A mi profe de 4to básico

Resulta que yo era una niña solitaria. Estaba en cuarto básico, tenía nueve años, y cada vez que tocaban la campana para ir al recreo me preguntaba si esta vez me iba a ir a esconder a la biblioteca, a la capilla (colegio católico) o al baño. La misma transpiración helada la sentía cada vez que había que hacer algún trabajo grupal aunque luego era menos helada porque, claro, uno se acostumbra a todo.

No es que no me gustara la gente. Creo que, por un lado, vivía muy dentro de mi propia mente y que, por otro, no sabía cómo interactuar, por lo que simplemente no lo hacía. Y sí sabía cómo desaparecer. Escondía las invitaciones de cumpleaños para que mis papás no me obligaran a ir. Salía primera de la sala cuando tocaban el timbre y volvía última para no caer en el pánico escénico de tener que conversar. Nunca pedía ayuda, y procuraba no necesitarla. Nunca mostraba debilidad. Sacaba buenas notas, era controlada, serena. Escondía mis sentimientos, o bien, me desconectaba de ellos y, además fuera del colegio, sí tenía un mundo. Varias primas de mi edad que crecieron siendo mis compañeras de juego y con las que todavía cuento. Eso me aliviaba, me tranquilizaba, me hacía sentir importante aunque, por supuesto, no era suficiente.

tameY entonces apareció una profesora. Una profesora joven, bonita (o al menos así la recuerdo), que observó mi situación y que se convirtió en mi cómplice. Se fue acercando de a poco, con cautela, como cuando el principito domestica al lobo: Llamándome cuando estaba por empezar el recreo, y entonces simplemente me conversaba. Nunca trataba de retenerme, como siguiendo el juego de que alguien me esperaba en el patio, y si me veía sola en los pasillos, obviaba, con una sonrisa luminosa y no invasiva, la incomodidad de mi humillación. Nunca me preguntaba por qué no tenía amigas, cosa que obviamente notaba, sino que solamente me ofrecía su compañía, su cariño, sin explicaciones ni preguntas, el que fui aceptando de a pedacitos, en parte porque abrirme a alguien descompensaba la estructura de mi universo, en parte porque tenía claro que hacerme amiga de la profe podía hacerme aún más rarita. Aunque en el curso la querían y ella además tuvo el tino de no ser muy obvia con nuestra conexión. Así que me fui dando.

Esta profesora, cuyo nombre no recuerdo, subió exponencialmente mi calidad de vida. Yo no siempre hablaba con ella, no siempre le abría camino, pero el hecho de que tuviera conciencia de mi persona, me fue dando a mí también conciencia de mí misma. Cuando uno vive aislada, en silencio… es fácil mimetizarse, y olvidar que se es alguien, algo separado de la totalidad, pero la profe se acercaba, me miraba a los ojos, me preguntaba cosas, se acordaba de lo que yo le había contado antes, y eso me humanizaba. Me veía. Yo era distinguible, yo era especial, yo existía, y eso era suficiente. Es todo lo que un niño necesita. Y así vivimos en armonía, hasta el incidente.

musketterResulta que el colegio hacía una kermesse anual y, pese a que yo evitaba los eventos sociales, no podía resistirme a ese… laberintos de cajas de cartón, tiro al blanco, camas saltarinas, y todo tipo de entretenciones campechanas y simples. Todavía me encantan esas cosas. Y fui con mis primas. Estaba tan orgullosa de ir con ellas, porque así también podía mostrarle a las niñitas del colegio que tenía personas de la edad que me querían, y que disfrutaban de mi compañía, aunque probablemente ellas ni siquiera se habían dado cuenta de si las tenía o no. Como dije, era muy hábil para la desaparición. No puedo culparlas.

Mis primas, por supuesto, no tenían idea de mi situación, y estaban felices de poder conocer mi mundo colegial y así, cada vez que alguien me saludaba, me preguntaban si ésa era mi amiga. O esa. O esa. “No”, respondía yo también, cada vez, porque aunque me hubiera gustado decir que sí, encontraba peor que se dieran cuenta solas después de que eran solo compañeras simpáticas, que después de saludar se irían. Al cabo de un par de horas, tuvieron el tino de dejar de preguntar aunque, mirando atrás, no sé si tuvieron tino o si simplemente se olvidaron del tema. Y también me olvidé yo.

Hasta que apareció mi profesora. Fue tan dulce y simpática, y estaba tan aliviada de verme con otras niñitas. Nos recibió con una sonrisa casi incandescente, y me preguntó quiénes eran. Mis primas se acercaron para presentarse, felices de poder expresar su amistad condensada, de hacer lazos con alguien, entusiasmadas y con el mismo tipo de sonrisa.

Pero era una profesora, así que yo tuve vergüenza. ¿Cómo podía ser que la única persona que podía presentarles era una profesora? Además, si ella era tan amorosa, por contraste se notaba que sí tenía una relación conmigo, a diferencia de mis compañeras, que ella sí era lo que podríamos decir, amiga.

Yo no lo podía soportar.

Así que la desprecié. Dije, en tono neutral y robótico, algo así como “tenemos que irnos” y prácticamente tironeé a mis primas a otro lugar. No solo no dejé que las saludara, sino que ni siquiera la saludé yo. Ni siquiera la miré a los ojos. Mis primas me retaron por pesada, pero yo fui tan dura como es un arribista que, en la gloria social, desconoce a sus viejos compañeros. Bueno, no es lo mismo, pero se entiende: La desconocí porque sentí que no hacerlo significaría mi propia ruina y, detrás de mi actitud primitiva, no había más que un profundo pavor.calm

Por supuesto, me odié a mí misma, pero no me permití sentirlo entonces. En vez, me inmovilicé. Había negado a la única persona que me reconocía en el colegio, que me recordaba quien yo era, que me daba esperanza. Le había fallado estrepitosamente, y también a mí misma. Me moría de vergüenza, así que enterré esos sentimientos en lo más profundo de mi ser y, como recordar nuestra complicidad me dolía, también dejé de hablarle. Nunca más me quedé en el recreo. Nunca más la saludé en los pasillos. Ni siquiera me atreví a mirarla a los ojos cuando me hablaba en clase.

Y sin embargo, ella nunca cambió su actitud, ni hasta el último día escolar. Siempre me trató como si no la hubiera herido, aunque sé que lo hice. Siempre me trató con ternura. Obvió el incidente y no trató de forzarme a explicarlo. Obvió que nunca más le hablé, y mirando atrás, creo que lo hizo para no afligirme más. Porque no quería darme más carga, ni ahondar en la herida. Porque sabía que yo sabía. Porque entendía la situación, con esa sabiduría ancestral que solo algunos profesores tienen. Ella supo ver que yo era como uno de esos novillos que se enredan en el alambre de púa y que, mientras más se revuelven, menos pueden salir.

Dondequiera que esté, miss, yo le pido perdón. Me alejé de usted de esa forma terrible no porque no correspondiera a su cariño, sino que porque no quería reconocer mi situación… hablar ni del miedo, ni de la soledad. Yo tenía que seguir viviendo y tuve miedo de ponerme en contacto con mis sentimientos porque pensaba que, si lo hacía, me haría débil y no podría sobrevivir. Era solo una niñita asustada y entonces no sabía mejor.

Usted, de todas formas, realmente hizo una diferencia para mí. Me trató con amor, y su amor me hizo visible, aunque después no estuviera para apreciarlo. Me enseñó a ver tras los disfraces de la gente, porque entonces aprendí a ver el mío. Me enseñó lo que son la paciencia y la compasión.

Gracias a usted soy una mejor persona y se lo agradezco de todo corazón.

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La torcacita

Estaba donde mis papás cuando vi la caja. Era de cartón y, de algún modo, temblaba. “¿Qué hay adentro?”, “el pájaro que le quitamos al gato”. Tuve que abrirla para verlo. Era una cosa linda, de plumaje grisáceo con manchitas, pequeños ojos de aceituna, una torcaza. “¿Qué hacemos con ella?”, “esperar”. Le habían dado agua y al parecer la había tomado. Había hecho caca, por lo que al parecer su cuerpo todavía funcionaba. Las esperanzas de los otros eran tibias y las mías derechamente encendidas, aunque estábamos juntos en ello, en lograr mi sueño de la infancia… el de lograr sanar a un pajarito recogido para luego verlo volar, liberado, hacia las altas copas de los árboles.

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Un pájaro pajarón, como el nuestro.

Lo fome es que la torcacita tenía que vivir ese proceso en la oscuridad. Si uno abría la tapa, aunque fuera de a poco, ella se movía como una loca y chocaba contra todas las paredes, y eso no solo significaba posible dolor extra en sus partes mordidas, sino que también dar vuelta – de nuevo – el agua y hacer su estadía en el mundo del cartón aún más inhóspita. Así que la dejamos tranquila, en el quieto silencio. Era mi cumpleaños, vinieron mis tíos y mis primos, así que no me fue tan difícil desconectarme de ella, aunque cada vez que iba por el pasillo y veía la cajita, sentía una curiosa mezcla entre pena y excitación.

Solo al final de la noche, fui a ver cómo seguía, y entonces me transmitió una sensación punzante. Definitivamente tenía una postura rara, y mucha más sangre de la que había encontrado antes, así que, pese a sus protestas, la examiné con detención, y entonces descubrí que… le faltaba la mitad del cuerpo. Sí, LA MITAD DEL CUERPO. El gato se había zampado una patita completa y casi la mitad de su espalda. Era un milagro que viviera. Un milagro horrible, dicho sea de paso.

Llorando copiosamente, recurrí a los familiares que aún quedaban en la casa, mis papás, mi nana de toda la vida, mis hermanos. “Hay que matarla”, dije, enojada conmigo misma por la irresponsabilidad de mi otrora ignorancia. “¿Cómo lo hacemos?”, discutimos distintas estrategias y finalmente decidimos ahogarla. Mi hermano chico, Pablo, hizo los honores.

Fue terrible. Crónica de una muerte anunciada. Llenar de agua una fuente grande, y saber de antemano para qué era. Tomar al pajarito y sumergirlo. La torcacita se resistió pese a todo, un rato considerable, porque todo ser vivo quiere vivir, pero aun así llegó la hora de las burbujitas. La torcacita fue vencida, aunque ya lo había sido, de antemano. Las lágrimas chorreaban por mis mejillas. Ni siquiera podía ver. Es increíble cuánto uno puede llorar por una muerte tan pequeña y tan anónima.

Y a la vez que horrible, fue hermoso. Ella solía recoger semillas en el patio y dar saltitos acuáticos alrededor de la piscina, como todos los otros pájaros del barrio. Era un ser terrestre, como nosotros y eso la convertía en nuestra hermana. No podíamos ignorarla. Teníamos que ayudarla a morir. Era una deferencia, un acto de amor, la mínima muestra de camaradería y de elegancia. Las lágrimas chorreaban por mis mejillas. Ni siquiera podía ver. Ese pájaro era un residente en el mismo mundo mío, y despedirlo era despedir a un compañero.

Ojalá no tuviéramos que esperar incidentes como estos, y siempre fuéramos conscientes de todas las otras vidas que también son nuestros compañeros. Que son todas.

Beatrix

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Fue hace solo unos meses atrás, en enero. Como soy profesora, tengo cierto tiempo extra en las vacaciones, así que me tomé tres semanas y media para recorrer por Colombia, Panamá y Costa Rica. Empecé sola y más tarde se uniría una amiga chilena. Pero no todavía.

Entonces estaba apenas comenzando mi viaje, en Cartagena de Indias, al norte de Colombia, en una ciudad que se supone que es un destino estrella, y se suponía que yo debía estar contenta, pero no lo estaba. Estaba irritada. El lugar era tropical y verde, pero muy caliente, y la línea aérea había perdido mi maleta, así que ni siquiera podía cambiarme de ropa. La ciudad era colorida y alegre, con las calles perfumadas de comida rica y de flores, pero también era peligrosa. Ya me habían asaltado, irónicamente cuando solo había salido a comprar un candado, y cuando más tarde arrendé una bici para pasear un rato, y así calmarme a mí misma, me caí en un hoyo del pavimento, y un grupo de locales se rieron de mí. Así que, sí, lo odié al principio, aunque más tarde me gustó.

Empecé a sentirme mejor cuando me cambié de hostal. Me cambié de uno muy carretero, muy a trasmano y un poco sucio, a otro más seguro, más tranquilo, y dentro del área vieja de la ciudad, con enormes sillones de cuero y también aire acondicionado… lo que, en esas circunstancias, puede ser absolutamente glorioso. Hice el check in, me instalé, y después me senté un rato en la sala común, antes de salir de nuevo. Era cerca del mediodía y hacía tanto calor que estaba dilatando mi regreso al turismo puro. Y allí estaba ella, Beatrix.

Al principio pensé que era la mamá de un par de gallas de mi edad. Estaba sentada con ellas, conversando, pero resultó que eran solo viajadoras conversistas, como yo, y un rato después se fueron. Entonces me acerqué, principalmente porque habían desocupado un espacio en el mejor asiento: en frente del ventilador (el aire acondicionado no era tan bueno). Y me senté allí, en silencio.

Beatrix era muy linda, muy rubia y muy delgada, con grandes ojos azules, una mujer de cierta edad que podría ser preciosa si no lo intentara tanto. No se notaban las imperfecciones de lejos, pero si uno se acercaba, se podían ver fácilmente sus labios hinchados por el colágeno, el bronceado artificial y el rímel derritiéndose, como una escultura que uno solo descubre que se está cayendo a pedazos, cuando se detiene en ella. No estaba tan carreteada, pero probablemente para verse más joven, se vestía como una colegiala y eso la hacía ver aún más vieja . Con excepción de sus ojos, muy brillantes, y de atemporal jovialidad.

Su actitud fue tan refrescante como donde estábamos sentadas. Nos dijimos hola, mientras mirábamos la tele distraídamente, pero de la nada y después de un rato, simplemente dijo: “Dios, odio envejecer”. Tuve que mirarla. Ella sonrió y me mostró sus brazos, que tenían unas manchas oscuras desde el hombro hasta el codo, por la parte interna, y me contó que acababa de hacerse una cirugía. “Vine aquí porque es más barato”, explicó. Era belga. “La piel de mis brazos se cayó, así que decidí operármela como regalo de mis 50 años”, continuó. “¿Qué cirugía?”, pregunté suavemente, “la que hizo que mis brazos parecieran brazos otra vez. Me veía como un murciélago, con esto de envejecer”. Tuve que reírme, y fue un divertido, pero triste al mismo tiempo.

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“¿Salgamos a tomarnos algo y a conversar un poco?”, me preguntó. La playa me llamaba, así que me quedé callada. “Yo pago los tragos”, Beatrix enfatizó, así que dije “bueno”, como me di cuenta que uno debe hacer cuando está viajando y deseando ver tantos diferentes aspectos de la vida. O sea, ¿para qué querría uno viajar si no está dispuesto a intercambiar una conversacioncita? A diferencia de en casa, uno puede preguntar o contar fácilmente sobre cualquier cosa.

Así que fuimos. Terminamos en un restorancillo en frente a un parque. Como ella era tan rubia y tenía todo ese maquillaje encima, los colombianos no podían evitar mirarla. Nuestra mesa estaba debajo de un árbol gigante y era muy cómoda y todo era agradable, especialmente considerando que vendían cervezas muy heladas. Llamábamos la atención y no me importó, excepto cuando exageraban con las interrupciones para vendernos una cosa u otra.

Por supuesto, me bajó la vieja curiosidad. Tuve que hacer, un montón de preguntas. ¿Tuvo hijos? No, no tuvo. ¿Por qué? Pensó que requerían demasiado esfuerzo, no era para ella. ¿Estaba casada? Nop. ¿Lo estuvo? Sip, en sus 20s, pero luego el tipo se escapó con su plata. Ella solía ser rica, y él le quitó todas sus casas (tenía muchas). A ella no le importaba, aseguró, pero igual se hizo su primera cirugía justo por entonces: pechugas nuevas. “Perdí tanto peso que desaparecieron”, lloró finalmente. Y yo también lloré.

¿Y después de eso? Tuvo pololos, pero nunca de nuevo uno serio. “¿No te sientes sola?”, pregunté. “No”, contestó, levantando sus hombros, “los hombres son solo para pasarlo bien”, explicó, “para…” y luego gesticuló con entusiasmo el viejo movimiento sexual. Se rió y yo también me reí, ¿qué más podíamos hacer? Dadas las circunstancias, no pude evitar considerar que su decisión era válida, y es que uno nunca sabe cuán profundas son las consecuencias de las heridas de alguien. Nunca me he olvidado de un artículo que leí una vez, sobre Hugh Heffner, probablemente el polígamo más famoso de la Tierra, y sobre cómo su primera mujer lo engañó, y luego lo abandonó. Eso definitivamente lo destruyó, y quizá fue un poco entusiasta en cuanto a la forma que encontró para salir adelante, pero no estamos dentro de su corazón, como tampoco lo estamos dentro del de Beatrix, así que ¿quiénes somos para juzgar? Todos tienen su manera de morir. Y de vivir. Aún si no es la nuestra.

A medida que las horas pasaron, empecé a indagar sobre temas más prácticos, como por ejemplo: “¿Es fácil conseguir hombres?”. La segunda parte de la pregunta (“en esas circunstancias”) no la dije, pero ella entendió a qué me refería. ¿Cómo se las arreglaba?, tuve que preguntar, porque me era muy difícil hacerme la imagen mental de Beatrix viviendo la vida loca con nuestros guapos y casi adolescentes compañeros de hostal. “Sí, sí, siempre puedes encontrar”, aseguró. “No vas a tener a Brad Pitt o a Di Caprio… vas a tener a Dracula, y a Frankenstein, pero lo vas a disfrutar de todas maneras”, continuó. Aunque me impresionó un poco e intenté disimularlo, creo que no lo logré, porque entonces agregó, como para alegrarme, “siempre puedes cubrir sus caras con una almohada”, y se rió un poco. Yo también me reí, pero esta vez fue tan sinceramente tragicómico que lo hice en serio.

“Y, ¿cómo fue que tus brazos se cayeron?”, cambié el tema. Uno podía darse cuenta de que era una persona deportista y bien cuidada, entones era raro que su piel se hubiera caído tanto. “Subí 40 kilos y después los bajé, en dos años”, ella contestó. “¿Cómo?”. “Estuve en Phuket (Tailandia) en el tsunami, en el 2004. Vi tanta muerte. Tuve un año horrible, comí para aliviar mi dolor, y dejé de comer cuando me mejoré. Solo me quedaron toneladas de piel”. “Y esa expresión de dolor en el rostro”, agregué para mí misma, pero ni siquiera podía distinguir si era solo por eso. Es decir, no es como que la vida había sido muy buena con ella, y “¿cuán desafortunada puede ser una persona”, me pregunté. “Bueno, tenía que pasarle a alguien”, fue la respuesta críptica que oí desde el fondo de mi cabeza.

Y me contó más. Me describió cómo, cuando vino el tsunami, ella estaba en un hostal de viajeros, tal como estábamos en Colombia entonces, y cómo hacía calor, y no le gustaba ponerse a quemar, porque cuidaba su piel, así que tomó una micro, para ir de shopping o algo por el estilo, y cuando volvió… todos muertos. Todas las personas que había conocido en el hostal y todos sus amigos, estaban tirados allí, hinchados por el agua, y ella ni siquiera había sabido que un tsunami había ocurrido hasta entonces. Fue bastante gráfica al contar los detalles, pero no la interrumpí, porque se veía que quería hablar de ellos, y yo quería escuchar también. Estaba discutiendo abiertamente todos los asuntos que evitamos en la vida. Uno no puede no tomar una oportunidad como esa.

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“Me sentí culpable”, continuó, luego de un reflexivo silencio, “culpable por vivir”. “Tú tenías que”, fue mi obvia respuesta, “y no era tu opción, y no había nada que hubieras podido hacer para salvar a esas personas”. “Solo fue lo que fue”, Beatrix concilió, y luego me contó como los tailandeses y los extranjeros lloraron juntos y se consolaron mutuamente, y cómo en el aeropuerto ni siquiera le pidieron el pasaporte para devolverla a Bélgica, cómo ni siquiera le hicieron pagar el pasaje. “Yo fui una sobreviviente”, dijo, “lo perdimos todo”… y fue tan claro que, cuando dijo “perdimos”, hablaba no solo sobre ella, sino que también sobre los otros turistas, los locales, los animales y todo, que tuve que llorar. Y así también hizo ella, porque la muerte es igual para todos y porque somos tan irremediablemente frágiles, pero también porque, incluso en medio del horror, el dolor y la pérdida… está eso inconfundible que va más allá de la vida, y de la muerte, así que podemos perder mucho, pero no  todo realmente: Siempre nos tendremos a nosotros mismos, dondequiera que estemos, sea lo que sea que eso signifique, en este lado o en el otro, o así nos gusta creer. Y eso brilla.

Cambiamos a otros temas después, y tomamos algunas otras cervezas, por lo que se siente bien, se siente mal, y todos los matices entremedio. Ella había tenido tantas experiencias que ni siquiera nos quedamos pegadas en la del tsunami, y yo también compartí las mías. No eran tan oscuras, debo felizmente advertir, pero tengo alguna que otra buena historia que contar y, en las circunstancias adecuadas, sé entretener a mi público.

Ya en la tarde, volvimos al hostal. Beatrix se quedó allí, porque no podía exponer sus recientes cicatrices al sol, y yo agarré mi bikini y partí a la playa, sintiéndome extremadamente libre de mí misma y agradecida con la vida. Más tarde, en la noche, la vi de nuevo. Yo estaba con un grupo de hostalamiguis, esperando a otros para ir a comer afuera, y ella me miró con una expresión nostálgica, sentada de nuevo frente al ventilador. Ni siquiera me gustaba el gallo que coqueteaba conmigo, y que había sido de cierta forma “asignado” para mí en el grupo, pero la idea de besarlo se cruzó por mi mente, solo porque él no era ni Dracula ni Frankenstein y yo todavía tenía tiempo. Pero quizás Beatrix tenía tiempo también, y quería las cosas de esa manera, para protegerse a sí misma de sufrir más. No lo sé.

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Lo que sí sé es que ella luchó y la recuerdo por eso. Sus historias eran increíblemente tristes, pero no se rindió. Era una guerrera y probablemente todavía lo sea. ¿No pudo permitirse volver a amar?: Tomó lo que sintió que podía. ¿Le tocó vivir el tsunami y subir 40 kilos?: Los bajó cuando pudo y se hizo cirugía para reconstruir los pedazos. ¿Perdió sus pechugas porque su marido la engañó, y la estafó, y dejó de comer por un tiempo?: Se compró unas nuevas, y qué. “Adelante, vamos que se puede”, fue como si gritara. Ella quería vivir. No sé si yo sería tan aguerrida en esas circunstancias, pero honestamente prefiero nunca tener que saber. La admiro, pero desde una distancia que no quiero cruzar, porque no envidio su vida en absoluto. Al contrario, estoy aliviada de que la mía haya sido diferente, aunque haya tenido sus propios momentos de oscuridad y probablemente se vengan algunos otros.

Conocer a Beatrix también me hizo darme cuenta de que he madurado un poco, porque en mis años adolescentes habría pensado “Pff, yo nunca voy a ser como esta mujer”, pero después la vida me enseñó a ser humilde. O sea, dudo que me convierta en alguien como ella, pero… no puedo realmente asegurarlo, porque no sé todo y a veces las experiencias realmente pueden cambiarte. Me encantaría creer que estamos a galaxias de distancia, y que nunca seré así, porque creo que me haría sentir más segura, pero estoy segura de que ella nunca soñó con la vida que ha tenido, porque no hay niños que sueñen con vidas como esas.

Cuando estoy especialmente cansada, o me siento especialmente distinta o intolerante, me gusta pensar en ella, porque me hace sentir agradecida, y humilde, y compasiva otra vez. Porque todos tenemos una historia, porque todos luchamos, y porque, en el fondo y más allá de los vaivenes y máscaras, todas las personas llevan un torrente de dulzura.

¿El hombre casado sabe más bueno?

He aquí una historia particular, de algo muy llamativo que me pasó hace cerca de un mes.

Entonces estaba en Brasil, específicamente en Maresías, una playa de surfistas bacán, enmarcada por un bosque de esos maravillosos que hay por la zona y con mucho carrete. Allí había llegado sola, pero luego me había hecho una amiga chilena, y así es cómo las dos salimos a aprovechar el sábado, vestidas de fiesta, frondosas y expectantes bajo el clima tropical.

No pasó mucho antes de que conociéramos a un par de austríacos, que se instalaron con nosotras en el bar del hostal. Para ser sincera, yo los había visto antes, en la calle, y uno de ellos, Remy, me había gustado. Mi amiga estaba más bien apañándome, como también su amigo, por lo que no pasó mucho antes de desaparecieran del plano, una vez hecha la magia, y que entonces sobreviniera entre Remy y yo un nervioso silencio, de esos que son hondos y promisorios y sensuales.

El austríaco y yo nos quedamos juntos, conversando con la serenidad controlada que tienen los jugadores de póker, pareciendo casuales pero apenas empezando el juego, sin revelar nada, aunque los dos sabiéndolo. Él era inteligente, carismático, guapo, dulce, y tenía cierto rastrojo de tristeza en la mirada, y aunque al principio exageró un poco enumerando sus méritos personales, como un animal decidido que ha de mostrar sus encantos, a mí me pareció atractivo. Así que lo dejé invitarme unas cervezas más y que, paulatinamente, sus piernas se acercaran a las mías, entrelazándose, y sus manos cubrieran las que yo tengo, como si no se diera cuenta, nos diéramos cuenta, de lo que estaba pasando, hablando entremedio de todo lo que se habla en ese tipo de situaciones: los sueños, los viajes, las esperanzas, el cielo y las estrellas, y los ojos de una, “los más lindos que he visto”.

Por supuesto, el sábado no terminó allí. Un amor nuevo es intenso y aventurero, y no se acaba por convenciones relativas a las horas de sueño. Así que proseguimos la velada en la disco de moda donde, además de conversar, zapateamos con la banda del lugar, dando la vida en la pista de baile, y transformándonos en ello. Remy, todo europeo y formal, tenía una camisa blanca, abrochada hasta el cuello, que fue perdiendo botones a lo largo de la noche, para aliviar el calor nacido de tanto bailoteo, mientras yo tenía unos tacos que también fueron desechados, para quedarme solo con el mero vaivén de mis pies desnudos, pisando tierra, y arena y hojas, y hasta algún pedazo de vidrio molido… todo siendo cada vez más como un remolino de colores, una nube de felicidad tropical, cada vez más y más alegre y promisorio.

¡Ah, qué buen ojo había tenido con Remy!, me felicité a mí misma… los pasos de baile, el tema interminable, la suavidad… Habíamos conectado y la verdad es que yo estaba contenta. Era de esas noches inesperadas que se avecinan mágicas y que se despliegan revelando todo tipo de sorpresas.

Pero la sorpresa que Remy desplegó para mí, resultó ser mayor que cualquiera que yo hubiera imaginado. Porque resulta que el austríaco… estaba casado.

¡Remy! ¡Casado! ¡Remy estaba casado!

Remy estaba casado.

Tal vez fui inocente, pero no lo vi venir, así que cuando me lo contó, me quedé de una pieza. Era bastante joven (34), y no tenía anillo, aunque la verdad es que no me fijé hasta que me lo dijo. Supongo que porque di por hecho que, un tipo que es tan directo en lo que quiere, y que además invierte de esa manera – tiempo y plata – en una mujer… es porque no tiene a otra más en el plano.

Pero Remy sí la tenía, y me lo dijo justo cuando empezaba a ponerse realmente cariñoso, como delegándome a mí la responsabilidad del tema, mientras seguía tomándome de la mano y me miraba a los ojos, tan adentro que daba miedo. Me llamó la atención que más que caliente, como uno imaginaría que alguien sería en tales ocasiones, fue tierno… pero no tierno de esa manera cliché en que alguien cuenta historias tristes sobre su incomprendido matrimonio, sino que de una manera simplemente abierta, buscadora de contacto humano, sin mayores explicaciones ni excusas. Después de todo, había puesto todas las cartas sobre la mesa, y no eran cartas convenientes para su persona.

Fue muy llamativo, por decir lo menos.

Tal vez deba agregar, para quien quiera un poco de contexto, que Remy se había casado a los 20, tenía 34, y que no sugirió jamás de modo alguno que fuese infeliz con su señora. Y que tenían juntos un hijo de 8 años.

Y que, por supuesto, todo eso me convertía en la otra.

Así de violentas pueden ser este tipo de situaciones

¡Dios! ¡La otra! Qué horror. Ah… la situación fue tan extrema y surrealista, aunque a la vez curiosamente serena, dotada de cierta adulta tranquilidad. Remy pareció decepcionado cuando le dije que estaba soltera, supongo que porque así yo estaba más expuesta a lo que podía ser de nosotros, y teníamos menos licencia ilícita, por decirlo de algún modo, más jerarquía y menos igualdad de motivos. Entonces me miró con la ternura de quien mira a un compañero de aventuras que sabe que retrocederá, aunque por buenas razones… un compañero, tal vez sexualizado y – para él – atractivo, pero compañero, a final de cuentas, solo un acompañante casual en el camino y en la buena onda.

Aún así, esperaba mi respuesta. Parecía valer la pena para él, de todos modos, pero yo me quedé bastante callada. Es que por mi mente zumbaban un montón de pensamientos, que colapsaron temporalmente el sistema comunicacional de su servidora y me vi absorta en ellos.

Los primeros tuvieron que ver con mi propia persona, no la suya, algo común en situaciones impactantes como ésta y en criaturas egocéntricas como somos los seres humanos. “¿Será mi culpa?”, me pregunté, con cierto horror inusitado. “¿Por qué vine a atraer a alguien así? ¿Qué hay en mí que podía causar esa impresión en alguien?”, proseguí. En algún momento hasta me reproché a mí misma, con tono irritado, pero después decidí no sentirme culpable: no tenía cómo saber que era casado. No tenía anillo. No era mi culpa no saber pensar como una espía, buscando pistas, adelantando cosas. Era simplemente yo, una mujer cualquiera (no cualquiera jaja) bailando por el trópico en una noche de verano. Una mujer inocente. Así que, luego de un rato, me saqué de la silla de acusados y me dejé ir en mi conciencia.

Ya resuelto el tema mío, mis pensamientos se fueron a Remy y a cómo él vería la vida. ¿Qué buscará en ella, le significarán algo ese tipo de cosas? Lo dudaba, la verdad. Más bien creo que era como esos señores antiguos, que pueden tener aventuras por el mundo sin dejar de querer a su mujer y sin dejar de sinceramente apreciar, siempre que no se meta demasiado en su vida, a la otra: Remy no mostraba ninguna culpa. Me había dicho expresamente que yo le gustaba y me había sugerido romance, mientras hablaba de ella y mientras sus manos cubrían – desde antes – las mías. Y fue horroroso y fascinante al mismo tiempo.

Que no se me malinterprete: cuando digo que fue fascinante, no me refiero a que lo que pasó me gustara, a que yo me sintiera más especial o más mujer que la que él estaba omitiendo (y traicionando), por el solo hecho de estar yo en ese momento existiendo frente a su mirada. No me refiero a que, por esas circunstancias sintiera que Remy me hubiera “elegido” o algo por el estilo, lo que habría sido ingenuo, por decir lo menos… sino más bien a que no pude hacer más que mantener mi propia mirada fija en la suya, con el modo hipnotizado de quien observa a un edificio derrumbarse, o a un puente caer, totalmente inmersa en el momento, que me fue tan – y sé que ya lo he dicho varias veces – absolutamente impresionante. En cierto modo esperaba que la cara suya de pronto también se cayera, como esos edificios o puentes, solo porque lo que estaba pasando me parecía tan increíble. ¿Cómo iba a ser cierto que estuviera casado? No podía ser. Tenía que ser una broma, y en cualquier momento me lo diría y nos reiríamos de ello, claro que sí, eso tenía que ser, eso lo explicaba todo…

Pero Remy no se rió. Se mantuvo serio e incólume, y no hubo temblor alguno en él, sino que incluso cierta inusitada suavidad en medio de la imperturbabilidad de su decisión, sin retroceder, sin dudar, sin mirar atrás, completamente seguro de querer lo que estaba sugiriendo y de las ramificaciones secundarias que implicaba, total y completamente consciente de la situación. “¿Cómo sería ser de esa manera?”, me pregunté cuando me di cuenta de que iba en serio: No lo sabía, no podía saber. “¿Por qué buscaba a otras mujeres?”, quise preguntarle a él, pero no supe cómo. “¿Acaso no era feliz, le faltaba alguna cosa, o era solo por diversión?” Qué se yo. “¿Quería ser yo una más de la lista?” No. “¿Lo censuraba?” Me di cuenta de que tampoco. A final de cuentas, eran sus decisiones, su derecho de elegir, y no era mi responsabilidad enseñarle a ser fiel, como tampoco conocía su vida, ni sus motivos: Remy era simplemente quien era, como todos en el mundo. Y un romance pasajero era todo lo que tenía para ofreceme, y fue muy claro en ello, y en cierto modo lo respeté por eso.

Pero lo que ofrecía no era suficiente para mí, y tampoco podía dejar de pensar en ella, y, aunque no conociera la verdadera vida del austríaco ni fuera responsable de él… sí me conocía a mí misma y le debía responsabilidad a mi propia persona. Y no quería ser la amiga de un hombre casado. No quería ser yo la otra. No era quién yo era. Por ende, retrocedí.

Así que, lo dejé ir, yéndome yo misma del lugar, con mucha prestancia y bastante educación, e incluso con cierta delicadeza. Como si la situación también fuera normal para mí, pese a que sé que él supo que no lo era, por la – al fin – culposa mirada que me dirigió, con ojos de cordero degollado al despedirme y partir. Sin él.

Y no me fue tan fácil en la práctica como en la teoría, tal vez deba admitir, aunque haya tenido éxito en ello. Una cosa era no querer quedármelo, por así decirlo, y otra era que el austríaco me pasara desapercibido en el proceso, porque no fue así: su piel brillaba, y olía a verano, y tenía una risa graciosa y el don del habla. Me había causado cierta emoción, sí… pero estaba casado, y eso lo cambiaba todo. Me costó solo unos minutos hacerme la idea. A los 30 años, ya se tiene cierta práctica. Uno ha dejado de luchar contra dragones invisibles. Es mejor tener las cosas claras desde el principio, porque además hay mucha gente que sí vale la pena. Empezando por uno mismo.

Pero – y esto es lo que me intriga – eso no le pasa a todo el mundo. Y podría no haberme importado. Podría haber estado con él igual, aceptando las circunstancias y disfrutando el momento, y haber callado para siempre al respecto. Nadie habría sabido, su familia europea literalmente a miles de kilómetros de distancia y yo libre en mi soltería, libre como el viento. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, es un dicho que puede ser odioso, pero que también es cierto, que puede funcionar y servir con matemática precisión.

Y yo incluso podría haberlo justificado: no era la primera a quien intentaba conquistar, ni tampoco la última, y eso en cierto modo me hacía inofensiva y anónima. “No le estoy quitando nada a nadie”, podría haber argumentado a aquel interlocutor invisible, ese que siempre está ahí mirando. No a su señora, al menos, porque si Remy no me hubiera encontrado a mí, sin duda habría encontrado a otra, así que qué. La noche encantadora, sí, lo fue, pero cuando se trabaja por ello muchas noches lo son. Dudo que haya sido así porque yo fuese tan imprescindible: habría sucedido con o sin mí. Sin embargo, claro, es muy fácil pensar así, y lavarse las manos de las cosas, decidir que nunca nada es culpa de uno.

La experiencia que tuve me empujó a hacerme tantas preguntas: ¿Qué pensarán otros cuando viven lo que yo estoy viví? ¿Qué pensará Remy? ¿Por qué sucede lo que sucede? ¿Qué es lo que ocurre realmente en el interior del corazón humano? ¿Somos realmente monógamos? No según la fisiología (leer “El hombre desnudo”, de Desmond Morris), y no según la historia: la familia nuclear existe hace pocos siglos, y desde hace muy poco se espera que los cónyuges sean fieles. Además, en algunos lugares aún se aprecia la poligamia, y eso hablando solo de lo que legamente se acepta, no de lo que realmente sucede. En tal caso, ¿no era solo natural verse inclinada a ese tipo de encuentros? ¿Por qué entonces, retrocedí? Tuve toda la privacidad para experimentar lo que quisiera, y yo lo hice de todas formas. ¿Acaso yo era antinatural?

No realmente. Solo fui formada de otra manera. Tuve otros principios y lo natural para mí era seguirlos. Visto de manera meramente biológica, no eran principios demasiado inteligentes, porque van contracasado 8 lo que deberíamos esperar que hiciera el instinto de supervivencia en una especie viva, anulando los encuentros que pudieran potencialmente prolongar tal especie, en un mundo que lo necesitara. Pero hoy día tenemos otras prioridades. El mundo ya está poblado y parece ser más importante cuidar el sentimiento que la biología. Hay más instinto de autoconservación emocional, que de conservación global de la raza, creo yo: Ya no somos solo animales, aunque a mí me encantan los animales.

Yo no me arrepiento de la malograda experiencia con el casado, porque me enseñó cosas. Me hizo conocerme mejor a mí misma, y también pensar en los demás… preguntarme por qué toman las decisiones que uno no toma, por qué sí (cuando lo hacen), dónde está la línea divisoria, qué pasa cuando uno elige, por qué algunos decidimos ser de una manera y otros de otra… cuán cerca estuve de ser esa mujer casual, aún sin saberlo. Todas esas cosas me impresionan mucho y me conmueven también.

También hacen que cada vez sea menos proclive a juzgar a los demás. Cuando uno se ve inmerso en los vaivenes más reales de la vida, uno se da cuenta de que solemos caricaturizar a quienes los viven, desde afuera. Pero en la situación del infiel, no hay dos energías puras del lujurioso y el necesitado, del gozador y la gozadora, el pecador y la tentadora, o de cualquiera de las ecuaciones que podamos imaginar: hay seres humanos. Por ende, nunca estamos tan lejos de ello. Podría, en cierto contexto, en ciertas circunstancias, en la cultura adecuada, pasarle a cualquiera de nosotros. Acercarse a esa realidad, por así decirlo, aunque sea por accidente, permite entenderlo mejor, por mucho – y válido – que no sea lo que uno quiera elegir para sí mismo. Aunque otros lo eligen.

Tal vez deba agregar como última cosa y en honor a la verdad, que mi abandono del lugar igual no fue inmediato. Entre que Remy me dijo que estaba casado y entre que yo me borré, pasaron entre 10 y 20 minutos. Es que me sentí ingenua. Tuve pudor de parecer tan inocente, tan lejana a lo que es una chica de mundo, por lo que reprimí mi impulso de irme en estampida. ¿No son graciosas las cosas que nos preocupan a las personas? ¿Qué me importaba? Bien, injustificado y absurdo, lo hacía, así que demoré algunas palabras, dilaté el asunto, seguí siendo simpática, y solo después, – cuando pensé que mi impresión había pasado desapercibida – inventé la excusa absurda de rigor para partir… aunque antes no pude evitar preguntarle, con fingido espanto (fingido, pero a la vez no) si él siempre “buscaba mujeres” (jeje), a lo que me contestó con cara de ofendido que solo había salido a “acompañar a su amigo” (que había desaparecido millones de horas atrás) y que entonces “había surgido esto”. Plop.  Las pinzas, jaja (es un poco tragicómico, admitámoslo) (aprende a mentir).

casado 9Ojo con que el pudor que sentí, no solo fue por mi propia persona, sino que también por el contexto en donde estoy inmersa: ¡es que no me había dado cuenta de que ya estaba en una edad en que ese tipo de cosas pueden pasar! Ya que, vamos, si hubiera tenido 18 no habría sido tan así, o al menos no con tanta facilidad (creo yo, solo puedo imaginar): Resulta que había venido a ser parte de los adultos hace rato ya, y que recién venía a darme cuenta, ¿cómo alguien puede ser tan distraída? ¿Cómo pudo impresionarme tanto? Qué vergüenza haber sido tan transparente. La verdad es que no tuve mundo a la hora de afrontar la situación, aunque lo aprendí rápidamente. Qué vergüenza ser tan transparente a los 30 años, no imaginarse las cosas, no venir asuntos como estos venir, aunque, insisto, él no tenía anillo (pero de haber tenido, tal vez yo no lo habría visto).

Aunque tal vez sea lindo sentir así y seguir conservando cierta inocencia.

Espero que estas experiencias no dejen una huella en mí. Este Remy se veía como el tipo menos traicionero, más fiable del mundo, ¿irá el hombre con quien me case – de hacerlo – hacerme lo mismo a mí?

Jamás podré saberlo con seguridad. Solo me quedará confiar. Nadie, nunca, puede controlar realmente al otro, aunque crea que lo hace y aunque el otro ayude a creerlo, tanto como nadie puede controlarlo a uno mismo. Y, cuando ocurren las infidelidades, nacen de quien las comete, no de quien es engañado, aunque las cosas sean de dos y haya quienes en cierta forma insten a ello (en algunos casos).

Es fácil de graficar, porque todos lo hemos visto… cómo el infiel busca dónde “jugar”, sin importarle demasiado si la pareja está en un buen o mal momento, es simpático o no, lindo o no, a veces incluso coqueteando con alguien más en su presencia (me estoy yendo al extremo, pero también sucede). Muchos recordamos la aventura que tuvo Hugh Grant con esa prostituta no muy agraciada, mientras estaba de novio con la Elizabeth Hurley, a quien conocía desde hacía años, y quien además es lindísima, y esto porque la infidelidad ocurrirá más allá del control personal de uno, de los méritos propios. La infidelidad, por irónico que sea, a final de cuentas ni siquiera es personal, porque puede pasarle a cualquiera y muchas personas lo vivirán sin merecerlo. O sin siquiera saberlo.

Así que mejor cruzar los dedos, y esperar que el destino me tenga reservado a un hombre de los que cumplen.

Encuentros cercanos con la muerte

Cuando tenía cinco años tuve un encuentro cercano con la muerte. Por casualidad.

Sucedió una mañana cualquiera. En nuestro jardín había un columpio, que era más o menos así, aunque de metal y oxidado:

Y estaba mal enterrado por lo que, cada vez que nos columpiábamos, se levantaba alguna de las patas que lo sostenían, amenazando con caerse la cosa completa. Era el mismo balanceo del juego el que mantenía el asunto a raya, porque al volver atrás, la pata volvía a su lugar, y todo estaba bien. Hasta la próxima vez, si no íbamos demasiado fuerte, claro.

Toda la estructura era tan pesada y su poder nos parecía fascinante. Tanto que, con mi hermano Ricardo, cuatro años mayor, nos la arreglábamos para tirarla al suelo a propósito…  solo por el gusto de verla caer. Retumbaba la tierra en un rumor sordo cuando lo hacía, y era algo impresionante, y poderoso, y fascinante de presenciar. Típicas tonteras de niños, aunque por niños que fuéramos, sabíamos que era peligroso estar encima del columpio cuando eso pasaba, así que lo empujábamos directamente cuando queríamos botarlo. Nada de hacerlo de verdad. Cualquiera que sintiera el impacto que producía al venirse abajo, sabía que no era algo para tomar a la ligera.

Por supuesto que mis papás no sabían de este juego loco. Era uno de tantos secretos que compartíamos mi hermano y yo. Como las caminatas por el techo roto, las escapadas en bici a la tarde por calles peligrosas (“al lado”, íbamos), los fuegos artificiales escondidos, las saltadas al suelo desde el segundo piso, o los dulces que comprábamos con plata “prestada”, jeje. Cosas que uno sabe, sin importar la edad, que en el fondo no están bien, así que las oculta Nosotros ni le contamos a nuestros papás que el columpio estaba suelto, porque eso significaba que lo arreglarían y que no podríamos seguir jugando así con él. Y nos encantaba hacerlo.

Mi hermano era responsable dentro de su irresponsabilidad, así que me había hecho prometerle que sería cuidadosa… pero pese a todo lo que lo admiraba, a mí me gustaban la velocidad y los riesgos, así que no era muy obediente, en especial cuando estaba sola. Y la mañana en que sucedió, lo estaba. Iba en kínder, y salía antes que mis hermanos grandes de clases, y mi hermano chico aún no existía, así que figuraba jugando por mi cuenta en el jardín. Y, llevada por un entusiasmo infantil, me columpié lo más fuerte que pude, como quizá nunca en la vida, sin ánimo particular de dar vuelta la estructura, sino que solo por el entusiasmo de sentir el viento en la cara, y la velocidad en mí.

Y eso es todo lo que recuerdo.

Porque de pronto, no había nada. Era la nada. El silencio más absoluto. Como un sueño muy profundo, un trance hondísimo de conciencia… pero algo tan hondo y profundo que ni siquiera se puede definir como la nada, porque para definir un “nada”, tiene que haber un “todo” en alguna parte, y ni siquiera había eso.

Simplemente, yo no era. No había conciencia alguna de mí. Ninguna voz, ninguna idea. Ni siquiera existía el tiempo.

Solo potencialidad y silencio.

Hasta que una voz me llamó. “María Paz”, dijo, con firmeza y dulzura. Era una voz profunda, y de hombre, con mucha autoridad, que rompió el total absoluto de ese espacio. Entonces volví a existir, en separación del resto, aunque todavía de modo muy precario.

Estaba aún demasiado inmersa. Era aún un sueño demasiado profundo, así que la voz debió continuar, “María Paz”… hasta que me “despertó”, por decirlo de algún modo. “Verdad que yo era una niñita, que se llamaba María Paz y que vivía en esa casa, con ese jardín”, o algo así pensé, como retomando un recuerdo muy lejano, mi conciencia volviendo a tomar forma. Y la voz me seguía llamando, atrayéndome. Tenía tanta tranquilidad, y también tanta determinación. Era obvio que yo tenía que responderle. En esa voz se concentraba el universo.

Así que lo hice. Volví. Abrí los ojos. Y entonces la serena voz de hombre, que seguía repitiendo mi nombre, se transformó en la agitada voz de un niño, la de mi hermano Ricardo, que decía lo mi e tanto hacer fuerza y medio llorando sobre mí. Tenía solo nueve años, y sostenía con todo su vigor el pilar central del columpio, que estaba a punto de soltar y que figuraba… a unos cuarenta centímetros de mi cabeza. Yo estaba en el suelo y tendida de espaldas.smo,“¡María Paz, María Paz!”, gritando, rojo de tanto hacer fuerza y medio llorando sobre mí. Tenía solo nueve años, y sostenía con todo su vigor el pilar central del columpio, que estaba a punto de soltar y que figuraba… a unos cuarenta centímetros de mi cabeza. Yo estaba en el suelo y tendida de espaldas.

Cómo mi hermano apareció ahí, es un misterio. Estoy segura de que él no había llegado a la casa cuando esto sucedió, y en especial de que no estaba en el jardín. Entonces se me ocurre que: o fui detenida en el tiempo hasta que él volviera y pudiera salvarme, o que fue un ángel que tomó la forma del niño en quien más confiaba en el mundo, el único cómplice de mis secretos, quien vino a sacarme de allí.

De un modo u otro, yo había vuelto al mundo, y a tener en él apenas cinco años, ¡y una enorme barra de metal estaba a punto de caer sobre mí! Así que me levanté y me corrí, lo más rápido que pude: yo ya estaba aquí y quería vivir.

¡Tenía que vivir!

La gran barra de metal cayó apenas segundos después, retumbando otra vez sobre el pasto en ese rumor sordo. Mi hermano y yo nos miramos con consternación, y luego no dijimos nada. Sabíamos que había pasado algo importante, en especial yo, pero lo dejamos ser. Creo que hasta nos fuimos a ver monitos, en parte para evitar el asunto, en parte porque es lo que los niños hacen.

Nunca más jugamos con el columpio.

La señora encaramada

Era el 2009 y yo figuraba con unas amigas en el sudeste asiático. Habíamos decidido dedicar unos meses a viajar, y de momento estábamos en Camboya, específicamente en las ruinas de Angkor, un lugar que me sorprende que no sea más conocido (yo misma no supe de él hasta que me vi inmersa en tal viaje)… kilómetros y kilómetros de edificaciones antiguas, que hoy están a medio comer por la selva y medio habitadas por los monos. Fue la capital del antiguo imperio jemer, que ocupó no solo Camboya sino que otros países aledaños, y por eso está llena de templos y de monumentos. Se le llamaba ciudad sagrada, y hay partes de ella que fueron levantadas hace más de diez siglos.
 
Cada una de sus construcciones es una completa exquisitez, cuidada y esculpida hasta el último detalle, todo enmarcado de salvaje naturaleza, y rodeado de cierta aura poderosa y ancestral, difícil de explicar. Habría que ir para capturar – o intentar capturar – lo que se siente cuando uno tiene la oportunidad de ir por allí asombrándose:
Es tan lindo que parece una broma.
 
Sin embargo, también es muy pero muy caliente. Por eso, aunque era invierno, nos tocaron unos 30 y tantos grados, y una humedad tan alta que de a poco iba bloqueando la mente, en una especie de nube soporífera comedora de cosas. Una de mis amigas incluso vio puntitos negros por el calor. Creo que tomamos por lo menos dos litros de agua por nuca, intentando mantener el barco a flote, y así fuimos a casi cada templo, vimos casi cada vista, y subimos casi cada una de esas escaleras apretados al más puro estilo maya.
 
Al final lo hicimos bien.
 
Hasta que se acercó el atardecer, y con él, el momento de subir al templo más alto de la zona, cuya cima estaba varios pisos y escalones arriba de donde nos encontrábamos. ¡Oh, Dios! Lo logramos también, pero no fue fácil. Mascullamos, insultamos, y transpiramos ríos enteros en el proceso… hasta que al fin llegamos a esa cima enrocada desde donde veríamos al majestuoso sol hundirse entre los bosques y templos, ¡qué felicidad! Definitivamente había valido la pena. Y, una vez instaladas, miramos a los lados, para ver con qué gallardos compañeros debíamos codearnos por haber acometido tal hazaña, y entonces vimos que había harta gente, todos locos por la aventura como sus servidoras, intercambiando miradas de satisfecha complicidad.
 
Y entre ellos una señora.
 
Pero no era una señora cualquiera. Porque debe haber bordeado los 90 años y figuraba en la cima feliz de la vida. Como si no hicieran 150 grados y nuestras extremidades estuvieran a punto de caer derretidas. Como si no hubiera pisos enteros de peldaños siendo peaje obligado para llegar hasta allí. Como si no tuviera ya esos 90 años. La veterana estaba tranquilamente sentada con las dos manos unidas sobre su regazo, lista para ver el espectáculo del ocaso… y estaba radiante.
La señora nos había dado zurra, opino yo, a la manga de 27añeras que llegó casi resollando a la punta. Aunque para ser justas (dignidad) sí habíamos trepado absolutamente cada templo disponible desde antes del amanecer, jejeje. Había sido un día muy largo.
 
De todos modos, yo no podía dejar de mirarla. La encontré una inspiración. No parecía importarle ninguna de las barreras que a veces nos ponemos, ni siquiera las que tienen base más concreta, como la edad, el calor, o el esfuerzo… ella simplemente había querido subir hasta la cima para ver el atardecer, y lo había hecho. Y ni siquiera se leía orgullo en su cara, sino que solo entusiasmo y expectación.

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“Así quiero ser yo”, dijo esa voz en mi cabeza, inundada de emoción.
Y así lo seré, si está en mi poder. No me limitaré por la edad ni por la lejanía de los lugares que quiera ver, cuando mi cuerpo no me acompañe tanto… sino que estaré allí, en primera fila, tomando toda la belleza que el mundo pueda ofrecerme. 
 
Hasta el final.
 
Y si en el proceso, dejo con la boca abierta a las nuevas generaciones, tanto mejor para nosotros. A ver si se animan también.

El cansancio o cuando a uno no le importa nada

cans1Yo creo que el mayor problema de la sociedad podría ser el cansancio. Ni la distribución de la plata, ni la sobrepoblación de algunas ciudades, ni la contaminación: el cansancio.

El cansancio nos hace indiferentes, y es muy difícil trabajar con la indiferencia.

Lo ejemplificaré en algo muy cotidiano: Una amiga del colegio, la Mariajo tenía un perro, un rodesiano: Timmy. Ella lo encontraba encantador y seguramente el perro lo era con ella, pero las otras le teníamos pánico: con nosotras no era amable y además era gigante. Una vez se escondió debajo de la mesa cuando estábamos en el living, y era tan enorme, y gruñó tan fuerte, que la mesa empezó a temblar sobre él, con tazas y platos y librotes, y hasta pequeñas esculturas encima. Solo mi amiga podía dominarlo, cosa que hizo rápidamente en esa ocasión, con una voz suave y graciosa, como si nada horrible estuviera por pasar.

¡Dios! Esa vez creí que me moría. Casi llegué a sentir el frío hálito de la muerte soplando tras mi cuello, y lo mismo le pasó a la Coni, otra amiga que también estaba allí, con la que corrimos juntas a escondernos al baño. Admito que, en mi apuro, casi le cierro la puerta encima, jeje. Sorry, Coni. 

Pese a esto, unos días después, la Coni y yo figurábamos otra vez, como si nada, en el lugar del crimen. Era una tarde intersemanal y las dos veníamos agotadas de nuestras respectivas actividades, con ganas de solo echarnos a compartir el espacio. La Mariajo había ido a buscar vasos o algo así, demorándose mucho rato en sus labores de anfitriona, cuando con horror súbito recordé el perro, y le pregunté a mi interlocutora “¿no estará el Timmy otra vez debajo de la mesa?”… porque no había ni rastro de la dueña, y si él aparecía… ay, no podía ni pensarlo. Basta con decir que hubiera preferido que la mesa se moviera por la aparición del mismo demonio en alguna sesión de malogrado espiritismo, que porque el rodesiano, con su simple cuerpo terrestre, estuviera gruñendo bajo ella.

Mi amiga le tenía tanto miedo como yo, pero para mi sorpresa, en esa ocasión solo contestó un escueto “no sé”, hundida en el sillón. “Estoy tan cansada que me da lo mismo que me coma”, explicó después de un aletargado silencio, aún sumergida en ese océano de tela y relleno, con voz totalmente monótona. Era la viva imagen de los hombres y mujeres consumidos por el vivo ritmo actual. Totalmente destruida, y sin tener siquiera vergüenza de admitirlo. 

En ese momento, lo miramos con distancia y resultó tan gráfico y dramático que nos pareció divertido, ¡muy divertido y terminamos riéndonos!… pero en realidad habla de algo bastante serio: de que hay momentos en que las cosas no nos importan nada. Y eso tiene que ver con el cansancio.

Una forma interesante de explicar esto, es a través de algo llamado la pirámide de necesidades de Maslow, que grafica cómo las personas podemos preocuparnos de los niveles más altos solo en la medida de que hayamos cubierto los primeros. El gráfico al respecto lo adjunto, porque habla por sí mismo. 

Analizándolo, podemos ver cómo uno solo puede darse el lujo de cuestionar el mundo y de cambiar los problemas actuales (y personales), si ha dormido bien, comido bien, y se tiene conexión con otras personas, por dar un ejemplo. No es que de otra manera no pueda suceder, es que es antinatural que lo haga. Aunque a veces los seres humanos – para bien o para mal – vamos más allá de la propia naturaleza.

Los profesores trabajamos mucho con esto. Sabemos que los lunes y martes son los mejores días para hacer clase, pero que antes de almuerzo, y los viernes (para qué decir viernes antes de almuerzo) no puede pedirse demasiado. Es un curso totalmente distinto el que aparece refrescado y listo para la acción a principios de semana, que el que está agotado el viernes en la tarde y solo quiere irse, y una también es distinta. Por ende, hay que planear las clases teniendo en cuenta esto. Y no solo hay que tener en cuenta las diferencias durante la semana misma, sino que agregarles las variantes mayores, como los cambios que ocurren entre el principio y el final del semestre, y también considerar las cosas externas que pasan, como cuando hay un partido del mundial, o acaban de rescatar a los mineros y el ánimo general ha cambiado y eso también influye. O como cuando, por ejemplo, vino la gran nevazón, y los profes debimos dar un rato para dejar que los niños miraran por la ventana. Era algo diferente y lindo, y además nosotros también queríamos mirar.

Tener en cuenta esto que nos pasa, no solo es útil, sino que también clarificador. Uno se acuerda de que habitamos dentro de cuerpos meramente humanos, con energía e intereses limitados, y a entenderlo así. Uno aprende de los timings, por darse cuenta, por ejemplo, de que en ocasiones no es que a alguien no le importen las cosas: es que no tiene la energía o el espacio para hacerse cargo. A alguien deprimido posiblemente no le interesará el destino de los bosques, y una persona enojada tal vez le grite a los que hacen la colecta anual, solo por aparecerse en un mal momento. A alguien que se pasa el día cuidando al papá enfermo quizá no le importe si tal o cual político robó tal o cual cosa, y un tipo cesante que está urgido porque no puede llevar comida a la casa, tal vez prefiera tomar un trabajo injusto y mal pagado, antes que ponerse a luchar por su valor personal: Son cosas que pasan, incomprensibles a nivel ético, pero comprensibles a nivel humano, de los hombres y las mujeres que salen cada día a luchar al mundo, y que en ello hacen pequeñas – o grandes – concesiones, y es que uno solo tiene capacidad para luchar ciertas batallas, no todas… aunque tenga esos momentos en que se siente invencible.

En general el orden es así: de lo más cercano a lo más lejano. Primero, vienen uno mismo y los cercanos, luego el propio barrio, y los amigos, y de ahí los compatriotas, y muy al final la totalidad de la gente y de la existencia. Hay algunos, sí, que son más altruistas, o quienes tienen otro orden de preferencia: los animales antes que la gente, y así. Pero ese, en general, es el orden.

Por eso yo creo que es tan importante aprender a descansar: porque así uno puede luchar mejor esas batallas, y dar la cara para algunas que ni se consideran pelear cuando uno está agotado. Fresco y recuperado, uno tiene más energía, se interesa más en las cosas, y eso hace que sea imposible desligarse del mundo y sus consecuencias, como de uno mismo. Uno puede más, y logra más, y eso hace que también sea más estimulante, vivir.

Y con descansar no solo me refiero al comer bien y dormir, que es muy importante, sino que también a la parte emocional: elegir amistades y amores agradables, no decir que “sí” cuando quiere decir “no”, trabajar en algo en lo que se crea – aunque sea muy en el fondo – y etcétera. Me refiero a darse el espacio para encontrar ese espacio de paz mental, que muchas veces se encuentra solo por permitirse parar. Es que, irónicamente, hay que poder parar, para luego correr más rápido.

Por supuesto, hay personas extraordinarias que son capaces de superar el cansancio y las carencias de los niveles más básicos, y creo que todos hemos sido así alguna vez, en momentos de especial determinación o necesidad. Pero en general estamos somos solo seres humanos, y eso es lo que encuentro que hay que recordar.

Y ese ser humano, afinado y preparado, puede lograr muchísimo.

Igual estos son animalitos, pero se entiende el punto.

Dónde me pilló el terremoto

Era febrero del 2010 y yo figuraba en el lago Tinquilco, cerca de Pucón. Me había inscrito a un retiro de yoga que había organizado un centro alternativo que hay en Puerto Varas, y que habían decidido hacer allí. No conocía a nadie. El retiro me lo había recomendado mi prima, que entonces vivía en el sur, aunque ella no iría. Yo llevaba mucho tiempo con varios kilos de más, tratando de bajarlos y sin pasar nada, por lo que pensé que quizá mi cuerpo estaba enojado conmigo y que con la ayuda del yoga, tal vez se desenojaba. Además, me parecía una experiencia interesante, así que decidí ir de todas formas.

Nunca había hecho yoga antes.

El grupo era chico y diverso. Unas 10 personas en total, de todas las edades, entre ellas un par de australianos que estaban viajando por Chile. La cabaña donde alojamos era preciosa y sencilla, con un jardín enorme, terracita, muelle con kayaks y – lo mejor de todo – un hot tub en el que nos metíamos en las noches, con las estrellas casi estallando sobre nosotros. Y una comida muy rica. Vegetariana, pero quien la  cocinaba – un loco que tiene un restorán en Varas – sabía tan bien cómo hacerlo que, además de que nunca echamos en falta ningún tipo de carne, cada ocasión comestible llegó casi a ser una experiencia religioza.

Todo fue curioso, y diferente, para mí. Nos despertábamos antes del amanecer y cantábamos mientras sucedía, mantras y cánticos en un idioma extraño. Hacíamos distintos tipos de yoga varias veces al día, en unas posiciones nada de fáciles, que logré – relativamente – más por dignidad que por capacidad. Hicimos algunos juegos, muy entretenidos, de baile y movimiento, como también fuimos a caminar al Parque Huerquehue, al lado. La verdad es que fueron un montón de cosas, y que la mayoría fueron absolutamente nuevas para su servidora.

Y la gente era amable, y en general fue algo positivo… aunque no me gustó el tono pesimista y algo condenatorio común de algunos místicos que se preocupan tanto de “trascender” el mundo cotidiano, que lo dañan en su mente… encontrándolo sucio, burdo, insuficiente. O así siento yo. Le dieron mucho al tema de la mente como algo horrible a lo que temer y a lo que hay que dejar – como si su existencia fuese un error – y a la raza humana como la mayor plaga de la tierra. Sí, es cierto que causamos problemas, pero ¿cómo vamos a cambiar alguna cosa si nos odiamos así a nosotros mismos? 

Yo no me quiero odiar a mí misma.

Además, por algún motivo venimos a aparecer en esta tierra, y a estar en el aquí y el ahora.

La verdad es que los místicos a veces me parecen de lo más pretenciosos. El mundo es de todos. Solo podemos hacer cambios con nosotros mismos, y sugerirlos a los otros… pero obligar a otros a cambiar, es un acto de agresión. Creer que sabemos más que los demás y que podemos elegir por ellos, también una agresión. Discriminar a los otros, también. Todos merecemos respeto.

Cuando a mí me hablan de iluminar a los demás, se me vienen a la mente todas las torturas que los hombres (y mujeres) han hecho en pos de obligar a otros a seguir a su ideología. Las ideas intolerantes – y el hecho de creer que está bien imponerlas – han matado a más gente que cualquier enfermedad. Y no es violento solo en las guerras porque ¿quiénes somos para decir cómo otros deben vivir? 

Así que yo voy por Gandhi con su “sé el cambio que quieres ver en el mundo”. Eso me parece mucho más adecuado… y duro. Porque empezar por uno mismo suele ser lo más difícil, y abre muchos más caminos de lo que en primera instancia se imaginaría.

Bien, volviendo al tema del retiro, organizamos entre los cuatro días, uno entero de silencio. Eso significaba no poder hablar con nadie, en 24 horas. Ah, qué felicidad. Estar simplemente compartiendo el espacio, sin tener – ni poder – que hablar en absoluto. Fue como un descanso compartido. Yo lo encontré de lo más simpático y, pese a los mordaces comentarios que tal vez se estén guardando, no me costó nada. Tampoco creo que le haya costado a los demás. Era todo muy fluido y natural.

Y llegó la noche, y habíamos cantado mantras (eso podíamos) y ya estábamos de vuelta en la cabaña. Era una cabaña de dos pisos, donde nos habíamos instalado con saco de dormir y colchonetas en el suelo, repartidos. El suelo era de madera y se podían oír los árboles del bosque cimbreando con el viento. Y entonces el rumor subterráneo, y ese vaivén, indistinguible del resto de los ruidos, al comienzo.

Como buena chilena, yo estoy acostumbrada a los pequeños temblores… y este empezó suavecito pero constante, porque no paraba nunca. Se mecía, se mecía el suelo, y yo en él, el bosque crujía lentamente, y era como si la Tierra misma nos estuviera acunando. Era bastante tarde, y yo estaba desvelada y los demás durmiendo a pata suelta… pero ahí yo, sintiendo esos movimientos desde mi espalda, la cabaña sacudiéndose lentamente como una hamaca gigante, lenta, lentamente… pero de poco cada vez más fuerte…

Hasta que se lanzó. Se lanzó, como un auto que al fin arranca, y no pasó mucho antes de que todos nos levantáramos y saliéramos afuera por precaución.

¡Es que era un temblor muy fuerte! ¡Todo sonaba y se movía! Incluso costó ponerse de pie.

Aún así, nadie se salió del retiro de silencio, así que me calmé. Algunos se pusieron a hacer cánticos en aquel idioma extraño, y todo era surrealista y hasta un poco apocalíptico, pero donde fueres haz lo que vieres, y me uní… aunque luego me callé porque quería escuchar el rumor subterráneo.

Y así también hicieron los otros, y ahí descubrimos algo tan obvio como sorprendente: que la naturaleza sabía. El temblor/terremoto iba como a trompeticones, un remezón, un momento de quietud, otro remezón, otro momento de quietud… pero cada vez que el nuevo sacudón estaba por empezar, era algo más que esa quietud corriente: los insectos dejaban de chirriar y se podía oír hasta un alfiler caer… y ojo con que esto pasaba antes de que el sacudón llegara. Como preparándose a ello.Y preparándonos. Así, cada vez en que todo se detuvo, nos miramos unos a los otros con cara de circunstancias, sabiendo lo que se venía. Hasta que el movimiento cesó totalmente. Por ahora.

Luego de eso, el retiro continuó con normalidad. En algún lugar recóndito de mi mente una voz decía “esto puede haber sido realmente fuerte en alguna parte”, pero todos parecían tan serenos que me relajé. No teníamos señal, así que no supimos más. Y cuando acabaron las 24 horas de silencio, y teníamos aún un día más, lo comentamos casi como algo casual. Más que preocupados del terremoto mismo, ganaron nuestra atención los australianos… que como no los tienen en su país, nunca cacharon que habíamos pasado por uno, sino que creían que el guía había movido la cabaña para ponerlos a prueba con lo de la promesa de no hablar. Gracioso, ¿cierto? ¿Qué tipo de poder creen que tenía aquel, si pensaban que no solo tenía la fuerza para mover una cabaña, sino que también para mover todo el bosque y silenciar a sus insectos? Debe ser un alivio creer tanto en alguien. Y también una condena.

Moisés poniendo a prueba al amigo.

Pero en todo caso, para defender los australianos… más que ingenuidad, yo creo que les jugó en contra – por así decirlo – que no sabían lo que un movimiento telúrico de esas magnitudes era. Entonces, no pudieron reconocerlo… lo que grafica cómo, en cierto modo, estamos condicionados a ver solo lo que esperamos.

Los australianos estaban muy amargados de haber estado cabalgando en medio casi de la debacle, y de no haberlo sabido. Eran de lo más encantadores.

Y llegó el día de la partida, y nos separamos con cariño y algunos conocimientos nuevos (para mí, muchos), y cuando llegamos a Pucón, desde donde habíamos salido… los titulares, ¡oh! ¡qué titulares! Del terror. Y mi celular recobró la señal y aparecieron un montón de mensajes de texto. Me sentí tan popular. Por suerte, todos estábamos bien, y además nadie había temido por mí, porque sabían donde estaba, y un bosque es lo más seguro que hay en los terremotos, ya que sus árboles agarran la tierra. Aunque igual hubo un derrumbe (pero chiquiturri), y se habían caído los muelles de Pucón, y otra vez el casino. Pero nada comparado con otros lugares.

Tuve que quedarme allí más de una semana, por los caminos cortados. Sola, porque los del retiro eran de Puerto Varas y ellos podían volver. No me causó mayor drama: a otros le pasaron cosas peores. Además, había más como yo en el hostal donde me quedaba, y nos hicimos muy cercanos, casi como una familia, todos esperando que se volvieran a habilitar los caminos, e inevitablemente haciendo nexos en esa espera.

La verdad es que fue toda una experiencia.

Los pequeños errores

Debo haber estado en segundo medio cuando alguna lúcida profesora trajo una columna de consejos, para analizarlos en clase juntas. Lo que ella quería era que pudiéramos darnos cuenta de cómo un buen consejo no tiene que ser largo para ser eficiente, si corto conservaba lo esencial.

Uno de los casos que trajo para ilustrar eso se quedó pegado en mi memoria. Era de alguien que escribía preguntando qué hacer con su secretaria. Decía que era nueva, y que en su inexperiencia se había mandado un error tonto pero garrafal: perder un documento importante y también todas las copias, justo antes de una reunión pro. El dilema era ¿podía o no confiar en ella, luego de esto? ¿Merecía o no una nueva oportunidad?… La profe quería que diéramos nuestras propias respuestas, antes de leer la que habían contestado en la revista. Era de esos seres entrañables que enseñan cómo pensar, antes de qué pensar, lo que puede analogarse como enseñar a pescar antes de regalar el pescado… algo que queda para siempre.

A nosotras el ejemplo nos causó horror. Estábamos en un tiempo donde se nos transmitía día y noche lo importante que es ser responsable y cumplir, más allá de las intenciones últimas (“nada de excusas”, nos decían) y la secre claramente no había cumplido. Además, como adolescentes todavía vivíamos en un mundo sin matices, donde las cosas son buenas o malas, y por consiguiente el error parecía imperdonable. Aún así, intentamos negociar el asunto, aconsejando ciertos castigos y amenazas, seguidas – en general – de sugerir darle a la secretaria otra oportunidad. La mayoría de las respuestas eran extremadamente largas y complicadas, como para que la “blandura de corazón”, de la que casi nos avergonzábamos, conservara cierta respetabilidad y así fuese tomada en serio.

Y entonces la profe leyó lo que salía en la columna: “Hasta las personas más inteligentes cometen errores. Dale otra oportunidad”. Conciso y eficaz. Casi como un látigo de sabiduría, y nosotras tan calladas.

Ah, qué alivio fue escucharlo. Podíamos – teníamos permiso – para equivocarnos. No es que eso fuera a relajarnos (nadie se expondría a cometer el error de la secre, de poder prevenirlo), pero cuando inevitablemente mostráramos la hilacha… bueno, ya sabríamos que en algún momento iba a ser pasar de todas formas, así que… sería más fácil caer con gracia y, en el contexto adecuado, hasta tener preparada la humilde reverencia del payaso. También sería más fácil ser compasivo con los demás, en su propio momento de traspié humano.

Y era mejor saberlo desde ya porque, para ser una especie inteligente, las personas cometemos un sinfín de errores ridículos. Nos caemos, botamos las cosas, nos perdemos, perdemos las cosas, nos ponemos los zapatos en el pie equivocado, y en ocasiones hasta revolvemos la sopa con el lápiz y escribimos con la cuchara (a mí me ha pasado). Dejamos las llaves de la casa dentro de la casa, las llaves del auto dentro del auto y a veces hasta nos subimos en los autos equivocados (culpable). Inventamos contraseñas complicadas para internet que luego olvidamos, y si las anotamos en un papel, lo tiramos pensando que era una boleta vieja y luego tenemos que sacarla de la basura chorreando pepitas de tomate.

Y eso ni siquiera es todo. Leemos los mapas al revés, arreglamos el enchufe sin acordarnos de cortar la electricidad, le echamos sal al café, azúcar a la ensalada, nos llaman del supermercado con que dejamos allí la billetera o el celular, y de pronto nos encontramos con el control remoto perdido en el freezer (también). Y a veces ni siquiera recordamos bien los nombres de las cosas, o de las personas, como pasa en mi casa, donde se refieren a mí como “María Pablo”, un 2×1 de mi hermano chico y yo (y le dicen así a él también).

Visto de una perspectiva amplia, estos errores son bastante chistosos, y por supuesto que se prestan para el tandeo.

Y en este abanico de posibilidades, yo igual tengo un par de favoritos, quizá porque me son más familiares. Uno de ellos, es el de dar vuelta el líquido de turno, y es que, en mi casa, viene a ser casi una costumbre. Tal vez seamos demasiado distraídos, o genéticamente algo torpes, pero el hecho es que no hay comida familiar que no termine con el mantel manchado, y en general chorreando. Mi papá siempre – siempre – da vuelta el vino, tanto así que lo conocen hasta en los restoranes, y muchas veces nos sumamos los hijos con nuestros propios brebajes, y ahora hasta los sobrinos, como dignos herederos de nuestra genética. Es tan así que, cuando estoy viajando, si alguien da vuelta algo… siento como si estuviera otra vez en las mismas mesas familiares que he visto estilar desde mi infancia.

Mi cuñado salió un poco más elegante, pero aún así es el protagonista de uno de mis recuerdos favoritos al respecto. Cuando estaba recién pololeando con mi hermana, lo invitaron a comer, y entonces abrió una bebida que se había caído antes al suelo: La tapa salió disparada, explotando todo el contenido, que llegó hasta el techo… para luego llover profusamente desde allí, en oleadas de negro espumoso. Fueron como fuegos artificiales de Coca Cola, y también una bienvenida en la familia, porque entonces supimos que mi cuñado era uno más de nosotros, aún cuando en general no le pasen estas cosas.

Mi segundo tipo de error favorito tiene que ver con los accidentes físicos. Esos últimos – cuando no son graves – me parecen los más divertidos. Uno de mis recuerdos preferidos, aunque por dignidad no debiera, es de cuando choqué con una pared mientras me miraba el gallo que me gustaba. Yo tenía 20 años, y estaba con él en un bar, cuando le dije “voy al baño y vuelvo”. Me gustaba tanto que me tiritaban las piernas, así que partí totalmente concentrada en mantener el equilibrio y en parecer cool… cuando se me ocurrió mirar hacia atrás, y allí estaba él sonriéndome tranquilizadoramente, casi como diciendo “sigue así, vas bien”, e iluminando con su buenmozura todos los espacios. Encandilada, le sonreí de vuelta, pero tan guapo lo encontraba, que me quedé embelesada contemplándolo mientras seguía caminando… hasta que, tate, me pego santo cabezazo con mi amiga la pared… jejeje. Adiós, dignidad.

La verdad es que fue muy gracioso y que al final hice feliz a toda la gente del lugar.

Sin embargo y poniéndonos más serios, estos errores que cometemos no siempre son tomados de modo tan amable. Hoy me he limitado a contar casos simpáticos, en pos de transmitir un sentimiento de autoaceptación y de buena onda ante las limitaciones cotidianas, pero varias veces he recibido comentarios despectivos o incluso gritos, cuando he mostrado alguna de estas hilachas… como si uno lo hiciera a propósito, y como si uno no tuviera que recibir, cada día, de los demás lo mismo. Y entonces da mucha rabia, y mucha pena. Si uno engancha, claro, pero es que en ocasiones es difícil y hasta inhumano no enganchar.

Es como si nos olvidáramos de que las personas, los animales y la vida misma siempre son más importantes que las equivocaciones.

Mi error anti-favorito es el relacionado con el manejo, justamente porque es el que se toma con el peor de los espíritus y de la mala onda. No sé porqué pasa que en la calle, si alguien comete cualquier error, por pequeño que sea, es como si el otro tuviera el derecho de decir y hacer absolutamente lo que quiera, hasta las cosas más horribles, enfatizado con todo tipo de bocinazos. Hay un nivel altísimo de violencia física y psicológica en las calles. Yo opino que no es un tema menor.

Sin embargo, cuando yo empecé a manejar, no le había dado mucho análisis y así lo tomé simplemente como “lo que era”… por lo que me lo pasaba peleando en la calle y repartiendo insultos a diestra y a siniestra. Hasta que un día llevé a mi mamá, y ella vio cómo le di un bocinazo de aquellos a alguien que se estaba demorando para salir a la rotonda. “¿Para qué tocas la bocina”, me preguntó entonces, “¿acaso crees que va a apurar las cosas?”. Antes de que pudiera contestar (no lo había pensado) agregó como para sí misma “tocar la bocina es desagradable”, y vaya que lo era… pero hasta que no me lo dijo, no me había dado cuenta, por lo que desde entonces me propuse tocarla lo menos posible… y ahora creo que lo hago con suerte dos veces al año, y además ni se me ocurriría gritarle ya a la gente.

Lo gracioso del tema (y positivo) es que, desde que cambié mi actitud en la calle, no me estreso. Sigue habiendo una lucha en el tráfico, pero como ya no participo, no engancho. Si alguien se agita, allá él (o ella), y cuando alguien comete algún error o se me cruza… bueno, paciencia. Respiro, espero, si es mucho quizá cante un poco más alto (casi siempre voy cantando en el auto) o respire aún más hondo, y a otra cosa mariposa. Mi tiempo y mi sentido del humor son más importantes que los diez segundos que perdí porque alguien no se dio cuenta altiro de que la luz volvió a ponerse verde, o por la sutil frenada que tuve que hacer porque alguien señalizó tarde… a no ser que haya sido riesgoso, claro, y entonces viene el bocinazo pero de advertencia, no de frustración confrontacional, aunque si no tiene sentido emitirlo, no lo hago: La otra persona sabe lo que hizo, y mis bocinazos no nos devolverán al pasado. Yo misma me ha zafado de algunos exabruptos bien merecidos alguna vez, y eso me ha generado un gran agradecimiento, y hasta cierta sensación de camaradería.

Lo mismo pasa con todos los otros pequeños errores descritos. Si uno los toma con tolerancia y sentido del humor… dejan de ser un tema e incluso se cometen menos. Hay pocas cosas peores que hostilizarse a sí mismo cuando uno se equivoca, siendo que se es simple – y muchamente – un ser humano, como también hay pocas peores que hostilizar a otros seres humanos. Qué libres somos cuando nos dejamos en paz, y cuando nos reímos de nuestros pequeños errores, sin malicia: Es ahí cuando se acaba el maltrato y viene la aceptación.

Y una vez alcanzada la aceptación, esa fuente inagotable de diversión…

PD: Disney sacó unos videos educativos sobre cómo manejar: “Freewayphobia“, de los años 60. Yo recomiendo echarles una mirada, porque son actuales y muy buenos y es que Disney era un visionario. Por esa onda debe estar el que estaba buscando y no encontré, sobre cómo autos enojados en realidad no eran autos enojados, sino gente enojada dentro de ellos.


 

Cumplir 30

Sí, todos sabemos que cumplir 30 es un tema, o al menos se supone que lo sea, aunque todos lo vivimos diferente, cuando (y si) nos toca. Mi mamá, por ejemplo, dice que para ella fue terrible, porque fue la confirmación de que ya no era una jovenzuela, mientras que mi hermana estaba fascinada porque encontraba que los había cumplido justo donde quería y que ya había logrado harto. Entremedio y como un referente feliz, se me viene a mi mente mi papá diciendo que los 30 es la mejor edad de la mujer (aw).

Aparte están la amiga que lo puso como fecha crucial para “dejar de hacer tonteras”, la prima que simplemente se deprimió, y el amigo que me dijo que aunque le había dado miedo llegar al mítico número, cuando lo hizo encontró que era lo mismo solo que con más responsabilidades, y más. En general es algo importante, y la gente sabe lo que piensa al respecto tanto cómo recuerdan dónde estaban cuando fue el terremoto o supieron que los mineros estaban vivos.

Pero mi caso personal no fue demasiado intenso. No, al menos, de parte mía. Para mí cumplir 30 fue simplemente cumplir 30, aunque me costó zafarme de las grandes conclusiones cuando fui ametrallada por la típica pregunta de cómo se sentía, llegar a ellos, o bien ser alcanzada por ellos. Los 30 me pillaron en Australia, donde estaba mochileando con un grupo de amigos que, al ser backpackers, incluía a pocos que hubieran cruzado ya esa frontera… entonces cuando yo lo hice, fue casi como si fuese a formar parte de la tribu de ancianos sabios de aquella selva y así es cómo esperaban mis sabias palabras al respecto.DSC03641

Pero resulta que yo no había cumplido 30 años de un día para otro: solo había cumplido un día más, que me había hecho llegar a ese número, ¿cómo iba a sentirme diferente? Estaba usando la misma ropa aún que el día anterior (veníamos bajando de un bus en el que pasamos la noche), el espejo devolvía el mismo reflejo, y no obstante, me veía recibiendo preguntas como ésas. ¿Qué tenía yo para contestar? ¿Era acaso tan diferente a los demás, al grupo de veinteañeros que yo había dejado? ¿Tan parecida, también, a los treinteañeros cuyas filas había pasado a engrosar?

Sí, y no.

Así que, visto desde esa perspectiva… ya no me importa. He aprendido a tomar y a respetar a cada quien tal como es, y a no pensar que no podemos ser amigos sólo porque son muy menores o muy mayores, como tampoco a pensar que tienen que serlo únicamente por estar más cercanos a mi propio número… Lo mismo me pasa con el amor: no me importa si hay cierta diferencia, ni para arriba ni para abajo, aunque por supuesto que es preferible por motivos biológicos y de ciclo vital humano que sean más cercanos a mi propio número. Pero si algún motivo no es así, y yo siento algo, filo.

Y sin embargo, por otro lado, resulta que sí me importa la edad porque… yo no cambiaría la mía. No volvería atrás. No retrocedería los años que tengo, y es que hoy soy mucho más inteligente, compasiva, relajada y graciosa de lo que era antes. Entiendo mejor al mundo, sé mejor cómo hacer las cosas, y así es cómo me ahorro tantos errores de cálculo y con ello tantos – tantos – disgustos: Sé mucho mejor cómo vivir, y por eso soy mucho más feliz. Me es mucho más fácil ser feliz.

Cuando escribo esto se me viene a la mente otra vez mi papá, quien dice que ahora también es mucho más feliz que “cuando era cabro”. No es que antes haya sido una persona triste, explica, es que hoy vive con menos angustias. Él me cuenta que cuando joven su vida tenía tantas preocupaciones, porque tenía tantas decisiones a tomar, y todo parecía tan trascendental y en cierta forma lo era… no sabía cuál y cómo iba a ser su camino, con quién se iba a casar (de hacerlo, aunque quería), cómo iban a ser sus hijos (lo mismo), cuál iba a ser su trabajo y, con ello, sus luchas… pero todo eso ya lo sabe, y ahora está en esa etapa en donde puede disfrutar lo forjado y sentirse, en general, mucho más sereno, aunque siga todavía construyendo. Ahora puede, en cierta forma, descansar sobre el trabajo hecho.

Cuando chica yo no entendía esa forma de pensar, encontrándola aburrida y un poco fatalista, porque me hacía sentir que mi papá estaba en cierta forma atrapado en su historia… que su exceso de identidad (por así decirlo) era más bien una falta de libertad… pero ahora lo voy captando, y eso que tengo apenas 30 años, y estoy recién empezando a construir. Puedo entender lo que es, con la experiencia y las elecciones personales, ir acumulando cierto nicho y ciertas respuestas… ir forjando ese propio camino, que en general se empieza a machete limpio, por mucho que uno tenga una familia y amigos haciéndole barra a uno.

La verdad es que yo me alegro de haber dejado los 20s atrás. 20s: Check. Trabajo hecho, y a ver qué se me viene ahora. Que no se me malinterprete: hubo momentos muy lujosos y en ocasiones muy emocionante de vivir pero ¡qué años tan difíciles! en especial los primeros. ¡Qué dudas existenciales tan fuertes, y qué manera de correr entremedio! Uno estudia, piensa, carretea, pincha, se hace amigos, viaja, trabaja, discute con Chile y su tía (la autoexpresión es algo muy importante y nuevo en ese entonces), y de alguna manera se las arregla para hacerlo todo y para entremedio forjar una identidad: Es agotador. Una odisea. Pero lo agotador no es el ritmo de vida, que uno igual sigue en años posteriores… es que, a los 20, aún no se es tan fuerte, mentalmente. Uno, en general, recién está aprendiendo a distinguir matices, a tener paciencia, y a juntar esa fortaleza interna… No en vano es bordeando los 30 cuando suelen ganarse las maratones… el cuerpo llega a su auge mucho antes que eso, pero todavía falta desarrollar la mente. Y al final la mente manda.

Algunos tal vez piensen que siento así porque mis 20s no fueron fáciles, pero lo cierto es que igual la vida casi nunca lo es, ni para mí ni para nadie. Tiene un montón de cosas buenas y vale la pena vivirla, pero también es exigente, y requiere un montón de espíritu, de flexibilidad y de disciplina. Requiere un montón de trabajo… aunque como dicen “no hay que tomarla muy en serio porque igual nadie sale vivo de ella”, jejeje (Les Luthiers). La vida es para los valientes.

Y esta vida transcurre en todas las edades, que todas son respetables y tienen todas su propia lucha, lo que me recuerda a un cuento que leí una vez cuando chica, que podría llamarse “El carrete de oro”. Era de un hombre a quien una bruja le daba un carrete mágico, y con carrete me refiero a esas cosas cilíndricas en donde se enrollan los hilos. El hilo mágico era de oro y simbolizaba su vida.

Al empezar el cuento, el hombre era tan solo un niño, y al recibir el carrete, se dio cuenta de que, cada vez  en que sacaba hilo, se transportaba mágicamente a su propia vida cierto tiempo más adelante. Así, y siguiendo la curiosidad, se trasladó a cómo sería de adolescente, pero luego quiso saber cómo sería ir a la universidad, y luego cómo se sentiría ser, por ejemplo, doctor (estoy inventando)… y de ahí cómo sería la mujer con la que se casaría, y luego cómo serían los hijos, y después los hijos cuando grandes… y así fue tirando y tirando el hilo, hasta que se murió, sin haberse detenido realmente en ninguna de esas escenas.

Como casi todo cuento infantil, es bastante violento, pero también deja su cuota de sabiduría: Si pasamos la vida preguntándonos cómo será lo que viene a continuación, dejaremos de vivirla, y entonces de pronto ya se habrá acabado. Es como esa vieja enseñanza oriental que dice que la vida es como una taza de té… y que si no se toma con consciencia y fijándose, de pronto ya no estará ahí:  lo habremos tomado sin darse cuenta.

Ese cuento me gustó mucho cuando chica, pero recién hace poco que he llegado a entenderlo realmente. Porque, como dije, ahora entiendo las cosas mucho mejor que antes, y eso me permite disfrutar la vida con mucha más facilidad, esté en la etapa en que esté.

Y es por eso que estoy feliz de haber cumplido 30. Por eso y porque mi papá dice que son la mejor edad en una mujer (aw).

Pd: ¡Encontré el cuento! Se llama “El carrete mágico” y está aquí. Eso sí, no logré encontrar quién lo escribió. No lo recordaba igual, jeje, pero sí parecido.

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