¿El hombre casado sabe más bueno?

He aquí una historia particular, de algo muy llamativo que me pasó hace cerca de un mes.

Entonces estaba en Brasil, específicamente en Maresías, una playa de surfistas bacán, enmarcada por un bosque de esos maravillosos que hay por la zona y con mucho carrete. Allí había llegado sola, pero luego me había hecho una amiga chilena, y así es cómo las dos salimos a aprovechar el sábado, vestidas de fiesta, frondosas y expectantes bajo el clima tropical.

No pasó mucho antes de que conociéramos a un par de austríacos, que se instalaron con nosotras en el bar del hostal. Para ser sincera, yo los había visto antes, en la calle, y uno de ellos, Remy, me había gustado. Mi amiga estaba más bien apañándome, como también su amigo, por lo que no pasó mucho antes de desaparecieran del plano, una vez hecha la magia, y que entonces sobreviniera entre Remy y yo un nervioso silencio, de esos que son hondos y promisorios y sensuales.

El austríaco y yo nos quedamos juntos, conversando con la serenidad controlada que tienen los jugadores de póker, pareciendo casuales pero apenas empezando el juego, sin revelar nada, aunque los dos sabiéndolo. Él era inteligente, carismático, guapo, dulce, y tenía cierto rastrojo de tristeza en la mirada, y aunque al principio exageró un poco enumerando sus méritos personales, como un animal decidido que ha de mostrar sus encantos, a mí me pareció atractivo. Así que lo dejé invitarme unas cervezas más y que, paulatinamente, sus piernas se acercaran a las mías, entrelazándose, y sus manos cubrieran las que yo tengo, como si no se diera cuenta, nos diéramos cuenta, de lo que estaba pasando, hablando entremedio de todo lo que se habla en ese tipo de situaciones: los sueños, los viajes, las esperanzas, el cielo y las estrellas, y los ojos de una, “los más lindos que he visto”.

Por supuesto, el sábado no terminó allí. Un amor nuevo es intenso y aventurero, y no se acaba por convenciones relativas a las horas de sueño. Así que proseguimos la velada en la disco de moda donde, además de conversar, zapateamos con la banda del lugar, dando la vida en la pista de baile, y transformándonos en ello. Remy, todo europeo y formal, tenía una camisa blanca, abrochada hasta el cuello, que fue perdiendo botones a lo largo de la noche, para aliviar el calor nacido de tanto bailoteo, mientras yo tenía unos tacos que también fueron desechados, para quedarme solo con el mero vaivén de mis pies desnudos, pisando tierra, y arena y hojas, y hasta algún pedazo de vidrio molido… todo siendo cada vez más como un remolino de colores, una nube de felicidad tropical, cada vez más y más alegre y promisorio.

¡Ah, qué buen ojo había tenido con Remy!, me felicité a mí misma… los pasos de baile, el tema interminable, la suavidad… Habíamos conectado y la verdad es que yo estaba contenta. Era de esas noches inesperadas que se avecinan mágicas y que se despliegan revelando todo tipo de sorpresas.

Pero la sorpresa que Remy desplegó para mí, resultó ser mayor que cualquiera que yo hubiera imaginado. Porque resulta que el austríaco… estaba casado.

¡Remy! ¡Casado! ¡Remy estaba casado!

Remy estaba casado.

Tal vez fui inocente, pero no lo vi venir, así que cuando me lo contó, me quedé de una pieza. Era bastante joven (34), y no tenía anillo, aunque la verdad es que no me fijé hasta que me lo dijo. Supongo que porque di por hecho que, un tipo que es tan directo en lo que quiere, y que además invierte de esa manera – tiempo y plata – en una mujer… es porque no tiene a otra más en el plano.

Pero Remy sí la tenía, y me lo dijo justo cuando empezaba a ponerse realmente cariñoso, como delegándome a mí la responsabilidad del tema, mientras seguía tomándome de la mano y me miraba a los ojos, tan adentro que daba miedo. Me llamó la atención que más que caliente, como uno imaginaría que alguien sería en tales ocasiones, fue tierno… pero no tierno de esa manera cliché en que alguien cuenta historias tristes sobre su incomprendido matrimonio, sino que de una manera simplemente abierta, buscadora de contacto humano, sin mayores explicaciones ni excusas. Después de todo, había puesto todas las cartas sobre la mesa, y no eran cartas convenientes para su persona.

Fue muy llamativo, por decir lo menos.

Tal vez deba agregar, para quien quiera un poco de contexto, que Remy se había casado a los 20, tenía 34, y que no sugirió jamás de modo alguno que fuese infeliz con su señora. Y que tenían juntos un hijo de 8 años.

Y que, por supuesto, todo eso me convertía en la otra.

Así de violentas pueden ser este tipo de situaciones

¡Dios! ¡La otra! Qué horror. Ah… la situación fue tan extrema y surrealista, aunque a la vez curiosamente serena, dotada de cierta adulta tranquilidad. Remy pareció decepcionado cuando le dije que estaba soltera, supongo que porque así yo estaba más expuesta a lo que podía ser de nosotros, y teníamos menos licencia ilícita, por decirlo de algún modo, más jerarquía y menos igualdad de motivos. Entonces me miró con la ternura de quien mira a un compañero de aventuras que sabe que retrocederá, aunque por buenas razones… un compañero, tal vez sexualizado y – para él – atractivo, pero compañero, a final de cuentas, solo un acompañante casual en el camino y en la buena onda.

Aún así, esperaba mi respuesta. Parecía valer la pena para él, de todos modos, pero yo me quedé bastante callada. Es que por mi mente zumbaban un montón de pensamientos, que colapsaron temporalmente el sistema comunicacional de su servidora y me vi absorta en ellos.

Los primeros tuvieron que ver con mi propia persona, no la suya, algo común en situaciones impactantes como ésta y en criaturas egocéntricas como somos los seres humanos. “¿Será mi culpa?”, me pregunté, con cierto horror inusitado. “¿Por qué vine a atraer a alguien así? ¿Qué hay en mí que podía causar esa impresión en alguien?”, proseguí. En algún momento hasta me reproché a mí misma, con tono irritado, pero después decidí no sentirme culpable: no tenía cómo saber que era casado. No tenía anillo. No era mi culpa no saber pensar como una espía, buscando pistas, adelantando cosas. Era simplemente yo, una mujer cualquiera (no cualquiera jaja) bailando por el trópico en una noche de verano. Una mujer inocente. Así que, luego de un rato, me saqué de la silla de acusados y me dejé ir en mi conciencia.

Ya resuelto el tema mío, mis pensamientos se fueron a Remy y a cómo él vería la vida. ¿Qué buscará en ella, le significarán algo ese tipo de cosas? Lo dudaba, la verdad. Más bien creo que era como esos señores antiguos, que pueden tener aventuras por el mundo sin dejar de querer a su mujer y sin dejar de sinceramente apreciar, siempre que no se meta demasiado en su vida, a la otra: Remy no mostraba ninguna culpa. Me había dicho expresamente que yo le gustaba y me había sugerido romance, mientras hablaba de ella y mientras sus manos cubrían – desde antes – las mías. Y fue horroroso y fascinante al mismo tiempo.

Que no se me malinterprete: cuando digo que fue fascinante, no me refiero a que lo que pasó me gustara, a que yo me sintiera más especial o más mujer que la que él estaba omitiendo (y traicionando), por el solo hecho de estar yo en ese momento existiendo frente a su mirada. No me refiero a que, por esas circunstancias sintiera que Remy me hubiera “elegido” o algo por el estilo, lo que habría sido ingenuo, por decir lo menos… sino más bien a que no pude hacer más que mantener mi propia mirada fija en la suya, con el modo hipnotizado de quien observa a un edificio derrumbarse, o a un puente caer, totalmente inmersa en el momento, que me fue tan – y sé que ya lo he dicho varias veces – absolutamente impresionante. En cierto modo esperaba que la cara suya de pronto también se cayera, como esos edificios o puentes, solo porque lo que estaba pasando me parecía tan increíble. ¿Cómo iba a ser cierto que estuviera casado? No podía ser. Tenía que ser una broma, y en cualquier momento me lo diría y nos reiríamos de ello, claro que sí, eso tenía que ser, eso lo explicaba todo…

Pero Remy no se rió. Se mantuvo serio e incólume, y no hubo temblor alguno en él, sino que incluso cierta inusitada suavidad en medio de la imperturbabilidad de su decisión, sin retroceder, sin dudar, sin mirar atrás, completamente seguro de querer lo que estaba sugiriendo y de las ramificaciones secundarias que implicaba, total y completamente consciente de la situación. “¿Cómo sería ser de esa manera?”, me pregunté cuando me di cuenta de que iba en serio: No lo sabía, no podía saber. “¿Por qué buscaba a otras mujeres?”, quise preguntarle a él, pero no supe cómo. “¿Acaso no era feliz, le faltaba alguna cosa, o era solo por diversión?” Qué se yo. “¿Quería ser yo una más de la lista?” No. “¿Lo censuraba?” Me di cuenta de que tampoco. A final de cuentas, eran sus decisiones, su derecho de elegir, y no era mi responsabilidad enseñarle a ser fiel, como tampoco conocía su vida, ni sus motivos: Remy era simplemente quien era, como todos en el mundo. Y un romance pasajero era todo lo que tenía para ofreceme, y fue muy claro en ello, y en cierto modo lo respeté por eso.

Pero lo que ofrecía no era suficiente para mí, y tampoco podía dejar de pensar en ella, y, aunque no conociera la verdadera vida del austríaco ni fuera responsable de él… sí me conocía a mí misma y le debía responsabilidad a mi propia persona. Y no quería ser la amiga de un hombre casado. No quería ser yo la otra. No era quién yo era. Por ende, retrocedí.

Así que, lo dejé ir, yéndome yo misma del lugar, con mucha prestancia y bastante educación, e incluso con cierta delicadeza. Como si la situación también fuera normal para mí, pese a que sé que él supo que no lo era, por la – al fin – culposa mirada que me dirigió, con ojos de cordero degollado al despedirme y partir. Sin él.

Y no me fue tan fácil en la práctica como en la teoría, tal vez deba admitir, aunque haya tenido éxito en ello. Una cosa era no querer quedármelo, por así decirlo, y otra era que el austríaco me pasara desapercibido en el proceso, porque no fue así: su piel brillaba, y olía a verano, y tenía una risa graciosa y el don del habla. Me había causado cierta emoción, sí… pero estaba casado, y eso lo cambiaba todo. Me costó solo unos minutos hacerme la idea. A los 30 años, ya se tiene cierta práctica. Uno ha dejado de luchar contra dragones invisibles. Es mejor tener las cosas claras desde el principio, porque además hay mucha gente que sí vale la pena. Empezando por uno mismo.

Pero – y esto es lo que me intriga – eso no le pasa a todo el mundo. Y podría no haberme importado. Podría haber estado con él igual, aceptando las circunstancias y disfrutando el momento, y haber callado para siempre al respecto. Nadie habría sabido, su familia europea literalmente a miles de kilómetros de distancia y yo libre en mi soltería, libre como el viento. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, es un dicho que puede ser odioso, pero que también es cierto, que puede funcionar y servir con matemática precisión.

Y yo incluso podría haberlo justificado: no era la primera a quien intentaba conquistar, ni tampoco la última, y eso en cierto modo me hacía inofensiva y anónima. “No le estoy quitando nada a nadie”, podría haber argumentado a aquel interlocutor invisible, ese que siempre está ahí mirando. No a su señora, al menos, porque si Remy no me hubiera encontrado a mí, sin duda habría encontrado a otra, así que qué. La noche encantadora, sí, lo fue, pero cuando se trabaja por ello muchas noches lo son. Dudo que haya sido así porque yo fuese tan imprescindible: habría sucedido con o sin mí. Sin embargo, claro, es muy fácil pensar así, y lavarse las manos de las cosas, decidir que nunca nada es culpa de uno.

La experiencia que tuve me empujó a hacerme tantas preguntas: ¿Qué pensarán otros cuando viven lo que yo estoy viví? ¿Qué pensará Remy? ¿Por qué sucede lo que sucede? ¿Qué es lo que ocurre realmente en el interior del corazón humano? ¿Somos realmente monógamos? No según la fisiología (leer “El hombre desnudo”, de Desmond Morris), y no según la historia: la familia nuclear existe hace pocos siglos, y desde hace muy poco se espera que los cónyuges sean fieles. Además, en algunos lugares aún se aprecia la poligamia, y eso hablando solo de lo que legamente se acepta, no de lo que realmente sucede. En tal caso, ¿no era solo natural verse inclinada a ese tipo de encuentros? ¿Por qué entonces, retrocedí? Tuve toda la privacidad para experimentar lo que quisiera, y yo lo hice de todas formas. ¿Acaso yo era antinatural?

No realmente. Solo fui formada de otra manera. Tuve otros principios y lo natural para mí era seguirlos. Visto de manera meramente biológica, no eran principios demasiado inteligentes, porque van contracasado 8 lo que deberíamos esperar que hiciera el instinto de supervivencia en una especie viva, anulando los encuentros que pudieran potencialmente prolongar tal especie, en un mundo que lo necesitara. Pero hoy día tenemos otras prioridades. El mundo ya está poblado y parece ser más importante cuidar el sentimiento que la biología. Hay más instinto de autoconservación emocional, que de conservación global de la raza, creo yo: Ya no somos solo animales, aunque a mí me encantan los animales.

Yo no me arrepiento de la malograda experiencia con el casado, porque me enseñó cosas. Me hizo conocerme mejor a mí misma, y también pensar en los demás… preguntarme por qué toman las decisiones que uno no toma, por qué sí (cuando lo hacen), dónde está la línea divisoria, qué pasa cuando uno elige, por qué algunos decidimos ser de una manera y otros de otra… cuán cerca estuve de ser esa mujer casual, aún sin saberlo. Todas esas cosas me impresionan mucho y me conmueven también.

También hacen que cada vez sea menos proclive a juzgar a los demás. Cuando uno se ve inmerso en los vaivenes más reales de la vida, uno se da cuenta de que solemos caricaturizar a quienes los viven, desde afuera. Pero en la situación del infiel, no hay dos energías puras del lujurioso y el necesitado, del gozador y la gozadora, el pecador y la tentadora, o de cualquiera de las ecuaciones que podamos imaginar: hay seres humanos. Por ende, nunca estamos tan lejos de ello. Podría, en cierto contexto, en ciertas circunstancias, en la cultura adecuada, pasarle a cualquiera de nosotros. Acercarse a esa realidad, por así decirlo, aunque sea por accidente, permite entenderlo mejor, por mucho – y válido – que no sea lo que uno quiera elegir para sí mismo. Aunque otros lo eligen.

Tal vez deba agregar como última cosa y en honor a la verdad, que mi abandono del lugar igual no fue inmediato. Entre que Remy me dijo que estaba casado y entre que yo me borré, pasaron entre 10 y 20 minutos. Es que me sentí ingenua. Tuve pudor de parecer tan inocente, tan lejana a lo que es una chica de mundo, por lo que reprimí mi impulso de irme en estampida. ¿No son graciosas las cosas que nos preocupan a las personas? ¿Qué me importaba? Bien, injustificado y absurdo, lo hacía, así que demoré algunas palabras, dilaté el asunto, seguí siendo simpática, y solo después, – cuando pensé que mi impresión había pasado desapercibida – inventé la excusa absurda de rigor para partir… aunque antes no pude evitar preguntarle, con fingido espanto (fingido, pero a la vez no) si él siempre “buscaba mujeres” (jeje), a lo que me contestó con cara de ofendido que solo había salido a “acompañar a su amigo” (que había desaparecido millones de horas atrás) y que entonces “había surgido esto”. Plop.  Las pinzas, jaja (es un poco tragicómico, admitámoslo) (aprende a mentir).

casado 9Ojo con que el pudor que sentí, no solo fue por mi propia persona, sino que también por el contexto en donde estoy inmersa: ¡es que no me había dado cuenta de que ya estaba en una edad en que ese tipo de cosas pueden pasar! Ya que, vamos, si hubiera tenido 18 no habría sido tan así, o al menos no con tanta facilidad (creo yo, solo puedo imaginar): Resulta que había venido a ser parte de los adultos hace rato ya, y que recién venía a darme cuenta, ¿cómo alguien puede ser tan distraída? ¿Cómo pudo impresionarme tanto? Qué vergüenza haber sido tan transparente. La verdad es que no tuve mundo a la hora de afrontar la situación, aunque lo aprendí rápidamente. Qué vergüenza ser tan transparente a los 30 años, no imaginarse las cosas, no venir asuntos como estos venir, aunque, insisto, él no tenía anillo (pero de haber tenido, tal vez yo no lo habría visto).

Aunque tal vez sea lindo sentir así y seguir conservando cierta inocencia.

Espero que estas experiencias no dejen una huella en mí. Este Remy se veía como el tipo menos traicionero, más fiable del mundo, ¿irá el hombre con quien me case – de hacerlo – hacerme lo mismo a mí?

Jamás podré saberlo con seguridad. Solo me quedará confiar. Nadie, nunca, puede controlar realmente al otro, aunque crea que lo hace y aunque el otro ayude a creerlo, tanto como nadie puede controlarlo a uno mismo. Y, cuando ocurren las infidelidades, nacen de quien las comete, no de quien es engañado, aunque las cosas sean de dos y haya quienes en cierta forma insten a ello (en algunos casos).

Es fácil de graficar, porque todos lo hemos visto… cómo el infiel busca dónde “jugar”, sin importarle demasiado si la pareja está en un buen o mal momento, es simpático o no, lindo o no, a veces incluso coqueteando con alguien más en su presencia (me estoy yendo al extremo, pero también sucede). Muchos recordamos la aventura que tuvo Hugh Grant con esa prostituta no muy agraciada, mientras estaba de novio con la Elizabeth Hurley, a quien conocía desde hacía años, y quien además es lindísima, y esto porque la infidelidad ocurrirá más allá del control personal de uno, de los méritos propios. La infidelidad, por irónico que sea, a final de cuentas ni siquiera es personal, porque puede pasarle a cualquiera y muchas personas lo vivirán sin merecerlo. O sin siquiera saberlo.

Así que mejor cruzar los dedos, y esperar que el destino me tenga reservado a un hombre de los que cumplen.

La historia de Orok Nikita

A Orok Nikita lo conocí en Morro do Sao Paulo, en febrero del 2004. Era una noche cualquiera de mi mochileo cuando coincidimos en la playa en justo casi el mismo punto bajo las estrellas. Luego de una breve introducción y de cachar que compartíamos ciertos gustos, nos dirigimos a alguna improvisada fiesta. Él hacía renacuajos y bailes exóticos de toda moda y de todo tipo, moviéndose como una salamandra. Era divertido y pelacable como todos quienes estábamos ahí, un grupo bastante amplio, pero causaba una gracia especial por su particular aspecto; alto, moreno, guapo, y muy ruso, de músculos bien marcados, rondando los 30 años. Así, pese a la cantidad de extranjeros se diferenciaba del resto, y como igual iba moviéndose libre por el trópico playero, era estimulante de ver.

En otra de las noches me contó su historia: Cuando cumplió 18 años viajó por primera vez, a Brasil, por un trabajo periodístico voluntario, para aficionados sin el título. Luego le gustó tanto viajar que nunca dejó de hacerlo: en ello estaba su vida. Ese verano, 12 años después de su primer viaje, había vuelto precisamente a su primer destino: Brasil y toda su maravilla exuberante. Se sentía radiante y se le notaba.

A esas alturas, Nikita era una enciclopedia de conocimientos vistos a compartir, y hubo uno de ellos que me impresionó especialmente. Algunos años antes, había viajado a Isla de Pascua. Allá, unos nativos le ofrecieron unas drogas que nunca antes había probado, y aceptó. Luego, ya poseído por ellas empezó a ver visiones. Había una de cierto animal mitológico que se repetía y se repetía. Él no le dio mucha importancia porque pensó que era un tipo de alucinación, aunque el animal se repetía en su mente junto a un tipo de planta, también muy específico, una y otra vez.

pascuaA Orok le brillaron los ojos de emoción y respeto cuando terminó su anécdota diciendo, que al día siguiente de ello, cuando le contaron la historia del lugar y le mostraron un libro con su religión y mitología, vio en él una ilustración exacta al animal que había visto en su mente, y a la planta que lo acompañaba… ¿Cómo era posible que los hubiera visto, si nunca antes los había conocido? ¿Acaso su mente había capturado una realidad sutil, pero oculta a la mirada diaria, gracias a esa droga? ¿Acaso esos seres existían realmente en algún plano? No lo sabía, pero sentía que había entrado a un territorio demasiado sincronizado, demasiado significativo, demasiado bello. Y, al escuchar su historia, yo sentí lo mismo.

Hay quienes han estudiado que las drogas llevan a estados no comunes a la percepción diaria, pero que existen. A esos estados se puede y debe llegar a través de mucha meditación y mucha elevación espiritual, porque vivirlos sin la preparación y conciencia adecuada puede volver a la gente loca, adicta y enferma. Eso último es lo que pasa cuando se hace a través de las drogas, que vienen a ser pasadizos ocultos para llegar a tales estados, de forma antinatural y sin las condiciones necesarias… pero en donde igual podemos ver, por un instante, maravillas que según estos estudios existen realmente.

Mirando aún más allá, son increíbles la cantidad de secretos y de belleza que hay… como el mismo Shakespeare dijo, a través de Romeo: “Horacio, hay muchas más cosas en el mundo que en toda tu filosofía” (o algo así).

También es alucinante ver lo que son la comunicación y las conexiones, pues la historia de alguien que nació en Rusia, pero que estuvo entonces en Isla de Pascua, fue contada en Brasil a alguien chileno como la Isla pero de América y no Oceanía… como pasa con los conocimientos que le pertenecen al mundo y cuyo intercambio mantiene unido.

Orok y yo nunca más nos vimos desde esa noche, pero yo me llevé conmigo su experiencia.

Marcelinho

A Marcelinho lo conocí en Trancoso, Brasil, durante un tropical atardecer, en febrero del 2004. Yo andaba mochileando y él vivía ahí.

Era tarde y aunque yo había venido de Arraial, en donde estaba alojando, con un amplio grupo de amigos, en ese entonces estaba completamente sola y distraída mirando el mar, desde el borde de una meseta que caía como un precipicio hacia ese azul oceánico anticipado de mucho verde. Estaba fascinada y completamente ida.

Fue entonces cuando en medio de mi silencio y desde la oscuridad, se me apareció este personaje, tincudo y moreno, armado de una sonrisa tan blanca que bien podría haber hecho de linterna. Se parecía a la del gato de “Alicia en un país de las maravillas”. Se me sentó al lado y, sin decirnos nada, vimos cómo se ponía el sol. Luego me preguntó, muy sonriente, en un portugués que no podría reproducir, y con muchas señas, si quería que me enseñara Capoeira. Dudando bastante de mis habilidades de contorsionista acepté, pero sólo porque mi espíritu de aventura era mayor que mi sentido de la humillación. Así pasamos varios minutos zamarreando con patadas y mortales el aire, él con destreza absoluta y yo como una feliz y orgullosa pre-principiante. Marcelinho se agarraba de la cabeza, horrorizado de mi performance, retándome y riéndose, e intentaba mejorarme, hablándome del fondo espiritual, de la conexión, del sentimiento de toda esta danza, para que yo lo sintiera… pero aunque mi mente lo entendía, mi cuerpo no se daba por aludido y seguía golpeando con torpeza el aire. Al final nos dimos por perdida en el tema y fuimos a caminar por otros lados, cansados y contentos.

“Un personaje alegre, este Marcelinho”, me dije, pero a medida que caía la noche nos conocíamos mejor y perdía esa condición de superhéroe para ir mostrando rasgos humanos. Marcelinho también tenía sus heridas, por mucha pinta que tirara y por mucha condición de bailarín que tuviera. Lo supe cuando, ya sentados afuera de un bar y con guitarra prestada, me cantó canciones que había inventado, y aunque yo no decía mucho (el choque de idiomas nos tenía cómodos callados) él igual de vez en cuando rompía ese silencio para explicarme porqué había escrito tal o cual y para contarme los motivos ocultos. En esas canciones había de todo: amor, odio, vida, muerte. También habían violencia y asesinatos. Drogas y violaciones… No era una vida tan bailarina y tropical la de Marcelinho. Aún así sus canciones tenían una melodía fascinante, y un espíritu que ha hecho que tenga pegadas una de ellas hasta este preciso momento. Eran puras y sensibles, sobrevivientes a cualquier maltrato.

Picada por la curiosidad y aprovechando mi condición temporal en su vida, luego de un rato, le pregunté porqué se resignaba a vivir así, escribiendo de un mundo que le dolía. Él me dijo que las canciones eran una manera de suavizar ese dolor y de proteger la alegría. Era feliz, me dijo. Sólo había una sola cosa que lo hacía triste. “¿Cuál es?” le pregunté. “Que no puedo hacer lo que más me gusta en la vida”. “¿Y qué es lo que más te gusta en la vida?” inquirí. “Enseñar Capoeira”, me contestó. “Pero si me enseñaste a mí”, le respondí sonriendo muy encantadoramente, y fue entonces cuando él me contó su propia tragedia:

A los 17 años tenía una vida oscura y desastrosa y entonces alguna especie de gurú lo inició en la Capoeira. Esta danza no sólo era movimiento, sino también salud y rito. Tenía orígenes en lugares que ahora no recuerdo. Orígenes poderosos, al parecer. Ayudado por ella, Marcelinho se salvó, y fue cambiando su vida. Empezó a ser cada vez más y más bueno en esta danza, tanto así que le pagaban para que la bailara. Fue después de un tiempo cuando le ofrecieron un trabajo bacán en Argentina, en donde podría perfeccionarse, al mismo tiempo que hacer cursos. Era mucha plata y una enorme oportunidad. Un ticket a la comodidad y al éxito.

trancoso2 Igual Marcelinho no quería irse; su única familia era su mamá, estaba vieja y no quería dejarla sola: él era lo único que tenía. Pero ella insistió y él se fue, sólo para a la vuelta descubrir que la había atropellado una micro y que se había muerto. Sola. Desde entonces, Marcelinho nunca más había bailado Capoeira. Al menos, no oficialmente. Sentía que era un insulto contra su mamá, porque por ella (la Capoeira) la había abandonado justo cuando más lo necesitaba. Y no lo había sabido. Ni había podido estar ahí. Marcelinho había cometido el pecado horrible de andar bailando por el mundo con su mamá muerta, sin ni siquiera saberlo. Le consumía el remordimiento y la pena y estaba dispuesto a cualquier cosa para responder a ella, incluído el quitarse a sí mismo su mayor alegría: el baile y todas sus flamantes puertas.

Igual después con el tiempo, había intentado volver al baile (esto había sido un año antes), porque entendió que su mamá no habría querido que, además de perderla a ella, perdiera eso, pero igual lo sentía todo manchado. Todo se la recordaba. Sentía que por culpa del baile él se había sentido glorioso y que por ello Dios había querido que lo perdiera todo. Por soñar. Y ahora estaba huérfano de todo.

Qué oscura visión, pensé, un poco mareada, pero luego lo miraba y veía que él seguía sonriendo. Me tranquilicé recordando que alguien que escribe esas canciones y que vive así no puede estar toda su vida encerrado en una idea tan suicida. Los sueños y la pasión son más fuertes y lo empujarían fuera de esa autocondena… Igual me dio una tristeza enorme, y tuve ganas de poder darle algo, pero vi que no podía hacer más que estar ahí, celebrar sus canciones y continuar el momento. Era todo lo que él y yo necesitábamos, además. Creo que estábamos conformes.

Luego nos separamos contentos, y quedamos en juntarnos esa noche en Arraial, pero como llovía torrencialmente, se cerraron las fiestas y en vez pasé el carrete con unos israelitas y una amiga, echando la talla y persiguiendo cangrejos por la playa mojada. Nunca más lo vi, pero me imagino que él está bien, como yo lo estoy, y como todos lo estamos en nuestras diferentes vidas, con nuestras diferentes perspectivas, fortalezas y debilidades. Tenía una sonrisa increíble y una forma muy vergonzosa de dedicar canciones que lo hacía adorable y que me hace recordarlo con cierto cariño, aunque con más cariño recuerdo su verdad. Y su canción, la cual estoy segura de que, si algún día logro tener una banda musical, haré tan pero tan famosa que él mismo la escuchará por su radio en Trancoso. Y entonces recordaremos.

'