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Nuevos conocimientos, nuevas posibilidades

7 de Agosto de 2013

Octubre 2010.

 

Nuevos conocimientos, nuevas responsabilidades.

 

El tema con el cual trabajaré en el ensayo final de este curso, es aquel que trata de los cambios psicológicos y sociológicos que causan los nuevos conocimientos, y las responsabilidades que éstos conllevan (o viceversa). Como tales conocimientos se refieren a asuntos como la física cuántica, la que existió aún cuando no sabíamos de ella, tal vez algún escéptico podría cuestionar al tema de la tal responsabilidad preguntando “¿y en qué nos cambia saberlo, si pasaba de todos modos?”, intentando zafarse del dilema de esta manera.

Bien, tal pregunta sí podría invalidar la discusión misma de este proyecto y efectivamente lograr el cometido de simplemente desligarse… si no fuera por la naturaleza misma de la física cuántica, cuya primicia más importante es que el observador cambia la realidad, y que en ello perturba a la totalidad del universo, por lo cual claro está que sí convendría saberlo, y que sí cambia las cosas. Sin embargo, como ocurre en todo ensayo, tal idea se irá explicando a lo largo del desarrollo de éste, y no en la introducción misma, aunque sea interesante desde ya saber y eso lo convierta en una suerte de promesa.

Antes de comenzar con el desarrollo de este ensayo, quisiera comentar el propósito de mi elección, que viene a ser el de responder a una necesidad de que los conocimientos vistos se apliquen en la vida personal y comunitaria, y de que se apliquen de un modo adecuado. Como bien dijo Sartre, el filósofo, el hombre cada día se construye a sí mismo, y en ello a su historia, que en gran perspectiva viene a ser la historia de todos. Un día en que no se construye, no es uno en que se omite… sino uno en que se descuida, y varios de esos días anónimos luego pueden traducirse en la destrucción de un proyecto, y de una persona, y hasta de la sociedad misma. Estamos construyendo un camino, lo queramos o no, y por ello más vale estar atentos, y el propósito de mi ensayo es justamente ése: contribuir a estar atentos, porque resulta que nuestra propia percepción al respecto de las cosas es más importante de lo que la mayoría creeríamos, pero mi propósito es contribuir a estar atentos de una manera en que tampoco nos volvamos controladores al límite de lo insalubre, o más allá. Lo veremos.

Entrando ya a analizar el tema mismo, podemos comentar cómo es de antigua la búsqueda del conocimiento, ya que probablemente nació con el ser humano mismo, apenas su extraordinaria adaptabilidad pudo permitirle desarrollar su mente. Los primeros hombres propiamente tal dibujaban en las cuevas a los animales que admiraban o querían cazar (o ambas cosas), y dibujaban a aquellos animales con más detalles que a ellos mismos, lo que nos da a entender cómo entonces el ser humano buscaba el conocimiento como algo que estaba fuera de sí mismo, aunque fuera una búsqueda al fin y al cabo.

Más adelante, aquel foco externo de búsqueda, pasó a ser uno interno, en la época griega, en donde abundaban los filósofos que hasta llegaron a inscribir en el templo de Apolo el célebre “Conócete a ti mismo”, refiriéndose a cómo al hacerlo podíamos conocer también a todos los demás… Sin embargo, el foco interno fue cambiado otra vez a uno externo en las épocas medievales, para luego enfocarse en el hombre una vez más con la llegada del renacimiento y luego los tiempos modernos, al menos en la cultura occidental, y así hasta ahora… aunque últimamente se ha ido llegando a un equilibrio entre ambos extremos, al menos en las zonas más informadas y estudiosas, todo esto expuesto de modo muy general.

Lo interesante aquí es que, pese a que el hombre y su sociedad sí han sufrido cambios y transformaciones, y pese a que algunos de ellos han sido fluctuantes… en medio de ese proceso se han ido conquistando territorios puros y objetivos del más puro conocimiento, que tratan temas universales y afines a todo ser viviente (y no viviente), algunos tan certeros y decidores que ya no se pueden ignorar, y que en su impactante revelación impiden dar marcha atrás. Por eso, podemos tal vez aventurar que, aún si la historia parece fluctuar de un lado a otro, en realidad va subiendo en un espiral en donde de todas maneras somos cada vez más cultos… ya que el conocimiento da luz sobre asuntos que luego ya no pueden ser negados, y ello inevitablemente nos cambia.

Pese a que, a largo plazo, tal cambio resulta conveniente, aquellos momentos de revelación no siempre son gratos, en un comienzo, para la especie humana. Un buen ejemplo es lo que ocurre cuando se descubre que la Tierra no es el centro del universo, sino que simplemente un planeta más orbitando alrededor del sol: El primer hombre en promulgarlo, Copérnico, no es tomado muy en cuenta cuando lo hace, así que no causa demasiados estragos (posiblemente el mundo todavía no está listo para escucharlo), pero cuando su predecesor Galileo sí encuentra oyentes, pasa a ser perseguido por la Inquisición, y a ser tan amenazado que llega a desdecir lo dicho, aún todavía creyéndolo. El impacto de su “herejía” es tan fuerte que apenas viene a ser formalmente exonerado en 1992, a siglos ya de que lo que dijo fue avalado, y a siglos también de su muerte… solo por lo espantoso que fue para el ser humano el sentirse destronado de lo que pensaba que era el lugar preferencial que tenía en el universo.

La astronomía no ha sido la única ciencia que golpeó el ego del hombre y que ha transformado a su visión de mundo. La antropología también tuvo su propia revelación traumática: En 1859, Darwin, publicó El origen de las especies, en el cual pone al ser humano en la misma línea de los simios, diciendo que comparten un mismo origen y que entonces no es más que una versión distintamente evolucionada de éstos, si acaso más evolucionada… ya que mientras el ser humano usó su cerebro para sobrevivir, otras ramas simiescas usaron su rapidez o su fuerza, lo que científicamente visto convierte a nuestra inteligencia en nada más que una posibilidad distinta que nosotros venimos a desarrollar y no ellos, por motivos meramente naturales… alejados a la gran razón moral o espiritual que creíamos que nos diferenciaba, que nos hacía los elegidos.

Como es fácil de imaginar, toda esta teoría, la llamada teoría evolutiva, también se ganó la desaprobación en su momento (y en algunos sectores aún lo hace). A la mayoría de los hombres ilustres (los que leían a Darwin) no les agradó ser considerados como animales, y otra vez consideraron un insulto no tener alguna categoría especial en el mundo existente… pero eventualmente lo superaron y hasta lo usaron a su favor. Con el tiempo, y luego de ciertos golpes de ego, veremos es lo que sucede en general con los verdaderos científicos: que tomarán los nuevos conocimientos como herramientas para llegar más allá, dejando atrás las ideas preconcebidas para aprender cada vez más sobre el universo y sobre nosotros mismos… y logrando eventualmente gracias a ello hazañas tales como encontrar planetas lejanos, usar tejidos de cerdo para transplantes humanos e incluso descifrar el genoma de varias especies, entre otras cosas, y sumando.

Eso es lo que hace la ciencia. Al ser objetiva y al cuestionar la realidad sin prejuicios, va abriendo luces sobre una visión que no siempre nos pone en el lugar que pensábamos. Lo llamativo del tema es que lo que cuesta no es tanto abrazar al conocimiento mismo, sino que al significado moral o ético que solemos atribuirle, el cual ni siquiera es pertinente en esta búsqueda. Lo cierto es que tomar como personal (juicio de valor) un asunto que es objetivo (hecho), no es un argumento sino una falacia, como bien establece Wittgenstein en su conferencia sobre ética explicando que “la ética no puede ser una ciencia. Lo que dice la ética ni añade nada, en ningún sentido, a nuestro conocimiento”* , y esto porque el conocimiento dice lo que dice, y va más allá de nuestros pareceres al respecto. (Wittgenstein, Conferencia sobre ética (y otros textos): Ediciones Paidós Ibérica, 2007.)

Aún pese a esto, la raza humana cambia su visión de identidad y de valor personal según el proceso de aprendizaje, y de lo que va conociendo en él. Esto es natural, e incluso positivo, pero solo si se hace del modo adecuado… tomando el conocimiento para poder situarnos con más exactitud en el universo que hemos ido descubriendo, y no para juzgarnos moralmente sobre éste, ya que como vimos ese modus operandi no aplica. La tentación de hacerlo, mediante la religión o mediante cierto tipo de normas morales es alta, pero seguir adelante con ello al final nos perjudica, porque nos impide realmente aprender y trascender. Como bien dice Asimov: “Rendirse a la ignorancia y llamarla Dios siempre ha sido prematuro, y hoy sigue siendo prematuro”. Dawkins, otro científico, agrega, “Estoy en contra de la religión porque nos enseña a estar satisfechos con no entender el mundo”. Por supuesto, esto no significa que haya que ir contra la religión, o que Dios no exista… pero sí que no debiéramos escudarnos en ello para justificar la falta de aprendizaje. No es adecuado intentar explicar mediante juicios de valor lo que no son más que hechos vitales.

Si miramos a grandes rasgos la historia, veremos que es justamente lo que ha pasado. Luego de la época clásica, en donde sí hubo un concepto de responsabilidad personal y de autosuperación, y en donde los valores permitidos eran relativamente amplios, viene la edad media y se deja el trabajo de lado para adorar a un Dios que no quiere que investiguemos a su universo. La astronomía se prohíbe, junto al estudio general de las ciencias, y Leonardo Da Vinci ya entrado en el renacimiento llega a robar cadáveres para estudiar su anatomía, ya que no hay registros de ello. Abrir un cuerpo para estudiarlo es cuestionar a Dios. Mirar su universo, indagar en su alma sin permiso.

Por supuesto, este modo de pensar da a luz a un hombre más ligero, en el sentido de que no tiene la responsabilidad de buscar el conocimiento, pero a la vez hace nacer a un hombre atado… ya que en su ignorancia no puede ser libre. Como bien dice el físico-químico Slotin, “Para ser realmente libre, hay que ser libre en la mente”, y resulta que el ser humano de entonces ni siquiera tiene permiso para ello, y es que en el oscurantismo el mundo no se conoce ni se tiene permiso de conocer. Solo somos invitados en la Tierra, para una suerte de prueba moral. No digo, dicho sea de paso, que la religión occidental haya tenido esa intención última, pese a que Nietzche sí fue bastante acertado cuando la calificó como “el opio de las masas”, aludiendo justamente a esa insensibilización colectiva en cuanto a la búsqueda de conocimiento. Pero cuando recordamos que fue el mismo Jesús quien dijo “La verdad te hará libre*” y cómo era un revolucionario, podemos imaginar que pasó algo más, aunque tal discusión teológica-moral podría ser motivo para un nuevo ensayo completo, el cual dejaremos para otra ocasión. (La Sagrada Biblia: Juan 8:31-59).

Volviendo a la historia, fue una vez que el oscurantismo se acabó y que una masa crítica de pensadores y científicos se atrevió a buscar con más tesón y libertad, que comenzaron a cambiar las cosas. Este oscurantismo se terminó justamente por el cambio humano, y no viceversa, aunque debieron darse ciertos factores para que esto sucediera. Como suele suceder, fueron algunos los que se embargaron en los conocimientos que luego llegaron a la masa crítica, y más adelante al conocimiento popular, y aunque su trabajo fue en sus comienzos más bien anónimo, terminó siendo crucial.

Esto, cabe explicar, no es extraño. Si estudiamos a grandes rasgos la historia, veremos que siempre son unos pocos los que hacen los avances, y que más adelante el resto los va aprehendiendo. Esto significa que, luego de un descubrimiento importante, siempre pasará un tiempo antes de que la totalidad de las personas los incorpore como parte de la cultura general (y algunos tal vez nunca se incorporen por completo).

Andrés Bello lo sabía bien, y por eso, en el discurso que dio en la inauguración de la Universidad de Chile en 1843, alabó la institución hablando del “chorreo” de conocimiento que produciría, porque aquellos hombres ejemplares serían quienes encontrarían y estudiarían los nuevos hitos y avances, para luego con el tiempo ir chorreándoselo a los demás, hasta eventualmente todos empaparse de ello. En otras palabras, serían los pioneros. A mi parecer, solo una idea como ésta nos permite entender cómo es posible que un descubrimiento tan increíble como el de la física cuántica pueda apenas hoy ser relativamente familiar en la cultura general (y si es que).

Como la historia de la física es larga, y aún lo es más la de la ciencia, analizaremos solamente la física para hacer un seguimiento del cambio en la mentalidad del hombre, y ésta solamente desde la aparición de Newton, ya en el siglo XVII.
Así comenzamos con el gran Newton, quien contribuye con sus aportes en el comienzo de la modernidad, y con aportes que son realmente revolucionarios: descubre la gravedad, establece las leyes de la mecánica clásica, y sus estudios de luz eventualmente darían la base de la mecánica cuántica, entre otros. Algo llamativo es que fue el primero en decir que las leyes que rigen la física en la Tierra, y en el cielo son las mismas, y en ello hasta sugirió una teoría unificadora, aunque no logró completarla. Sin embargo, la misma formulación fue una interrogante a dejar para que otros retomaran más adelante, tanto como él mismo pudo avanzar en sus estudios, tomando mucho que otros trabajaron antes que él, ya que las ciencias pasa mucho que alguien termina cosechando lo que muchos otros científicos (a veces hasta generaciones de ellos), sembraron. Un último aspecto llamativo de Newton a comentar es que era muy religioso, tanto que escribió aún más sobre esos temas que sobre los científicos, lo que nos permite derrumbar el mito de que ambos aspectos no se pueden compaginar.

En sus tiempos, siglo XVII, el ser humano estaba recién saliendo del oscurantismo y empezando a vivir en ciudades, aunque la mayoría de la población siguió viviendo en lo rural hasta ya adentrado el siglo XX. Los conocimientos, aunque impactantes (Newton se consideró imbatible hasta la aparición de Einstein), posiblemente no se discutieron mucho más allá de las universidades y altas elites, ni tampoco tuvieron todavía demasiada aplicación en elementos tecnológicos que despertaran a las masas al respecto, excepto quizás con los grandes avances que hizo con el cálculo, los que por supuesto fueron de gran ayuda en la ingeniería y otras aplicaciones del tipo.

Luego, en el siglo XVIII vemos que se desarrollan la termodinámica, la mecánica estadística, y la física de fluidos, y que ellos ayudan a la revolución industrial que comienza a mediados del siglo… la que provoca la mayor transformación socioeconómica, tecnológica y cultural existente desde el neolítico. Aparecen el ferrocarril, la manufactura textil y también muchos tipos de maquinaria, y con ello el estilo de vida cambia completamente. Todo se hace más rápido, y el trabajo puede hacerse sin presencia del hombre, el que peligra con pasar a ser reemplazable en ciertos ámbitos, pero quien a la vez va teniendo más espacio para trabajar en otros, y quien también vive con mayor riqueza gracias a la optimización de los procesos. Desde entonces el mundo irá cambiando cada vez más rápidamente, de un modo que ha sido descrito como exponencial.

Estos cambios, sin embargo, en un inicio no transforman al ser humano promedio en el inquieto y abierto tipo científico con el que soñamos al comienzo, sino que más bien en un trabajador incansable, con dudas existenciales, y bastante agotado, pero que a su favor tiene una mayor libertad económica y mayor facilidad a la hora de trasladarse. Esto último abre al mundo y permite conocerlo más rápido, pero como el interés está más puesto en seguir optimizando que en salir a disfrutar o a buscar, el sentido personal de cada hombre sigue sujeto a las normas que dictan los que están en la cumbre, sean los que descubren, o sean los que ejecutan, en vez de ir por una búsqueda interna por la autonomía, al menos el hombre promedio. El mundo para ellos en general sigue estando resuelto.

Más adelante, en el siglo XIX, se sigue en el boom de la revolución industrial, y en medio de ella se producen avances científicos en la electricidad y el magnetismo. En 1855, Maxwell unifica ambos conceptos, hacia lo que pasa a ser el electromagnetismo, que a finales de siglo permitirá la aparición de las radios, y también se hacen los primeros descubrimientos de radioactividad que más adelante llevarán a la física nuclear, y también el descubrimiento del electrón. El mundo, con todo ello, sigue avanzando y cada vez más rápido. El motor a vapor llega a los barcos y a los ferrocarriles, y la aparición del telégrafo, de la lámpara incandescente y de la televisión hacen que todo esté más interconectado y parezca más cerca. Se habla incluso de una segunda revolución industrial a finales de la centuria, en donde se innova cada vez más con las petrolíferas, la electricidad y la química, todo cada vez más profundizado por el hombre.

Esto, por supuesto, sigue cambiándolo. El hecho de que la vida diaria sea más fácil, permite que haya más tiempo para destinar a otros asuntos. Además, los medios como la radio, el teléfono y la televisión (la que apenas se masifica en la primera guerra mundial, y solo en algunos países) permiten que todos estemos más conectados. Esto abre la puerta para estimular la conversación y el conocimiento, ya que no pasará demasiado antes de que la globalización llegue y entonces las pequeñas aldeas sean influenciadas por todas las demás y es que, como dijimos al comienzo del ensayo, el nuevo conocimiento inevitablemente cambia y eso conlleva responsabilidades… aunque también libertades.

Aunque positivo, este proceso suele provocar revuelos, por la intolerancia que algunos sienten ante él, por el miedo que surge cuando se cuestiona lo que se consideraba que eran las bases. En palabras más sencillas, ahí está el hombre promedio, con un concepto establecido de cómo son las cosas, lo que le da cierta comodidad y cierto contento, porque siente que controla el motivo de su propia identidad, y ahí están todos los nuevos descubrimientos que lo obligan a avanzar. Por supuesto, el progreso al final siempre vence, pero es posible que en un comienzo encuentre resistencia, ya que no es fácil cambiar. Requiere esfuerzo.

El siglo XX viene justamente teñido de todo ello. Lleno de avances, y de nuevas tecnologías, trae descubrimientos que transforman para siempre la visión que había del mundo. Uno de los que más aporta es Albert Einstein, con sus teorías de relatividad y de relatividad especial… las que hablan, entre otras cosas, de cómo el espacio, la velocidad y el tiempo son relativos, por lo cual el tiempo solo es una medida más, y entonces sucedería de modo distinto en diferentes localidades del universo.

Por supuesto, tal teoría causó conmoción. ¿Cómo vale nuestra existencia si el tiempo es una constante más? ¿En qué tipo de universo estamos habitando? Este tipo de interrogantes no desanimó a los investigadores, que siguieron avanzando en la búsqueda, y así fue como Einstein, junto a Planck y a Bohr (y algunos más), dieron a luz a la física cuántica… la que cambia casi cada cosa que antes dijo la física clásica, dejándola obsoleta, y la que luego dio pie, por supuesto, a la mecánica cuántica.

La cuántica habla de mucho, pero en ella quisiera destacar la paradoja partícula – onda, la cual cuenta de lo contradictorio (y supuestamente imposible) que es que una partícula pueda actuar en ocasiones como onda, y en otras ocasiones como partícula, y viceversa… lo que justamente sucede precisamente de esa forma. Tal vez lo más interesante de esta paradoja es que es el observador el que perturba a la partícula, pudiendo modificar, con su presencia, su conducta. Esto es conocido también como la incertidumbre de Heisenberg, que dice que mientras no midamos el elemento (por así decirlo), es potencialidad pura, por lo cual es onda y partícula al mismo tiempo. Solo al medirlo, toma alguna de las dos identidades.

Schroedinger luego intentó explicar esta paradoja, proponiendo el experimento del gato hambriento/gato satisfecho, célebre hasta el día de hoy… sobre el gato en una caja que, mientras no se le mire, estará tanto hambriento como satisfecho (esto simplificándolo mucho). Pero hay mucho más que decir sobre lo cuántico que esto… como que el universo no es realmente continuo, y que está lleno de fenómenos que consideraríamos anómalos, o como, por ejemplo, que dos partículas en lugares distintos pueden ser en realidad la misma, y comunicarse automáticamente, más rápido que a la velocidad de la luz, y luego al tocar a una, puedo tocar a la otra. Estas ideas ilustran muy bien el viejo dicho de que la realidad supera la ficción, y eso que aún no sabemos cómo es la verdaderamente la realidad (valga la redundancia).

Por supuesto, estos temas físicos y mecánicos luego siguen avanzando, de manera en que hoy se elaboran teorías quizá aún más avanzadas como lo es la teoría de la cuerda, y su propuesta de que no hay electrones en el universo, sino solo líneas curvas interconectadas… algo que Einstein también sugirió, y que también ilustra cómo estamos todos relacionados con todos. Esta teoría sigue en trabajo, y nadie aún ha llegado a la verdad absoluta. Sin embargo, sin indagar más allá, y dejando hasta aquí la breve historia de avances científicos, debo decir que llama la atención cómo sus avances no han hecho más que aumentar la importancia de las unidades más pequeñas, y en medio de ellas, de la conciencia… aunque en nuestro ensayo, basta con analizar hasta la aparición de la cuántica, así que remitámonos a ésta.

¿Y qué hace el descubrimiento de ella (la física cuántica) con el hombre? Como dijimos anteriormente, se necesitan algunos años para que la información pionera llegue al hombre promedio, pero gracias al avance de las comunicaciones y hoy del internet, se entiende que el proceso va más rápido. Mientras el hombre promedio no sepa más o menos cómo ella trabaja, no hay un cambio realmente en la conciencia general al respecto, sin embargo toda esa información ha estado bastante en el tapete, por lo que podemos decir que la sociedad ya se ha visto cambiada por esto.

Hay tres elementos populares que han acercado la física cuántica a las grandes masas, o al menos a una masa crítica y que comentaremos a continuación:

El primero es la película What The Bleep Do We Know, hecha en 2004, la que explica todos estos temas de un modo en que todos podamos entenderlo, artísticamente construida aunque de un modo didáctico. Esta película ha tenido tanto éxito que cuesta creer que habla de conceptos descubiertos hace ya varias décadas, y su mérito radica en que simplemente los explica de un modo claro, sin aditivos y sin falsas promesas, y de un modo digamos apasionante. A mi parecer, es bastante recomendable.

El segundo es el libro de autoayuda de Rhonda Byrne, The Secret, escrito en el mismo año, el cual aplica la cuántica a la vida cotidiana de los seres humanos. Byrne habla del modo en que funciona el universo, cambiando según el observador y la propia energía que éste emite, capaz de afectar a la realidad misma, por lo cual para obtener lo que queramos basta con pedirlo… pero aunque tiene ciertos elementos coincidentes con la teoría física y su mecánica, puede ser demasiado simplista en las instrucciones que promulga, al riesgo de caer en una pseudociencia, y de incluso asustar con sus errores a las masas (si verdaderamente lo creen).

El gran número de seguidores que ha tenido y el frenesí a veces poco realista que ha provocado, tampoco ayuda demasiado a que se tome en serio, puesto que en ciertos ámbitos parece haber dado pie incluso a cierto tipo de religión nueva. Con esto no quiero decir que la autoayuda – categoría a la cual se ha atribuido este libro, más que a la de ciencias – no funcione, sino solo proponer que, si se habla de las leyes a través de las cuales funciona el universo, debiera hacerse con un poco más de rigor, y sin pretender dar las respuestas finales, cuando ni siquiera los más avanzados científicos han llegado aún a ellas… en especial si luego quienes han tomado a The Secret al pie de la letra, creen que los enigmas del universo ya están cerrados, y con ello cierran también sus mentes, y luego se perjudican por su propia ignorancia.

El tercer y último elemento popular a destacar que intenta aplicar la cuántica a la vida cotidiana, más que un elemento mismo, es un autor: Deepak Chopra, médico y estudioso, el cual ha escrito una serie de libros que tocan de un modo u otro el tema. Tal vez el más adecuado a citar para este ensayo sea Sincrodestino, escrito en 2003, en donde Chopra justamente habla de la dualidad partícula-onda, aplicándola a los mantras del yoga. Deepak explica que, siguiendo la lógica, si existe por ejemplo un mantra, y personas en el pasado le han atribuido un sentido, al uno tomar el mismo mantra puede simplemente seguirlo, aunque no lo entienda… de la misma manera en que, si dos personas tienen al alcance la misma partícula-onda dividida en distintos puntos del espacio, basta con que una de las dos la determine, para que la otra se convierta en partícula o en onda, según la elección hecha por el otro individuo. Por supuesto, es un concepto radical, pero sin duda muy interesante.

Como vemos, se dice mucho al respecto, y eso que la sociedad apenas está empezando a digerir el tema. Más allá de si cada alcance expuesto es cierto o no (lo que podría iniciar una larga discusión), éstos grafican un avance al ilustrar búsqueda del conocimiento humano. Por supuesto que lo que pensemos moralmente al respecto no cambiaría realmente el modo en que son las leyes universales, como antes dijo Wittgenstein (aunque en cuanto a la física cuántica y a los avances últimos esto podría llegar a ser discutible, dado que el observador puede cambiar la realidad, y la ética del observador influye en cómo éste puede mirarla)… pero el modo de afrontar esta búsqueda por la superación y el progreso intelectual sí dice mucho de nosotros, y de la velocidad con que superaremos nuestras metas.

El futuro suena bastante prometedor al respecto cuando vemos la reacción del hombre actual a todos estos últimos descubrimientos. Este hombre es alguien que podría haberse sentido despojado, ya que luego de siglos de ilusoria seguridad en un mundo supuestamente constante, descubre que en realidad habita en un universo móvil y no continuo… pero en vez de lamentarse y asustarse, investiga y lucha. Viene de civilizaciones anteriores en donde todo parecía fijo, y en donde se le decía qué debía pensar y cómo, y ahora descubre que ni los que llevan el poder son imbatibles, ni lo que parecían las leyes rígidas de la ciencia, pero esto parece causarle más alivio que horror: Buena señal en cuanto a nuestra evolución, puesto que grafica cómo hemos ido abriendo nuestras mentes, y es que con la globalización, y la interacción general, ya no hay espacio para quedarse atrás, y las personas son cada vez más independientes y están cada vez más dispuestas a hacerse cargo de sí mismos. Esa es la transformación que ha ido experimentando nuestra sociedad, y tanto científica como moralmente (aunque no debiéramos) podemos calificarla como positiva, en cuanto a avance.

Como dijimos al comienzo de este ensayo, el conocimiento trae liberación, y por eso, como advertencia final quisiera acotar que es importante que ella parta del conocimiento y no de falsos supuestos elaborados apresuradamente. Ése es el riesgo que hay en medio de este proceso, en especial con la cantidad de información circulante que hay, la cual no es toda certera ni confiable. Vemos que la nueva libertad a veces también trae ansiedad, por querer tomar más pesos de los que realmente estamos capacitados para tomar. El universo nos muestra un lado nuevo, y podemos apurarnos creyendo que ya lo conocemos. Incluso podemos creer que podemos realmente manejarlo, en especial si nos informamos mal al respecto…

Este pensamiento insalubre es el que hace que muchas personas conviertan a la física cuántica en una pseudociencia, cuando piensan que solo creyendo algo pueden transformarlo o atraerlo a ellos, como si pudiesen de pronto dominar a todas las partículas-ondas del universo, de tal modo en que si no logran su cometido sienten que son los únicos culpables… Esa conducta es tan arcaica como, cuando en la época del oscurantismo, los religiosos rezaban para terminar con la peste, y luego se castigaban por no desaparecerla. Hay muchos más observadores en el universo, y también hay muchos fenómenos en él que no hemos alcanzado todavía siquiera a vislumbrar. Tenemos cierto poder, y no hay que renunciar a él, pero no es tan fuerte como creeríamos o quisiéramos… Concebirlo de ese modo sobredimensionado no es optimista, sino que irresponsable, ya que nos perjudica en muchos niveles: no solo en el personal, pidiéndonos ser algo que no somos (Dios), sino que también en el sociológico, desprestigiando la ciencia y luego haciéndonos trabajar menos en ella. La mesura al respecto es, sin embargo, la única advertencia que incluiría en mi ensayo.

La conclusión de mi ensayo es que el hombre sí ha sufrido varias transformaciones, siendo hoy más conciente, abierto y culto que en las previas generaciones, y aunque es algo que se espera dado el orden evolutivo de las cosas (y el trabajo que se le ha puesto), sigue siendo algo por lo cual celebrar.

Tal vez aún no podamos dominar las leyes vitales, y tal vez ni siquiera las entendamos del todo, pero estamos allí aceptando lo móvil que puede ser el mundo, y lo curiosa que puede ser la realidad, lo que justamente facilita el proceso de entenderla mejor, y lo que sin duda nos ha puesto a la altura de las circunstancias.

El resto de los problemas y ajustes que nos vaya dando la búsqueda del conocimiento se irán resolviendo en el camino, como ha sido ya a lo largo de toda la historia humana.

 

 

Bibliografía.

Libros:

Byrne, Rhonda (2004). The Secret. Editorial Urano: España.

Chopra, Deepak (2003). Sincrodestino. Edición Alfaguara: Buenos Aires.

Wittgenstein, Ludwig (2007). Conferencias sobre ética. Ediciones Paidós Ibérica: Barcelona.

Internet:

Wikipedia. (http://www.wikipedia.es).

Discurso de Andrés Bello en la inauguración de la Universidad de Chile (http://www.uchile.cl/?_nfpb=true&_pageLabel=conUrl&url=4682)

Frases ateas (http://dgamers.net/literatura/79077-frases-ateas.html)

 

Películas:

Arntz, William. What The Bleep Do We Know (ed. 2006). 203 mins. EEUU.




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