error favorito tiene que ver con los accidentes físicos. Esos últimos – cuando no son graves – me parecen los más divertidos. Uno de mis recuerdos preferidos, aunque por dignidad no debiera, es de cuando choqué con una pared mientras me miraba el gallo que me gustaba. Yo tenía 20 años, y estaba con él en un bar, cuando le dije “voy al baño y vuelvo”. Me gustaba tanto que me tiritaban las piernas, así que partí totalmente concentrada en mantener el equilibrio y en parecer cool… cuando se me ocurrió mirar hacia atrás, y allí estaba él sonriéndome tranquilizadoramente, casi como diciendo “sigue así, vas bien”, e iluminando con su buenmozura todos los espacios. Encandilada, le sonreí de vuelta, pero tan guapo lo encontraba, que me quedé embelesada contemplándolo mientras seguía caminando… hasta que, tate, me pego santo cabezazo con mi amiga la pared… jejeje. Adiós, dignidad.

La verdad es que fue muy gracioso y que al final hice feliz a toda la gente del lugar.

Sin embargo y poniéndonos más serios, estos errores que cometemos no siempre son tomados de modo tan amable. Hoy me he limitado a contar casos simpáticos, en pos de transmitir un sentimiento de autoaceptación y de buena onda ante las limitaciones cotidianas, pero varias veces he recibido comentarios despectivos o incluso gritos, cuando he mostrado alguna de estas hilachas… como si uno lo hiciera a propósito, y como si uno no tuviera que recibir, cada día, de los demás lo mismo. Y entonces da mucha rabia, y mucha pena. Si uno engancha, claro, pero es que en ocasiones es difícil y hasta inhumano no enganchar.

Es como si nos olvidáramos de que las personas, los animales y la vida misma siempre son más importantes que las equivocaciones.

Mi error anti-favorito es el relacionado con el manejo, justamente porque es el que se toma con el peor de los espíritus y de la mala onda. No sé porqué pasa que en la calle, si alguien comete cualquier error, por pequeño que sea, es como si el otro tuviera el derecho de decir y hacer absolutamente lo que quiera, hasta las cosas más horribles, enfatizado con todo tipo de bocinazos. Hay un nivel altísimo de violencia física y psicológica en las calles. Yo opino que no es un tema menor.

Sin embargo, cuando yo empecé a manejar, no le había dado mucho análisis y así lo tomé simplemente como “lo que era”… por lo que me lo pasaba peleando en la calle y repartiendo insultos a diestra y a siniestra. Hasta que un día llevé a mi mamá, y ella vio cómo le di un bocinazo de aquellos a alguien que se estaba demorando para salir a la rotonda. “¿Para qué tocas la bocina”, me preguntó entonces, “¿acaso crees que va a apurar las cosas?”. Antes de que pudiera contestar (no lo había pensado) agregó como para sí misma “tocar la bocina es desagradable”, y vaya que lo era… pero hasta que no me lo dijo, no me había dado cuenta, por lo que desde entonces me propuse tocarla lo menos posible… y ahora creo que lo hago con suerte dos veces al año, y además ni se me ocurriría gritarle ya a la gente.

Lo gracioso del tema (y positivo) es que, desde que cambié mi actitud en la calle, no me estreso. Sigue habiendo una lucha en el tráfico, pero como ya no participo, no engancho. Si alguien se agita, allá él (o ella), y cuando alguien comete algún error o se me cruza… bueno, paciencia. Respiro, espero, si es mucho quizá cante un poco más alto (casi siempre voy cantando en el auto) o respire aún más hondo, y a otra cosa mariposa. Mi tiempo y mi sentido del humor son más importantes que los diez segundos que perdí porque alguien no se dio cuenta altiro de que la luz volvió a ponerse verde, o por la sutil frenada que tuve que hacer porque alguien señalizó tarde… a no ser que haya sido riesgoso, claro, y entonces viene el bocinazo pero de advertencia, no de frustración confrontacional, aunque si no tiene sentido emitirlo, no lo hago: La otra persona sabe lo que hizo, y mis bocinazos no nos devolverán al pasado. Yo misma me ha zafado de algunos exabruptos bien merecidos alguna vez, y eso me ha generado un gran agradecimiento, y hasta cierta sensación de camaradería.

Lo mismo pasa con todos los otros pequeños errores descritos. Si uno los toma con tolerancia y sentido del humor… dejan de ser un tema e incluso se cometen menos. Hay pocas cosas peores que hostilizarse a sí mismo cuando uno se equivoca, siendo que se es simple – y muchamente – un ser humano, como también hay pocas peores que hostilizar a otros seres humanos. Qué libres somos cuando nos dejamos en paz, y cuando nos reímos de nuestros pequeños errores, sin malicia: Es ahí cuando se acaba el maltrato y viene la aceptación.

Y una vez alcanzada la aceptación, esa fuente inagotable de diversión…

PD: Disney sacó unos videos educativos sobre cómo manejar: “Freewayphobia“, de los años 60. Yo recomiendo echarles una mirada, porque son actuales y muy buenos y es que Disney era un visionario. Por esa onda debe estar el que estaba buscando y no encontré, sobre cómo autos enojados en realidad no eran autos enojados, sino gente enojada dentro de ellos.


 




8 comentarios en “Los pequeños errores

  • galgata dice:

    Jejeje, gracias por sus comentarios, la verdad es que a veces es un tema agridulce.

  • galgata dice:

    Jejeje, gracias por sus comentarios, la verdad es que a veces es un tema agridulce.

  • Anonymous dice:

    Se te olvidó confundir el baño de mujeres con el de hombres… jejejeje.

    R

  • anonymous dice:

    Se te olvidó confundir el baño de mujeres con el de hombres… jejejeje.\u003cbr /\u003e\u003cbr /\u003eR

  • Como siempre me senti bastante identificada, jeje, y me rei mucho. Y de donde sacas esas fotos o dibujos siempre perfectos pal tema?, me tienes que contar!!

  • Constanza Greene dice:

    Como siempre me senti bastante identificada, jeje, y me rei mucho. Y de donde sacas esas fotos o dibujos siempre perfectos pal tema?, me tienes que contar!!

  • Anonymous dice:

    Que buena Maria Paz,me trajo muchos recuerdos.Espero feliz el próximo

  • Anonymous dice:

    Que bueno María Paz,me reí muchísimo y me sentí muy identificada con muchos de tus errores, ja ja ja. Por suerte comparto tu misma filosofía al manejar y tambien me dedico a cantar a todo pulmón.
    Que rico que volviste a escribir,
    AF

  • anonymous dice:

    Que buena Maria Paz,me trajo muchos recuerdos.Espero feliz el próximo

  • anonymous dice:

    Que bueno María Paz,me reí muchísimo y me sentí muy identificada con muchos de tus errores, ja ja ja. Por suerte comparto tu misma filosofía al manejar y tambien me dedico a cantar a todo pulmón.\u003cbr /\u003eQue rico que volviste a escribir,\u003cbr /\u003eAF

  • Flor Casual dice:

    Buenísimo! yo tb había hecho ese análisis de las calles, por qué será que en la calle todo se vale! impresionante, es como que hay licencia para putear… en todo caso ahora a mi me dio por andar en bici y debo admitir que cuesta mantener la compostura y no declararle la guerra a peatones y automovilistas!

  • galgata dice:

    ¡Sí! Lo pasaba pésimo el pobre Tribilín jajaja…

  • Anonymous dice:

    ese de Disney era Tribilín? siempre me acuerdo de ese personaje que se enajenaba cuando manejaba y que era muy simpático en la vida cotidiana…saludos

  • Flor Casual dice:

    Buenísimo! yo tb había hecho ese análisis de las calles, por qué será que en la calle todo se vale! impresionante, es como que hay licencia para putear… en todo caso ahora a mi me dio por andar en bici y debo admitir que cuesta mantener la compostura y no declararle la guerra a peatones y automovilistas!

  • galgata dice:

    ¡Sí! Lo pasaba pésimo el pobre Tribilín jajaja…

  • anonymous dice:

    ese de Disney era Tribilín? siempre me acuerdo de ese personaje que se enajenaba cuando manejaba y que era muy simpático en la vida cotidiana…saludos

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