La torcacita

Estaba donde mis papás cuando vi la caja. Era de cartón y, de algún modo, temblaba. “¿Qué hay adentro?”, “el pájaro que le quitamos al gato”. Tuve que abrirla para verlo. Era una cosa linda, de plumaje grisáceo con manchitas, pequeños ojos de aceituna, una torcaza. “¿Qué hacemos con ella?”, “esperar”. Le habían dado agua y al parecer la había tomado. Había hecho caca, por lo que al parecer su cuerpo todavía funcionaba. Las esperanzas de los otros eran tibias y las mías derechamente encendidas, aunque estábamos juntos en ello, en lograr mi sueño de la infancia… el de lograr sanar a un pajarito recogido para luego verlo volar, liberado, hacia las altas copas de los árboles.

gatopajaro

Un pájaro pajarón, como el nuestro.

Lo fome es que la torcacita tenía que vivir ese proceso en la oscuridad. Si uno abría la tapa, aunque fuera de a poco, ella se movía como una loca y chocaba contra todas las paredes, y eso no solo significaba posible dolor extra en sus partes mordidas, sino que también dar vuelta – de nuevo – el agua y hacer su estadía en el mundo del cartón aún más inhóspita. Así que la dejamos tranquila, en el quieto silencio. Era mi cumpleaños, vinieron mis tíos y mis primos, así que no me fue tan difícil desconectarme de ella, aunque cada vez que iba por el pasillo y veía la cajita, sentía una curiosa mezcla entre pena y excitación.

Solo al final de la noche, fui a ver cómo seguía, y entonces me transmitió una sensación punzante. Definitivamente tenía una postura rara, y mucha más sangre de la que había encontrado antes, así que, pese a sus protestas, la examiné con detención, y entonces descubrí que… le faltaba la mitad del cuerpo. Sí, LA MITAD DEL CUERPO. El gato se había zampado una patita completa y casi la mitad de su espalda. Era un milagro que viviera. Un milagro horrible, dicho sea de paso.

Llorando copiosamente, recurrí a los familiares que aún quedaban en la casa, mis papás, mi nana de toda la vida, mis hermanos. “Hay que matarla”, dije, enojada conmigo misma por la irresponsabilidad de mi otrora ignorancia. “¿Cómo lo hacemos?”, discutimos distintas estrategias y finalmente decidimos ahogarla. Mi hermano chico, Pablo, hizo los honores.

Fue terrible. Crónica de una muerte anunciada. Llenar de agua una fuente grande, y saber de antemano para qué era. Tomar al pajarito y sumergirlo. La torcacita se resistió pese a todo, un rato considerable, porque todo ser vivo quiere vivir, pero aun así llegó la hora de las burbujitas. La torcacita fue vencida, aunque ya lo había sido, de antemano. Las lágrimas chorreaban por mis mejillas. Ni siquiera podía ver. Es increíble cuánto uno puede llorar por una muerte tan pequeña y tan anónima.

Y a la vez que horrible, fue hermoso. Ella solía recoger semillas en el patio y dar saltitos acuáticos alrededor de la piscina, como todos los otros pájaros del barrio. Era un ser terrestre, como nosotros y eso la convertía en nuestra hermana. No podíamos ignorarla. Teníamos que ayudarla a morir. Era una deferencia, un acto de amor, la mínima muestra de camaradería y de elegancia. Las lágrimas chorreaban por mis mejillas. Ni siquiera podía ver. Ese pájaro era un residente en el mismo mundo mío, y despedirlo era despedir a un compañero.

Ojalá no tuviéramos que esperar incidentes como estos, y siempre fuéramos conscientes de todas las otras vidas que también son nuestros compañeros. Que son todas.

¡Me derrito, me derrito!

Mi gato es la cosa más cobarde que he visto en mi vida. Simplemente circular por la casa es toda una cruzada, con respecto a ella. Salta medio metro para arriba cada vez que uno aparece de improviso, se esconde debajo del velador de mi mamá cuando oye el camión de la basura (como si vinieran a buscarla o algo así) y suele salir disparada cada vez que uno hace cosas tan sencillas como abrir la llave del agua, dar vuelta una hoja o hasta reírse… Luego, no puede dejar de volver a los lugares del crimen, presa de su curiosidad.

Como no siempre esta así de cobarde (pasa por ciclos), a veces yo la provoco, para ver qué onda. Es que me divierte ver su expresión totalmente paralizada antes de huir siendo una flecha de pelaje en movimiento. Además, me encanta, y por eso siempre se me ocurren nuevas maneras de impresionarla, como hace algunos días, cuando decidí derretirme.

Entonces estábamos solas en la casa, y yo me estaba cocinando. Ella me miraba desde la puerta (siempre con mucha cautela), tragándose todo como en un espionaje de la información, descarada en su simpleza, golosa de las imágenes, casi voyeurista. Yo cantaba embaladamente, pero de improviso tuve la idea y entonces me detuve para mirarla a los ojos. Dejé de hacer lo que estaba haciendo, me puse en posición totalmente erguida y firme (para luego, por contraste, poder impactar más), y de a poco y como en un murmullo, le dije, suavemente “Poli… me derrito… me derrito”, así como la bruja del Mago de Oz.

Ese “me derrito” fue cada vez más fuerte, como pidiendo ayuda, de a poco subiendo de tono, hasta convertirse en un mero aullido. A esto lo acompañé con con una agitación supuestamente muy dolorosa de mi cuerpo, que pasó por variadas fases (inquietud, sorpresa, horror, lucha interna – y externa, rendición). Esta performance la ejecuté con mucha paciencia (y gozo), y terminó con una convulsión pura, un grito apagado y mi persona totalmente tirada e inmóvil sobre las baldosas de la cocina: como si realmente me hubiera derretido. Luego, después de varios segundos de respeto (respeto a la muerta), muy pero muy quieta, abrí un solo ojo para ver la reacción de mi adorable felino.

El gato, paralizado, estaba ahí contemplándome con la intensidad más suprema, horrorizado y hechizado a la vez, como detenido en el espacio. Había tenido que mirarme hasta el final, con la fascinación de quien ve a un puente derrumbarse. Parecía ser lo mejor y lo peor que le había pasado jamás. Entonces y sólo cuando vio que el show se había acabado, y que no había ya nada que temer, volvió a salir disparado como esa flecha de peluche, con un retraso total y absoluto (cuando, de hecho, ni siquiera había real utilidad en huir)… probablemente producto de su curiosidad. Es que, pese a lo terrible que parezcan mostrársele los escenarios, la Poli simplemente no puede perderse la acción. Tiene – TIENE – que estar allí. Es un gato inevitablemente mortificado, inevitablemente entrometido, inevitablemente gatoso gato.

Ah… me estuve riendo mucho rato con eso y ahora de nuevo, cuando lo escribo. Es que la Poli me hace jugar. Si ella es cobarde, no es culpa de estos juegos: siempre ha sido así (además, a veces hago cosas muy simpáticas). Luego del suceso volvió a acercarse como si nada hubiera pasado, y es que en ocasiones tengo la impresión de que le gustan todas esas cosas. La Poli puede ser una gata masoquista, a veces. También puede ser escapista. Y también puede no estar ni ahí.

La Poli cambia, a diferencia de mí, que me mantengo persiguiéndola siempre. He construido épicas enteras en torno a ella, que probablemente nunca entienda y que al final son todas, todas para mí. Dibujando cosas para ella, me las he dado a mí. Eso es lo lindo de trabajar para impresionar a alguien: que uno mismo se ve enriquecido por el proceso. A veces el ejecutador de las sorpresas lo disfruta mucho más que el objeto de la atención. Sobretodo cuando ese objeto de la atención es un gato: adorable, pero gato a final de cuentas, y por ello ajeno a la riqueza de esos mundos pelacable a medio bosquejar.

Pero no a la sorpresa.

Agosto gatuno

cat funEs cierto que los gatos se vuelven locos en agosto. Anoche desperté a las 4:00 de la mañana por escucharlos pelearse en los techos, maullar ferozmente, pasarlo bien. Al principio creí que alguien estaba llorando, o quizá incluso muriendo, ante tanto ruido, pero al asomarme por la ventana los vi debatirse, perseguirse y contonearse con sus cuerpos de peluche. Parecían seres surrealistas, carnavalescos; radiantes como llamas, llenos de expresión, de presencia y de poder. Eran como una aparición, un espectáculo clandestino, el lado oculto de la noche revelado ante mí.

Luego no volví a dormirme, porque empezaron a sonar los pájaros y además tenía clase a las 8:30, así que si lo hacía quizá no despertaría más. Justo me acordé de un par de trabajines que tenía que entregar hoy y que había olvidado, así que al final aproveché mi madrugar imprevisto. De ahí partí a la universidad, cuando los gatos ya se habían ido a dormir, o al menos se habían apaciguado y me alegré por ellos, pero también los envidié poderosamente por su pololear alegremente por los techos, sin horarios ni restricciones, mientras yo ESTUDIABA. Su carrete había sido infinitamente mejor que el mío y probablemente siga siéndolo y yo siga presenciándolo durante el resto de agosto.

A veces es un asco ser una persona y tener responsabilidades.

Fauna en Arquitecto Sullivan – PARTE 3 Y FINAL

Y después del gato amarillo vino el Rafa. Mi mamá había decidido que no más animales por un tiempo, pero mi papá, luego de mirarlo en secreto varios fines de semana seguidos, junto a mi hermano chico, en la feria de Vitacura, un día de la nada llegó con él, creo que a finales del 2001. Lo había querido hace mucho tiempo.

El Rafa era un salchicha y a mi papá le encantaba porque decía (otra vez) que tenía la nariz respingada igual que mi mamá. Lo encontraba precioso y es cierto que cuando llegó lo era, una cosa chica y larga envuelta en un chaleco de lana tejido a mano. La verdad es que era un salchicha muy lindo, de piel lustrosa como de caballo y ojos casi españoles. Lo único que tenía feo es que se le salía su cosa todo el día, y era roja, mojada y brillante, como un rouge casi fosforescente. Mi mamá siempre lo retaba y el Rafa entendía, y la guardaba altiro, pero sólo le hacía caso a ella… Igual no era tan grave, sólo fea, y con mi hermano chico nos daba más risa que otra cosa. Muchas veces le decíamos “Nanny” porque en esa serie la protagonista, que es una niñera, es contratada por el otro protagonista al aparecer por ahí vendiendo cosméticos, como el rouge que llevaba, flamante, el perro. Y el Rafa venía feliz adonde nosotros porque el hecho de que lo llamáramos (y no cómo) era siempre más importante (además, claramente no sabía de qué hablábamos).

Pasamos varios momentos agradables. Pablo le hizo un collar con nombre de príncipe (“Rafael Alberto VII” o algo así) por si se perdía y nos reímos cuando lo leíamos pomposamente. También nos reíamos cuando, en días calurosos, lo perseguíamos con la manguera (mi mamá incluida) mojándonos de paso a nosotros mismos. El animalito era entretenido de observar porque, como toda mascota, tenía sus hábitos y horarios e incluso un recorrido en el jardín a la hora de correr y ladrar, que mató todo el pasto y quedó como un verdadero sendero. También guardo un recuerdo especial del año nuevo del 2002 en que con mi mamá y Pablo salimos con maletas a dar la vuelta a la cuadra, y él corría como un loco alrededor de nosotros. Creo que nunca he visto a un perro tan exaltado y tan feliz.

Pero eso no era todo. Como tenía las patas cortas, lo más divertido para jugar con él era la escalera. Uno daba un paso para subir y el perro inmediatamente estaba arriba. Lo mismo para bajar. Nosotros pensábamos que era un perro embalado simplemente, hasta que un día nos dimos cuenta que lo que pasaba era que tenía las patas muy cortas como para darse la vuelta dentro de la escalera misma, así que no le quedaba otra que hacer el recorrido entero. Admito que a veces lo torturábamos con eso, nos parábamos en la mitad de la escalera, sólo para dar un paso para arriba una vez, un paso para abajo otra y el Rafa corriendo, subiéndola y bajándola, como un loco. Lo más interesante es que JAMÁS se cansaba, sin importar cuánto rato estuviéramos en eso. Estaba feliz y todos nos sentíamos alegres en eso.

En todo caso, lo más interesante del Rafa, no eran sus hábitos de horario o de juego, sino su absoluta falta de barreras. Dormía con todos nosotros, incluso con mi hermano grande (que no lo quería nada), a diferentes horas del día (siempre las mismas). A mí me tocaba como desde las 3 de la mañana hasta las 7, que es cuando despierta mi papá. Si estaba en la casa lo sentía subir por las escaleras con sus patitas cortas, para luego sin ningún preámbulo, meterse bajo mis sábanas y dormirse en mis pies. Venía siempre muy contento, inocente y campante, sin considerar siquiera la idea de algún rechazo. Yo estaba entonces en una etapa muy arisca y achorada de mi vida, y aunque me agradaba el perro, cuando iba a dormir conmigo era raro para mí, y sentía una mezcla entre risa, extrañeza, y rechazo, pero igual nunca lo eché y con el tiempo llegaron a emocionarme esos momentos, tanto así que los esperaba.

Desgraciadamente, algo le pasó al Rafa que se convirtió en un perro miserable (en el sentido de que inspiraba miseria). Después de un tiempo pasó que siempre tiritaba, siempre lloraba, y si uno salía de la casa aunque fuera a comprar una bebida, a la vuelta, de la emoción se hacía pipí encima de uno. Era bastante inquietante, y agotador, y no sabíamos qué hacer con él. Le dábamos bastante atención, en especial mi papá, que lo amaba, pero al parecer no era suficiente para él porque empezó a hacerse pipí no sólo encima de nosotros al llegar, sino que en todas las partes de la casa y todo el día. Y lo peor ni siquiera era eso, sino que se veía siempre infeliz, excepto cuando estaba con mi papá, y se veía infeliz de una forma tan obvia y gráfica que todos nos sentíamos deprimidos ante su presencia.

Así que, luego de un tiempo, mi papá lo regaló. Al jardinero de mi tía Margarita. Fue un enorme sacrificio para él porque lo quería tanto que hasta le tenía un nombre especial y una especie de canto, pero ya ni los muebles de la casa ni la situación misma daba para más. Lo bueno es que después supimos que, el Rafa, donde ahora vive, es la alegría del barrio y todos los quieren, lo aman y lo persiguen, así que queda una sensación agradable. Por otro lado mi papá no pierde la idea de un día, cuando tenga un jardín más grande, tener a otro salchicha, o un perro más grande y así contar con la compañía fiel y cariñosa de ese animal que es el que a él, lejos, más le gusta en el mundo (los perros).

Simultánea del Rafa también tuvimos a la Clarita, que es una tortuga que mi mamá vio tratando de cruzar una calle. Mi mamá iba manejando, pero al verla se bajó para rescatarla y la trajo a la casa. Era una tortuga vieja (10 años por lo menos) y proveniente de otra familia. Seguramente otra prófuga como fue la Guillermina de nosotras (ver fauna 1). Nosotros la tuvimos algunos días, yo principalmente emocionada por ser ella un animal tan valiente, pero luego de esos días descubrí que no era ni cerca de lo emocionante que me pareció en mi primera infancia. Ni siquiera se le podía hacer mucho cariño porque se pasaba escondiendo la cabeza. Así que se la regalamos a la hija de una nana que teníamos entonces, quien al parecer todavía es muy feliz con ella (no sé cuántos años viven las tortugas).

Y, por último la Poli. Ella es el gato que tenemos ahora. Yo la elegí, un día de octubre de 2003, en la Feria de Vitacura. Ella tenía una luna blanca en la frente y convivía con otros gatitos que la tenían arrinconada contra la última esquina. Me costó dos lucas y la trajimos a la casa. Yo estaba dichosa.

La Poli siempre ha sido mordelona y agresiva, aunque de mordidas suaves. Según mi mamá los gatos de su jaula le pegaban y por eso ella es así, y yo no sé cuánta razón pueda tener ella, pero lo que sí sé es que los gatos sí tienen su propia personalidad. Mientras el gato amarillo en todas las fiestas se paseaba con su cola alta al aire, la Poli desaparece ante la presencia de cualquier persona extraña y no vuelve hasta horas después. Mientras el gato amarillo se entregaba a la sesiones de ronroneo con los ojos cerrados, la Poli sólo quiere cariño cuando ella quiere y cómo ella quiere, y si uno es quien la busca, aunque se deja, tiene los ojos abiertos en expresión de enorme stress, para luego irse apenas uno la suelta. Pero aún así es ronroneadora y exquisita e irradia esa autoridad propia de los felinos, esa exquisitez inconfundible. Y también tiene sus horarios: está en mi pieza todas las tardes, pero duerme con mis papás.

A mi mamá le costaba respetarla porque decía que no le gustaba su personalidad, tan cobarde. Yo le contestaba que era sólo un gato (todavía le digo eso), pero es cierto que la Poli pasa escondida, salta ante cualquier ruido, tanto así que el otro día salió disparada cuando, leyendo el diario, di vuelta una página (lo que ni siquiera es inusual), pero hace un par de semanas se comió un pájaro y casi se muere, lo que le ganó el respeto de mi mamá quien nunca pensó que fuera capaz de algo así…. Ahora el gato ya se sanó y otra vez ronda por la casa curioseándolo todo, ronroneando en las mañanas y persiguiendo polillas que es lo que más le gusta en la vida hacer. Las mata de a poco y cuando las hace sufrir mucho antes de comerlas, mi mamá se las quita. También la baña. Y la manguerea. Y habla con ella en voz alta y la reta. Pero luego se deja acompañar por ella quien todas las mañanas es fan del proceso de lavarse los dientes y está mirándolo todo. También mi papá que, aunque sigue hablando de lo bacanes que son los perros, todas las noches la contempla y hace imitaciones de cómo ronronea. Él también le habla y la apreta entera cada vez que la ve.

Es que la Poli es como una enorme bola blanca de pelos, un ovillo suave y brillante, aunque infértil porque la operamos muy chiquitita, pero eso es una razón más por la cual mi papá la quiere ya que se declara responsable de ella. Le decimos Poli, Poliana, Poliéster, Poxipoli, Campanita y también Conejo (porque se parece a uno), y Pellejo cuando estaba tan flaca y enferma. Yo le canto “Poliana” (igual a la “Noelia” de Nino Bravo pero Poliana en vez), la canción del gato con botas y la de los 101 dálmatas pero en versión gato, y dejo correr mi imaginación, porque uno siempre es dulce e indefenso y exento de vergüenza con los animales. Y la hora de los regaloneos es parecida en el embalamiento, del tipo: eres la cosa más preciosa que he visto en toda mi vida… el tipo de halagos que TODOS decimos. Por eso a veces me pregunto cuántos gatos habrán que serán los más preciosos de la Tierra y es entonces cuando me contesto que quienes le hablamos así a un animal o a alguien es porque eso es lo que significan para nosotros, en nuestro propio universo…

Termino aquí mi historial de animales en mi casa, pero animales residentes acá, porque también están los perros del barrio, el lorito que mi mamá recogió que se cayó de pino y no pudo salvar, el pájaro que recogí cuando chica y sí pude (con ayuda), el guarén negro y perfecto que una vez capturamos corriendo por el jardín (que no adoptamos por si acaso), los conejos del campo de un tío, los caballos que primera vez monté, y etc, y etc.

Todos esos animales tienen su propia presencia y yo estoy feliz de haber vivido (o estar viviendo) entre ellos.

En alguna parte leí que alguien le preguntaba a un sabio si los animales tenían alma. Él le contestó: “todos los que han mirado a uno a los ojos saben la respuesta”.

Y tiene razón.

Fauna en Arquitecto Sullivan – PARTE 2

Y luego vino el loro. Alguien se lo regaló a mi hermana cuando ella estaba en media. Yo todavía era chica (tengo 7 años menos) y estaba fascinada porque encontraba que era lo máximo tener a un loro que hablara, como en las películas, sólo que el loro no quería nada con nadie. Estaba todo el día dentro de su enorme jaula, saltando de un palo a otro y siempre enojado, intranquilo, descontento. Además, el pobre loro ni siquiera tenía nombre, pero sólo porque no nos poníamos de acuerdo en cómo ponerle (cosa que nos pasa bastante), así que quedó en “loro” porque, total igual ni nos miraba cuando lo llamábamos.

Desgraciadamente, aunque me agradaba el pájaro y le hablaba muchísimo (al principio, después me aburrí), yo tampoco fui buena para él, aunque no a propósito. Resulta que, en una tarde cualquiera, peleaba con mi mamá en el jardín porque no quería bañarme. Mi mamá me daba los medios argumentos para convencerme y así evitarse una pelea meramente física. Uno de ellos fue: todo el mundo se baña. ¿Todo el mundo, incluido el loro? le pregunté, apuntándolo, ya que él estaba justo ahí al lado, muy ad hoc a la situación. Sí! exclamó ella, con una enorme sonrisa y encantada de que se le hubiera hecho tan fácil: a los loros les encanta bañarse, a todos los animales les gusta jugar en el agua!!! Así me convenció y dejamos el tema pero yo me quedé pensando en él. Estaba feliz de tener un supuesto punto en común con el animalito y estaba deseosa de usarlo.

Así fue como, un par de días después, preocupada por el carácter del loro pensé, le voy a dar una sorpresa tan feliz, para que esté contento… así que CHUAZAM, lo agarré a manguerazos. El pobre loro, si era irritable, desde ahí quedó simplemente histérico. Justo estaba mi mamá al lado quien me retó porque no entendía qué estaba haciendo, pero cuando le conté le dio un poco de pena y hasta me mintió diciendo que no era tan terrible. Luego, por fin, al ser incapaces de darle felicidad, lo regalamos, al hijo de un señor que trabajaba con mi mamá. Después de un tiempo supimos que el pajarito allá era simplemente dichoso, que ya no vivía en la jaula (yo trataba de sacarlo y no estaba ni ahí, no es que nosotros lo hubiéramos querido encerrarlo) y que se pasaba todo el día posado en el hombro de su amo, mientras éste estudiaba. Me alegré mucho de que el loro fuera ahora un ser alegre como su color brillante, y además medio pirata, pero me quedé con la idea de ser totalmente incapaz de comunicarme con ellos, tanto que todavía no logro ni que me miren los de las tiendas de mascota.

De ahí pasaron algunos años sin animalitos, hasta que, cuando tenía 12 años luego de ir a una feria de los perros en la Estación Mapocho, logré convencer a mis papás de que compráramos un cocker spaniel. A mi papá le encantó la idea porque decía que de esa raza era la dama de “La dama y el vagabundo” y que tenía la nariz respingada igual que mi mamá. A mi mamá no le entusiasmaba mucho, principalmente porque siempre termina siendo ella quien se ocupa realmente de todos los animales, pero también aceptó y un día fuimos a buscarlo a una casa, era un cachorrito precioso, totalmente dorado y le pusimos Benito porque a mi papá le encanta el personaje de Benito en “Don Gato” (que es un gato, ojo).

Benito era un perro precioso y adorable. Mi mamá lo bañaba cada vez que le daban ganas y el perro dócilmente se entregaba, sólo para correr después a refregarse contra el barro lo antes posible. Además, cantaba conmigo. Yo le inventé una canción muy mamona que decía cosas que acá no repetiré, en notas muy altas y persistentes. Nos encantaba esa canción, tanto así que él aullaba cada vez que se la cantaba, y al final realmente era cantarla juntos. Además, viendo cómo aúllaba, aprendí a hacerlo yo también y así, hasta el día de hoy puedo hacer una imitiación muy pero muy respetable.

Además, Benito era mi compañero. No dormía conmigo (dormía con mi hermano chico, Pablo) pero íbamos juntos a comprar pan y a pasear. Lo mejor era cuando yo iba en patines, porque entonces él no se asfixiaba por yo no correr, sino que actuaba como un propulsor mío. Éramos un verdadero espectaculo y a veces las personas nos gritaban desde los autos.

Fuimos muy felices, hasta que un día, cuando ya tenía 4 años, lo cruzamos con la perra de una amiga de mi hermana y le cambió el carácter. Según mis papás se hizo “macho” pero era más que eso. Nunca he visto a un perro tan agresivo. Empezó a morder a todo el mundo, incluso niños, y llegó un día en que empezó a morderme a mí. Llegué a tenerle verdadero miedo pero mentía para protegerlo porque en mi casa ya nadie lo quería, y eso me daba mucha pena. Igual lo regalaron, pero sin decirme, a un señor que trabajaba con mi papá, cosa que me entristeció pero, al mismo tiempo, me alivió porque no quería ser yo quien tomara la decisión. Curiosamente luego supimos que al perro se le suavizó el carácter y parece que era muy feliz allá. Quizás porque habían muchas perritas. Y mucho después supe que lo habían atropellado y entonces lloré bastante, porque de verdad fue mi compañero pero me alegré de que, antes de morir, hubiera vivido momentos como los que vivió conmigo.

Simultáneo a Benito, tuvimos también unos peces, en un acuario que había en mi pieza. Era super bonito, pero demasiado ruidoso en la noche. Además, nunca cachábamos como alimentarlos. Eso sí, habían 2 peces que eran especialmente lujosos, gorditos, con una piel brillante como de gamuza. El macho era enorme, también se llamaba Benito (valga la rebundancia) y era azul. La hembra también era grande, pero no tanto, se llamaba Nyso (por una clave con mi prima Flora) y era roja. Con el tiempo ella empezó a botar huevos por todas partes y estuvimos muy estimulados pensando que tendríamos pececitos, pero nunca logramos entender bien el proceso, así que nunca funcionó.

El acuario también tenía un coral enorme. En él se escondían los peces chicos de los peces grandes, aunque no habían peces tan grandes, al principio. Luego, al volver de las vacaciones del ’94 me encontré con la sorpresota de que uno de los peces había crecido casi de forma mutante. El acuario estaba lleno de peces chicos, blancos y muertos, flotando. Fue horrible. Por último alguien podría haberlos sacado antes de que yo los viera. Los peces Benito y Nyso estaban vivos y radiantes, ni ahí con el resto, en su calidad de príncipes deslumbrantes y algunos otros pocos pececitos estaban escondidos, casi incrustados en el coral en su afán de invisibilidad.

Luego supimos que los peces tienen el corazón super débil y que mueren fácilmente de miedo, entonces no era todo culpa de pez grande, pero mi mamá igual decidió terminar con el asunto y tirarlo por el water. Fue triste pero también divertido, tragicómico en realidad. Otra vez tomó la decisión por mí porque yo no podía matarlo pero tampoco podía tener pececitos si morirían de miedo. Luego compramos más para rellenar pero cuando murieron los dos peces lujosos, el ’95, dejamos de preocuparnos de los pececitos (que ya eran muy pocos) y en cierto modo los dejamos morir. No fue una buena experiencia, en realidad para mí, pero no porque no hayan sido lindos sino que porque eran tan débiles y morían con tanta facilidad. Me sentía impotente con todas esas muertes y también con las vidas sin nacer, es decir, los huevos de la Nyso siempre cayendo y cayendo. No sé si alguna vez habrá habido algún animal tan obviamente fértil.

Afortunadamente, no tenía toda mi mente ni en los peces ni en el perro, porque a fines del ’94 apareció el canario más lindo que he visto en mi vida. Era un canario finísimo, escapado de una casa, completamente amarillo y saltaba alegre sin que lo pudiéramos agarrar. Queríamos obtenerlo a toda costa, no sólo porque era lindo, sino que porque, si no lo hacíamos nosotros, lo harían los diuques.

Mi nana tuvo la excelente idea de ponerse uno de esos guantes amarillos terapéuticos y empezar a jugar con él, como si su mano fuera otro canario. Simón cayó, porque así le pusimos cuando llegó a la casa. Presa de la excitación llamé a mi mamá, y ella compró una jaula a un precio módico. El canario era feliz en ella, y aunque veces lo soltábamos, no quería salir. Luego convencí a mi mamá de que le compráramos una polola. El vendedor de la tienda nos dijo que no era buena idea, porque si el canario era macho (como Simón), cantaría mucho más si estaba solo, pero nosotras preferíamos que fuera feliz y así compramos a la canaria. Era naranja y linda, pero no tanto como él. Luego agregamos a unas caturras, dos parejas, porque eran una ganga al lado de los canarios y nos sentíamos muy pudientes entonces, y así todos juntos tenían una verdadera sinfonía.

El Simón también cantaba conmigo. Cada vez que yo le decía alguna frase me contestaba con un simple, corto y directo: “pii”. Era impresionante, porque sólo lo hacía conmigo. Otras veces me encerraba con todos ellos en el patio de luz (estaban ahí para que no se los comieran los diuques) y cantábamos horas. O sea, yo cantaba y ellos me hacían coro de pajaritos. Era como ser la niña de las praderas, pero en versión camuflada. Lo pasábamos chancho, y yo amaba a todos los pájaros aunque Simón era mi favorito porque, además, él no me tenía ningún miedo y me dejaba tocarlo.

Los otros pájaros también eran interesantes. Había un pobre caturro azul que mataba a todas las caturras de ataque al corazón. Al principio yo no me daba cuenta porque mi mamá corría y corría a buscarle pololas iguales para que yo no cachara y llorara, pero luego de demasiadas muertes mi mamá se declaró en bancarrota y me dijo que ya no podía con más, así que quedaron sólo los dos caturros machos (porque también mató del corazón a la polola del otro). Lo que pasaba es que el pobre caturro azul tenía un sex appeal realmente deficiente. Todos observábamos cómo él se pasaba el día entero cambiándose de barra (había dos barras en la jaula) donde las pájaras y cómo ellas se pasaban, pacientemente, de vuelta a la otra. Era un movimiento seguro y perpetuo. El caturro era buenmozo, a mi parecer, pero igual no tenía éxito. No había acción para él. Yo no sabía que era tanto lo mal que le iba como para matar a sus parejas, pero parece que era demasiado horrible para ellas.

Un tiempo después, mi mamá en un ataque de inspiración, volvió a comprar dos caturras hembras y esta vez le funcionó. La caturra de él era realmente especial, comía de la mano cuando uno le daba comida, y se posaba en el hombro al salir de la jaula, como el loro mítico. Era increíble y mi prima Nicole gozaba tanto como yo y a veces venía a mi casa sólo para darle comida de la mano, pero todo eso se echó a perder cuando el gato que llegó después, del que todavía no hablo, creció y terminó con TODOS los pájaros. Todos, excepto el Simón, que era lejos el más inteligente, cosa que presencié, una tarde al llegar del colegio y ver al gato colgando de la jaula, y al Simón volando justo al centro, sin moverse para nada, como un picaflor que levitase. Eché al gato y consolé al Simón, pero él estaba imperturbable, como un pájaro zen, tanto así que seguía haciéndome “pii” a cada una de mis consternadas preguntas.

El gato significó el fin de todos los otros pájaros y era una pena, pero había que optar y al final preferí al gato. Gracias a Dios el Simón quedó libre de sus garras (eso sí me habría dado pena), pero el gato al final lo respetaba y hasta dejó de mirarlo de esa forma selvática, con tal que el Simón murió de viejo a una edad muy inusual para un canario, 6 años. Con mi mamá lo enterramos en el jardín, con el corazón inflamado de sentimiento. Era un canario realmente especial y querido y tenerlo había sido un verdadero privilegio. También era divertido porque cuando hacía frío y estaba resfriado, piaba con voz afónica y mi mamá, creativamente, molía aspirina y la ponía en su agua.

Por último, en esta tanda, estaba el gato. Le pusieron Matías, Cual y muchos otros nombres, pero en la casa era solamente el gato. Cuando lo presentábamos, era Cual, y gozábamos las caras de las personas.

Para mí fue amor a primera vista. Un día, cuando volví del colegio, en primero medio, estaba media dormida en la cama de mi mamá (en esa época todavía estaba creciendo y me pegaba unas siestas históricas) cuando la vi llegar, con mi hermano chico, que entonces tenía como 7 años, con un gatito enanísmo y amarillo. No habrá medido más de 15 centímetros. El gato maullaba desconcertado y triste, y mientras los otros iban a comer algo, lo tomé, y le hice una cunita con mis brazos. Me quedé dormida, entonces, de guata en la cama, con el pequeñísimo gato justo debajo de mi cara, entre el cubrecama y mi mejilla.

Un par de horas después desperté porque mi hermano chico estaba medio llorando, llamando al gato. Me desperté, un poco extrañada de mí misma, y le dije, acá está, y ahí estaba el gatito, hecho un ovillo, completamente entregado, durmiendo diminuto.

Para mí fue un gato realmente especial, aunque no siempre fue un gato pequeño. Luego creció para ser un verdadero macho cat, disponedor de una sola bola pero enorme, y responsable de que hayan, hasta hoy en día, manadas de gatos amarillos como él en mi barrio. No quisimos castrarlo porque decidimos que no queríamos quitarle el placer de su vida. Así, vimos al gato vivir en las épocas de romance como un herido en guerra, siempre peleando en el techo, siempre herido, siendo un gato vividor y un poco peligroso, flaquísimo, para luego en las épocas abstemias ser una cosa gorda y lozana, siempre exquisita, siempre ronroneadora.cual y yo

Original como era, se subía a la hamaca y se empujaba con el pie. También iba a buscar a mi hermano chico a la salida del callejón cada vez que volvía del colegio. Era el gato más choro, grande y sexy que he visto. Caminaba como si poseyera el universo entero, y aunque era anaranjada, su guata era blanca, como un secreto, pero un secreto hasta ahí nomás porque bastaba rozarlo para que se pusiera en automática posición de cariño. Dormía en las posiciones más divertidas de la Tierra. Era un gato muy estiloso y además nos ayudaba a mantener la línea porque, cada vez que alguien iba en la noche a la cocina, le mordía los pies y dolía bastante. Sin embargo, era un juego para él y también, al final, para nosotros.

Los mejores recuerdos que tengo de él no son tanto por las cosas inusuales que hacía o lo divertido que era, sino que por el cariño que daba. Por ahí estuve en una época pésima de mi vida, y aunque él no estaba siempre en la casa, entonces se la pasaba al lado mío; cuando me desvelaba, cuando escribía, cuando veía tele, cuando dormía, y llenaba los silencios, las heridas o las dudas con su presencia. Me miraba con esos ojos enormes y amarillos para luego ronronear de una forma casi estereofónica porque, de una forma suave e indiscutible, lo sabía todo. Y no fue sólo entonces cuando pasábamos horas tendidos durmiendo abrazados en el suelo junto a la estufa. No sé si podría decir algo más que eso pero fue trascendental para mí, porque el gato me causaba gracia siempre, e incluso en un tiempo en que pocas cosas lo hacían, sentía su cariño, su compañía y era realmente mucho. El gato iba y hacía su vida por el mundo, lo que era bueno para todos, pero luego siempre volvía, a veces hecho mierda, pero volvía, con su mirada magnética, siempre entregado a nosotros. Yo era muy feliz con sus vueltas porque la verdad es que yo lo amaba profundamente, tanto que era como si se llenaran las piezas cuando él entraba.

El problema es que el gato tampoco duró tanto. Llegó a la casa el ’96 y se murió el 2001. El carrete y las peleas lo tenían destruido. Estaba flaquísimo y tenía un olor horrible, como si se estuviera muriendo por dentro, pero no había ninguna posibilidad de meterlo a algún tratamiento porque justo coincidió con un período de vacas raquíticas y moribundas. Fue horrible tener que verlo morir cuando él había sido mi gallardo compañero, pero no había otra opción, así que lloraba a veces con él junto a la estufa. Además, aunque estaba realmente enfermo, igual siempre venía a la casa, a lamerse sus heridas y por eso pudimos aprovechar hasta el último momento.

Un día lo encontraron muerto a la entrada de mi callejón. Llevaba como 3 días fuera y venía de camino a la casa. Lo atropellaron, al parecer. Yo no lo vi pero mi hermano grande, quien lo encontró, sí, y lo fue a enterrar al lado del Mapocho con un amigo. No en la casa porque mi mamá tiene recelo de enterrar a animales muy grandes, por los bichos… La verdad es que lloré muchísimo y todavía lloro a veces cuando me acuerdo. También lloraron otras personas de la casa, aunque nadie tanto como yo… Es que más que llorar porque se haya muerto (es imposible que hoy no exista en alguna parte), me emociona profundamente esto de estar tan consciente de que fuimos tan pero tan felices y de que nos conocimos tanto.

Es por eso que todavía lagrimeo a veces cuando me acuerdo, porque es realmente extraordinario lo que puede acompañar y alegrar un ser vivo a otro, aún cuando no sea un ser humano… ese gato tenía alma y me siento muy feliz de haberla conocido, como también él desde su alguna parte…

Fauna en Arquitecto Sullivan – PARTE 1

He tenido la suerte de crecer llena de animales, dentro y fuera de mi casa, todos los que hemos podido tener. Por contar sólo con un jardín chico nunca han sido tan magníficos y lujosos como un perro siberiano o un golden retriever (el sueño dorado de mi familia), pero eso no nos ha impedido haber tenido la más variada gama de animales únicos, todos con su propia personalidad. Lo más entretenido y emocionante ha sido ver cómo cada uno de ellos es inconfundiblemente él mismo y al final tan poderoso como cualquier otro, incluso que los sueños de perros enormes. También ha sido lindo ver cómo las personas forman lazos con ellos, los defienden, los cuidan y los esconden de los niños cuando mueren (en este caso los papás). Yo les contaré cómo ha sido.

A mis 9 meses llegamos a vivir a esta calle. Antes de eso, mis dos hermanos grandes tuvieron muchos animales, que son míticos para mí: el pato que se lo comió el gato callejero, los polllitos que les regalaron para los cumpleaños, que luego fueron degollados por la puerta o, otra vez, el gato callejero; el beagle Panchito que se metía con ellos a la tina, y así sucesivamente, pero yo no conocí nunca a esos seres y tampoco fueron parte de la fauna de Arquitecto Sullivan, sino de Espoz.

Mi primera mascota llegó a mi casa cuando yo tenía unos 4 años y fue una tortuga que se llamaba Guillermina, como la de la Mafalda. Era mía y de mi hermano Ricardo, 4 años mayor que yo. No era un animal emocionante, pero a nosotros nos encantaba. Tratábamos de pintarle el caparazón con scripto y nuestra mamá nos retaba diciendo que las tortugas se ahogaban así, porque también respiraban por ahí. Era difícil resistirse a hacerlo, hasta que ella nos enseñó a contar la edad según las celditas que se notan dibujadas en el mismo caparazón. Entonces la Guillermina pasó a ser una obra de arte ambulante, siempre sólida y dura como la verdad misma, aunque en general imposible de acariciar por estar siempre escondida adentro. ¿Por qué hace eso, mamá? le preguntaba, ¿por qué se mete ahí todo el rato?, y ella me decía que porque era su casa. Era interesante la idea pero yo no entendía porqué nosotros no teníamos también una. También tenía unas ganas enormes de verla entera fuera de ella, y si hubiera sido un poco más de armas tomar quizá hasta le habría roto el caparazón pensando que podría después conseguirse otro, que los fabricaban en alguna parte. Por suerte no lo hice porque la verdad es que, pese a tanta tortura, la quería muchísimo y me sacaba hasta fotos poniéndola cerca de mi cara, siempre sonriente, siempre dulce, toda una niñita.

Lamentablemente, ella no estaba ni ahí con nosotros. Nunca estaba porque siempre ocupaba todo su tiempo en la tierra bajo el pino el jardín, haciendo hoyos y complejas excavaciones, siempre en el mismo exacto lugar. Ya ni siquiera nos amargábamos cuando se perdía porque ya sabíamos dónde buscar. Ahora recuerdo y supongo que quería escaparse. Un tarde cualquiera al fin lo logró. No pudimos encontrarla nunca debajo del pino, sin importar cuántos hoyos hiciéramos, pero no le di mayor pensamiento porque mi mamá dijo que las tortugas eran hacedoras de túneles secretos, como los enanos de los cuentos y que estaba feliz en su lugar soñado. Mi única pregunta fue porqué no había estado en su lugar soñado desde el principio. No había querido hacer a la tortuga huérfana e infeliz, pero con el tiempo lo olvidé, especialmente cuando llegó la siguiente mascota: la Pelusa.

La Pelusa era una gata nada de original y nada de simpática. Ella sí que no nos quería pese a que solamente la tiramos al aire (para ver si caía parada) en total unas 10 veces (y casi todas mi mamá). Pero ella tuvo muchos gatitos a lo largo de su vida. No perdía tiempo: tenía hasta 3 camadas de 6 gatos los primeros años, y nunca menos 2 de 4 los últimos. Según mi papá, tuvo 38 gatitos y según yo, 67, pero no creo que ninguno tenga el dato correcto. Y esos gatitos me hacían enormemente feliz.

A todos ellos les ponía los mismos nombres. En cada camada había un “Bobby”, un “Billy” y alguna “Micifuz”… me encantaban esos nombres porque eran como de película. Vivían con nosotros hasta que cumplían un mes y luego mi papá se los llevaba a la fábrica de cerámica que entonces tenía, y los regalaba. Él siempre se reía diciendo que era el terror de los ratones de Renca, y de más que tenga razón. De vez en cuando me llevaba con él a la fábrica y yo aprovechaba de chequear a los gatos ya crecidos, lejos lo más excitante para mí… Era rarísimo ver a gatos grandes, porque el único gato grande que conocía, era la Pelusa, quien me hacía heridas cada vez que la tocaba (rasguñones triples, con toda la garra) pero sus gatitos nunca fueron como ella, sino seres casi celestiales para mí.

Aunque la Pelusa era, sin duda, una gata arisca, amaba a mi mamá, y tenían una relación muy de la naturaleza, como hermanas en el hecho de que ambas fueran madres. Mi mamá algunas veces la ayudaba en los partos y luego me contaba, emocionada, todo el proceso de los gatitos saliendo en bolsas y luego la Pelusa limpiándolos. A veces incluso los tiraba desde afuera cuando los gatos estaban estancados en salir, pero nunca tuve oportunidad de verlo. Además, mi mamá tenía una paciencia de santa porque la Pelusa, casi cada vez que tenía a sus gatitos, desaparecía, para al día siguiente aparecer todos las crías en un cajón de ropa de mi hermana grande. A la Pelusa le encantaban esos cajones. Mi mamá los limpiaba pacientemente sin retarla nunca, pues consideraba que la gata seguía a su instinto maternal y luego los trasladaba a todos a la caja de cartón de rigor. Se mostraba siempre tan fascinada como yo, aunque ahora sospecho que su felicidad era más por gusto de ver la mía que por otra cosa.

48 Era sumamente emocionante todo el proceso. Mi mamá se pasaba fijando adónde iba la Pelusa cuando ya estaba gordísima, para prevenir el ensucie de ropa pero nunca la veía, aunque yo siempre, yendo furtiva por el lugar menos esperado. Tenía a los gatitos en el techo o en cualquier lado y luego los trasladaba uno a uno, con el hocico, al cajón de la ropa de mi hermana (nunca la mía). Yo miraba extasiada el espectáculo nocturno, la Pelusa recortada contra la noche con un gatito maullante y minúsculo tomado con los dientes, y casi siempre sabía que los iba a meter a la ropa, pero nunca decía nada y nunca lograba captar el momento exacto (que anhelaba secretamente capturar, razón por la cual no la acusaba). Era alucinante y lo único que me daba miedo era que se comiera a los gatitos pero mi mamá decía que no pasaría (mi papá que sí pero que con los gatitos enfermos), así que era libre para la aventura de encontrar a los gatitos ensangrentados, por estar recién nacidos, al abrir el cajón, lo que era el mejor regalo de navidad, pascua, o cumpleaños posible. Yo era intensamente feliz y creo que todos en mi casa eran felices por mí, incluso mi hermana que nunca alegó por su ropa pese a ser muy adolescente entonces. Además, creo que a todos nos hacían gracia los gatitos. Aún así nunca pude convencer a mis papás que me dejaran quedarme con alguno, pero igual yo estaba tranquila porque sabía que era parte del trato. Me sentía mucho más afortunada que otras personas que tenían gatos operados.

Lo cierto es que aprendimos tantas cosas con ellos, todos juntos, desde la naturaleza animal, hasta a echarles gotitas cuando tenían conjuntivitis, desde meter al gato más débil a a la hora del amamantar (que se quedaba afuera), hasta el aceptar la muerte cuando alguno venía muy mal parado. Aún así mis papás escondieron de mí la muerte de un solo gato muy favorito, el “Negro” (que fue el único negro completo de todos los que hubieron) que desapareció entre un día y otro cualquiera de colegio. Cuando les pregunté me dijeron que le habían encontrado una mejor casa, sólo que antes de tiempo, o algo así, y me extrañaba porque ya cachaba cuándo los gatos podían separarse de su mamá y cuando no (generalmente se iban apenas podían) y el Negro era muy chico, pero igual les creí. Años después supe que se había muerto justamente por ser el más negrito, de insolación, al ser verano y atraer tanto el sol (casi siempre estaban al sol, pero nunca a otro le pasó algo), pero lo único que sentí fue ternura de parte de toda mi familia al respecto. Además, mientras duró era un gato muy feliz. El más lindo de todos los que hubieron. Era espectacular.

Por otro lado, la Pelusa no sólo era una madre, era también un gato gracioso en movimiento y salvaje en instinto. Una tarde estuvo juguetando / forcejeando, a vista y presencia de todos, con un ratón, y mi nana llamó a mi mamá a su trabajo, chillando por el teléfono con que ella no se bajaba del piso de la cocina (cual película) hasta que ella viniera. Mis hermanos y yo éramos muy chicos así que se volvió altiro, pero no para horrorizarse, sino que para quitarle el ratón de su misma boca. Como dije, mi mamá y la gata eran hermanas en la naturaleza de una forma casi poética y se enfrentaban de igual a igual. El gato soltó algo parecido a un ladrido de perro, algo increíble que nunca más he escuchado ni de forma suavizada o parecida, pero al final dejó ir al ratón. Yo no sé cómo no mordió a mi mamá, quien tampoco estaba feliz con el suceso, pero consideraba que un gato al que sus hijos besaban no podía comer ratones… Un tiempecito después la Pelusa le dejó dos lauchas medias muertas sobre su almohada, como una forma de regalo pensamos, porque la amaba, o bien una forma de decirle que tuviera sus propios ratones y no le quitara los suyos. Era todo siempre muy divertido.

Al final la maternidad consumió a la pobre Pelusa, quien era un gato esquelético y oscuro. La Colorina, flamante gata de mi prima Flora, tenía 2 años más y era un modelo de juventud y flexibilidad, que daba gusto mirar, mientras la Pelusa se apagaba inexorablemente. La pobre gata duró solamente unos 7 o 8 años, toda mi época de colegio en primer ciclo y algo del segundo, pero por lo menos su vida fue harto más fecunda. Era un gato bastante heroico, aunque lejano. Quizá por eso no me acuerdo bien de qué pasó cuando murió, sólo que lloré por ella pero más por el símbolo de ella, o por deber que por ella misma. Aún así todavía le estoy inmensamente agradecida por haber aportado su vida a toda esta familia y por haber entrelazado a ella la suya propia.