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La torcacita

2 de Diciembre de 2013

Estaba donde mis papás cuando vi la caja. Era de cartón y, de algún modo, temblaba. “¿Qué hay adentro?”, “el pájaro que le quitamos al gato”. Tuve que abrirla para verlo. Era una cosa linda, de plumaje grisáceo con manchitas, pequeños ojos de aceituna, una torcaza. “¿Qué hacemos con ella?”, “esperar”. Le habían dado agua y al parecer la había tomado. Había hecho caca, por lo que al parecer su cuerpo todavía funcionaba. Las esperanzas de los otros eran tibias y las mías derechamente encendidas, aunque estábamos juntos en ello, en lograr mi sueño de la infancia… el de lograr sanar a un pajarito recogido para luego verlo volar, liberado, hacia las altas copas de los árboles.

gatopajaro

Un pájaro pajarón, como el nuestro.

Lo fome es que la torcacita tenía que vivir ese proceso en la oscuridad. Si uno abría la tapa, aunque fuera de a poco, ella se movía como una loca y chocaba contra todas las paredes, y eso no solo significaba posible dolor extra en sus partes mordidas, sino que también dar vuelta – de nuevo – el agua y hacer su estadía en el mundo del cartón aún más inhóspita. Así que la dejamos tranquila, en el quieto silencio. Era mi cumpleaños, vinieron mis tíos y mis primos, así que no me fue tan difícil desconectarme de ella, aunque cada vez que iba por el pasillo y veía la cajita, sentía una curiosa mezcla entre pena y excitación.

Solo al final de la noche, fui a ver cómo seguía, y entonces me transmitió una sensación punzante. Definitivamente tenía una postura rara, y mucha más sangre de la que había encontrado antes, así que, pese a sus protestas, la examiné con detención, y entonces descubrí que… le faltaba la mitad del cuerpo. Sí, LA MITAD DEL CUERPO. El gato se había zampado una patita completa y casi la mitad de su espalda. Era un milagro que viviera. Un milagro horrible, dicho sea de paso.

Llorando copiosamente, recurrí a los familiares que aún quedaban en la casa, mis papás, mi nana de toda la vida, mis hermanos. “Hay que matarla”, dije, enojada conmigo misma por la irresponsabilidad de mi otrora ignorancia. “¿Cómo lo hacemos?”, discutimos distintas estrategias y finalmente decidimos ahogarla. Mi hermano chico, Pablo, hizo los honores.

Fue terrible. Crónica de una muerte anunciada. Llenar de agua una fuente grande, y saber de antemano para qué era. Tomar al pajarito y sumergirlo. La torcacita se resistió pese a todo, un rato considerable, porque todo ser vivo quiere vivir, pero aun así llegó la hora de las burbujitas. La torcacita fue vencida, aunque ya lo había sido, de antemano. Las lágrimas chorreaban por mis mejillas. Ni siquiera podía ver. Es increíble cuánto uno puede llorar por una muerte tan pequeña y tan anónima.

Y a la vez que horrible, fue hermoso. Ella solía recoger semillas en el patio y dar saltitos acuáticos alrededor de la piscina, como todos los otros pájaros del barrio. Era un ser terrestre, como nosotros y eso la convertía en nuestra hermana. No podíamos ignorarla. Teníamos que ayudarla a morir. Era una deferencia, un acto de amor, la mínima muestra de camaradería y de elegancia. Las lágrimas chorreaban por mis mejillas. Ni siquiera podía ver. Ese pájaro era un residente en el mismo mundo mío, y despedirlo era despedir a un compañero.

Ojalá no tuviéramos que esperar incidentes como estos, y siempre fuéramos conscientes de todas las otras vidas que también son nuestros compañeros. Que son todas.




2 comentarios en “La torcacita

  • Paula98 dice:

    Que tristeza me dió tu historia!! Me recuerda a un pajarito que yo también recogí de pequeña…. tampoco sobrevivió, pero le recuerdo con cariño.

  • Flor Casual dice:

    BUAAA!! que pena!! no me sabía esta historia… yo sufrí lo inimaginable el año pasado cuando rescaté a Silvio, un pequeño zorzal que más parecía un feto que un pájaro! lo tuve como 3 semanas, vi como crecía, le salían plumitas y como intentaba volar… como tenía que comer cada ciertas horas lo andaba llevando a todas partes, incluida la fiesta de año nuevo!! el final, tristísimo, fue que Silvio murió un buen día. Apareció tieso en sus aposentos!! que vida tan frágil!! lloré desconsolada y siempre que veo un zorzal pienso en mi querido amigo Silvio…

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