La guardadora millonaria.

De vez en cuando trabajo en peguitas entretenidas en las fiestas: de barwoman, o cajera. Entonces paso las horas más curiosas a la vez que fascinantes en aquella cúspide del mundo carretil en donde donde todos te tratan bien porque todos, ¡todos! quieren ser tratados de forma especial y aprovechar contigo tu poder, aún si no te conocen, ya que eso no es una excusa, sino que incluso una razón para hacerlo.

Por lo general esas noches son muy divertidas, pese a todas las peleas, ya que nunca dejan de pasar cosas insólitas y meritorias de ser contadas después. A finales del año pasado, por ejemplo, en una fiesta en un taller de Miraflores, tres tipos querían entrar gratis cerca de las 5 de la mañana, cuando ya el asunto estaba acabándose. A uno lo habían pateado, pero todos tenían la misma cara, y sumando a ello la altura similar, y la vestimenta parecida, eran casi como un dibujo tridimensional en tamaño real de los tres tristes tigres.

En esa ocasión yo andaba defendiendo la caja, y, como tal, tuve que resistirme a la entrada gratis, más porque el dueño de la fiesta que aún esperaba sumar más monedas, me estaba mirando, que por afán propio… pero al final, considerando la hora, cedí ante una condición tan pintoresca que pensé que sería rechazada: que los tres juntos me cantaran un canon, con entusiasmo digno de merecer la entrada.

¡Y lo hicieron! “En un lejano bosque, cantaba el cucú”, inició uno; “Cucú le llamó”, secundó otro y luego el tercero entró donde pudo… Las risas en el sector entonces fueron generalizadas, la vergüenza de ellos se convirtió en puro sentimiento campante, y luego en una pura buena onda general.

Las noches a veces traen sorpresas de las maneras más insólitas, y cuando se está trabajando en ellas, más que estar inmersa, se tiene la particular posición de poder mirarlo todo desde afuera.

Este sábado me tocó trabajar otra vez, en una fiesta en una casa abandonada en Apoquindo, y esta vez en la guardarropía, una pega que nunca había hecho antes. Fui con mi amiga Mane a tomar tal desventajosa posición (la menos deseada a la hora de trabajar, por la simple y adolescente razón de que es la menos sexy para pinchar), sin importarnos el hecho de que los que la hacían tuvieran un par de años menos de nosotros. Llevamos, además, nuestro propio mini-bar, con hielera incluída y un par de lujosos vasos piscoleros de plástico colorido y grueso.

Nos fue bien. Nos entretuvimos; bailamos sin importar lo limitado del espacio; regateamos profesionalmente; cuidamos a un par de personas borrachas que durmieron por un rato en el asqueroso suelo de la piecita donde estábamos; nos turnamos para carretear fuera y de paso conversar con los que trabajaban en la barra, cómplices en la noche; nos impresionamos por lo linda que es la ropa de las personas hoy en día y discutimos la idea de robarla y venderla porque ganaríamos el triple (en broma, claro); peleamos con un par de tipos curados que nos querían robar el mini-bar, de los cuales uno, enojado, llegó a escupirnos piscola; sacamos el teléfono y hasta el MSN de otro par igual de alzados pero mucho más educados y lujosos; jugamos a ser policías de películas de acción bloqueando la entrada a la guardarropía cada vez que cortaron la luz (por lo menos en 8 ocasiones), protegiendo la mercancía prestada y propia; conversamos con los otros que estaban trabajando en la parte musical, y etcétera.

Terminamos temprano: los pacos vinieron y cerraron el local poco pasadas las 4 de la mañana. Como está prohibido hacer fiestas con fines lucrativos y se suponía que era un mero cumpleaños, mi amiga y yo figurábamos contando la plata, y comentando que teníamos que esconderla antes de que llegaran los pacos, cuando justamente uno de ellos se apareció apoyado en la puerta. Yo lo vi parado ahí, vestido de verde, medio sonriendo como un pájaro extraño, con expresión triunfante de habernos pescado, mientras mi amiga seguía hablando sin notarlo.

Diría que ahí fue el broche de oro de la noche. “Mmm”, dijo el carabinero, apuntando con su mirada a las monedas que estaban en la cajita, que eran bastantes (por suerte habíamos sacado los billetes). Mi amiga y yo nos miramos serias y paralizadas, hasta que yo, envalentonada, por las horas amplias de diversión y juerga, me tiré a salvar la situación, diciéndole, con toda la coquetería disponible y a disponer: “Señor policía… ¡es la propina que nos dejaron por haber hecho tan buen trabajo!”.

Quizás no fue resultado de mi encanto, sino que del cansancio y pocas ganas de pelear, pero lo cierto es que el hombre nos sonrió de forma parca pero cómplice, dio media vuelta y se fue. Mi amiga y yo también nos fuimos, rápidamente y cada una con 20 lucas muy bien ganadas… Al local le sacaron dos partes, como era de esperarse, pero nosotras, como microempresarias que corrimos dentro del carrete nuestro propio negocio (siendo llamadas para eso), no teníamos mono que pintar ahí, y tuvimos alegre libertad de poder virarnos.

¡¡¡Cómo no estar agradecida de la vida en noches como esas!!!

Las malabaristas

Ayer salí con mi amiga Asunción. No pasábamos un buen rato juntas desde una ida a almorzar, hace ya casi tres años, pero igual encontrarnos fue tan cómodo y gracioso como si nunca hubiéramos dejado de vernos.

Es divertida la vida cuando uno vuelve a entrar a esos lugares que, por un tiempo, ha dejado. Lo que es realmente de uno y la huella que se ha impreso, parece brillar con una fuerza especial. Aquella amiga conserva recuerdos que una ha perdido, sabe exactamente quién se ha sido, y por ello es capaz de clasificar, en la vida actual, cuáles cosas en ella son realmente propias y cuáles han aparecido por un miedo, una equivocación, o un mero desajuste. En otras palabras, ella puede saber si uno se ha perdido, y por eso mismo ayudar a encontrarse. Y viceversa.

Aunque las dos andamos en un período complicado, ayer fue principalmente la risa. Primero, por tomar té en su casa pan con palta, como si todavía estuviéramos en básica, sólo que esta vez, en vez de haberme ido a dejar mi mamá, me pasó a buscar ella, en el flamante y adulto auto que se ganó trabajando en un viaje al otro lado del océano.

Luego, la acompañé en su trabajo de periodista a sacar fotos para la Avant Premiere de “Iluminados por el Fuego”. Yo haciendo caritas para que la gente se riera, y hasta posando con algunos que no querían salir solos (como la conductora de Etc Tv), de paso cruzando alguna que otra palabra con el guapo de Gastón Pauls y sintiéndome muy adolescentemente top por eso. Y después la película, buenísima, pero demasiado sangrienta para ambas, considerando las semanas malignas en común, la cual gocé viendo pero por la cual también, al terminar, la reté, alegando “¡cómo me llevai a esta película!”, y entonces la risa de las dos.

Terminamos la noche en Las Urracas, en donde hubo una recepción post Avant Premiere, y en donde, no conformes con ya estar en el VIP (al cual nos colamos descaradamente), nos instalamos en la parte extra VIP, prácticamente codeándonos con los famosos, pero tan interesadas en la actualización nuestra que, aunque de vez en cuando cruzamos las coquetas miraditas de rigor, al final ellos sólo fueron imágenes fugaces mientras vaciábamos en la cháchara el exquisito vino de la enorme copa, al tiempo que las vivencias que marcaron este último tiempo.

Y entonces fue cómo, pese a lo exacto del lugar donde estamos ahora, miré a mi amiga y pude ver pasar, como en un desfile, los muchos disfraces que hemos vestido a lo largo de los años; el de la niñita de básica que inventa canciones, el de la scout que pasea, el de quien, con un cuerpo todavía de niña, va teniendo sus primeros pinches, el de la canchera recién graduada y así sucesivamente, y ahí fue cuando recordé cómo, con los amigos de verdad, aunque pase el tiempo, uno siempre es uno mismo, porque por ejemplo ayer, a pesar de todos los cambios, me sentí exactamente igual compartiendo con ella a como me sentí en cualquiera de esos otros momentos… Siempre hemos sido las mismas, porque las bases de nuestra amistad están a un nivel más profundo que los meros acontecimientos, como ocurre en todas las amistades verdaderas.

Refrescada y divertida, cerré la noche llegando a mi casa ya caminando mal, maravillada de cómo la vida se había desplegado para cada una, de forma tan maravillosa y sorprendente, que aunque en ocasiones sea dolorosa, vale la pena vivir… pero más maravillada aún de cómo las conexiones que la gente se encuentra en esa vida, siguen siempre despiertas y esperando.

Lo mínimo, dicho sea de paso, considerando lo malignas que son algunas semanas…

La perfecta guinda de la torta

El primer mochileo más o menos largo que tuve en mi vida lo hice a los 17 años, por Chiloé. Empezamos el viaje siendo dos amigas y yo, y lo terminamos siendo más de diez personas, felices inclusiones que se fueron haciendo a lo largo de los días… días que trajeron todo lo que un viaje puede traer y que por eso nos dejaron tanto felices y llenos, como agotados.

Por eso a la hora de separarnos yo sentía que ya casi no daba más… pero también, y más fuerte, sentía la emoción de estar frente a lo más intrigante que me faltaba: un día entero sola, porque mientras todos se irían en la mañana desde Puerto Montt, yo, por motivos que no recuerdo, lo haría en la noche, y no estaba dispuesta a dejar ese día ir, menos siendo la primera vez que estaba tan sola y tan lejos de mi casa, manejándome más encima con sólo un par de chauchas. Me sentía borracha de poder y excitación. Suave y expectante. Feliz y dispuesta a coronar de una forma perfecta ese viaje perfecto, aprovechando hasta la última gota posible y aprovechándola graciosamente.

Así fue cómo, cuando me despedí de mis amigos, eché a correr lo que consideré que sería mi propia personal aventura. Moviendo mis piernas molidas, arrastrando mi cuerpo despellejado, y llevando mi enorme mochila gracias a mi no menor (y necesario) entusiasmo, lo primero que hice fue ir al Museo de Puerto Montt. Lo recorrí con toda la tranquilidad y serenidad del mundo, sintiendo cómo la lluvia torrencial golpeaba con fuerza de titán el techo y sintiendo como si flotara… algo que entonces encontré místico pero que ahora sospecho que era cansancio puro, pero cansancio de esos que se sienten drogadictos y que la hacen a una reírse y caerse.

Más tarde, me tomé un bus a Puerto Varas, para conocerlo. Almorcé allá en una plaza un modesto sándwich que compré en un mercado, y luego recorrí todo lo que alcancé a recorrer de la ciudad, mientras seguía lloviendo, conversando con extranjeros y luego mirándolo todo en silencio… El atardecer me encontró empapada, sentada en el muelle, comiéndome y compartiendo con dos perros callejeros, tan empapados como yo, un dulce artesanal que nunca supe lo que era… mirando el lago que parece mar, y sintiéndome poderosa y libre, como si el tiempo entero se desplegara frente a mí y como si yo, sola, tuviera todo el poder de entenderlo… tan dueña de mí, tan libre y también tan deliciosa y merecidamente cansada…

Creo que en ese momento me fui un poco, porque no me di ni cuenta cuando se hizo de noche y, abruptamente viendo que podría perder mi bus, tomé una especie de micro que me hizo llegar justo a tiempo a la estación que me devolvería a la capital. Recuerdo haber llegado risueña, en un estado completamente barroso y luego haberme quedado dormida instantáneamente al sentarme, tan cansada que ni siquiera alcancé a sentir vergüenza por mi obvio estado carreteado.

Desperté en Santiago al llegar, luego de haber pasado la noche entera durmiendo de corrido y sin moverme, refrescada como si hubiera alojado en una suite presidencial, y riéndome por dentro al ver la cara de espanto de mi casual compañera de asiento por yo haberme quedado dormida mojada y sin chaleco (aunque por suerte me tapó el señor del bus). Mi compañera de asiento quien ni me conocía, y quien no pudo resistirse a decirme, en broma y riéndose: “pensé que te habías muerto”.

Creo que pocas veces he sido tan feliz.

¿Quién quiere ser Ronald McDonald?

Principios del 2002. Una tarde cualquiera, y el MSN. Yo compartiendo fotos de mi viaje de Ecuador con un amigo, entre ellas ésta:

Luego de un rato de silencio, una foto de vuelta, remodelada:

Comentario de mi amigo: ¡así está mejor!

¿Mejor para quién?… jajaja…

El voto estratégico

Hay veces en la vida en que uno no debe tener compasión.

A mí me pasó una vez, pero no ser la que no la tuvo, sino que ser a la que no se la tuvieron… lo que, curiosamente, luego encontré correcto.

Estábamos en tercero medio, en marzo, en el momento de elegir a las presidentas de cursos. Yo nunca he sido muy líder, sino que más bien alguien alejada de los espacios de comando, pero unas compañeras me animaron para que me presentara. “¿Y si…?”, me pregunté yo, en un impulso, medio emocionada, y entonces me puse entre las nominadas sin pensarlo mucho.

En ese curso tenía 4 muy buenas amigas, además de algunas otras, por lo que pensé que, aunque de más que perdería, al menos lo haría de forma digna… pero cuán horrible fue mi sorpresa cuando, a la hora de ir contando los votos, tachándolos en la hora de Consejo de Curso en el pizarrón, sólo resulté sacar 2!! El mío y el de otra amiga, contra los 37 restantes… una vergüenza. Una hora entera de humillación.

Yo me quería morir… no por no haber salido presidenta, sino que por el hecho evidente de que ni siquiera mis más amigas habían votado por mí, a vista y presencia de todo el curso… fue como si ni la gente que más me conocía y quería, confiara en mí realmente, y me traicionaran al revelarlo frente a todos. Aunque no soy mucho de querer recibir caridad y compasión, en ese momento habría aceptado más que feliz votos de esos!…

Luego del mal rato, mis desertoras amigas me explicaron que, habían votado por una tal, para que no saliera otra tal, que les caía mal. Según ellas habían “tenido que hacerlo”… Éramos tres postulantes y recién entonces me di cuenta de que yo nunca había tenía mucho que hacer en la pelea. Al parecer no tenía mucho ojo clínico. También me pasó que entendí, por primera vez, lo que era un voto estratégico, un voto que además funcionó porque al final no salió la otra que no querían… a costa de mi dignidad, claro, pero qué importaba al final. Simplemente, no me tocaba, y eso pesaba más.

Igual fue horrible, y no se lo deseo a nadie, pero luego olvidé la humillación porque el suceso fue tan vergonzoso que simplemente lo borré de mi mente, y además nadie volvió a recordármelo…

Sin embargo, estos últimos días, con las elecciones, he vuelto a pensar en el tema, y quizá me haya vuelto un poco dura, pero, recordando esa ocasión, he creído que todas estas estrategias están bien, y que, si alguien sale herido en el camino… es el riesgo que se toma. Hay que ser más fuerte y apañar nomás…

Sé que pararse frente a 38 compañeras, no es lo mismo que hacerlo frente a todo Chile, pero en ese entonces me sentí como si lo hiciera. También sé que, nuestras vidas no habrían cambiado demasiado si hubiera salido cualquiera otra de las postulantes, pero al final logré encontrarle la justicia.

Hoy no intento compararme con los políticos ni nada, sino que sólo decir que, recordando esto, he creído que es válido herir los sentimientos de alguien, si es inevitable para lograr un futuro reunido mayor.

Al final, si era lo correcto, ese mismo alguien está de acuerdo.

¡Amigas al rescate!

Era la primavera del 2001 cuando alguien con el que estaba feliz pinchando, súbitamente me despreció. Yo no estaba ni tan enganchada, pero la forma en que el tipo decidió darme la espalda fue demasiado inesperada, incomprensible y desagradable; llenos, además, los motivos, de otras mujeres que yo ni imaginaba que existieran. Así, irritada y triste, en una tarde cualquiera era sólo un bulto echado por ahí, un pequeño paquete de condensado resentimiento, sin ganas de nada… hasta que apareció mi amiga Coni.

Ella, viendo el espectáculo, decidió que no podía ser y me raptó consigo a su propia casa, en donde seguí amargada, pero acompañada, al menos. Fue entonces cuando supimos que esa noche La Ley daba un concierto gratis en la Plaza de Armas. A ninguna de los dos nos gusta – no en su etapa reciente -, pero ella decidió que era el acontecimiento a hacer para animarme, y además pasarlo bien las dos.

Así, de a poco nos fuimos embalando, lento pero seguro, porque aunque al principio no estaba muy convencida, no me di ni cuenta cuando nos sorprendí en el supermercado comprando témperas y cartulinas… para entonces ya estábamos dentro del evento, y listas para ir no sólo como gente normal, sino que como personas que nacen para eso! Que el grupo no nos gustara mucho, no era importante, sino que algo meramente circunstancial. Nos vestiríamos de todos los colores posibles y seríamos la esencia misma del evento: Íbamos a pasarlo bien.

Muy decididas, ya de vuelta en su casa, hicimos todo lo necesario para lograr el aspecto festival: Nos pintamos en los brazos con témpera “te amo Beto”, en la cara corazones, y en todas las partes del cuerpo que quedaran libres, cosas parecidas. Hicimos pancartas con efusivos y hasta desesperados mensajes. Nos vestimos como groupies de jerarquía mayor, cubriendo hasta el último detalle, sin parar hasta que logramos que los familiares de mi amiga – que presenciaban con la boca abierta la metamorfosis – nos miraran con la expresión horrorizada que buscábamos, y que recibimos con tanto honor y orgullo.

Fue al llegar al recital cuando nos dimos cuenta que habíamos exagerado un poco, porque no había nadie como nosotras, y como además todavía no era de noche, no pasábamos piola: la gente nos miraba de forma obvísima, y algunos hasta ofensivamente, pero resistimos diciéndonos a nosotras mismas que todo valía por un buen momento; éramos libres en nuestra locura. Además, muy luego, también nos miraron los guardias, y la vergüenza pasó a ser placer cuando, por la misma pinta, nos invitaron a entrar gratis a la parte VIP.

Como mi vida a veces es como una película, no pasó mucho antes de que me encontrara en el VIP con mi amor fallido, quien andaba con una rubia que era nueva en el asunto. Ella me sonrió toda dulce e inocente, cuando él nos presentó, ignorante de mi pequeña personal tragedia, y aunque yo al principio me quise morir, luego en algún momento me di cuenta de que lo estaba pasando mejor, en mi propia vida, fuera de eso: de que no necesitaba realmente entrar a esos espacios, no con él, al menos. Sorprendida de mí misma y aliviada de saberlo, aunque aún doliera, los colores que había pintado en mi cuerpo volvieron a apoderarse de mí y me llevaron bailando a otros lados. La noche se me abrió, y canté hasta quedar afónica, así como bailé tanto que hasta me filmaron, junto a mi amiga, para la tele, haciéndonos comentar el evento con micrófono y todo (aunque nunca nos vimos).

Lo pasamos de lujo, pero no tanto por el evento en sí, sino que por la sensación, la intención, la oposición al dolor, la vida rescatada, el embalamiento.

Luego el recital terminó, y con mi amiga Coni fuimos a comer a un local cualquiera en pleno centro, tomando el pollo con las manos y peleándonos las papas fritas. Era ya el silencio, pero todavía la compañía. Ella estaba pololeando, pero insistió en quedarse conmigo para una noche de chicas, la que luego seguimos en un bar, adonde llegaron más amigas: Ahí pasamos las horas conversando y soñando, sintiendo la primavera en la piel, con todas sus posibilidades abiertas, y la risa, y la juventud, y la sanación y el dulce compartir de cada una su propio pocito de maravilla.

Hoy recuerdo ese día y pienso en lo increíble que es que, si hoy recuerdo esa pequeña desilusión amorosa, es porque tuvo que ver con aquella ocasión gloriosa.

Realmente, para limpiarse las heridas (y para mucho más), las amigas son lo máximo.

El lugar correcto

Fue para el 18 del 2002, cuando se me ocurrió irme al campo sola con dos amigas y sus respectivos pololos. Aunque tenía, por otro lado, varias amigas solteras que se habían ido a pasarlo en Maitencillo, con otros amigos, se me había metido en la cabeza que el campo era para mí la mejor opción, probablemente porque una de las amigas emparejadas es muy yunta mía, estaba pololeando recién, y yo no había asumido todavía que estaba en otra: no había hecho el switch.

Por supuesto que al final no fue tan grato como me imaginé. Pese a que siempre he sido bastante independiente, luego del cuarto día de escuchar eternas peleas sobre quien quería más al otro, empecé a sentirme sobrealimentada de amores que más encima no eran míos. Y no era sólo eso: en las fondas no tenía ni un momento de respiro porque, ya que no tenía con quien estar y no quería ser motivo de preocupación, debía estar en permanente movimiento, revolucionando la pista de baile, o arruinándome en las apuestas de folklóricos juegos… Además, mientras a mis amigas les pagaban todo, yo tenía ya que ir juntando moneditas, o buscar patrocinadores, para poder ir a la par, sin mencionar el soportar de fuertes lluvias fuera de época, que por estar al aire libre, atravesaban mis chalecos, y me hacían ver que, mientras a las otras las cubrían con la ropa prestada suficiente como para ir de expedición por la Antártica, la otra damisela en apuros, que era yo, era totalmente ignorada, pero ni siquiera podía enojarme por ello, pues era la consecuencia directa de no ser de nadie… Y probablemente ni me habría importado, si no fuera por tanto ostentar de amor ajeno, que ya me estaba volviendo un poco loca y en vías ya de pensamientos cebolla.

Lo cierto es que al final, pese a que fui muy invitada, era un cacho: En la rueda de Chicago, la única que se subía sola. En la noche, la única a la que le embutían los seres más bizarros para luego descaradamente desaparecerse, y la única que no saltaba de entusiasmo ante la posibilidad de volver a las 7 de la mañana. En los paseos de la tarde por los huertos, la única que tenía ganas de conversar, mientras los otros estaban en la nube… Al final era hasta un poco divertido, porque en uno de los carretes hasta se olvidaron de mí, y casi tuve que volverme a dedo, lloviendo más encima. Al final yo me sentía casi como un animal salvaje, circunstancial, lejano, indomesticado, de tan poco cuidada que era (por razones lógicas): La verdad es que estaba pelando el cable ahí, porque no pertenecía para nada.

Por alguna razón, nos devolvimos del campo un sábado. A esas alturas estaba aliviada de irme de ese ambiente tan extra dulcificado, pero también apestada de sentir que había pasado mi 18 entre nubes ajenas… hasta que recordé que mis amigas solteras estaban en la playa, ¡y tuve tantas ganas de ir!… Entonces decidí que llegaría como fuera, y así, en un momento de inspiración, al entrar a Santiago por el sur, me bajé del auto de los pololos en el metro Rondizzoni, quienes me miraban con la boca abierta, y con solamente una luca, partí a la Estación Central: Es cierto que no era suficiente, pero alguien tendría que ayudarme. Yo ya estaba allá. Estaba completamente decidida. Las otras, las de la playa, entenderían y me financiarían si era necesario, porque sólo tenía medios para llegar, y si es que.

Y así, recibí toda la ayuda… Llegué a Tur – Bus y cuando me dijeron que el pasaje valía 3 lucas y algo (siendo que ya tenía menos de una), antes de que alcanzara a pensar una solución, una señora se me adelantó y ofreció pagarme la diferencia. Sonrió contándome que tenía un hijo de mi edad y que le gustaría que a él lo ayudaran como ella lo estaba haciendo ahora. Yo acepté encantada y no tuve ni un asomo de culpa, porque estaba muy de acuerdo con la moción, y habría hecho lo mismo… ¡era el equilibrio cósmico!

Y así fue como llegué de sorpresa ese mismo sábado, como a las 7 de la tarde, para descubrir que la supuesta casa bacán que habían arrendado estaba prácticamente cayéndose… pero era parte del encanto, además de dignísimo enmarque de mi locura, y yo estaba fascinada. Me recibieron felices, y así jugué cartas y comí aperitivos con gente que no conocía (excepto dos buenas amigas), olí el mar, me incluí a todos los juegos posibles de tapitas (que muchas veces me perjudicaron), e incluso, circulando por el balcón, me caí por un hoyo enorme que había, al cual casi todos nos caímos en algún momento… un hoyo como de monito, que era casi como una broma y que hasta el día de hoy es un símbolo casi fetichista para todos los que estuvimos.

Luego vino la discoteque, en donde bailamos como contratados, y tanto que dimos vuelta sin querer una mesa, siempre desatados y alegres, y de ahí el after hour, otra vez en la casa casi destruida, en donde, con cada vez más gente, seguimos celebrando el 18, hasta que se nos amaneció encima… Mi último recuerdo de ese carrete fue, ya de día, al ir a buscar algo a un auto, encontrarme a un enorme gato peludo y blanco, con el cual tuvimos un verdadero flechazo, por lo cual se coló a mi casa y luego durmió conmigo hasta la tarde… Esto luego me costó algunos retos de mis anfitriones, que justo le tenían alergias a los lindos felinos, cosa que yo no sabía, pero luego hasta las rascadas las vivimos en la mejor buena onda, porque todos éramos cómplices en la libertad y en el relajo, porque todos estábamos tranquilos y felices.

Yo lo pasé chancho. Volví a Santiago llena de energía y de risa, y con la certeza de que, si lo había pasado tan pero tan bien, era sólo porque estaba en el lugar correcto… en el lugar donde pertenecía entonces. Y esto se sentía en que todos me ayudaron, me prestaron plata que luego devolví, mi amiga Mariajo hasta financiando parte de mi alojada, estando felices de incluirme, y yo de compartir, estando, en fin, felices unos de los otros, y por ello me sentí ni siquiera querida, sino que necesaria, en perfecta armonicidad y sincronía.

Desde entonces, nunca más he tratado de entrar a los lugares a los que creía que quería, sino que a los que quiero realmente, a los que me tocan… y en general sigo pasándolo chancho.

Las tonteras que uno habla por MSN

Hace tan sólo un par de días, mi amiga Kika y yo, en el MSN. Era una tarde cualquiera, en que las dos hacíamos trabajos, cada una por su lado, apoyadas por la mutua cibercompañía. Conversamos harta tontera, incluso en verso, y me dio tanta risa que decidí ponerlo acá… para ilustrar cómo hay momentos divertidos en todas partes… y las cosas que una es capaz de decir y/o hacer cuando se siente cómoda.

Sesión iniciada el: Martes, 04 de Octubre de 2005
Participantes:

AAAIMPRZ (las letras de mi nombre ordenadas alfabéticamente)
KIKA (mi amiga :) )

AAAIMPRZ: holaaaaaaa
KIKA: hoooola
AAAIMPRZ: q tal pascual
AAAIMPRZ: que onda microonda
AAAIMPRZ: q talca nalca
AAAIMPRZ: que me cuenta presidenta
AAAIMPRZ: jajaja
KIKA: fooomeee
KIKA: :|
AAAIMPRZ: y? q me contai uruguay?
KIKA: na
KIKA: y tú?
AAAIMPRZ: que me dice del viaje
AAAIMPRZ: llevaremos un traje?
AAAIMPRZ: o un gran bolso rosado
AAAIMPRZ: para tapar lo bailado
KIKA: con mi gran enamorado
KIKA: vestido de moradoAAAIMPRZ: tenia una rosa
AAAIMPRZ: con una mariposa
AAAIMPRZ: quiza mas tarde en la calle
AAAIMPRZ: lo vea con detalle
KIKA: o mejor me calle
AAAIMPRZ: habran mas encuentros
AAAIMPRZ: cuando sepa flamenco
AAAIMPRZ: jajaja
AAAIMPRZ: q pernas
KIKA: jaja
KIKA: siiiiiiiiii
AAAIMPRZ: esa es mi nueva regla computacional
AAAIMPRZ: que no hablare normal
AAAIMPRZ: creo que debo intentarlo
AAAIMPRZ: pues si no lo hago, me marcho
AAAIMPRZ: no lo cree usted
AAAIMPRZ: que asi cualquiera debiera caer en mi red?
KIKA: mejor voy a piscoliar q me dio sed
KIKA: :|
AAAIMPRZ: mejor que no siga tomando
AAAIMPRZ: o se la pasará orinando
KIKA: ajjajajaja
AAAIMPRZ: jajajajjajaa
KIKA: oye
KIKA: no echay de menos un gorro naranjo?
KIKA: del chavo del ocho?
AAAIMPRZ: donde ha quedado?
AAAIMPRZ: me lo habran hurtado?
AAAIMPRZ: devuelvemelo porfa lo antes posible
AAAIMPRZ: que si no caere en lo indescriptible
KIKA: debeis ir a buscarlo, pues se me ha quedado
KIKA: en la casa de mi adorado
AAAIMPRZ: como es que se te ha quedado
AAAIMPRZ: no sabes que era prestado?
KIKA: quien me lo ha prestado?
KIKA: yo solo lo he encontrado
AAAIMPRZ: yo nunca supe que de mi casa habia salido
AAAIMPRZ: asi que sin permiso lo habras adquirido
KIKA: pues te equivocas mi querida amiga
KIKA: tu lo llevaste y se te quedo de tanta risa
AAAIMPRZ: adonde lo lleve?
AAAIMPRZ: en que lugar lo extravie?
KIKA: en la casa de mi abuelo,
KIKA: aquella vez de leseo
AAAIMPRZ: yo no estuve en aquella junta
AAAIMPRZ: llena de marabuntas
KIKA: cuando estuvimos con la trini reyes
AAAIMPRZ: ahhh gracias por el recado
AAAIMPRZ: ahora debo irme a un lado
AAAIMPRZ: guarda mi tesoro
AAAIMPRZ: y yo rezare por tu loro
AAAIMPRZ: y llamame mas tarde
AAAIMPRZ: cuando no se vea el sol que arde
KIKA: yo te llamo
KIKA: pero no se cuandodfkjghsdjkcgsjkgsdooo
KIKA: no se me ocurrio nada
KIKA: creo q ando despistada
KIKA: asi q me voy a comer una empanada.

CREAMFIELDS 2004

Ahora que estamos cerca de noviembre, recuerdo CREAMFIELDS, campos de crema, la gran fiesta electrónica… uno de los mejores carretes que tuve el año pasado, justo a esa fecha.

Yo nunca he sido fanática de esa música, aunque me gusta, pero la ocasión me pilló en un momento embalado, en que andaba completamente vestida de entusiasmo estival: yo era el espíritu encarnado del evento. La entrada (carísima) la compré feliz y convencida, y cuando en vísperas de la fiesta empezó a llover, seguía igual de feliz y convencida, si es que no más.


La fiesta, a su vez, no me decepcionó, pues fue un carnaval de principio a fin. Primero, fue la odisea de encontrarse con todas las amigas que fueron (hartas) en el mismo punto, unión que no duró mucho porque empezamos a perdernos unas de las otras desde el principio. Luego, fue la lluvia cada vez más fuerte, no sólo mojándonos (gran parte de la fiesta era al aire libre) sino que sacando barro y barro de todos lados… pero nada de eso nos impidió saltar como locas frente al escenario cuando apareció Groove Armada, en donde el efecto desencantador que podría esperarse de la lluvia funcionó casi al revés: su presencia, y la amenaza del invasivo frío, nos incitaba a saltar cada vez más fuerte, y más alto… y lo hacía todavía más original y desatado.

Era pintoresco, además, ver que toda la gente andaba de un humor parecido, probablemente porque de no tenerlo no quedaba otra que congelarse e irse a la casa, y fue en ese espíritu cómo las horas corrieron llenas de sucesos: Nos sacaron fotos para una revista virtual que nunca pudimos ver porque se nos desintegró el volante con la dirección, por la lluvia; comimos pizzitas calientitas, casi junto a los sapos en el fango; tomamos bebidas y copetes que si no se bajaban rápido, se rebalsaban; nos pasamos encontrándonos con gente (nunca la que buscábamos), ya que el lugar era tan grande que uno no lograba nunca recorrerlo entero, siendo siempre una caja de sorpresas; nos reímos de las pelotas de barro que trataban de tirarnos (al parecer el nuevo modo de seducción) y mucho más.

Luego, yo me perdí. Pasé entonces un buen rato divagando por mi cuenta, bailando por ahí y por allá, echando el pelo, como dice mi mamá (jaja), pero luego, cuando caché que nunca me iba a encontrar con mis amigas, y que tendría que llamarlas, me di cuenta de que mi celular estaba tan mojado que no se podía ni prender… yo seguía en ánimo festivo, y me reía sola, porque todo era ya un poco divertido, casi tropical, exento de toda gravedad… hasta el hecho de que tuviera agua dentro de los calcetines y sonara cada vez que daba un paso, me daba un poco de risa.

ago 3 Trini y yo preparadas para la LLUVIAEl obstáculo del celular, por otro lado, me dio una nueva motivación: Sabía que algunas de mis amigas estaban en el parte VIP, así que decidí que tenía que entrar como fuera, lo que provocó la aparición de nuevas anécdotas en mi camino al libre acceso; pinchar con alguien que se iba, que me pasó su pulsera especial… bastaba con sujetarla con un pelo (o sea que no se me cayera cuando tratara de pasar frente a los guardias), pero ni él ni yo pudimos lograrlo, del puro frío que inmovilizaba las manos… y luego pinchar con un guardia quien me invitó a entrar… cosa que hice, con planeada modesta curiosidad (casi como si no quisiera, para mantener el encanto), sólo para descubrir que todas mis amigas ya se habían ido, excepto las que estaban en pleno romance… Divertida, me devolví a la fiesta, pero a la de afuera del VIP: éste era demasiado elegante, y poco mojada para mí entonces… no tenía el estilo de fiesta en el que ya estaba, literalmente, sumergida; eran personas ignorantes del desastre natural puertas afuera… un desastre sensual y visualmente alucinante… y además yo, con mi aspecto, no encajaba para nada.

Había tenido el buen tino de irme en el auto de mi mamá, con tal que el extravío de mi gente no me convertía en una persona abandonada. Pude disfrutar así la última hora deambulando por sectores, bailando en charcos e intercambiando momentos con seres que se veían tan mojados y extravagantes como yo misma. Y luego me fui, pero ni siquiera se acabó ahí la noche, sino que diría que fue coronada: la llevada a dedo del ser más peculiar de la noche fue la guinda de la torta.

Me abordó cuando yo me iba al auto. Era un tipo bastante guapo, y como de mi edad. Lo habían dejado botado los amigos (probablemente también se les inundó el celular jaja). Me preguntó si podía llevarlo y le dije que bueno: estaba estilando, pero yo también, así que daba lo mismo. Todo el camino al auto comentó lo feliz que iba a ser cuando se sacara la ropa mojada. Yo pensé que era una alucinación de persona húmeda, o que lo decía para asustarme, así que ni le contesté, todo para encontrarme con la sorpresota de, luego de ponerme el cinturón de seguridad, mirarlo y ver que estaba en calzoncillos!! Yo le dije que era el colmo, enojada al principio, y él me dijo que no me pusiera nerviosa, que estaba cagado de frío y que por lo menos no andaba con slip blanco… entonces me sacó la risotada y nos hicimos amigos. Es que al final era todo una broma. En un momento incluso tuve que decirle que se agachara y escondiera, al salir del sector, porque en la calle estaban los amigos de un gallo que me gustaba y habrían pensado lo que habría pensado cualquiera.
Luego, en el camino, él se empezó a ofender de que no me pusiera nerviosa, lo que hacía todo más divertido, y empezaba a darme explicaciones biológicas y sicológicas de lo que debería pasarme. Yo ya estaba más relajada y lo amenazaba con bajarlo del auto. Era una chiste. Creo que en la mitad hasta le di consejos románticos. Luego, como tenía prendida la luz de la bencina, él me puso un poco de plata para echarle al auto, lo que el señor de la Copec hizo sin atreverse a mirar al tipo semivestido a mi lado. Nosotros nos reíamos.

Aunque lo iba a dejar en la calle, al final me dio pena y lo fui a dejar a su casa; quedaba cerca de la mía. En la puerta nos encontramos con su hermano quien también venía llegando. Los dos me ofrecieron entrar a tomar una sopa: yo estaba empapada y no quise, por lo que me invitaron a almorzar al día siguiente para verlos ordenados y bien vestidos, pero había sido demasiada intimidad por un buen tiempo, y además dudo que hubieran soportado la vergüenza de verme sobrios… Así que me separé de ellos, quedándome con el calcetín (mojado) del que llevé, quien insistió en que tenía que ser mío “como símbolo de ese momento”: uno para cada uno. No hubo forma de decir que no, y como al final sonaba adecuado para el fin de esa noche, lo tomé. También me regaló un lápiz.

Luego, al fin llegué a mi casa, riéndome todavía y mojada como pato, y metiéndome en mi cama, alcancé a ver la mañana tan sólo un instante antes de caer zeta, acurrucada contra mi exquisito escaldosón caliente.

El enemigo invisible

Era el año 1994 y con mi prima Nicole nos pasábamos la vida metidas en el Club de Golf que limitaba (y aún limita) con su casa: el Sport Francés. Pasábamos los días enteros vagabundeando por las canchas de hockey, haciendo picnics en el cerro de los conejos, buscando sapos en las lagunas de las canchas de golf, recolectando y comiendo almendras silvestres, tirándonos por las pendientes con bolsas de basuras, y así sucesivamente, libres y curiosas, bien cabras chicas, insoportables e insistentes, olisqueando y entrando felices en todas partes.

Al mismo tiempo, durante ese mismo año, en el techo de la casa de ella, nacieron muchos gatitos de una gata callejera que se había instalado a vivir allí. Uno de ellos, que era blanco con manchitas grises, era nuestro favorito, ya que era el único que nos dejaba tocarlo. Lo apachurrábamos cada vez que podíamos, por el puro placer de sentir que nos pertenecíamos, y de que éramos lo suficientemente especiales como para hacer un vínculo con un animal salvaje, así como en las películas.

Fue muy poco después de eso cuando, en un día cualquiera, y durante alguno de nuestros paseos, empezamos a notar que, en la soledad de las canchas, estaba lleno de pájaros muertos, vacíos por dentro, como si alguien les hubiera sacado el corazón. Probablemente fueron esos pájaros grandes y oscuros, que se comen a los canarios, y dejan los restos, cuyo nombre justo ahora no recuerdo, pero nosotras creímos que era gente satánica, que hacía rituales en el Club a escondidas, y que tenía que matar a los animales para poder hacer esos rituales.

Era cierto que estaba lleno de plumíferos cadáveres, pero más cierto era que el poder de nuestra imaginación era realmente grande, muy útil, también, a la hora de hacernos la vida más interesante. Mi prima y yo empezamos a pasar horas elucubrando oscuras teorías que nos asustaban y excitaban a la vez… Nos mostrábamos horrorizadas, pero hoy podría admitir que, aunque nunca lo aceptamos, la verdad es que nos gustaba la idea del satanismo tan cerca de nosotras, porque nos hacía sentir importantes, y en el meollo mismo de la verdad y del movimiento… nos convertía en visionarias, en personas especiales, que debían salvar a los pájaros, y por eso cuando nos preguntábamos si empezarían a matar gente en vez de a ellos, asustándonos una a la otra, se sentía como si lo quisiéramos realmente aunque a la vez, claro, era sólo un juego infantil de pasarse el rollo, de jugar con realidades que uno no querría de verdad, porque además tampoco creíamos realmente que existiera…

Hasta que pasó algo que nos hizo creer que realmente nos habían fichado: El gatito blanco que tanto nos gustaba apareció atropellado en la calle, justo frente a la puerta de casa de mi prima, como dejado a propósito. Estaba paralizado y completamente rígido. Fue muy triste pero también un poco divertido, casi surrealista, carnavalesco. Lo bueno fue que, pese a ser una muerte indeseada, era un ticket para entrar en la película… La Nicole y yo recogimos al gatito, y luego lo enterramos con muy pomposa parsimonia, en el Club, poniéndole encima una enorme cruz de madera hecha por nosotras. Creo que hasta le pusimos flores… pero no teníamos tanta pena porque, desde el momento en que lo vimos muerto, supimos que ya se había ido: no era ya esa masa rígida.

Luego, al día siguiente, la sorpresa fue enorme cuando descubrimos que alguien había dado vuelta la cruz y la había vuelto a plantar, pero boca abajo, así como las satánicas…!!! Hoy pienso que probablemente fue algún chistosito, pero entonces nos quedamos heladas… aunque también felices: ahora sí que estaban jugando con nosotras… El enemigo se había manifestado y era invisible. El cuento que habíamos inventado mostraba vestigios de realidad. Quizás éramos visionarias después de todo.

Esa tarde, cuando ya no había nadie, por no saber qué más hacer, nos metimos en el Club y desordenamos todo lo que pudimos; botamos las gradas, sacamos las redes de las canchas de tenis, y escribimos tonteras con la máquina de tiza que raya esas canchas. Les hicimos nudos a las mangueras, dimos vuelta las máquinas limpiadoras, los arcos de fútbol, y todo lo que encontramos. Estábamos felices. Nunca fuimos de ese tipo de personas tan escandalosas, pero la lucha contra el satanismo nos daba tarjeta para hacer cualquier cosa. Nos sentíamos heroicas y poderosas y que la labor hecha era necesaria… aunque en el fondo sabíamos que no y que, aún si existiera, estáríamos actuando como quien da espadazos en el aire… sin ver realmente.

Luego nunca más vimos pájaros muertos ni supimos nada.

Hoy recuerdo todo lo que pasó y me pregunto si de verdad no habrá sido una película. También me da un poco de gusto y un poco de risa, porque de verdad nuestra imaginación nos abría unos mundos muy multicolores. Acontecimientos comunes eran toda una manifestación de profecía y verdad. Vivíamos de una forma muy intensa.

Hoy también encuentro que lo pasábamos chancho.

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