La torcacita

Estaba donde mis papás cuando vi la caja. Era de cartón y, de algún modo, temblaba. “¿Qué hay adentro?”, “el pájaro que le quitamos al gato”. Tuve que abrirla para verlo. Era una cosa linda, de plumaje grisáceo con manchitas, pequeños ojos de aceituna, una torcaza. “¿Qué hacemos con ella?”, “esperar”. Le habían dado agua y al parecer la había tomado. Había hecho caca, por lo que al parecer su cuerpo todavía funcionaba. Las esperanzas de los otros eran tibias y las mías derechamente encendidas, aunque estábamos juntos en ello, en lograr mi sueño de la infancia… el de lograr sanar a un pajarito recogido para luego verlo volar, liberado, hacia las altas copas de los árboles.

gatopajaro

Un pájaro pajarón, como el nuestro.

Lo fome es que la torcacita tenía que vivir ese proceso en la oscuridad. Si uno abría la tapa, aunque fuera de a poco, ella se movía como una loca y chocaba contra todas las paredes, y eso no solo significaba posible dolor extra en sus partes mordidas, sino que también dar vuelta – de nuevo – el agua y hacer su estadía en el mundo del cartón aún más inhóspita. Así que la dejamos tranquila, en el quieto silencio. Era mi cumpleaños, vinieron mis tíos y mis primos, así que no me fue tan difícil desconectarme de ella, aunque cada vez que iba por el pasillo y veía la cajita, sentía una curiosa mezcla entre pena y excitación.

Solo al final de la noche, fui a ver cómo seguía, y entonces me transmitió una sensación punzante. Definitivamente tenía una postura rara, y mucha más sangre de la que había encontrado antes, así que, pese a sus protestas, la examiné con detención, y entonces descubrí que… le faltaba la mitad del cuerpo. Sí, LA MITAD DEL CUERPO. El gato se había zampado una patita completa y casi la mitad de su espalda. Era un milagro que viviera. Un milagro horrible, dicho sea de paso.

Llorando copiosamente, recurrí a los familiares que aún quedaban en la casa, mis papás, mi nana de toda la vida, mis hermanos. “Hay que matarla”, dije, enojada conmigo misma por la irresponsabilidad de mi otrora ignorancia. “¿Cómo lo hacemos?”, discutimos distintas estrategias y finalmente decidimos ahogarla. Mi hermano chico, Pablo, hizo los honores.

Fue terrible. Crónica de una muerte anunciada. Llenar de agua una fuente grande, y saber de antemano para qué era. Tomar al pajarito y sumergirlo. La torcacita se resistió pese a todo, un rato considerable, porque todo ser vivo quiere vivir, pero aun así llegó la hora de las burbujitas. La torcacita fue vencida, aunque ya lo había sido, de antemano. Las lágrimas chorreaban por mis mejillas. Ni siquiera podía ver. Es increíble cuánto uno puede llorar por una muerte tan pequeña y tan anónima.

Y a la vez que horrible, fue hermoso. Ella solía recoger semillas en el patio y dar saltitos acuáticos alrededor de la piscina, como todos los otros pájaros del barrio. Era un ser terrestre, como nosotros y eso la convertía en nuestra hermana. No podíamos ignorarla. Teníamos que ayudarla a morir. Era una deferencia, un acto de amor, la mínima muestra de camaradería y de elegancia. Las lágrimas chorreaban por mis mejillas. Ni siquiera podía ver. Ese pájaro era un residente en el mismo mundo mío, y despedirlo era despedir a un compañero.

Ojalá no tuviéramos que esperar incidentes como estos, y siempre fuéramos conscientes de todas las otras vidas que también son nuestros compañeros. Que son todas.

¡Me derrito, me derrito!

Mi gato es la cosa más cobarde que he visto en mi vida. Simplemente circular por la casa es toda una cruzada, con respecto a ella. Salta medio metro para arriba cada vez que uno aparece de improviso, se esconde debajo del velador de mi mamá cuando oye el camión de la basura (como si vinieran a buscarla o algo así) y suele salir disparada cada vez que uno hace cosas tan sencillas como abrir la llave del agua, dar vuelta una hoja o hasta reírse… Luego, no puede dejar de volver a los lugares del crimen, presa de su curiosidad.

Como no siempre esta así de cobarde (pasa por ciclos), a veces yo la provoco, para ver qué onda. Es que me divierte ver su expresión totalmente paralizada antes de huir siendo una flecha de pelaje en movimiento. Además, me encanta, y por eso siempre se me ocurren nuevas maneras de impresionarla, como hace algunos días, cuando decidí derretirme.

Entonces estábamos solas en la casa, y yo me estaba cocinando. Ella me miraba desde la puerta (siempre con mucha cautela), tragándose todo como en un espionaje de la información, descarada en su simpleza, golosa de las imágenes, casi voyeurista. Yo cantaba embaladamente, pero de improviso tuve la idea y entonces me detuve para mirarla a los ojos. Dejé de hacer lo que estaba haciendo, me puse en posición totalmente erguida y firme (para luego, por contraste, poder impactar más), y de a poco y como en un murmullo, le dije, suavemente “Poli… me derrito… me derrito”, así como la bruja del Mago de Oz.

Ese “me derrito” fue cada vez más fuerte, como pidiendo ayuda, de a poco subiendo de tono, hasta convertirse en un mero aullido. A esto lo acompañé con con una agitación supuestamente muy dolorosa de mi cuerpo, que pasó por variadas fases (inquietud, sorpresa, horror, lucha interna – y externa, rendición). Esta performance la ejecuté con mucha paciencia (y gozo), y terminó con una convulsión pura, un grito apagado y mi persona totalmente tirada e inmóvil sobre las baldosas de la cocina: como si realmente me hubiera derretido. Luego, después de varios segundos de respeto (respeto a la muerta), muy pero muy quieta, abrí un solo ojo para ver la reacción de mi adorable felino.

El gato, paralizado, estaba ahí contemplándome con la intensidad más suprema, horrorizado y hechizado a la vez, como detenido en el espacio. Había tenido que mirarme hasta el final, con la fascinación de quien ve a un puente derrumbarse. Parecía ser lo mejor y lo peor que le había pasado jamás. Entonces y sólo cuando vio que el show se había acabado, y que no había ya nada que temer, volvió a salir disparado como esa flecha de peluche, con un retraso total y absoluto (cuando, de hecho, ni siquiera había real utilidad en huir)… probablemente producto de su curiosidad. Es que, pese a lo terrible que parezcan mostrársele los escenarios, la Poli simplemente no puede perderse la acción. Tiene – TIENE – que estar allí. Es un gato inevitablemente mortificado, inevitablemente entrometido, inevitablemente gatoso gato.

Ah… me estuve riendo mucho rato con eso y ahora de nuevo, cuando lo escribo. Es que la Poli me hace jugar. Si ella es cobarde, no es culpa de estos juegos: siempre ha sido así (además, a veces hago cosas muy simpáticas). Luego del suceso volvió a acercarse como si nada hubiera pasado, y es que en ocasiones tengo la impresión de que le gustan todas esas cosas. La Poli puede ser una gata masoquista, a veces. También puede ser escapista. Y también puede no estar ni ahí.

La Poli cambia, a diferencia de mí, que me mantengo persiguiéndola siempre. He construido épicas enteras en torno a ella, que probablemente nunca entienda y que al final son todas, todas para mí. Dibujando cosas para ella, me las he dado a mí. Eso es lo lindo de trabajar para impresionar a alguien: que uno mismo se ve enriquecido por el proceso. A veces el ejecutador de las sorpresas lo disfruta mucho más que el objeto de la atención. Sobretodo cuando ese objeto de la atención es un gato: adorable, pero gato a final de cuentas, y por ello ajeno a la riqueza de esos mundos pelacable a medio bosquejar.

Pero no a la sorpresa.

Agosto gatuno

cat funEs cierto que los gatos se vuelven locos en agosto. Anoche desperté a las 4:00 de la mañana por escucharlos pelearse en los techos, maullar ferozmente, pasarlo bien. Al principio creí que alguien estaba llorando, o quizá incluso muriendo, ante tanto ruido, pero al asomarme por la ventana los vi debatirse, perseguirse y contonearse con sus cuerpos de peluche. Parecían seres surrealistas, carnavalescos; radiantes como llamas, llenos de expresión, de presencia y de poder. Eran como una aparición, un espectáculo clandestino, el lado oculto de la noche revelado ante mí.

Luego no volví a dormirme, porque empezaron a sonar los pájaros y además tenía clase a las 8:30, así que si lo hacía quizá no despertaría más. Justo me acordé de un par de trabajines que tenía que entregar hoy y que había olvidado, así que al final aproveché mi madrugar imprevisto. De ahí partí a la universidad, cuando los gatos ya se habían ido a dormir, o al menos se habían apaciguado y me alegré por ellos, pero también los envidié poderosamente por su pololear alegremente por los techos, sin horarios ni restricciones, mientras yo ESTUDIABA. Su carrete había sido infinitamente mejor que el mío y probablemente siga siéndolo y yo siga presenciándolo durante el resto de agosto.

A veces es un asco ser una persona y tener responsabilidades.