gatoconejo

A mi profe de 4to básico

15 de junio de 2015

Resulta que yo era una niña solitaria. Estaba en cuarto básico, tenía nueve años, y cada vez que tocaban la campana para ir al recreo me preguntaba si esta vez me iba a ir a esconder a la biblioteca, a la capilla (colegio católico) o al baño. La misma transpiración helada la sentía cada vez que había que hacer algún trabajo grupal aunque luego era menos helada porque, claro, uno se acostumbra a todo.

No es que no me gustara la gente. Creo que, por un lado, vivía muy dentro de mi propia mente y que, por otro, no sabía cómo interactuar, por lo que simplemente no lo hacía. Y sí sabía cómo desaparecer. Escondía las invitaciones de cumpleaños para que mis papás no me obligaran a ir. Salía primera de la sala cuando tocaban el timbre y volvía última para no caer en el pánico escénico de tener que conversar. Nunca pedía ayuda, y procuraba no necesitarla. Nunca mostraba debilidad. Sacaba buenas notas, era controlada, serena. Escondía mis sentimientos, o bien, me desconectaba de ellos y, además fuera del colegio, sí tenía un mundo. Varias primas de mi edad que crecieron siendo mis compañeras de juego y con las que todavía cuento. Eso me aliviaba, me tranquilizaba, me hacía sentir importante aunque, por supuesto, no era suficiente.

tameY entonces apareció una profesora. Una profesora joven, bonita (o al menos así la recuerdo), que observó mi situación y que se convirtió en mi cómplice. Se fue acercando de a poco, con cautela, como cuando el principito domestica al lobo: Llamándome cuando estaba por empezar el recreo, y entonces simplemente me conversaba. Nunca trataba de retenerme, como siguiendo el juego de que alguien me esperaba en el patio, y si me veía sola en los pasillos, obviaba, con una sonrisa luminosa y no invasiva, la incomodidad de mi humillación. Nunca me preguntaba por qué no tenía amigas, cosa que obviamente notaba, sino que solamente me ofrecía su compañía, su cariño, sin explicaciones ni preguntas, el que fui aceptando de a pedacitos, en parte porque abrirme a alguien descompensaba la estructura de mi universo, en parte porque tenía claro que hacerme amiga de la profe podía hacerme aún más rarita. Aunque en el curso la querían y ella además tuvo el tino de no ser muy obvia con nuestra conexión. Así que me fui dando.

Esta profesora, cuyo nombre no recuerdo, subió exponencialmente mi calidad de vida. Yo no siempre hablaba con ella, no siempre le abría camino, pero el hecho de que tuviera conciencia de mi persona, me fue dando a mí también conciencia de mí misma. Cuando uno vive aislada, en silencio… es fácil mimetizarse, y olvidar que se es alguien, algo separado de la totalidad, pero la profe se acercaba, me miraba a los ojos, me preguntaba cosas, se acordaba de lo que yo le había contado antes, y eso me humanizaba. Me veía. Yo era distinguible, yo era especial, yo existía, y eso era suficiente. Es todo lo que un niño necesita. Y así vivimos en armonía, hasta el incidente.

musketterResulta que el colegio hacía una kermesse anual y, pese a que yo evitaba los eventos sociales, no podía resistirme a ese… laberintos de cajas de cartón, tiro al blanco, camas saltarinas, y todo tipo de entretenciones campechanas y simples. Todavía me encantan esas cosas. Y fui con mis primas. Estaba tan orgullosa de ir con ellas, porque así también podía mostrarle a las niñitas del colegio que tenía personas de la edad que me querían, y que disfrutaban de mi compañía, aunque probablemente ellas ni siquiera se habían dado cuenta de si las tenía o no. Como dije, era muy hábil para la desaparición. No puedo culparlas.

Mis primas, por supuesto, no tenían idea de mi situación, y estaban felices de poder conocer mi mundo colegial y así, cada vez que alguien me saludaba, me preguntaban si ésa era mi amiga. O esa. O esa. “No”, respondía yo también, cada vez, porque aunque me hubiera gustado decir que sí, encontraba peor que se dieran cuenta solas después de que eran solo compañeras simpáticas, que después de saludar se irían. Al cabo de un par de horas, tuvieron el tino de dejar de preguntar aunque, mirando atrás, no sé si tuvieron tino o si simplemente se olvidaron del tema. Y también me olvidé yo.

Hasta que apareció mi profesora. Fue tan dulce y simpática, y estaba tan aliviada de verme con otras niñitas. Nos recibió con una sonrisa casi incandescente, y me preguntó quiénes eran. Mis primas se acercaron para presentarse, felices de poder expresar su amistad condensada, de hacer lazos con alguien, entusiasmadas y con el mismo tipo de sonrisa.

Pero era una profesora, así que yo tuve vergüenza. ¿Cómo podía ser que la única persona que podía presentarles era una profesora? Además, si ella era tan amorosa, por contraste se notaba que sí tenía una relación conmigo, a diferencia de mis compañeras, que ella sí era lo que podríamos decir, amiga.

Yo no lo podía soportar.

Así que la desprecié. Dije, en tono neutral y robótico, algo así como “tenemos que irnos” y prácticamente tironeé a mis primas a otro lugar. No solo no dejé que las saludara, sino que ni siquiera la saludé yo. Ni siquiera la miré a los ojos. Mis primas me retaron por pesada, pero yo fui tan dura como es un arribista que, en la gloria social, desconoce a sus viejos compañeros. Bueno, no es lo mismo, pero se entiende: La desconocí porque sentí que no hacerlo significaría mi propia ruina y, detrás de mi actitud primitiva, no había más que un profundo pavor.calm

Por supuesto, me odié a mí misma, pero no me permití sentirlo entonces. En vez, me inmovilicé. Había negado a la única persona que me reconocía en el colegio, que me recordaba quien yo era, que me daba esperanza. Le había fallado estrepitosamente, y también a mí misma. Me moría de vergüenza, así que enterré esos sentimientos en lo más profundo de mi ser y, como recordar nuestra complicidad me dolía, también dejé de hablarle. Nunca más me quedé en el recreo. Nunca más la saludé en los pasillos. Ni siquiera me atreví a mirarla a los ojos cuando me hablaba en clase.

Y sin embargo, ella nunca cambió su actitud, ni hasta el último día escolar. Siempre me trató como si no la hubiera herido, aunque sé que lo hice. Siempre me trató con ternura. Obvió el incidente y no trató de forzarme a explicarlo. Obvió que nunca más le hablé, y mirando atrás, creo que lo hizo para no afligirme más. Porque no quería darme más carga, ni ahondar en la herida. Porque sabía que yo sabía. Porque entendía la situación, con esa sabiduría ancestral que solo algunos profesores tienen. Ella supo ver que yo era como uno de esos novillos que se enredan en el alambre de púa y que, mientras más se revuelven, menos pueden salir.

Dondequiera que esté, miss, yo le pido perdón. Me alejé de usted de esa forma terrible no porque no correspondiera a su cariño, sino que porque no quería reconocer mi situación… hablar ni del miedo, ni de la soledad. Yo tenía que seguir viviendo y tuve miedo de ponerme en contacto con mis sentimientos porque pensaba que, si lo hacía, me haría débil y no podría sobrevivir. Era solo una niñita asustada y entonces no sabía mejor.

Usted, de todas formas, realmente hizo una diferencia para mí. Me trató con amor, y su amor me hizo visible, aunque después no estuviera para apreciarlo. Me enseñó a ver tras los disfraces de la gente, porque entonces aprendí a ver el mío. Me enseñó lo que son la paciencia y la compasión.

Gracias a usted soy una mejor persona y se lo agradezco de todo corazón.

teacher




4 comentarios en “A mi profe de 4to básico

  • Constanza dice:

    Que buena la historia!
    Yo creo que lo que te paso nos refleja a muchos que a veces por temor social hemos “negado”al que si estuvo del lado nuestro!
    Es bueno tomar conciencia de ello!

  • Cata dice:

    Buaa qué pena esta historia!!! Ojalá la lea tu miss :)

  • Florencia Ortúzar dice:

    Me recordó a Miss Honey, la profesora de Matilda!! Q linda historia

  • Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada.