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La Biblia: una medida de sus tiempos

11 de Agosto de 2013

Junio 2007

 

La Biblia: una medida de sus tiempos.

 

Aprendiendo sobre la comprensión hemos podido ver que no es un tema tan fácil como se creería a simple vista que lo es. Hemos visto que, para lograr una buena comunicación hay que considerar muchas variantes que van más allá del mensaje mismo. No sólo hay que cuidar que el enunciado viaje en un medio fértil sino que hay que cuidar el receptor también lo sea, y la única forma de que éste pueda entender tal mensaje es teniendo en su interior la estructura apropiada.

Los primeros textos bíblicos, correspondientes al Antiguo Testamento, fueron escritos en un tiempo en que los habitantes eran aún muy primitivos. De ahí se entiende que los términos mediante los cuales Dios se refiere a ellos sean muy gráficos y coloridos. De ahí también se entiende el uso de promesas y amenazas que luego se reemplazarán, en el Nuevo Testamento, por una perspectiva amante que mira más allá de los cometidos de este mundo terrestre, ya que es similar a lo que ocurre cuando los niños se van convirtiendo en adultos y entonces dejan de importar las pequeñas negociaciones cotidianas para dar paso a los valores y los proyectos en la vida. No importan tanto las cosas, importa más el significado y la intención que tienen. Importa más el espíritu subyacente.

En varios de los textos del Antiguo Testamento podemos ver esto con claridad, este modo aún primitivo de acercarse a un pueblo que también lo era. Por ejemplo, en Éx. 33, 20. “Y añadió <<Pero mi rostro [el de Dios] no podrás verlo, porque nadie puede verme y seguir con vida.>>” Considerando que sería Dios quien da la vida y quien regula todos estos asuntos, el modo en que se presenta parece más obedecer más a un intento de impresionar a los creyentes que a advertir una inevitabilidad. Esto no tiene necesariamente una connotación negativa: es parte de la seguridad que Dios da un pueblo que está empezando a crecer. Este pueblo necesita creer que Dios es alguien a quien ni siquiera se puede mirar de lo poderoso que es. Necesita descansar en lo que no entiende.

Parecido ocurre en Is. 55, 8-9: “Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos – oráculo de Yahvé – Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros”. Aquí, Dios, de quien luego se dice que se hace carne para habitar entre nosotros, se aparece como un ser totalmente ajeno a nuestra realidad. Esto se podría entender como algo necesario para un pueblo que aún no estaba listo para recibirlo, aunque igual haya habido una parte de Dios Hijo que nunca dejó de ser totalmente divina ya que, como establecen los creyentes, Jesús es tan humano como divino.

La compasión de Dios y su perdonar los pecados es algo que se va mencionando cada vez más a medida que se va avanzando en el Antiguo Testamento, probablemente porque cada vez está el pueblo más evolucionado y, por ende, más comprensivo y más sutil, menos necesitado de argumentos duros y determinantes. En Joel 2,13, no sólo se habla de cómo Dios es tardío en cólera (frase que se menciona de diferentes formas en varias ocasiones), sino que se dice que Él puede retractarse de las amenazas. “Desgarrad vuestro corazón y no vuestros vestidos, volved a Yahvé, vuestro Dios, porque él es clemente y compasivo, lento a la cólera, rico en amor y se retracta de las amenazas”. Esta última frase contraria bastante a la emitida previamente en Números, 14, 18, que es un libro más antiguo y, por ende, menos evolucionado: “Yahvé es tardo a la cólera y rico en bondad, tolera inquinidad y rebeldía; aunque nada deja sin castigo, castigando la inquinidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación”.

En el Nuevo Testamento, los receptores estaban ya aún más evolucionados y se nota. En los Evangelios se habla varias veces de cómo Jesús es el camino a Dios y a la Verdad pero el modo de decirlo es más delicado. Ya no se dice, por ejemplo, que nadie puede ver a Dios porque moriría, sino que simplemente nadie lo ha visto, aunque se da a entender que sí lo ha visto Jesucristo. Según Juan 1, 18: “A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado”.

Así, todo el tema de las promesas y amenazas se va dejando de lado para simplemente establecer el mensaje de amor. Cuando Juan dice (Jn. 6, 45): “Está escrito en los profetas: Serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí [Jesús]”, no sólo se simplifica el asunto de las deudas humanas a una mera invitación a acercarse a la Verdad, sino que se da a entender que es Dios quien siempre está tras esa verdad, diciendo de modo muy sutil que incluso el aprender tras la tragedia viene de la mano de Dios y conlleva razones que no veríamos con nuestros ojos humanos.

Es en los Evangelios en donde se hacen las grandes revelaciones y en donde se cuenta la historia de Jesús, pero es en los libros posteriores del Nuevo Testamento en donde se nota la gran evolución espiritual a nivel del pueblo por la recepción de este mensaje. Es llamativo cuando Pablo, en los Hechos (Hechos 17, 24-25) dice: “El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es señor del cielo y de la tierra, no habita en santuarios fabricados por mano de hombres; ni es servido por manos humanas como si de algo estuviera necesitado, el que a todos da la vida, el aliento y todas las cosas”. Se nota ya con dulce claridad que el tema para los creyentes dejó de ser los templos y las grandes riquezas. Ahora el hombre busca y encuentra en la simpleza de la naturaleza, en el íntimo aliento de Dios.

Juan, con su impresionante labia y poderosos dotes de orador, al final del Nuevo Testamento, en su primera carta, resume y glorifica gran parte del asunto con una sola frase trascendental. Según Juan 4, 8: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor”.

Este, a mi parecer, es el legado más brillante y más simple y en su excelencia convierte al emisor en un graduado. Toda la Verdad se resumiría en el amor. Si alguien no conoce nada, es que no ha amado nada. Esta breve frase nos lleva a muchas ideas y conclusiones. Una sería, que lo único real es el amor, por lo que todo lo que hemos vivido fuera de él no era que fuera equivocado o erróneo sino que simplemente irreal. Estábamos durmiendo, pero estamos despertando. Nuestro dolor no era cierto. Nunca pudimos estar lejos de Dios realmente, lleve el nombre que lleve y tome la forma que tome.

La segunda conclusión, aún más innovadora, es que basta con amar para llegar a Dios. No necesitamos nada más.

A estas alturas el receptor está tan elevado que no necesita ni promesas, ni amenazas, ni siquiera indicaciones o religiones organizadas. Sólo amor. Basta con el amor, porque éste lo es todo y lo resuelve todo. Este amor puede tener mucho que enseñarnos, porque no siempre lo conocemos, pero si lo sentimos divino… sabremos que es de verdad, porque ahí está Dios y sólo él al final es real.

Seguir la evolución bíblica es también seguir la historia de un credo y con él, de su historia, y por eso analizarlo es interesante no solo a nivel religioso, sino que en todos los niveles en que este proceso existe, aunque a veces se violen las propias reglas del credo, y se siga acusando a personas en el malentendido nombre de Dios: El mensaje último del amor, en su profundidad, vive y, para encontrarlo basta, como dijo Jesús “El que tiene oídos, que oiga”.




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