La señora encaramada

Era el 2009 y yo figuraba con unas amigas en el sudeste asiático. Habíamos decidido dedicar unos meses a viajar, y de momento estábamos en Camboya, específicamente en las ruinas de Angkor, un lugar que me sorprende que no sea más conocido (yo misma no supe de él hasta que me vi inmersa en tal viaje)… kilómetros y kilómetros de edificaciones antiguas, que hoy están a medio comer por la selva y medio habitadas por los monos. Fue la capital del antiguo imperio jemer, que ocupó no solo Camboya sino que otros países aledaños, y por eso está llena de templos y de monumentos. Se le llamaba ciudad sagrada, y hay partes de ella que fueron levantadas hace más de diez siglos.
 
Cada una de sus construcciones es una completa exquisitez, cuidada y esculpida hasta el último detalle, todo enmarcado de salvaje naturaleza, y rodeado de cierta aura poderosa y ancestral, difícil de explicar. Habría que ir para capturar – o intentar capturar – lo que se siente cuando uno tiene la oportunidad de ir por allí asombrándose:
Es tan lindo que parece una broma.
 
Sin embargo, también es muy pero muy caliente. Por eso, aunque era invierno, nos tocaron unos 30 y tantos grados, y una humedad tan alta que de a poco iba bloqueando la mente, en una especie de nube soporífera comedora de cosas. Una de mis amigas incluso vio puntitos negros por el calor. Creo que tomamos por lo menos dos litros de agua por nuca, intentando mantener el barco a flote, y así fuimos a casi cada templo, vimos casi cada vista, y subimos casi cada una de esas escaleras apretados al más puro estilo maya.
 
Al final lo hicimos bien.
 
Hasta que se acercó el atardecer, y con él, el momento de subir al templo más alto de la zona, cuya cima estaba varios pisos y escalones arriba de donde nos encontrábamos. ¡Oh, Dios! Lo logramos también, pero no fue fácil. Mascullamos, insultamos, y transpiramos ríos enteros en el proceso… hasta que al fin llegamos a esa cima enrocada desde donde veríamos al majestuoso sol hundirse entre los bosques y templos, ¡qué felicidad! Definitivamente había valido la pena. Y, una vez instaladas, miramos a los lados, para ver con qué gallardos compañeros debíamos codearnos por haber acometido tal hazaña, y entonces vimos que había harta gente, todos locos por la aventura como sus servidoras, intercambiando miradas de satisfecha complicidad.
 
Y entre ellos una señora.
 
Pero no era una señora cualquiera. Porque debe haber bordeado los 90 años y figuraba en la cima feliz de la vida. Como si no hicieran 150 grados y nuestras extremidades estuvieran a punto de caer derretidas. Como si no hubiera pisos enteros de peldaños siendo peaje obligado para llegar hasta allí. Como si no tuviera ya esos 90 años. La veterana estaba tranquilamente sentada con las dos manos unidas sobre su regazo, lista para ver el espectáculo del ocaso… y estaba radiante.
La señora nos había dado zurra, opino yo, a la manga de 27añeras que llegó casi resollando a la punta. Aunque para ser justas (dignidad) sí habíamos trepado absolutamente cada templo disponible desde antes del amanecer, jejeje. Había sido un día muy largo.
 
De todos modos, yo no podía dejar de mirarla. La encontré una inspiración. No parecía importarle ninguna de las barreras que a veces nos ponemos, ni siquiera las que tienen base más concreta, como la edad, el calor, o el esfuerzo… ella simplemente había querido subir hasta la cima para ver el atardecer, y lo había hecho. Y ni siquiera se leía orgullo en su cara, sino que solo entusiasmo y expectación.

sra 4

 
“Así quiero ser yo”, dijo esa voz en mi cabeza, inundada de emoción.
Y así lo seré, si está en mi poder. No me limitaré por la edad ni por la lejanía de los lugares que quiera ver, cuando mi cuerpo no me acompañe tanto… sino que estaré allí, en primera fila, tomando toda la belleza que el mundo pueda ofrecerme. 
 
Hasta el final.
 
Y si en el proceso, dejo con la boca abierta a las nuevas generaciones, tanto mejor para nosotros. A ver si se animan también.

El cansancio o cuando a uno no le importa nada

cans1Yo creo que el mayor problema de la sociedad podría ser el cansancio. Ni la distribución de la plata, ni la sobrepoblación de algunas ciudades, ni la contaminación: el cansancio.

El cansancio nos hace indiferentes, y es muy difícil trabajar con la indiferencia.

Lo ejemplificaré en algo muy cotidiano: Una amiga del colegio, la Mariajo tenía un perro, un rodesiano: Timmy. Ella lo encontraba encantador y seguramente el perro lo era con ella, pero las otras le teníamos pánico: con nosotras no era amable y además era gigante. Una vez se escondió debajo de la mesa cuando estábamos en el living, y era tan enorme, y gruñó tan fuerte, que la mesa empezó a temblar sobre él, con tazas y platos y librotes, y hasta pequeñas esculturas encima. Solo mi amiga podía dominarlo, cosa que hizo rápidamente en esa ocasión, con una voz suave y graciosa, como si nada horrible estuviera por pasar.

¡Dios! Esa vez creí que me moría. Casi llegué a sentir el frío hálito de la muerte soplando tras mi cuello, y lo mismo le pasó a la Coni, otra amiga que también estaba allí, con la que corrimos juntas a escondernos al baño. Admito que, en mi apuro, casi le cierro la puerta encima, jeje. Sorry, Coni. 

Pese a esto, unos días después, la Coni y yo figurábamos otra vez, como si nada, en el lugar del crimen. Era una tarde intersemanal y las dos veníamos agotadas de nuestras respectivas actividades, con ganas de solo echarnos a compartir el espacio. La Mariajo había ido a buscar vasos o algo así, demorándose mucho rato en sus labores de anfitriona, cuando con horror súbito recordé el perro, y le pregunté a mi interlocutora “¿no estará el Timmy otra vez debajo de la mesa?”… porque no había ni rastro de la dueña, y si él aparecía… ay, no podía ni pensarlo. Basta con decir que hubiera preferido que la mesa se moviera por la aparición del mismo demonio en alguna sesión de malogrado espiritismo, que porque el rodesiano, con su simple cuerpo terrestre, estuviera gruñendo bajo ella.

Mi amiga le tenía tanto miedo como yo, pero para mi sorpresa, en esa ocasión solo contestó un escueto “no sé”, hundida en el sillón. “Estoy tan cansada que me da lo mismo que me coma”, explicó después de un aletargado silencio, aún sumergida en ese océano de tela y relleno, con voz totalmente monótona. Era la viva imagen de los hombres y mujeres consumidos por el vivo ritmo actual. Totalmente destruida, y sin tener siquiera vergüenza de admitirlo. 

En ese momento, lo miramos con distancia y resultó tan gráfico y dramático que nos pareció divertido, ¡muy divertido y terminamos riéndonos!… pero en realidad habla de algo bastante serio: de que hay momentos en que las cosas no nos importan nada. Y eso tiene que ver con el cansancio.

Una forma interesante de explicar esto, es a través de algo llamado la pirámide de necesidades de Maslow, que grafica cómo las personas podemos preocuparnos de los niveles más altos solo en la medida de que hayamos cubierto los primeros. El gráfico al respecto lo adjunto, porque habla por sí mismo. 

Analizándolo, podemos ver cómo uno solo puede darse el lujo de cuestionar el mundo y de cambiar los problemas actuales (y personales), si ha dormido bien, comido bien, y se tiene conexión con otras personas, por dar un ejemplo. No es que de otra manera no pueda suceder, es que es antinatural que lo haga. Aunque a veces los seres humanos – para bien o para mal – vamos más allá de la propia naturaleza.

Los profesores trabajamos mucho con esto. Sabemos que los lunes y martes son los mejores días para hacer clase, pero que antes de almuerzo, y los viernes (para qué decir viernes antes de almuerzo) no puede pedirse demasiado. Es un curso totalmente distinto el que aparece refrescado y listo para la acción a principios de semana, que el que está agotado el viernes en la tarde y solo quiere irse, y una también es distinta. Por ende, hay que planear las clases teniendo en cuenta esto. Y no solo hay que tener en cuenta las diferencias durante la semana misma, sino que agregarles las variantes mayores, como los cambios que ocurren entre el principio y el final del semestre, y también considerar las cosas externas que pasan, como cuando hay un partido del mundial, o acaban de rescatar a los mineros y el ánimo general ha cambiado y eso también influye. O como cuando, por ejemplo, vino la gran nevazón, y los profes debimos dar un rato para dejar que los niños miraran por la ventana. Era algo diferente y lindo, y además nosotros también queríamos mirar.

Tener en cuenta esto que nos pasa, no solo es útil, sino que también clarificador. Uno se acuerda de que habitamos dentro de cuerpos meramente humanos, con energía e intereses limitados, y a entenderlo así. Uno aprende de los timings, por darse cuenta, por ejemplo, de que en ocasiones no es que a alguien no le importen las cosas: es que no tiene la energía o el espacio para hacerse cargo. A alguien deprimido posiblemente no le interesará el destino de los bosques, y una persona enojada tal vez le grite a los que hacen la colecta anual, solo por aparecerse en un mal momento. A alguien que se pasa el día cuidando al papá enfermo quizá no le importe si tal o cual político robó tal o cual cosa, y un tipo cesante que está urgido porque no puede llevar comida a la casa, tal vez prefiera tomar un trabajo injusto y mal pagado, antes que ponerse a luchar por su valor personal: Son cosas que pasan, incomprensibles a nivel ético, pero comprensibles a nivel humano, de los hombres y las mujeres que salen cada día a luchar al mundo, y que en ello hacen pequeñas – o grandes – concesiones, y es que uno solo tiene capacidad para luchar ciertas batallas, no todas… aunque tenga esos momentos en que se siente invencible.

En general el orden es así: de lo más cercano a lo más lejano. Primero, vienen uno mismo y los cercanos, luego el propio barrio, y los amigos, y de ahí los compatriotas, y muy al final la totalidad de la gente y de la existencia. Hay algunos, sí, que son más altruistas, o quienes tienen otro orden de preferencia: los animales antes que la gente, y así. Pero ese, en general, es el orden.

Por eso yo creo que es tan importante aprender a descansar: porque así uno puede luchar mejor esas batallas, y dar la cara para algunas que ni se consideran pelear cuando uno está agotado. Fresco y recuperado, uno tiene más energía, se interesa más en las cosas, y eso hace que sea imposible desligarse del mundo y sus consecuencias, como de uno mismo. Uno puede más, y logra más, y eso hace que también sea más estimulante, vivir.

Y con descansar no solo me refiero al comer bien y dormir, que es muy importante, sino que también a la parte emocional: elegir amistades y amores agradables, no decir que “sí” cuando quiere decir “no”, trabajar en algo en lo que se crea – aunque sea muy en el fondo – y etcétera. Me refiero a darse el espacio para encontrar ese espacio de paz mental, que muchas veces se encuentra solo por permitirse parar. Es que, irónicamente, hay que poder parar, para luego correr más rápido.

Por supuesto, hay personas extraordinarias que son capaces de superar el cansancio y las carencias de los niveles más básicos, y creo que todos hemos sido así alguna vez, en momentos de especial determinación o necesidad. Pero en general estamos somos solo seres humanos, y eso es lo que encuentro que hay que recordar.

Y ese ser humano, afinado y preparado, puede lograr muchísimo.

Igual estos son animalitos, pero se entiende el punto.

Mi vida, el musical

Era una noche cualquiera de un día de semana. Mi amiga Mariajo y yo estábamos en un bar, consolándome por una pésima reciente experiencia amorosa, que en su despliegue se había aparecido como una teleserie total.

“Qué melodrama”, comentó mi amiga, intentando empatizar. “Podrías vender la historia a un musical y hacerte rica”, agregó, levantando las cejas y sonriéndome, en busca de algún gesto cómplice. Yo, aunque aprecié su intento de animarme, me limité a contestarle seca y agriamente: “la vida no es un musical”, y aunque ella me contradijo exclamando “¡¿y qué tal si lo fuera?!”, yo ni siquiera la miré, ahogada y naufragando en medio de mi tragedia.

Entonces nos quedamos un buen rato en silencio… hasta que ella lo rompió intempestivamente ¡para cantar!: “María Paaaaaz, yo creo que tú deberías haceeer (no me acuerdo)…”, levantándose de la mesa con una pirueta tan elaborada como ridícula, y dejándome, en un principio, total y completamente boquiabierta (y también a la gente del bar). Debo agregar que, en su actuación, hubo un total entusiasmo cantor (voz en cuello) y gesticulaciones teatrales que ya se las quisieran los mejores y más eminentes talentos de Broadway (al menos en cuanto a empuje).

Si yo me había perdido, no importaba: ahí estaba la Mariajo, poniéndole su alma completa a la performance, brillando de todos los colores y validando toda mi experiencia. Fue tan pero tan insólito, que no sólo me sacó la carcajada, sino que también me sacudió. El giro fue tan sorprendente que me hizo sentir que podía ser que, en realidad, sí fuéramos las protagonistas de una comedia excelsa, y que todo lo que pasaba – para todos – fuera parte de un guión totalmente correcto y totalmente hermoso, e incluso dotado de (a veces retorcido) sentido del humor.

De pronto todo lo vi de otra forma, en una en que los mozos, y las personas del lugar estaban a un instante de darse vuelta y de cantar alguna tonada correspondiente a todo lo sucedido, ¡y a lo por suceder!… en todo un mundo de complicidad encubierta, en donde hasta el recodo más amargo de mi historia era perfecto en medio de este musical cinco estrellas: porque nada podía pasar en él desapercibido realmente (incluyendo mi amargura), y todo tenía un sentido exacto… como un engranaje colorido y perfecto, ¡relamiéndose de gusto y frotándose las manos de placer tras bambalinas!… Un guión en donde todo, absolutamente todo, había sido dispuesto de forma en que la comedia fuera aún más impresionante, aún más bondadosa, aún más sublime.

Esa noche Mariajo rescató para mí la belleza, tanto que, desde entonces, cada vez que me pasa algo importante, miro a la gente con la secreta esperanza de que vayan a voltearse cantando…

Y cuando no veo nada, y me asusto… tan sólo miro, esperando a que, tarde o temprano, todo se encaje y se revele como la obra de arte que es, que ha de ser la vida misma.

O que al menos puedo apostar (y lo hago) para que sea.

FAN DE LOS LENTOS

Estoy absolutamente fascinada con que Doritos haya empezado la campaña a favor de los lentos, porque yo ¡amo los lentos!

Teniendo alguno que otro amigo DJ y yo misma poniendo música de vez en cuando, mi requerimiento siempre era el mismo: que volvieran. Pero, aunque siempre estábamos de acuerdo en que sí, a la hora de ponerlos las personas alegaban, o uno mismo se inhibía. Así que no había éxito.Es curioso, igual. Cuando uno está recién conociendo a alguien, se pone nervioso de llegar y abrazarlo, ¡alegando cuando incluso a veces se desea secretamente! por miedo a demostrarlo primero. Luego, cuando uno está emparejado o pinchando, puede bailar lento aunque toquen heavy metal, así que tampoco opina mucho, y, por último, cuando uno está simplemente partuzeando, pasa que baila en grupo, y emparejarse para abrazarse es hasta una complicación… entonces, pese a que muchos igual querrían volver a ellos, si alguien se lanza con tocar alguno, acusan de que éste baja el nivel de movimiento de la fiesta… ¡cuando en realidad es el instante del suspenso! El instante de la revelación incluso, a veces.

Al final es un problema de organización, opino. Por eso estoy feliz de la posibilidad de que nos organicemos otra vez a favor de ellos. A mí me encantan los lentos y para mí eran indispensables a la hora de la conquista. Recuerdo que mis amigas y yo teníamos calculadas las horas exactas en que los daban, en los diferentes locales, y que nos preocupábamos de acercarnos al tipo que nos gustara unos 15 minutos antes, para que si la conversa no se nos daba tan bien, alcanzáramos a ser invitadas al baile igual: no podía ser menos tiempo tampoco, porque eso lo podría hacer incómodo. Además, tenía que ser “casual”.
Como se ve, todo estaba muy calculado, y no sólo eso, sino que las relaciones que no queríamos desarrollar más amorosamente: Nos preocupábamos de bailar con aquellos amigos que no nos gustaban y cuyos sentimientos no queríamos herir, notoriamente antes o después de eso. Así no había real posibilidad de ofenderlos, y además alcanzábamos a estar cerca de los que nos gustaban a tiempo. Este lenguaje oculto parecía pasar desapercibido para los hombres. Aunque no para las mujeres.

Creo que todas o casi todas hacíamos lo mismo. La hora del lento era la hora de la acción, y sabíamos cómo manejarla truculentamente. Facilitaba tomar la iniciativa de una forma camuflada, efectiva y también graciosa (bastaba, en general, con situarse cerca del objeto del deseo, y luego “oh, me encanta esta canción”). A veces en ella lográbamos lo que de otra forma nos tomaba semanas, y con esto me refiero no sólo al baile y al acercamiento físico, sino que al mero compartir y conversar de una manera audible, en medio de fiestas estruendosas. El lento aceleraba las cosas y además era excitante.

Así que, yo los reclamo de vuelta. Por eso y porque son ricos (cuando a uno le gusta el compañero de baile, claro). Tengo recuerdos divertidos, además, al respecto. No sólo de noches gloriosas en donde el cálculo funcionó perfectamente, ni de veces en que todo se dio, sin ni siquiera pensarlo, de modo espectacular (porque no siempre andamos calculando o a veces en realidad sí son ellos quienes calculan)… sino que de noches más tragicómicas, en esas muy primeras fiestas, en donde a una la sacaban a bailar en los lentos, para luego pararla cuando volvían los rápidos. Eso para los parámetros de entonces ¡era casi violento!, ¡indignante! ¡una aberración total!… y hería total y completamente nuestras dignidades de mujeres aún a medio hacer. Y es que aún no nos dábamos cuenta que ese tipo de situaciones las deseábamos tanto como ellos. No conocíamos nuestra propia calentura, porque estábamos demasiado ocupadas defendiéndonos de la que nuestras madres nos contaban de los otros. Para nosotras, eran trincheras. Excitantes y todo lo demás, pero trincheras al fin y al cabo. Entonces un simple lento era todo un tema. Lo mejor y lo peor de la noche. Como dije antes, el momento de la revelación.

Todo eso me divierte ahora recordar… el remolino excitante de esas primeras ocasiones, la secreta expectación y el viejo juego del tira y apriete, ¡con descarados ya incluidos! que aunque entonces apenas nos llegaran a los hombros, ya estaban en el juego, apostando con todo. Con una amiga siempre recordamos a cierto ser que en séptimo básico le tocaba partes prohibidas con la excusa de que, como era más bajo que ella (que lo era) ¡”se cansaba poniendo las manos tan alto”! Mi amiga terminó agotada esa noche de tanto correrle las manos de vuelta… cosa muy incómoda considerando, que, pese a todo ¡se bailaba a medio metro de distancia! Y así fue cómo hubo situaciones muy cómicas, entre las excitantes.

Esos fueron los primeros lentos, muy distintos ya a los últimos (últimos exceptuando matrimonios y alguna que otra ocasión especial), que para mí fueron hace unos 3 ó 4 años atrás, en una fiesta que hice en mi casa. En ella me di en huelga y sí puse algunos (anduve de DJ), y advertí a mis amigas, desde antes, con que unos 15 minutos antes de hacerlo, iba a dar una señal camuflada (repartir la challa entre la gente), ¡para que pudieran organizarse!

Fue tan divertido ver cómo, aún pese a la falta de práctica, todas se movieron de modo supersónico y con absoluta pericia… ¡sabiendo qué hacer, con tanta exactitud, como si nunca hubieran dejado de hacerlo! Porque al parecer no se olvida, como cuando uno aprende a andar en bicicleta. Todas supieron aprovechar sus momentos de camuflado poder y todas otra vez fuimos cómplices de eso.Lo cierto es que los lentos eran divertidos y, si vuelven, ¡volverán a serlo! Así que yo me declaro pro campaña y estaría hasta dispuesta a practicar los pasos correspondientes si no fuera porque un lento es simplemente un lento ¡y no tiene regla alguna! si no que sólo el mero dejar fluir el movimiento.

La que se entrega en rapto

Lo cierto es que soy muy volada y me pasan cosas muy curiosas.

Una de las que más nos hizo reír pasó en el 2001 ó 2002, en alguna de las venidas de Alejandro Sanz. Mi amiga Kika y yo fuimos al concierto, con una gente que nos dejó, tipo 11 de la noche, en la calle Navidad, una que está llena de departamentos. Otra amiga nos iba a ir a buscar allá, para ir a carretear a otra parte y he ahí que la Kika y yo estábamos simplemente esperando sentadas en la cuneta.

Por puro parqueadas, empezamos a discutir sobre quién se iba a ir adelante en el auto. Al principio estábamos peleando en broma, pero luego empezamos a sentirnos agitadas. Entonces, en el punto cumbre de la discusión, la Kika me dice, “¡mira, ahí viene!”, apuntando a uno que estaba entrando hacia el subterráneo de uno de los departamentos. Yo estaba tan embalada y metida en el juego, y tan urgida por pillarme el asiento, que simplemente salí soplada. Para picar a la Kika corrí a propósito de una forma tonta, gritando también, y sin mirar atrás, y cuando llegué al auto, me subí, me senté y cerré la puerta de un portazo soberbio, no sin antes dar una infantil pero muy elocuente (y calculadamente desagradable) exclamación de victoria (una cantada, incluso). Luego, muy tranquilamente, me puse el cinturón, suspiré, reí con satisfacción, y sólo entonces – sólo entonces – me di vuelta para saludar a mi amiga chofer.

¡Pero no era ella! ¡Sino que un tipo sencillamente espectacular! que me miraba con los ojos redondos de asombro. O sea, en mi agitación, ¡ni siquiera había corroborado que fuese el auto! Ni nada, en realidad.

Ahh…. fue tan divertido. Casi me muero de la impresión. Musité al también impresionado tipazo “perdona”, y me salí de allí literalmente corriendo (esta vez de forma decente). Afuera estaba mi amiga Kika, riéndose tan fuerte que ni siquiera podía hablar, con una expresión entre diversión total y profunda compasión. Yo, en el shock, también me reí (¿qué más podía hacer?), y traté de preguntarle cómo no me había avisado, pero la risa de las dos fue tan fuerte y tan contagiosa para cada una, que terminamos literalmente tiradas en el suelo, en el pasto mojado y lleno de regadores prendidos, sin poder parar. Creo que en parte nos tiramos al suelo porque yo quería desaparecer de la vergüenza y la Kika conmigo. De todos modos, fue un espectáculo.

Cuando – muucho rato después – recuperamos el habla, mi amiga me dijo que me había dicho en broma lo del auto, sólo por jugar y que no había podido avisar de mi equivocación, primero porque pensó que yo le estaba siguiendo el juego, y que no me iba a subir realmente al auto (menos corriendo de esa forma loca), y luego (cuando se dio cuenta de que efectivamente lo haría), porque le dio tanta risa y a la vez estaba tan shockeada que simplemente no pudo enunciar palabra. Luego me preguntó, ¿cómo fue que no cachaste, si el auto no sólo era de otro modelo, sino que DE OTRO COLOR, y más encima estaba ENTRANDO al estacionamiento? (a nosotras sólo nos recogían por allí). Yo le contesté, es que estaba tan embalada con tomarme el puesto ¡que no vi nada más que yo subiéndome al auto!

Tate, con tal que no es que tenga que cuidarme de que me rapten, sino que simplemente me he estado entregando, en mi voladura, al secuestro. En ese momento podría haberme subido a una van de fumigación o a una nave espacial con la misma facilidad. Yo sólo tenía que agarrar un asiento de copiloto y cerrar la puerta con fuerza (eso último, muy importante para marcar victoria).

Quisiera decir que es la única vez que me ha pasado algo así, pero ni siquiera es cierto. Me pasó también cuando tenía unos 8 años, y fui con mis papás en auto a las dunas de Concón. Cuando se acabó la tarde y nos estábamos yendo, bajé la duna y corriendo me subí al auto, feliz de la vida. Me recuerdo comentando largamente de lo cansada pero contenta que estaba, y luego preguntando si podíamos pasar a comer helados… pero nadie me contestaba. Extrañada, después de un rato caché algo raro y cuando se me ocurrió mirar a la gente, ¡vi que era otra gente! ¡y que todos me estaban contemplando casi con la boca abierta de la sorpresa! Entonces volví a bajarme corriendo, y cuando le conté a mis papás me retaron por volada, pero igual me compraron ese helado.

Supongo que eso hay que hacer con la gente volada. Quererla, nomás, y cruzar los dedos para que haya un séquito de ángeles guardianes para salvarla de los arranques de distracción y locura, como he de decir que suele pasar conmigo… porque además es probable que algo así me haya pasado más veces, y que ni siquiera lo recuerde, como también es probable que vuelva a pasarme. No lo sé realmente, pero lo que sí sé es que una situación así jamás volverá a sorprenderme ¡corriendo de esa forma tan espectacularmente ridícula! como fue con el episodio del minazo anónimo. Al menos ahora tendré dignidad, toda la dignidad que pueda dadas las circunstancias, por pintorescas que éstas puedan ser.

La intrépida cruzada del amor

El verano pasado en Maitencillo (el del 2006 al 2007, no éste que se está acabando), cuando pasé por la feria, por diversión compré unos naipes con sexys minocos piluchos. Así, cuando con mis amigas jugábamos a las cartas, los mirábamos y nos reíamos y nuestras noches precarrete se amenizaban. No pasaron muchos días antes de que me diera cuenta de que uno de ellos tenía un aire a un loco que me gusta, así que cuando ya volvimos a Santiago y el asunto perdió la novedad, quise guardar a éste en mi billetera, para la suerte, y simplemente botar al basurero al resto, porque sin el elegido (que vino a ser justo el rey de corazones) no servirían ya para jugar.

Pero muy luego cambié de opinión. Tuve una idea mejor que era ¡hacer que mis hombres en cuero se fueran por el mundo! Si el mío podía vivir en mi billetera, ¿cierto que no era loco pensar que el resto tenían que poder llegar a otras? Así que, en el dorso de cada naipe escribí con un plumón rojo (rojo por el amor): “¡Hay uno así para ti!”, junto a una embalada sonrisa ilustradora, y me dediqué a repartirlos. De a uno. Manteniendo siempre al próximo a entregar, junto a mi elegido, en mi propia billetera, como un amigo que acompaña a otro de
parranda. Amigos desnudistas, claro, o “naturalistas”, como muestran en algunos documentales, o puede verse en la playa Luna.

Así fue cómo, en cada noche de carrete, dejé a un semental warrior en el baño de mujeres. Bares, restaurantes: no importaba. Hasta en el baño del Municipal dejé a uno. Sobre el estanque del water lo depositaba, porque si lo dejaba en el lavatorio, que es más público, todas se reirían y pocas se atreverían a llevárselo, y la idea no era que el desnudo guapetón terminara solitario, menos si estaba vestido (o desvestido) para la fiesta.

Una vez hecho el delivery, me iba con una inmensa sensación de felicidad, como un ángel del amor o bien del sexo. Estaba segura de que a alguien le sacaría una sonrisa, si no una risotada. A mí me la sacaba, antes y después del proceso y también a los que estaban al tanto de esto. La verdad es que era muy cómico y además uno se sentía importante en ello. El par de veces en que delegué alguna entrega (por arrepentirme de salir a último minuto) mis amigas se peleaban por hacerla por mí. Nos sentíamos cómplices en algo tan absurdo como necesario, y digo necesario porque el sentido del humor siempre lo es, y también jugar, y también de cuando en cuando ver a un mino pilucho, en especial si ellos también quieren jugar.

Lo fome es que era un trabajo a ciegas, porque, una vez dejado allí, nunca se sabía si la gente realmente lo tomaba o si realmente funcionaba como yo había fantaseado. No se podía presenciar el destellante momento de la adopción ni lo que se sentía hacerla. Esto me hacía soñar, pero a la vez también me hacía preguntarme, si alguno de esos machos en pelotas realmente habría encontrado una casa, si alguien habría tomado con sentido del humor, o incluso ternura, mi moción: si había al fin provocado algo… porque lo cierto es que no lo sabía, ni tampoco mis secuaces.

Hasta que un día, una amiga me llama riéndose a carcajadas. Me cuenta que una amiga de ella estaba realmente amargada en una de las típicas fiestas. Mala suerte con los hombres, cansancio y etcétera. Chata, chata en la vida. Hasta que entra al baño y entonces lo ve, ¡un flamante pilucho – en ese caso un vaquero sadomasoquista – depositado sobre el water, al dorso de la promesa! Le sale la risotada y lo guarda como algo que es mitad tierno, mitad surrealista. Lo guarda como un regalo, un ramalazo de risa, un remolino. Se siente especial en medio de lo chistoso y esto la relaja: el universo puede sorprenderte, y si se mira con cuidado, uno puede incluso ver cómo siempre está bailando.

Y ojo con que la amiga de mi amiga no sabía de mi existencia, ni menos de lo que estaba haciendo, pero eso no importó. Bastó, para completar el proceso, el quesimplemente recibiera al macho en pelotas (literalmente en pelotas) que estaba ahí esperando, entregado a la noche. Respondió así al diálogo invisible. Cerró el círculo de la risa. Ennobleció el juego.

Cabe mencionar que aún no he terminado la travesía. Me quedan cerca de la mitad (hay meses enteros en que se me olvida llevarlos), pero casi quisiera que volvieran a quedarme todos, de lo gracioso que ha sido repartirlos. Ahora me divierto aún más cuando lo hago – y también mis amigas -, porque sé que no se pierden en la dimensión desconocida, sino que han sido capaces de encontrar las billeteras y de bailar escandalosamente en la mente de quienes los han capturado… Puedo incluso imaginar la impresión de quienes los reciben, ya que imagino que es parecida a esa que me contaron… O al menos así quiero creerlo, ya que es probable que haya a quienes les haya cargado, y quienes hayan expresado esto de formas indeseables, como mandarlos, cual soldaditos de plomo, de viaje por el desagüe… pero esperemos que, en ese caso, ¡tarde o temprano hayan encontrado a su bailarina!

De todas formas, yo me divierto. Aún así, cuando se me acabe el mazo, no compraré otro. Quiero que los machos que he estado repartiendo sean producto de una edición limitada. Quiero que sean especiales, sin importar adónde queden luego de su momento de gloria. Ni siquiera importa si terminan siendo desnudistas kamikazes, porque luego el universo seguirá bailando y en ello llevándose momentos para reciclarlos en otros. Todo se moverá, pero siempre quedará, si la permitimos, aquella estela de belleza… la estela de belleza que gozosamente estoy promulgando… ¡en forma de candentes y bien dotados strippers!

Nadie sabe para quién trabaja

Para el año nuevo decidí trabajar de barwoman en la fiesta masiva del Club Ecuestre de Cachagua. Sola (mis amigos llegarían después) y sin cachar a nadie. Es que me había caído de las escaleras un par de días antes y como andaba con yeso me pareció mucho más inteligente trabajar tras bambalinas. En vez de perder 20 lucas, ganaba 40 y además tenía la oportunidad de codearme y de coquetear con toda la gama de acosadores que aparecen cuando una está de barwoman, en especial cuando es año nuevo. Además, tampoco es como que podría haber bailado.

Tuve que llegar bastante temprano, tipo 10:30 de la noche y con un frío congelador de huesos. La fiesta, al aire libre, y al lado de la playa. Mis amigas me fueron a dejar y se despidieron no sin antes pasarme un pic-nic y decirme todos los lados en los que iban a estar antes, como si fueran mis mamás. “¡Nos vemos el próximo año!”, dijeron riéndose, y luego me quedé sola, sintiéndome como si estuviera en el primer día de colegio. Tengo que admitir que estaba muy inhibida.Luego de un par de intentos frustrados por socializar con gente no muy interesada, me senté en unas cajas de madera. Aunque estaba nerviosa, estaba también receptiva a ver lo que la noche me traería. Todo me parecía una aventura. Poco rato después llegó un grupo de gente a la que no veía literalmente desde el milenio pasado: compañeros de trabajos de verano del ’99. Nos reconocimos con risa y ellos decidieron adoptarme, y sentí una oleada de felicidad y de agradecimiento (o mejor dicho, alivio). Las 12 de la noche las pasé con ellos viendo la mayor cantidad de fuegos artificiales que he visto nunca en mi vida, parados frente al mar, con el mayor ánimo partuzero: también era año nuevo para nosotros.

Luego, cuando la fiesta ya empezó, todo fue supersónico. Nos reímos y conversamos e interactuamos también con toda la fauna circucindante, pero había tanto trabajo que las horas simplemente pasaron volando. Es impresionante cómo un trabajo así puede limpiar la mente: uno se absorbe en él y no piensa en nada. Es casi como hacer deporte: el cuerpo se mueve, mientras uno vuela. Entremedio nos tocó ver todo tipo de situaciones pintorescas, y en especial ver el aumento de la temperatura a medida que pasaba la noche. Al final habían parejas que en su pasión romántica amenazaban con botarnos el bar. Era divertido, igual. Al principio intentábamos ordenar algo la situación, para hacer más eficiente el trabajo, pero al final ya no teníamos ojos, y nada nos importaba. Podría haber pasado cualquier cosa, si de nosotros dependía evitarlo.DSC01824_resize_resize

Entre que se acabara la fiesta, y que ordenáramos, pude irme de vuelta a eso de las 10 de la mañana. Mi cuerpo ya no existía, y pensé que podría morirme, pero mi prima, que no estaba trabajando pero que sí fue a la fiesta, me esperó hasta el final, sentada en el paso seco, junto a todos mis colegas. A esas alturas ya éramos bastante amigos, una mezcla entre Woodstock y paseo scout y mi yeso incluso entonaba. Algunos hasta querían ir a tomar desayuno, pero mi prima y yo pasamos. Es que en cualquier momento se me apagaba la tele del puro cansancio (no hay que olvidar que yo además andaba accidentada).

Llegué a mi cama en estado de feliz surrealidad. Entremedio pensé, ¡éste es el primer año nuevo que paso sin darle a nadie conocido un abrazo! (al menos durante las primeras horas). Quise creer que eso haría que éste fuera el mejor año de mi vida hasta ahora, porque muchas veces me ha pasado hacer todo como se supone que hay que hacer, y que el universo haga caso omiso de mí. Si de algo sirven los rituales y cosas, este año hice todo distinto, entonces algo distinto me debiera pasar… y quiero pensar que es algo distinto ¡espectacular! ¡avasallador! ¡cinematográfico! excelso…

Eso es todo lo que podría decir. No hay un punto en esta historia. No hay una moraleja, sino mi sólo compartir de lo maravilloso que es estar abierta a la vida y ser libre. Cuando, aunque uno esté con yeso y trabajando… todo puede pasar, y no es que haya sido así entonces, porque la verdad es que a mí no me pasó mucho este año nuevo… excepto sentir en el aire que uno siempre es joven y que siempre es libre, y que si es capaz de abrirse a la vida… la vida te sorprenderá.Tarde o temprano, te sorprenderá, y este 2008 estoy esperando a que lo haga. Sin mirar, eso sí, porque si uno mira, puede estropear la sorpresa.

En una noche cualquiera

Liguria de Manuel Montt, el jueves pasado. Luego de haber ido al evento mula de las galerías de Alonso de Córdoba abiertas nocturnamente, que se suponía que incluía música en vivo y gente, pero que al final no incluía nada de eso, nos encontrábamos en un relajado pero igual muy revindicador alargue de la noche.

Una abstemia, otra a dieta, otra con prueba al día siguiente muy temprano; la poco taquilla y casi vergonzosa orden, en medio de tantos sibaritas, fue la de unas simples tres Coca Colas Light. Un rato después llegó otra amiga más, pechando los rastros de la noche, preparándose para ir a otro carrete más, con otra gente; uno divertido y destructivo al que, por diferentes obligaciones, el resto no iríamos. Piscola, piscola. Sola, pero acompañada por nosotras, en su mundo pero a la vez en otro cada vez más paralelo, alegre, distante y grande.

Y al irnos el mozo, riéndose solo, tirando la frase más brillante de la noche: “A veces me toca que, en algunas mesas, hay una persona que no toma, porque cuida a los demás… Yo me pregunto cómo será ella – apuntando a mi amiga – ¡si necesita que sean TRES las que se preocupen!”.

Y luego las risas de todos, incluyendo a la curagüilla, diriase hasta orgullosa de salvar nuestra sobria, moderada y responsable dignidad.

 

Filosofía cinematográfica

1990, verano. Con sólo 8 años en el cuerpo, mi prima Isi y yo en traje de baño, pero dentro de su living y mojadas. Pan con palta en nuestras manos, leche con chocolate en vasos sobre la alfombra, y la bruja de la Bella Durmiente en la televisión, casi consumando su venganza, exclamando con fanático anhelo y ojos de loca, en la noche en que se suponía que la princesa moriría: “Hoy voy a poder dormir bien por primera vez en 20 años”. Entonces la impresión profunda de mi prima, quien comenta en voz baja, como para sí misma: “Qué mala suerte la de la bruja: justo la noche en que cree que va a dormir bien, es la noche en que se va a morir“, y tras su impresión, la mía (“ohh, verdad”), en infantil admirado silencio.

2006, invierno. Ya grandes, secas y vestidas, robándole unas horas a una tarde de semana laboral/académica para ver “Amadeus”. Yo sentada sobre la cama, con la espalda apoyada a la pared, y ella sentada sobre el suelo, con la espalda apoyada a la cama y liquidando de a poco un helado de manjar light. Mozart haciendo fosforescente la pantalla; escribiendo, creando, amando, sufriendo, siendo derrotado, siendo ensalzado, siendo visto, siendo interpretado, y siendo llamado “Mozart”, “Wolfang”, “Wolfie”, entre otros apelativos que mi mente ya no retiene. Al acabarse la película, otra vez mi prima: “No entiendo porqué la película se llama Amadeus si nunca lo llaman así“, su idea flotando en el aire como una revelación y esta vez la risa mía.

Toda una vida de impecable lógica.

Un poco de verano para esta incipiente primavera

Revolviendo unos mails viejos, me encontré con este que le mandé a mi amiga Maqui desde un viaje en Ecuador que hicimos en el 2002 con varias otras amigas. Me pareció tan multicolor, divertido, alegre y tropical que encontré que era casi un deber cívico ponerlo acá, para dejarlo contagiar a quien lo leyera… ¡Ojalá lo disfruten!

Lunes 18 de febrero 2002

E-mail a Maqui

Tema: Yija!

Hola linda! Te cuento que te escribe la María Paz alternativa, ya que decidí que estos días me permitiría ser y hacer cosas que normalmente no haría, para vivir así una extraña y sensual clase de vida paralela… Claro que me salió funado A LA PRIMERA OPORTUNIDAD! Y sé que querrías matarme pero más yo a mí misma, porque conocimos a unos gallos que eran bacanes, y uno me encantó!! (chileno), y durante EL DÍA en que duró nuestro romance (que no alcanzó a serlo) miradita por allí y por allá, y ante la partida tan cercana me dijo sólo te enseño a usar el fono si te quedas conmigo, y era imposible y también absurdo ser tan pasional con tal que me fui con las demás, pero podría haberle un dado un beso y me escapé!

Muy fome, aunque al menos me sirvió para entretener a los demás con mi espectacular tragedia, ya que luego de llevar mi mochilota hasta el terminal, todo galán y cinematográfico, me abrazó como si se le fuera el amor de su vida (aunque más probable es que fuera la calentura de su semana jajaja)… tanto rato que el que manejaba amenazó con irse, y tan trágico que un pasajero, conmovido, le ofreció su pasaje, cosa que al final no fue porque el amigo le dirigió una mirada asesina derretidora de glaciares enteros… jaja ¿Cómo lo hallai? Parece que la rumba ya se posesionó de mí (¿rumba es lo que tocan acá?).

Esto fue en Quito, en donde además hicimos un paseo EXHAUSTIVO por iglesias barrocas y lugares de suma belleza (¡tenía que decir eso!). Lo más divertido fue el carrete porque acá la gente se acuesta máximo a las 2 de la mañana, y unos ecuatorianos que nos querían llevar a pasear estaban horrorizados con nosotras, que fuimos sacadas casi a la fuerza del hostal tipo 12 de la noche, para luego descubrir que estaba todo cerrado!! (Claro que al final terminamos en un after hour que duró hasta las 3 guauu!! (am), tomando aguardiente con sabor a anís y otras particularidades por el estilo…).

Te cuento que ahora estamos en Atacames y tengo que irme onda AHORA porque te cobran SÓLO eeh… quina los diez minutos (¿qué tal?). Acá todo es paradisíaco, y la Maria Paz alternativa por haberla traicionado me hizo llenarla de trenzas por una inspiración, así que ahora soy tropical y combino tan bien, con esto de estar en una playa tomando caipirisima y haciendo cosas propias de películas que se ven llenas de gente linda pero que tan raro es cuando es la realidad… Está lleno de palmeras gigantes, y helechos sobrenaturales que parecen como imitaciones a tamaño gigante de lo que hay por allá… Ha sido todo choro y caluroso con tal que he gastado la plata sólo en agua y nunca en bebida… gozando la naturaleza avasalladora… como la otra noche en que, mientras llovía TROPICALMENTE, vi a un gatito PRECIOSO persiguiendo a un cangrejo que era casi de su porte!!! Lleno de pintas de colores… oohohohohhh… luego se quedaron mirando y jugando a chocar sus patas/tenazas, el típico juego de los gatos y al parecer también de los cangrejos. Creo que hasta lloré un poco, lo que pasó piola con la lluvia jaja, es que lo hubierai visto, te habríai caído derretida, fue casi como una aparición o tal vez simplemente una.

Como ves, lo hemos pasado FUERA DE SERIE, realmente espectacular, no ha habido momentos ni siquiera para sentarse a pensar en las mariposas, es como estar en una montaña rusa, y hemos conocido a TANTA GENTE, además de que casi no ha habido roces entre nosotras; nos queremos y hacemos escalopas en la playa, bailamos en los buses, capeamos olas, tocamos flauta en la calle, conversamos de la vida como si se nos olvidara que esta vez estamos aquí para vivir apuradas casi sin mirarnos las caras (se supone, pero obvio que no, jaja), y caminamos HEROICAMENTE (sin excepción), conviviendo con una humedad tan grande que no sé cómo no se nos han mojado los cerebros (¿o sí? :p). Aparte, nos pasan cosas insólitas, como que saben nuestros nombres sin haberlos dicho, o que gritan Chile cada vez que pasamos, y nos la pasamos halagadas y rientes. Qué puedo decirte, ¡la vida no nos ha tratado mal aquí!

Ojalá las cosas te vayan bien por allá po, saludos, a ver si logras ganarle la batalla al internet y mandarte un mail pa la comunidad viajera jaja, contándonos de ti y cómo te fue en tus cosas… Aunque igual a la vuelta, nos contaremos o recontaremos mejor todo… Más saludos y nos vemos, chaito!

Tu(s) amiga(s) que te quiere(n),

MP normal y MP paralela-tropical.

Página siguiente »
'