No tiene precio.

El año nuevo del 2007 lo pasamos con un grupo de amigos en Playa la Zorra, al norte. En orden de motivar el ánimo estival, yo estaba vestida para la ocasión desde el mismo día en que partimos hacia allá. Fue fácil hacerlo: bastó con ponerme unos cachos de diablo que tenía guardados de un matrimonio. Con ellos me convertí en un orgulloso demonio de la felicidad: ese toque lo decía todo.

Adornada ya así, pasamos a buscar a una amiga. Yo me bajé, inocentemente, a buscarla y cuando lo hice me encontré con su excepcionalmente sobria y elegante madre. Ella me saludó dulcemente, intentando esconder una expresión escandalizada, que al principio no entendí, porque había olvidado que andaba vestida de la perdición… hasta que, luego de un rato, ella no se aguantó más y tuvo que exclamar, con doloroso y verdadero horror: “Pero María Paz, ¡por qué! ¡por qué tienes que andar con esos cachos!”.

Yo le expliqué mis estivales razones, pero no encontré recepción. Su cara era una obra de arte en pleno derrumbe. Debo confesar que fue medio maravilloso verla caer. Luego forcejeamos con el tema, ella intentando convencerme, y yo intentando zafarme (y rezando para que mi amiga se apurara), y entremedio me reí y al final ella también se rió. Y aunque con tal madre nos queremos mucho, creo que sobrepasé todas las expectativas de nuestro afecto cuando – a medias, pero igual – logró sobreponerse a sus ordenados parámetros y al fin me dejó ir.

Luego lo recordamos, a carcajadas, durante gran parte del camino (y todavía a veces). La fórmula fue:

Bencina hasta la casa mi amiga: $1000.
Accesorio de cachos: $1000 (aunque me salieron gratis).
Paseo de año nuevo motivador del ánimo estival: $nomeacuerdo.
Otras cosas que se nos ocurrieran (que cambiaron según nuestros ánimos y gustos): $variable.
Expresión de los ojos de la mamá de mi amiga al ver mis cachos: ¡NO TIENE PRECIO!

¡Qué excelente inicio de las festividades de ese año nuevo!

Los estragos de la ignorancia

Una vez, cuando chica, leí en alguna parte que la inclinación del eje terrestre era una consecuencia de la maldad del hombre, que había terminado por desbalancear todo el planeta, y que nos hacía tener los días contados de forma inevitable.

Entonces, me sentí paralizada de terror y además impotente. No tuve adónde escapar en mi mente. Lloré días enteros y luego usé toda la fuerza de mi represión para sepultarlo en algún lugar de mi cabeza, al que por supuesto evité volver. Es que si era cierto, además de horroroso era inevitable, y entonces me convenía no sufrirlo con anticipación.

Varios años después, en un ramo que tomé de Ecología, supe que tal inclinación, ¡es justamente la que permite la vida! Ya que, de no existir, al rotar el planeta completamente de frente al sol y sin oportunidad de ir repartiéndose el calor, el lado adónde éste pega directamente, ¡estaría completamente desértico! Los mismos trópicos (de Cáncer y de Capricornio) ya están copados de desierto por un sol que, gracias a la inclinación del eje, sólo les llega directamente la mitad del año. Dicho sea de paso, esto mismo explica porqué el Ecuador tiene tanta selva: es ahí adonde el sol está llega en su proporción más protegida y ordenada (y a los polos adonde menos llega). Esta maravillosa “descompensación” es, en definitiva, la causante de que existan las estaciones, el equilibrio y la vida como la conocemos, a final de cuentas.

Así fue cómo, en esta clase de Ecología, no sólo aprendí de cómo la inclinación del eje salva de una caliente destrucción (acompañada de un frío, igual de destructor, en las otras áreas), sino que de cómo la ignorancia me había hecho sufrir por algo que ¡era tan deseable como perfecto! y de lo de que, de paso, no éramos culpables, sino que más bien benditos. Aprendí a la vez cómo esta ignorancia ¡sí que era algo de lo que ocuparse! Mucho más que la inclinación del eje terrestre, o que el obligarse a reprimir información equivocada con respecto a éste, para sufrir menos, ¡sobre algo que nunca fue verdad!

Realmente la ignorancia puede causar estragos. De haberme desesperado, teniendo el poder, y la edad suficientes, podría haber hecho cualquier cosa para “vivir esos últimos años” en felicidad evasiva y ultra carreteada, o qué sé yo. No en vano el viejo Honoré de Balzac dijo que la ignorancia es la madre de todos los crímenes. Porque ese sí que es un tema serio, y a mi parecer la verdadera raíz de los problemas: lo negativo que vemos afuera manifestarse no son más que síntomas de esa ignorancia, y del miedo con el que suele arrastrarnos.

De todas formas, no todo es como uno se imagina. He aquí cómo es realmente la Tierra en cuanto a gravedad. Y aún estamos vivitos y coleando sobre ella:

 

Y ésta es una foto de la Tierra en su color real.
Y, por último, ya que estamos en esto, una foto de ella de noche.
¡¡Qué linda es!!

FAN DE LAS MATEMÁTICAS

A mí me encantan las matemáticas. Me parecen tan claras y tan entretenidas, si se las aplica en la vida diaria… Todo puede predecirse y entenderse y eso siempre me ha dado, no sólo cierta noción de control, sino que también de diversión.

Desde muy chica, aprendí a usarlas con destreza, como un cuchillo. Aprendí a amarlas como un modo de amar a la precisión: porque las matemáticas no mentían, y eso me daba seguridad. Además de seguridad, vi que podían darme creatividad, por abrir más perspectivas para mirar al mundo. Con ellas, se podía jugar. Dar vuelta las cosas. Expandir la mirada.

Algo que hacía – y que todavía hago – era ordenar la plata en unidades específicas, usando como moneda de cambio Coca Colas Lights, o CDs para grabar, o cualquier cosa que comprara frecuentemente. Al ser un valor que entendía bien, también entendía cómo una Coca Cola Light de 1.5 litros (considerando que valiera 800 pesos) significaba casi 8 viajes en transporte público con mi pase escolar, o cómo esa chaqueta nueva significaba 30 de esas Coca Colas. Muy, muy gráfico. Sé que mucha gente hace lo mismo con paquetes de cigarro. Como se ve, no soy la única que ama a las matemáticas.

Y es que con ellas, no sólo se puede descifrar el asunto monetario, sino que cualquier otro… fechas, kilómetros, edificios, incluso estadística: todos son lugares amistosos a los que entrar. Con ellas se puede tallar cualquier cosa que a uno se le ocurra, usándolas como esa veraz y poderosa herramienta que es. Da luz a otros matices y además es indiscutible.

Todo esto, además de revelador, siempre me ha resultado placentero. Me ha causado gracia. Me ha causado tanta gracia que invertí en varios cumpleaños pedir de regalo una calculadora de esas power, para hacer más rápido los procesos, y digo varios años, porque con tanto uso no me duraban demasiado y como esto pasaba tenía que cubrir el reemplazo.
Esos cumpleaños incluyeron a algunos muy adolescentes que debieron haberme dotado de chapitas de colores, ropa a la moda del último grito, pósters del galán de la teleserie, o cualquier cosa menos la calculadora: pero, como dije, me causaba gracia y eso era suficiente para mí (además, no exageremos, tampoco era lo único que me llegaba para mis cumpleaños).

Esta pasión hacia las matemáticas a veces me ha abierto ventanas de complicidad arrebatada y compartida, con otros entusiastas, con el gozo evidente de cuando dos personas están viendo lo mismo. En el 2002 fue una de las mejores ocasiones. Estaba con mi amiga Kika, carreteando por la vida, y después de quedarnos pegadas horas en un bar decidimos partir a la ex Eve, a partuzear y a hacerle al dancing como Dios manda. Para cuando llegamos, ya eran las 4 de la mañana, pero entramos de todas formas, sin considerarlo demasiado, porque el entusiasmo aquella noche estaba a cargo de nuestros pies.


Y he ahí que la Kika y yo figurábamos apoyadas sobre esa baranda que mira desde el segundo piso hacia la pista de baile del primero. Estábamos simplemente mirando a la gente, muy tranquilas, y tomándonos todo el tiempo del mundo para bajar a bailar, aunque la música estaba espectacular. Entonces yo, distraídamente, me puse a analizar el asunto en voz alta con ella, diciendo algo así como: “A ver: si cada canción dura, en promedio, unos 3:30 minutos, pero la ponen unos 3 minutos para dejarle sólo la parte más movida… y la hora nos salió… 4 lucas (porque entramos a las 4 y cerraban a las 5, y eso valía la entrada)… emm… cada canción nos sale… ¡¡200 pesos!!

“¡¡Kika, vamos a bailar, que nos está saliendo 200 pesos la canción!!” (imagínese esto vociferado, y con cara de fingido terror).

Mi amiga, luego de dedicarme una mirada horrorizada (no por el precio de las canciones, sino que por escuchar un análisis como ése en medio de una fiesta), soltó la carcajada – a ella también le gustan las matemáticas – , con los ojos redondos exclamó “¡¡es cierto!!”, y partimos sopladas como dos rayos al dancing.

Pd: Quise usar para ilustrar alguna foto del Mago de las Matemáticas de la película “The Phantom Tollbooth”, pero no lo encontré en ninguna parte. Dicho sea de paso, ¡recomiendo esa película! Aunque tiene por lo menos 50 años y es difícil de conseguir. Lo que sí encontré fue la película completa (bonus track):

Dos momentos inolvidables

1994. Mi hermano Pablo tiene 5 años, y pasa por una etapa de fanatismo desmedido por películas gringas de acción. Un buen día se aparece en solemne comida familiar, y anuncia, con un tono aún más solemne: “A partir de hoy, quiero que me llamen Johnny“.

¡¡Oh, Dios!!

En el mismo año, Pablo apestado por alguna imposición y anunciando, esta vez, que se iba de la casa: risas de todos, y su indignado desalojamiento del living. Un rato después, al acordarnos de él y no verlo en ninguna parte, mis papás salen a la calle a buscarlo. Entonces, lo encuentran caminando, ya un par de cuadras más allá, llevando en una mochila: una polera, un calzoncillo limpio y ¡su mono de peluche!

De las cosas más determinadas y exquisitas que he visto jamás.

pablo 2

Leo libros “curiosos”, y qué

Hace algunos meses, me tocó presenciar (y defender) algo muy desagradable. Estaba en la biblioteca, una en donde si uno es socio (que lo soy), puede arrendar hasta 8 libros (de 3 diferentes secciones) cuando empiezan las vacaciones de verano, y luego desaparecer con ellos hasta marzo. Un lugar, debo decir, barato, surtido, lindo y muy conveniente.

En eso estaba yo, en el sector de niños, que es donde están también los libros de literatura fantástica, como los de Tolkien o C.S. Lewis con sus Crónicas de Narnia. Había sacado ya de las otras secciones y me faltaba de esa para completar mi préstamo. Ya tenía los libros elegidos y adelante de mí, en la cola, había una loca con aspecto de ser muy tímida. Probablemente universitaria, figuraba totalmente escondida tras una colección de piercings, pelo teñido negro y muy pegado a la cara. Se veía incómoda consigo misma y parecía querer empujar a la gente de la fila, para arrendar luego y desaparecer luego también. Miraba al suelo y se mordía la boca, como manchando el espacio por su vergüenza de estar allí. Llevaba unos libros de Tolkien y de otro tipo que escribe cosas parecidas, que tenía apretadísimos entre sus manos.

Cuando llegó su turno con la bibliotecaria, ella la miró de arriba abajo. Ultra escueta, muy ordenada, y hecha el ejemplo de la pulcritud, al ver los libros de la loca (y al verla a ella), le preguntó, casi retóricamente, que cuántos años tenía. Al escuchar que 19, con cierta felicidad sentenció, en tono total y completamente despectivo: “¿No eres un poco grande tú para leer libros como estos?”. Medio tiritándole la voz (humillación pública), la chica gótica contestó: “Es que a mí me gustan estos libros, porque…” ¡empezando a darle explicaciones!

Como si esto le hubiera dado más pie para opinar, la bibliotecaria, hecha un estandarte de lo correcto (correcto según sus cánones), la interrumpió para dictaminar con sequedad: “Deberías leer lo de las otras secciones, porque esto es para niños”. Punto. Terminante. Yo pude sentir el miedo en la arrendataria, que casi se pone a llorar y se va sin sacar nada. Más que lo que le dijeron, fue cómo se lo dijeron: fue horrible. Yo sentí cómo la loca quiso desaparecer, y yo también quise desaparecer. Fue como enfrentarse con Dios, y con un Dios aterrador, nada de simpático.

Entonces, yo tuve que arremeter. Me acerqué y dije, “yo tengo 26 años y me encantan, ¡me encantan! esos libros”. Me sentí tan mal que admito que hasta exageré en mi ímpetu de defensa. Vi los títulos que llevaba la chica gótica, y le comenté, exclamando hasta con amor, “estos me encantan” (algunos jamás los había visto en la vida): “¡los he leído todos!”. Luego agregué, a la bibliotecaria, intentando sonreír pero aún indignada: “Sabe, los que escriben los libros para niños no son inmaduros, ni inmaduros quienes los leen. ¡Hay unos muy inteligentes! No tienen porqué estar limitados sólo a los niños. Sus autores, muchas veces, además de ser adultos, son personas brillantes.” Se me olvidó agregar que, aunque no lo fueran, la gente igual tendría derecho a leerlos: a leer sobre lo que quieran. ¡Es su libertad! ¡Es su tiempo! ¡Es su elección!

¿Quiénes se creen que son las personas para elegir por otros lo que deberían leer? ¿Quiénes se creen que son para pretender administrar la libertad de otros, y para más encima juzgarlos si no les gustan sus decisiones? Qué patudez más grande. Por último, si van a andar pidiéndole (patudamente) explicaciones a las personas, ¡que no sea a la loca que llegó queriendo desaparecer! ¡que sea a alguien que pueda realmente contestarle! Alguien de su tamaño, como dicen por ahí.

Lo peor de todo es que ni siquiera creo que la bibliotecaria lo haya hecho realmente para herir, sino que fue simplemente un descuido, como el que tantas veces ocurre, en tantas situaciones y sin notarse realmente. Una falta de respeto general por la libertad, validez y credibilidad de cada quien. Por la identidad personal. Esto, por una falta de interés previa por mirar y entender realmente, ¡que ni siquiera es por maldad, sino que por enseñanza! Porque se nos ha enseñado que hay “libros para adultos” y “libros para niños”, y toda una serie de situaciones muy discutibles, disfrazadas tras la – cómoda – máscara de lo indiscutible… como si el mundo pudiera realmente dividirse de esa forma, ¡cuando más encima al intentarlo se pierde tanta riqueza!

Es por cosas como estas que luego simplemente se ataca al que es un poco diferente, ¡pretendiendo igualarlo! y haciéndole creer que le hacen un favor (y muchos lo creen así realmente)… al ayudarlo a “encajar con lo establecido”, ¡lo que al final no es más que automutilación! Le quitamos “lo diferente” a alguien, y en eso también nos lo quitamos a nosotros mismos… porque luego somos todos nosotros, como sociedad y como humanidad, quienes perdemos esa diversidad, esa belleza y sobretodo ¡esa alegría de poder vivir realmente la vida de uno! y no la que otros – con mala o buena intención – pretenden construir para nosotros: esa alegría que hace que la vida realmente valga la pena.

Ah, a mí me indignan situaciones como éstas. Me indignan, pero hasta prefiero que lo hagan: Así estoy lo suficientemente despierta como para ayudar a cambiarlas.

¿Quién dijo que no hay cambios de piel?

Una vez hace tiempo escuché, desde lejos, a mi hermano grande en una conversación decir que los yuppies (esos hombres ultra ordenados y trabajadores) eran los mismos hippies, cuando ya habían crecido y habían encontrado otro modo de hacer las cosas. Hippies que habían encontrado otra forma de cambiar al sistema, o bien, hippies que se habían rendido: pero de todos modos, los mismos.

Yo lo encontré tan impresionante (y equivocado) que me saltó al oído y hasta me reí en voz alta (tenía como 13 años y entonces era tan patuda – pensando que lo sabía todo de todo – como irrespetuosa). Sin embargo, más adelante me di cuenta de que esto muchas veces no sólo era real, sino que además ¡un ejemplo de esto vive en mi casa!: Mi papá.

Mi papá, viviendo en los años ‘7o en USA, y asistiendo a la Universidad de Berkeley, en medio de todos estos hippies y siendo, al menos en aspecto, uno más. No tanto después, de vuelta en Chile, mi papá ya siendo mi papá, y siempre impecable, hasta el punto de yo jamás haberlo pillado en blue jeans (vaya una a saber porqué, porque no es como que tenga algo contra ellos: tal vez simplemente no van con él).¿Cierto que es divertido verlo?También es divertido verlo codeando a la copia de cera de Kojak y entender que, no importa cuán distinto se vea por dentro: bajo cualquier piel sigue siendo él mismo, ¡y sigue gustándole jugar!

Mi vida, el musical

Era una noche cualquiera de un día de semana. Mi amiga Mariajo y yo estábamos en un bar, consolándome por una pésima reciente experiencia amorosa, que en su despliegue se había aparecido como una teleserie total.

“Qué melodrama”, comentó mi amiga, intentando empatizar. “Podrías vender la historia a un musical y hacerte rica”, agregó, levantando las cejas y sonriéndome, en busca de algún gesto cómplice. Yo, aunque aprecié su intento de animarme, me limité a contestarle seca y agriamente: “la vida no es un musical”, y aunque ella me contradijo exclamando “¡¿y qué tal si lo fuera?!”, yo ni siquiera la miré, ahogada y naufragando en medio de mi tragedia.

Entonces nos quedamos un buen rato en silencio… hasta que ella lo rompió intempestivamente ¡para cantar!: “María Paaaaaz, yo creo que tú deberías haceeer (no me acuerdo)…”, levantándose de la mesa con una pirueta tan elaborada como ridícula, y dejándome, en un principio, total y completamente boquiabierta (y también a la gente del bar). Debo agregar que, en su actuación, hubo un total entusiasmo cantor (voz en cuello) y gesticulaciones teatrales que ya se las quisieran los mejores y más eminentes talentos de Broadway (al menos en cuanto a empuje).

Si yo me había perdido, no importaba: ahí estaba la Mariajo, poniéndole su alma completa a la performance, brillando de todos los colores y validando toda mi experiencia. Fue tan pero tan insólito, que no sólo me sacó la carcajada, sino que también me sacudió. El giro fue tan sorprendente que me hizo sentir que podía ser que, en realidad, sí fuéramos las protagonistas de una comedia excelsa, y que todo lo que pasaba – para todos – fuera parte de un guión totalmente correcto y totalmente hermoso, e incluso dotado de (a veces retorcido) sentido del humor.

De pronto todo lo vi de otra forma, en una en que los mozos, y las personas del lugar estaban a un instante de darse vuelta y de cantar alguna tonada correspondiente a todo lo sucedido, ¡y a lo por suceder!… en todo un mundo de complicidad encubierta, en donde hasta el recodo más amargo de mi historia era perfecto en medio de este musical cinco estrellas: porque nada podía pasar en él desapercibido realmente (incluyendo mi amargura), y todo tenía un sentido exacto… como un engranaje colorido y perfecto, ¡relamiéndose de gusto y frotándose las manos de placer tras bambalinas!… Un guión en donde todo, absolutamente todo, había sido dispuesto de forma en que la comedia fuera aún más impresionante, aún más bondadosa, aún más sublime.

Esa noche Mariajo rescató para mí la belleza, tanto que, desde entonces, cada vez que me pasa algo importante, miro a la gente con la secreta esperanza de que vayan a voltearse cantando…

Y cuando no veo nada, y me asusto… tan sólo miro, esperando a que, tarde o temprano, todo se encaje y se revele como la obra de arte que es, que ha de ser la vida misma.

O que al menos puedo apostar (y lo hago) para que sea.

¡Me derrito, me derrito!

Mi gato es la cosa más cobarde que he visto en mi vida. Simplemente circular por la casa es toda una cruzada, con respecto a ella. Salta medio metro para arriba cada vez que uno aparece de improviso, se esconde debajo del velador de mi mamá cuando oye el camión de la basura (como si vinieran a buscarla o algo así) y suele salir disparada cada vez que uno hace cosas tan sencillas como abrir la llave del agua, dar vuelta una hoja o hasta reírse… Luego, no puede dejar de volver a los lugares del crimen, presa de su curiosidad.

Como no siempre esta así de cobarde (pasa por ciclos), a veces yo la provoco, para ver qué onda. Es que me divierte ver su expresión totalmente paralizada antes de huir siendo una flecha de pelaje en movimiento. Además, me encanta, y por eso siempre se me ocurren nuevas maneras de impresionarla, como hace algunos días, cuando decidí derretirme.

Entonces estábamos solas en la casa, y yo me estaba cocinando. Ella me miraba desde la puerta (siempre con mucha cautela), tragándose todo como en un espionaje de la información, descarada en su simpleza, golosa de las imágenes, casi voyeurista. Yo cantaba embaladamente, pero de improviso tuve la idea y entonces me detuve para mirarla a los ojos. Dejé de hacer lo que estaba haciendo, me puse en posición totalmente erguida y firme (para luego, por contraste, poder impactar más), y de a poco y como en un murmullo, le dije, suavemente “Poli… me derrito… me derrito”, así como la bruja del Mago de Oz.

Ese “me derrito” fue cada vez más fuerte, como pidiendo ayuda, de a poco subiendo de tono, hasta convertirse en un mero aullido. A esto lo acompañé con con una agitación supuestamente muy dolorosa de mi cuerpo, que pasó por variadas fases (inquietud, sorpresa, horror, lucha interna – y externa, rendición). Esta performance la ejecuté con mucha paciencia (y gozo), y terminó con una convulsión pura, un grito apagado y mi persona totalmente tirada e inmóvil sobre las baldosas de la cocina: como si realmente me hubiera derretido. Luego, después de varios segundos de respeto (respeto a la muerta), muy pero muy quieta, abrí un solo ojo para ver la reacción de mi adorable felino.

El gato, paralizado, estaba ahí contemplándome con la intensidad más suprema, horrorizado y hechizado a la vez, como detenido en el espacio. Había tenido que mirarme hasta el final, con la fascinación de quien ve a un puente derrumbarse. Parecía ser lo mejor y lo peor que le había pasado jamás. Entonces y sólo cuando vio que el show se había acabado, y que no había ya nada que temer, volvió a salir disparado como esa flecha de peluche, con un retraso total y absoluto (cuando, de hecho, ni siquiera había real utilidad en huir)… probablemente producto de su curiosidad. Es que, pese a lo terrible que parezcan mostrársele los escenarios, la Poli simplemente no puede perderse la acción. Tiene – TIENE – que estar allí. Es un gato inevitablemente mortificado, inevitablemente entrometido, inevitablemente gatoso gato.

Ah… me estuve riendo mucho rato con eso y ahora de nuevo, cuando lo escribo. Es que la Poli me hace jugar. Si ella es cobarde, no es culpa de estos juegos: siempre ha sido así (además, a veces hago cosas muy simpáticas). Luego del suceso volvió a acercarse como si nada hubiera pasado, y es que en ocasiones tengo la impresión de que le gustan todas esas cosas. La Poli puede ser una gata masoquista, a veces. También puede ser escapista. Y también puede no estar ni ahí.

La Poli cambia, a diferencia de mí, que me mantengo persiguiéndola siempre. He construido épicas enteras en torno a ella, que probablemente nunca entienda y que al final son todas, todas para mí. Dibujando cosas para ella, me las he dado a mí. Eso es lo lindo de trabajar para impresionar a alguien: que uno mismo se ve enriquecido por el proceso. A veces el ejecutador de las sorpresas lo disfruta mucho más que el objeto de la atención. Sobretodo cuando ese objeto de la atención es un gato: adorable, pero gato a final de cuentas, y por ello ajeno a la riqueza de esos mundos pelacable a medio bosquejar.

Pero no a la sorpresa.

La que se entrega en rapto

Lo cierto es que soy muy volada y me pasan cosas muy curiosas.

Una de las que más nos hizo reír pasó en el 2001 ó 2002, en alguna de las venidas de Alejandro Sanz. Mi amiga Kika y yo fuimos al concierto, con una gente que nos dejó, tipo 11 de la noche, en la calle Navidad, una que está llena de departamentos. Otra amiga nos iba a ir a buscar allá, para ir a carretear a otra parte y he ahí que la Kika y yo estábamos simplemente esperando sentadas en la cuneta.

Por puro parqueadas, empezamos a discutir sobre quién se iba a ir adelante en el auto. Al principio estábamos peleando en broma, pero luego empezamos a sentirnos agitadas. Entonces, en el punto cumbre de la discusión, la Kika me dice, “¡mira, ahí viene!”, apuntando a uno que estaba entrando hacia el subterráneo de uno de los departamentos. Yo estaba tan embalada y metida en el juego, y tan urgida por pillarme el asiento, que simplemente salí soplada. Para picar a la Kika corrí a propósito de una forma tonta, gritando también, y sin mirar atrás, y cuando llegué al auto, me subí, me senté y cerré la puerta de un portazo soberbio, no sin antes dar una infantil pero muy elocuente (y calculadamente desagradable) exclamación de victoria (una cantada, incluso). Luego, muy tranquilamente, me puse el cinturón, suspiré, reí con satisfacción, y sólo entonces – sólo entonces – me di vuelta para saludar a mi amiga chofer.

¡Pero no era ella! ¡Sino que un tipo sencillamente espectacular! que me miraba con los ojos redondos de asombro. O sea, en mi agitación, ¡ni siquiera había corroborado que fuese el auto! Ni nada, en realidad.

Ahh…. fue tan divertido. Casi me muero de la impresión. Musité al también impresionado tipazo “perdona”, y me salí de allí literalmente corriendo (esta vez de forma decente). Afuera estaba mi amiga Kika, riéndose tan fuerte que ni siquiera podía hablar, con una expresión entre diversión total y profunda compasión. Yo, en el shock, también me reí (¿qué más podía hacer?), y traté de preguntarle cómo no me había avisado, pero la risa de las dos fue tan fuerte y tan contagiosa para cada una, que terminamos literalmente tiradas en el suelo, en el pasto mojado y lleno de regadores prendidos, sin poder parar. Creo que en parte nos tiramos al suelo porque yo quería desaparecer de la vergüenza y la Kika conmigo. De todos modos, fue un espectáculo.

Cuando – muucho rato después – recuperamos el habla, mi amiga me dijo que me había dicho en broma lo del auto, sólo por jugar y que no había podido avisar de mi equivocación, primero porque pensó que yo le estaba siguiendo el juego, y que no me iba a subir realmente al auto (menos corriendo de esa forma loca), y luego (cuando se dio cuenta de que efectivamente lo haría), porque le dio tanta risa y a la vez estaba tan shockeada que simplemente no pudo enunciar palabra. Luego me preguntó, ¿cómo fue que no cachaste, si el auto no sólo era de otro modelo, sino que DE OTRO COLOR, y más encima estaba ENTRANDO al estacionamiento? (a nosotras sólo nos recogían por allí). Yo le contesté, es que estaba tan embalada con tomarme el puesto ¡que no vi nada más que yo subiéndome al auto!

Tate, con tal que no es que tenga que cuidarme de que me rapten, sino que simplemente me he estado entregando, en mi voladura, al secuestro. En ese momento podría haberme subido a una van de fumigación o a una nave espacial con la misma facilidad. Yo sólo tenía que agarrar un asiento de copiloto y cerrar la puerta con fuerza (eso último, muy importante para marcar victoria).

Quisiera decir que es la única vez que me ha pasado algo así, pero ni siquiera es cierto. Me pasó también cuando tenía unos 8 años, y fui con mis papás en auto a las dunas de Concón. Cuando se acabó la tarde y nos estábamos yendo, bajé la duna y corriendo me subí al auto, feliz de la vida. Me recuerdo comentando largamente de lo cansada pero contenta que estaba, y luego preguntando si podíamos pasar a comer helados… pero nadie me contestaba. Extrañada, después de un rato caché algo raro y cuando se me ocurrió mirar a la gente, ¡vi que era otra gente! ¡y que todos me estaban contemplando casi con la boca abierta de la sorpresa! Entonces volví a bajarme corriendo, y cuando le conté a mis papás me retaron por volada, pero igual me compraron ese helado.

Supongo que eso hay que hacer con la gente volada. Quererla, nomás, y cruzar los dedos para que haya un séquito de ángeles guardianes para salvarla de los arranques de distracción y locura, como he de decir que suele pasar conmigo… porque además es probable que algo así me haya pasado más veces, y que ni siquiera lo recuerde, como también es probable que vuelva a pasarme. No lo sé realmente, pero lo que sí sé es que una situación así jamás volverá a sorprenderme ¡corriendo de esa forma tan espectacularmente ridícula! como fue con el episodio del minazo anónimo. Al menos ahora tendré dignidad, toda la dignidad que pueda dadas las circunstancias, por pintorescas que éstas puedan ser.

La intrépida cruzada del amor

El verano pasado en Maitencillo (el del 2006 al 2007, no éste que se está acabando), cuando pasé por la feria, por diversión compré unos naipes con sexys minocos piluchos. Así, cuando con mis amigas jugábamos a las cartas, los mirábamos y nos reíamos y nuestras noches precarrete se amenizaban. No pasaron muchos días antes de que me diera cuenta de que uno de ellos tenía un aire a un loco que me gusta, así que cuando ya volvimos a Santiago y el asunto perdió la novedad, quise guardar a éste en mi billetera, para la suerte, y simplemente botar al basurero al resto, porque sin el elegido (que vino a ser justo el rey de corazones) no servirían ya para jugar.

Pero muy luego cambié de opinión. Tuve una idea mejor que era ¡hacer que mis hombres en cuero se fueran por el mundo! Si el mío podía vivir en mi billetera, ¿cierto que no era loco pensar que el resto tenían que poder llegar a otras? Así que, en el dorso de cada naipe escribí con un plumón rojo (rojo por el amor): “¡Hay uno así para ti!”, junto a una embalada sonrisa ilustradora, y me dediqué a repartirlos. De a uno. Manteniendo siempre al próximo a entregar, junto a mi elegido, en mi propia billetera, como un amigo que acompaña a otro de
parranda. Amigos desnudistas, claro, o “naturalistas”, como muestran en algunos documentales, o puede verse en la playa Luna.

Así fue cómo, en cada noche de carrete, dejé a un semental warrior en el baño de mujeres. Bares, restaurantes: no importaba. Hasta en el baño del Municipal dejé a uno. Sobre el estanque del water lo depositaba, porque si lo dejaba en el lavatorio, que es más público, todas se reirían y pocas se atreverían a llevárselo, y la idea no era que el desnudo guapetón terminara solitario, menos si estaba vestido (o desvestido) para la fiesta.

Una vez hecho el delivery, me iba con una inmensa sensación de felicidad, como un ángel del amor o bien del sexo. Estaba segura de que a alguien le sacaría una sonrisa, si no una risotada. A mí me la sacaba, antes y después del proceso y también a los que estaban al tanto de esto. La verdad es que era muy cómico y además uno se sentía importante en ello. El par de veces en que delegué alguna entrega (por arrepentirme de salir a último minuto) mis amigas se peleaban por hacerla por mí. Nos sentíamos cómplices en algo tan absurdo como necesario, y digo necesario porque el sentido del humor siempre lo es, y también jugar, y también de cuando en cuando ver a un mino pilucho, en especial si ellos también quieren jugar.

Lo fome es que era un trabajo a ciegas, porque, una vez dejado allí, nunca se sabía si la gente realmente lo tomaba o si realmente funcionaba como yo había fantaseado. No se podía presenciar el destellante momento de la adopción ni lo que se sentía hacerla. Esto me hacía soñar, pero a la vez también me hacía preguntarme, si alguno de esos machos en pelotas realmente habría encontrado una casa, si alguien habría tomado con sentido del humor, o incluso ternura, mi moción: si había al fin provocado algo… porque lo cierto es que no lo sabía, ni tampoco mis secuaces.

Hasta que un día, una amiga me llama riéndose a carcajadas. Me cuenta que una amiga de ella estaba realmente amargada en una de las típicas fiestas. Mala suerte con los hombres, cansancio y etcétera. Chata, chata en la vida. Hasta que entra al baño y entonces lo ve, ¡un flamante pilucho – en ese caso un vaquero sadomasoquista – depositado sobre el water, al dorso de la promesa! Le sale la risotada y lo guarda como algo que es mitad tierno, mitad surrealista. Lo guarda como un regalo, un ramalazo de risa, un remolino. Se siente especial en medio de lo chistoso y esto la relaja: el universo puede sorprenderte, y si se mira con cuidado, uno puede incluso ver cómo siempre está bailando.

Y ojo con que la amiga de mi amiga no sabía de mi existencia, ni menos de lo que estaba haciendo, pero eso no importó. Bastó, para completar el proceso, el quesimplemente recibiera al macho en pelotas (literalmente en pelotas) que estaba ahí esperando, entregado a la noche. Respondió así al diálogo invisible. Cerró el círculo de la risa. Ennobleció el juego.

Cabe mencionar que aún no he terminado la travesía. Me quedan cerca de la mitad (hay meses enteros en que se me olvida llevarlos), pero casi quisiera que volvieran a quedarme todos, de lo gracioso que ha sido repartirlos. Ahora me divierto aún más cuando lo hago – y también mis amigas -, porque sé que no se pierden en la dimensión desconocida, sino que han sido capaces de encontrar las billeteras y de bailar escandalosamente en la mente de quienes los han capturado… Puedo incluso imaginar la impresión de quienes los reciben, ya que imagino que es parecida a esa que me contaron… O al menos así quiero creerlo, ya que es probable que haya a quienes les haya cargado, y quienes hayan expresado esto de formas indeseables, como mandarlos, cual soldaditos de plomo, de viaje por el desagüe… pero esperemos que, en ese caso, ¡tarde o temprano hayan encontrado a su bailarina!

De todas formas, yo me divierto. Aún así, cuando se me acabe el mazo, no compraré otro. Quiero que los machos que he estado repartiendo sean producto de una edición limitada. Quiero que sean especiales, sin importar adónde queden luego de su momento de gloria. Ni siquiera importa si terminan siendo desnudistas kamikazes, porque luego el universo seguirá bailando y en ello llevándose momentos para reciclarlos en otros. Todo se moverá, pero siempre quedará, si la permitimos, aquella estela de belleza… la estela de belleza que gozosamente estoy promulgando… ¡en forma de candentes y bien dotados strippers!

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