Los estragos de la ignorancia

Una vez, cuando chica, leí en alguna parte que la inclinación del eje terrestre era una consecuencia de la maldad del hombre, que había terminado por desbalancear todo el planeta, y que nos hacía tener los días contados de forma inevitable.

Entonces, me sentí paralizada de terror y además impotente. No tuve adónde escapar en mi mente. Lloré días enteros y luego usé toda la fuerza de mi represión para sepultarlo en algún lugar de mi cabeza, al que por supuesto evité volver. Es que si era cierto, además de horroroso era inevitable, y entonces me convenía no sufrirlo con anticipación.

Varios años después, en un ramo que tomé de Ecología, supe que tal inclinación, ¡es justamente la que permite la vida! Ya que, de no existir, al rotar el planeta completamente de frente al sol y sin oportunidad de ir repartiéndose el calor, el lado adónde éste pega directamente, ¡estaría completamente desértico! Los mismos trópicos (de Cáncer y de Capricornio) ya están copados de desierto por un sol que, gracias a la inclinación del eje, sólo les llega directamente la mitad del año. Dicho sea de paso, esto mismo explica porqué el Ecuador tiene tanta selva: es ahí adonde el sol está llega en su proporción más protegida y ordenada (y a los polos adonde menos llega). Esta maravillosa “descompensación” es, en definitiva, la causante de que existan las estaciones, el equilibrio y la vida como la conocemos, a final de cuentas.

Así fue cómo, en esta clase de Ecología, no sólo aprendí de cómo la inclinación del eje salva de una caliente destrucción (acompañada de un frío, igual de destructor, en las otras áreas), sino que de cómo la ignorancia me había hecho sufrir por algo que ¡era tan deseable como perfecto! y de lo de que, de paso, no éramos culpables, sino que más bien benditos. Aprendí a la vez cómo esta ignorancia ¡sí que era algo de lo que ocuparse! Mucho más que la inclinación del eje terrestre, o que el obligarse a reprimir información equivocada con respecto a éste, para sufrir menos, ¡sobre algo que nunca fue verdad!

Realmente la ignorancia puede causar estragos. De haberme desesperado, teniendo el poder, y la edad suficientes, podría haber hecho cualquier cosa para “vivir esos últimos años” en felicidad evasiva y ultra carreteada, o qué sé yo. No en vano el viejo Honoré de Balzac dijo que la ignorancia es la madre de todos los crímenes. Porque ese sí que es un tema serio, y a mi parecer la verdadera raíz de los problemas: lo negativo que vemos afuera manifestarse no son más que síntomas de esa ignorancia, y del miedo con el que suele arrastrarnos.

De todas formas, no todo es como uno se imagina. He aquí cómo es realmente la Tierra en cuanto a gravedad. Y aún estamos vivitos y coleando sobre ella:

 

Y ésta es una foto de la Tierra en su color real.
Y, por último, ya que estamos en esto, una foto de ella de noche.
¡¡Qué linda es!!

FAN DE LAS MATEMÁTICAS

A mí me encantan las matemáticas. Me parecen tan claras y tan entretenidas, si se las aplica en la vida diaria… Todo puede predecirse y entenderse y eso siempre me ha dado, no sólo cierta noción de control, sino que también de diversión.

Desde muy chica, aprendí a usarlas con destreza, como un cuchillo. Aprendí a amarlas como un modo de amar a la precisión: porque las matemáticas no mentían, y eso me daba seguridad. Además de seguridad, vi que podían darme creatividad, por abrir más perspectivas para mirar al mundo. Con ellas, se podía jugar. Dar vuelta las cosas. Expandir la mirada.

Algo que hacía – y que todavía hago – era ordenar la plata en unidades específicas, usando como moneda de cambio Coca Colas Lights, o CDs para grabar, o cualquier cosa que comprara frecuentemente. Al ser un valor que entendía bien, también entendía cómo una Coca Cola Light de 1.5 litros (considerando que valiera 800 pesos) significaba casi 8 viajes en transporte público con mi pase escolar, o cómo esa chaqueta nueva significaba 30 de esas Coca Colas. Muy, muy gráfico. Sé que mucha gente hace lo mismo con paquetes de cigarro. Como se ve, no soy la única que ama a las matemáticas.

Y es que con ellas, no sólo se puede descifrar el asunto monetario, sino que cualquier otro… fechas, kilómetros, edificios, incluso estadística: todos son lugares amistosos a los que entrar. Con ellas se puede tallar cualquier cosa que a uno se le ocurra, usándolas como esa veraz y poderosa herramienta que es. Da luz a otros matices y además es indiscutible.

Todo esto, además de revelador, siempre me ha resultado placentero. Me ha causado gracia. Me ha causado tanta gracia que invertí en varios cumpleaños pedir de regalo una calculadora de esas power, para hacer más rápido los procesos, y digo varios años, porque con tanto uso no me duraban demasiado y como esto pasaba tenía que cubrir el reemplazo.
Esos cumpleaños incluyeron a algunos muy adolescentes que debieron haberme dotado de chapitas de colores, ropa a la moda del último grito, pósters del galán de la teleserie, o cualquier cosa menos la calculadora: pero, como dije, me causaba gracia y eso era suficiente para mí (además, no exageremos, tampoco era lo único que me llegaba para mis cumpleaños).

Esta pasión hacia las matemáticas a veces me ha abierto ventanas de complicidad arrebatada y compartida, con otros entusiastas, con el gozo evidente de cuando dos personas están viendo lo mismo. En el 2002 fue una de las mejores ocasiones. Estaba con mi amiga Kika, carreteando por la vida, y después de quedarnos pegadas horas en un bar decidimos partir a la ex Eve, a partuzear y a hacerle al dancing como Dios manda. Para cuando llegamos, ya eran las 4 de la mañana, pero entramos de todas formas, sin considerarlo demasiado, porque el entusiasmo aquella noche estaba a cargo de nuestros pies.


Y he ahí que la Kika y yo figurábamos apoyadas sobre esa baranda que mira desde el segundo piso hacia la pista de baile del primero. Estábamos simplemente mirando a la gente, muy tranquilas, y tomándonos todo el tiempo del mundo para bajar a bailar, aunque la música estaba espectacular. Entonces yo, distraídamente, me puse a analizar el asunto en voz alta con ella, diciendo algo así como: “A ver: si cada canción dura, en promedio, unos 3:30 minutos, pero la ponen unos 3 minutos para dejarle sólo la parte más movida… y la hora nos salió… 4 lucas (porque entramos a las 4 y cerraban a las 5, y eso valía la entrada)… emm… cada canción nos sale… ¡¡200 pesos!!

“¡¡Kika, vamos a bailar, que nos está saliendo 200 pesos la canción!!” (imagínese esto vociferado, y con cara de fingido terror).

Mi amiga, luego de dedicarme una mirada horrorizada (no por el precio de las canciones, sino que por escuchar un análisis como ése en medio de una fiesta), soltó la carcajada – a ella también le gustan las matemáticas – , con los ojos redondos exclamó “¡¡es cierto!!”, y partimos sopladas como dos rayos al dancing.

Pd: Quise usar para ilustrar alguna foto del Mago de las Matemáticas de la película “The Phantom Tollbooth”, pero no lo encontré en ninguna parte. Dicho sea de paso, ¡recomiendo esa película! Aunque tiene por lo menos 50 años y es difícil de conseguir. Lo que sí encontré fue la película completa (bonus track):

FAN DE SEBASTIÁN ERRÁZURIZ

El año pasado aluciné con Sebastián Errázuriz. Uno de los conciertos a los que me había abonado en el Municipal (con el clásico bono de estudiantes), empezó con un trabajo suyo, Historia del tiempo. Fue una sorpresa para mí, ya que no estaba indicado desde antes. Me encantó que fuera creado por una mente joven y además chilena, y también me encantó que la orquesta del Municipal lo ejecutara. Sentí que Chile estaba protegiendo a sus artistas.

El mismo Sebastián Errázuriz explicó su obra antes de ser tocada. Sencillo, directo, espontáneo y sonriente, con un aspecto como el de Mozart en la película Amadeus, aunque algo más serio, y moreno. Alegre. Contó que la había escrito inspirado en el libro de Stephen Hawking, del mismo nombre, y que cuenta de la historia del universo, desde el Big Bang hasta el Big Crunch. Que se lo había imaginado todo y luego lo había transformado a música.

Cabe decir que el Big Crunch es aquella teoría que dice que todo lo que empezó en un punto condensado de energía, volverá a serlo. Es decir, que este universo en expansión, en algún momento dejará de expandirse para detenerse y luego retroceder hasta el principio, como un latido, podría decirse: el latido vital (así justamente lo imaginan las viejas teorías religiosas/orientales y también algunos científicos). Sin embargo, el que el universo llegue al Big Crunch depende de su masa inicial: si no hay suficiente de ella, no se provoca suficiente gravedad (atracción) como para luego atraerse lo que se necesita para lograrlo (la masa causa esta gravedad).

El punto aquí es que las muy últimas investigaciones han concluido que a este universo no le toca Big Crunch, sino que simplemente expandirse para siempre, hasta ser una mesa congelada y paralizada, y aunque yo no la dictaminaría como definitiva, éso es lo que está en boga y supone ser indiscutible, al menos según mis recientes conocimientos sobre astronomía. Entonces, la obra de Errázuriz estaba, desde el punto de vista científico, basada en algo erróneo.

El estar al tanto de esto no aminoró para mí la fuerza de este arte desplegado. Yo volé. La obra fue cortita, y emotiva, y muy entretenida de imaginar, y más tarde, en el interludio del concierto (compuesto de varias obras de distintos autores), me tocó ver al compositor conversando con otros dos estudiantes. Como estaban muy cómodos y riéndose, decidí acercarme. Entonces lo felicité, y agregué sonriendo, aguafiestas pero con la mejor intención (o quizá simplemente ganas de copuchentear): “pucha, no quiero ser mala onda, pero por si acaso, los últimos descubrimientos van contra todo el tema del Big Crunch”. Él me miró a la cara y me contestó, sonriendo: “¡Síii, ya había cachado!, ¡y estos dos vinieron a decirme lo mismo!” (eran estudiantes de Astronomía), con tal que se rieron otra vez, pero entonces yo con ellos, y luego hasta nos quedamos conversando, todos juntos, un rato más.

La verdad es que lo encontré adorable, porque además de ser genial, era aterrizado y simpático, y eso es algo que siempre se aprecia y que a veces cuesta encontrar en los artistas. Se nota que le interesa el mundo, tanto que de hecho ahora está por lanzar Viento blanco, una ópera sobre Antuco, en un par de días más, para la cual ya compré entradas. No sé cómo será, pero estoy dispuesta a cachar: Yo también protejo a los artistas, en especial si son buenos, y en especial si tienen empatía, y si pueden así compartir, no sólo su talento, sino que también la emoción profunda que logra que éste pueda realmente significar algo.

FAN DE LA ASTRONOMÍA

Hace un par de días tuve el gozo de ver en la Revista Mujer una entrevista al astrónomo argentino Dante Minniti, y digo gozo porque el año pasado tomé con él un ramo de astronomía en la universidad, y fue ¡de las mejores experiencias que he tenido allí!, por lo que me encantó encontrármelo publicado, y así recordarla.

A mí siempre me gustó la astronomía, pero tomarla con él acrecentó mi amor hacia ella. No sólo fue siempre capaz de contestar a cualquier pregunta, sino que también de ampliarla, de modo tan claro y espectacular, que la mente parecía expandirse a la velocidad del universo mismo. Además, le interesaba lo que pensábamos y era capaz de abrir su mente a cualquier respuesta.

En una de las primeras clases, cuando hizo un resumen de la historia del universo hasta ahora, preguntó cómo imaginábamos que sería el futuro y nosotros contestamos absolutamente de todo, desde viajes espaciales hasta personas que leían la mente y Dante simplemente anotó todo en el pizarrón, sin censurar a nadie. Además, ponía puntos por traer noticias a clases, y fue buscándolas como me di cuenta de que en realidad la astronomía sí era una ciencia en claro desarrollo, ya que siempre habían muchas. No sé si fue porque se suspendieron los viajes (con naves habitadas) a la luna o qué, pero antes de eso yo tenía la impresión de que se había vuelto una ciencia más bien teórica, de que no había pasado nada muy nuevo.

Pero no. El profesor Minniti no sólo nos enseñaba de lo más básico, sino que mostraba los nuevos descubrimientos astronómicos (con fotos incluidas), videos con las simulaciones sobre cómo se deposita con seguridad un aparato que saque fotos en planetas cercanos (los airbag son el secreto para no ser destruidos al caer), como también sobre toda clase de información complementaria que él tenía gracias a sus propios estudios y relaciones con la NASA y a su propio – como bien dice en su entrevista – estar enamorado de la astronomía. Porque el hombre simplemente irradiaba cuando hablaba, y eso era evidente. Una vez en clases acompañó a las ilustraciones de cuerpos celestes con la canción de Pink Floyd, Shine on, you crazy diamond, aludiendo implícitamente a ellos y empapándolo todo de su romance. Y no olvidemos aquella vez en que, para mostrarnos cuánto debía elevarse uno en un salto normal en la luna, intentó realmente graficarlo en una deportiva y colosal demostración, saltando muy, pero muy alto (en talla, claro). El hombre realmente se divertía (y, dado lo que leí en la entrevista, aún lo hace).

Gran parte de lo que Minniti enseñaba podía aplicarse a la vida diaria. Aprendimos cómo medir grados en la bóveda celeste usando cosas que tendríamos a disposición, como nuestras manos. Un pulgar, 2 grados. Un puño, 10. Una mano completamente abierta, 20. Eso convertía al universo en algo que uno podía realmente aprehender de alguna forma, o incluso escuchar: En una de las clases más emocionantes a las que he ido en mi vida se puso a hablar de cómo se puede analizar a una estrella, en cuanto a su edad, masa y materiales, según cómo suena en onda de radio. Acto seguido y para ilustrar, puso cómo sonaban ¡tres de ellas! El sol, una de las de Alpha Centauro (que de lejos se ven como una, pero en realidad son tres) y otra más que no me acuerdo (una gigante roja). Y se oyó como si latieran.

Ah, fue tan espectacular… Nos dejó mudos. Eran tan distintas unas de otras, pero su ritmo seguía siendo constante, como pequeños fetos escuchados por ultrasonido, con la diferencia de que en vez de ser guaguas eran estrellas calientes. Yo creí que lloraría de pura reverencia. Es de las cosas más hermosas que he presenciado jamás. Sentí que se nos había dado a probar parte de un elíxir prohibido, que se nos había desnudado la cálida intimidad de habitantes galácticos del universo. Sentí, como nunca creí que podría sentir, que el interior de una estrella sí podía ser igual al interior de un corazón humano. Así fue, al menos, cómo lo escuché…

Yo quedé tan flechada del asunto, que empecé a ir a las charlas de astronomía fuera de la universidad. Una de ellas, en la ESO, la hizo el mismo Minniti y se trataba, justamente, sobre el descubrimiento de los nuevos planetas. Ahí me llamó mucho la atención ver cómo en el lugar no habían sólo astrónomos o estudiantes dedicados, sino que también amateurs como yo, y también muchos pero muchos niños. Sus papás los habían llevado para que aprendieran del tema. Supongo que ellos también estaban enamorados del asunto y querían compartir con los niños esa belleza.

Ahí me tocó ver algo interesante, que recalcó mi percepción sobre cómo Minniti es, a final de cuentas, un científico: siempre con la mente abierta. Alguien preguntó por las posibilidades de vida en otros planetas dentro de este Sistema Solar, y cuando él dijo que no era posible, el que preguntó cuestionó la definición sobre lo que era “vida”. Ahí fue cuando vi cómo Minniti, sin sentirse ni atacado ni nada parecido, simplemente contestó, como quien ayuda a resolver un acertijo, algo así cómo: “claro, si otros compuestos como el azufre o (no me acuerdo cuál) evolucionan como los que nos conforman a nosotros, sí que podría haberla”.

Pocas veces me pareció que la ciencia fuese algo tan libre. No tenía tendencias antropocéntricas. No tenía limitaciones. Y todo lo que tocaba rebosaba de posibilidades.

Ya a finales del semestre, fuimos en grupos pequeños al observatorio de Santa Martina y allí pudimos ver cosas tan sorprendentes como Saturno con sus anillos, cúmulos de estrellas lejanas (por morir y por nacer), y también la luna desde muy, muy cerca. Escudriñando la esfera celeste sentimos que escudriñábamos el alma del ser, y en vez de sentirnos más pequeños, nos sentimos más grandes.

Ir al observatorio fue muy bueno para mí, porque debo admitir que hubo varios momentos, durante el ramo, en que me sentí ahogada y mareada ante tanta inmensidad, hasta llegar a angustiarme – bastante – en ocasiones… pero a la hora de simplemente contemplarla, como fue en Santa Martina, todo pasó a ser paz, todo pasó a ser armonía. Fue algo que más que pensarse, se sintió, aunque haya sido abrumador también… era la potencialidad misma de la belleza.

Ese sentimiento nos hizo cómplices entre los alumnos (y el ayudante: allí no fue Minniti), maravillándonos en conjunto, y conversando embalados de eso, en una helada noche de viernes, que para mí fue el mejor carrete del semestre. Ahí estábamos, abrigados hasta la punta de los dedos, motivados y expectantes. El universo no sólo se dejaba ver, sino que nos contestaba con su paz, y también con su alegría. Fue tan fuerte, que recuerdo que cuando llegué a mi casa, tipo 11:30 de la noche, me sentía tan llena por dentro que, pese a tener una fiestaza buenísima, me quedé simplemente en mi cama, soñando (con los ojos abiertos, y bueno, después con los ojos cerrados). Quería ayudar a que ese sentimiento se quedara en mí el mayor tiempo posible… pero tal vez no era necesario, ya que todavía lo recuerdo.

Para terminar el semestre, siguiendo la línea de convertir en práctico lo teórico, Minitti de examen final ofreció varios experimentos que podían hacerse desde lo cotidiano. Observación de meteoritos, algo con la hora en que sale y se pone el sol, etcétera. Con unos compañeros (los trabajos eran grupales) elegimos el que tenía que ver con la curvatura de la Tierra, y es que, gracias a ella, midiendo la sombra en dos lugares separados por un número respetable de kilómetros, se puede medir el perímetro del planeta. Esto fue bastante fácil (aunque, un amigo que se manejaba más, hizo gratuitamente la mayor parte del trabajo) y tuvo una exactitud sorprendente (la diferencia entre el perímetro obtenido por nosotros y el establecido era mínima, y además se esperaba por factores que sería muy largo nombrar acá) y lo mejor fue el poder aprender sobre cosas tan grandiosas con elementos tan pequeños, y darse cuenta de que realmente la mente puede viajar, y encontrar respuestas acertadas, si uno encuentra los canales apropiados.

Yo aluciné. Y sigo alucinando. Y una de las cosas que más me gusta de salir de Santiago es que allí se puede ver – y sentir – el gran cielo estrellado… Sólo que hoy, cuando lo miro, sé mucho más de él que antes… lo que me parece muy natural, porque me imagino que es lo que uno quiere cuando ama a algo: conocerlo, y adentrarse en sus profundidades, hasta llevarlo dentro de uno mismo. Y si no ha podido lograrse, seguir intentando y mientras… sentirlo.

Porque sintiendo muchas veces se llega al camino.

Blow my mind

Tenía sólo unos 5 años cuando me amigué con la oscuridad.

Era Concón, en enero de 1987. Mi hermano grande y yo compartíamos una pieza en la playa, y a la hora de dormir él apagó todas las luces cercanas y cerró la puerta, viendo por primera vez yo una oscuridad absoluta, que aunque lloré en contra, mi calidad de hermana chica la convertía en una imposición irrevocable.

En mi concentrado e irritante llanto, creí incluso que mi hermano gozaba, de esa forma maliciosa pero cuidadosa en la que gozan los hermanos grandes cuando molestan a las chicas… pero entonces él me sorprendió diciéndome, en el tono más didáctico posible para sus 9 años y con la suavidad de quien comparte un secreto: “Oye, pero no llores po…”, y la olla de oro: “Fíjate bien, que la oscuridad nunca es completa… uno siempre puede ver figuritas de colores….”, y ante mi sollozada incapacidad para encontrarlos, “Siempre se ven, pero si aprietas los ojos va a ser más fácil… y después vas a poder verlas sin arrugarlos”…

¡Y así era en verdad! Pequeñas figuritas de colores que muchos años después supe que sucedían por la estructura del ojo mismo y el líquido que lo baña, pero que aún así me ahorraron muchas ocasiones de llanto ya que el consuelo persiguió a mis ojos, y ellos siempre estuvieron conmigo, otorgándome lucecitas aún en las noches más oscuras, de ser buscadas.

Y eso no fue lo único que mi hermano me dijo entonces. También me habló de un zumbido que uno siempre podía escuchar, aún en el silencio más profundo y que me hizo ver que, tanto como no había oscuridad completa, tampoco había ese tipo de silencio. Y así no sólo me hizo sentir protegida, sino que también abrió mi mente: El mundo era algo amplio en lo que convenía fijarse, porque en general había mucho más de lo que uno ve a simple vista… Con paciencia uno podía no confundirse, y dejar de temer cosas a las que uno había temido sin ni siquiera haberse detenido a mirarlas… como la oscuridad.

… Años después leí en una revista científica que los colores en la ya tan mencionada oscuridad no es que no se vean, ¡sino que no están! (una forma innovadora de exponerlo), como también leí que ese zumbido distante que siempre puede escucharse, ¡es el eco del Big Bang!… y desde entonces puedo pasear por los lados más oscuros con la tranquilidad e intuición de un gato, sabiendo que en lo oscuro está lo mismo que en lo claro, y que el mundo es tan amplio y maravilloso que en el día diario uno puede oír lo que fue el origen, hace ya millones de años.

Pero, gracias a mi hermano, me paseo con la gracia de quien sabe eso ya desde los 5 años.

 

¡Mundo, aquí vengo yo!

Siempre nos han dicho que hay que tener éxito en la vida, en todo lo que uno se proponga, y también en general. A veces es difícil determinar tal éxito, porque uno no sabe bien qué está buscando y hasta dónde se quiere llegar, y hay ocasiones en que uno no sabe si todavía “ganó la pelea”, o sólo está disfrutando avances previos, o tal vez recuperando fuerzas… pero el fracaso… el fracaso siempre es inconfundible.

Antes yo pensaba que el terror al fracaso era algo que le imponía a uno la otra gente, en un intento bienintencionado pero estresante y probablemente malhecho de asustarnos para creer que así nos obligarían a triunfar… pero hace algunos días, viendo un programa de Discovery Channel, me di cuenta de que es el cuerpo de uno quien no quiere, no quiere fracasar, y por ello cuando pasa provoca todo tipo de reacciones desagradables.

Algunas de esas reacciones son el súbito cansancio, que hace que uno se de cuenta exactamente de cuán cansados están los músculos en todas partes. A eso se le suma el dolor de estómago, el estrés que se siente en la sangre, e incluso la inmovilización, algo que sólo nos ocurre a nosotros y a los reptiles. Pero, lo más importante, es esa sensación aterradora y punzante que se luego clava en el hipotálamo, guardando toda la experiencia como un solo recuerdo de gran tristeza, lo suficientemente desgarradora y profunda como para que uno nunca se arriesgue a repetirla. “No fracases otra vez”, es como si el cuerpo dijera.

Es comprensible tal reacción de parte de seres que siguen viviendo de formas tribales, compitiendo por el alimento y viviendo permanentemente en peligro, pero no tan comprensible para nosotros. Es cierto que a la ciudad se le ha llamado la jungla moderna, por el nuevo tipo de violencia en medio de la cual vivimos, y que todavía y quizá siempre viviremos con un poco de peligro, pero en la sociedad de hoy no es necesario ni conveniente tener esa reacción tan fulminante, pues la paralización y el terror no sólo no nos salvan de inexistentes pedradores, sino que además nos dificultan bastante el seguir adelante y con una renovada actitud renaudar la aventura, la misma que a largo plazo puede convertir a tal jungla en algo muy maravilloso, y dentro de ella, nuestras propias vidas.

Considerando que el concepto de fracaso y de triunfo en este programa fue medido sólo en base de quiénes ganaban ciertas competencias muy puntuales, podemos darnos cuenta que no conviene escuchar al cuerpo en esos momentos, de ser posible, ya que el verdadero éxito en la vida es algo mucho más global, que a veces se alimenta incluso de esas pequeñas pérdidas. Agregando a esto que el éxito no siempre es lo mismo para todas las personas, y que lo que buscamos puede cambiar, queda bastante claro que asustarse como un animal no es la opción a seguir, aunque el cuerpo entero pueda inclinarse a eso, porque ese fracaso puede convertirse en victoria, y porque se necesita tesón ya que probablemente se perderán varias veces antes de ganar.

Recordando que los ganadores, a pesar de a veces quedar aporreados, terminaban siempre bien, cargados de adrenalina y de endorfinas alegres, por estar borrachos de su victoria, propongo que, por dentro, siempre intentemos sentirnos como ganadores, incluso en medio de los temporales fracasos… porque aunque en ese momento lo sintamos como una mentira, con un buen plan y convenciendo al cuerpo, podremos volver al juego con toda la biología a favor, lo cual, según lo que vimos, ¡es decir bastante!

Hormiguitas

Ahora que se acercan el otoño y el invierno, mi casa está llena de hormigas. Corren desesperadas llevándose todo lo que encuentran, hasta los productos más sospechosos y pareciera que la casa fuera de ellas. La cocina, el baño, las baldosas del jardín e incluso la comida del gato estallan de hormigas en las horas peak, que hay que gentilmente remover y en el caso último hacerlo rápidamente ante los maullidos quejosos del remilgado felino, si no queremos que muera de desnutrición.

La verdad es que no sólo trabajan mucho, sino que también dan bastante trabajo.

Cuando chica yo no lo veía así, sino que más bien me enorgullecía. Es cierto que eran ellas quienes afaenaban y yo quien corría en traje de baño por la casa, pero encontraba que eran el ejemplo de la organización y del trabajo y me sentía afortunada de verlas en acción, contagiada de su pericia. Fue tanta mi vinculación con los bichitos que una vez incluso vacié un azucarero sobre el hormiguero que tenían en una baldosa rota del jardín. Pensé que les hacía un favor, que ya no tendrían que matarse trabajando como chinas (o como hormigas, jaja) y que podrían entonces vacacionar alegremente, como yo lo hacía, pero después de hacerlo no las vi ni en pintura… hasta mucho tiempo más. Se desaparecieron sin nunca darme el placer de llevarse el azúcar como esas caravanas estilosas que aparecen todavía en los dibujos animados antiguos. Ninguno de sus cuerpos negros contrastó con la blancura, y entonces yo no pude entender tanto desagradecimiento, menos cuando me pasaba vigilando lo que se suponía sería un espectáculo.

Fue entonces la primera vez que supe lo que era la ingratitud, y después de días de espera, boté el azúcar, con toda la amargura que puede sentir una niñita. Sólo mucho tiempo después me di cuenta de que no había sido nada personal, y que incluso era posible que las hubiera matado sin querer… pero para ser sincera nunca supe porqué no se llevaron el azúcar (quizás las sobreabastecí), aunque claramente, ya lo superé y ahora sólo me queda un pintoresco y estrafalario recuerdo, un recuerdo incluso alegre.

… Hoy las veo pasear por los recodos de mi casa y me divierte pensar que probablemente he visto generaciones y generaciones, sin notarlo. Todas iguales, todas siempre trabajando, casi ajenas al tiempo. Hoy ya no se me permite dejarlas ser cuando se sobrepasan, y menos “ayudarlas”, pero cada vez que tengo que despejar territorios (como acabo de hacer) las miro con la dulzura de quien agradece a quien devuelve retazos de la infancia.

Después de todo, si el suceso del azucarero al final no las liquidó, fui yo la responsable de gran parte de su prosperidad y, con ello, de su descendencia.

¿Cuál es el problema de la gente?

Todavía no puedo creer que el proyecto Pascua Lama haya sido aprobado. Aunque este proyecto logra extraer reservas de oro y plata, que están bajo algunos glaciales importantes del norte chileno (también en la región argentina), y aunque puede dar trabajo a mucha gente, lo cierto es que su ejecución provocará un desastre mayor ecológico en toda la zona del Valle del Huasco, un desastre mucho más duradero y real que toda la plata que pueda llegarnos de esto, y sobretodo un desastre mucho más valórico.

Todos los que lo han escuchado lo saben, pero los medios se han ocupado de tener este asunto tan importante bastante fuera de la conciencia pública, pues lo mencionan con bastante brevedad y recordando siempre que se tomarán medidas y restricciones al hacerlo, así medio disfrazándolo… pero tales precauciones probablemente no ayudarán nada al lado de lo que dañará el proyecto de forma global, porque además lo que se hará ahora, nunca se ha hecho antes, así que nadie puede predecir realmente qué pasará. Son sólo experimentos y a costa de nuestro

país y de su propia abrumadora salud y belleza, y experimentos que, además, nunca otorgan resultados demasiado claros a nosotros los chilenos, en el sentido de que nunca se dice qué se hará exactamente con toda esa riqueza que tan cara nos va a costar… mucho más de lo que vale.

Todo esto de Pascua Lama tiene tantas fallas a largo plazo, y es tan obvio el daño que provocará que me dan ganas de vomitar (excúsenme mis amables lectores). Encuentro retorcido, ignorante y poco visionario que se ejecute este asunto que herirá a las futuras generaciones (y también a las presentes) de una forma en que la plata nunca podría sanar ni menos validarla, pero al parecer los que tienen el poder, en su mayoría, o al menos los que toman las decisiones finales, siguen sin ver más allá de su nariz, priorizando a la generación vigente y sin siquiera mirar lo que todo esto significa a largo plazo.

Yo estoy realmente indignada. ¿Cómo pueden las personas hacer decisiones tan importantes, y a nombre de todos, si no capturan ni la mitad del cuadro completo? O quizá sí lo hacen, y se dan cuenta, pero no les importa, y eso justificaría bastante la poca información que se maneja en el común de la gente al respecto. Así que, en conclusión, o no entienden nada, o no les importa, y ambas opciones me parecen horrorosas.

Por favor, quienes tengan poder al respecto, hagan algo. Yo seguiré haciendo lo que pueda. No podemos permitirnos perder la esperanza… porque si, esta vez no alcanzamos, tiene que ser la próxima, ya que es probable que, mientras no nos impongamos, sigan inventando hacer este tipo de barbaridades… por comodidad y falta de visión principalmente, no una maldad intencionada como sería a veces mejor creer.

La otra opción es esperar a la evolución de la conciencia, pero podría ser demasiado arriesgado, y venir cuando ya no haya nada más que defender.

 

 

Pequeña ironía

Es tan raro pensar que, bajo la piel, uno siempre está mojado, de sangre, linfa, y toda clase de fluidos… y que aún así, uno se sienta seco.

Excepto cuando se está desangrando, y justo entonces, cuando se siente afuera, empapado, como es adentro, es cuando se puede morir…

Coraje que da la certeza!!

Siempre creí que, el que Galileo Galilei fuera excomulgado por decir que la Tierra, y no el Sol, era el centro del Sistema Solar. había sido una petulancia sin nombre, una incapacidad de aceptar que los hombres no éramos el centro de todo.

Hasta me parecía divertido, imaginar a la Iglesia furiosa por estar sujeta a un Dios que no les había advertido que, el ser los “reyes de la creación”, no incluía posición preferencial entre los astros.Sin embargo, hoy, al hojear un librito, “Newton para principiantes”, supe que, lo que pasó realmente, fue que, cuando la Iglesia, poder absoluto de entonces, tuvo reservas sobre las ideas de Galileo, como él no podía comprobarlas ¡desafió a la Iglesia a demostrar lo contrario!

¡Qué cojones los suyos! Me reí hasta en voz alta. Toda la razón que lo condenaran.

Creo que si yo hubiera sido uno de ellos, en esa época y con esa mentalidad, yo también lo habría hecho.

 

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