Cómo lo supe

La primera vez que supe realmente cómo se hacían los niños, tenía como unos 5 años. Creo que nunca había preguntado del tema, a excepción de una vez en que, recién leyendo, y hojeando una Mafalda, vi que Miguelito había nacido de un repollo, y lo encontré rarísimo, pero no me acuerdo qué me contestaron mis papás con respecto a eso. Tampoco sé si me interesaba. Yo hacía muchas preguntas y no siempre me fijaba en las respuestas. A veces las hacía solamente por decir algo, llamar la atención o molestar.

Fue entonces, en una tarde cualquiera de mis 5 años, cuando mi prima de 7 y yo jugábamos en la salida de autos de mi casa. Acababa de llover y nosotras hacíamos correr las hojas caídas por el agua que bajaba por los costados de la calle, imaginando que eran barcos navegando por un río enorme. Moldeábamos esas hojas tratando de darle forma y estábamos muy concentradas en la infraestructura de los barquitos cuando a ella se le ocurrió contarme el famoso chiste del Walkie – Talkie.

Para mí es el chiste más conocido de la Tierra, pero quizás sea por esta misma experiencia mía, así que lo repetiré, muy en su idea (me refiero a que sin gracia para los chistes, porque desgraciadamente no la tengo jeje), para que se entienda lo que quiero contar:

Era un señor que tenía un hijo que no cachaba nada y que era súper tímido. A ese hijo le gustaba la más linda de todas las mujeres, pero no se la podía con ella. Entonces su papá compra unos walkie-talkies (acordémonos de que entonces no había celulares) a través del cual dirige al hijo en cada encuentro romántico, desde la primera salida. Tiene tanto éxito que el hijo se casa con ella. Entonces, en la noche de bodas, el hijo otra vez NO TIENE IDEA QUÉ HACER y llama a su papá. Él, discreto, le da indirectas e indirectas pero el cabro no cacha nada… hasta que el papá le dice, desesperado, métele lo que tú y yo tenemos… ¡y le mete el celular!

Ahora igual me da risa el chiste, pero entonces no tenía idea de qué estaba hablando mi prima. Así que la miré con los ojos más redondos de la tierra mientras ella se reía histéricamente (a mi parecer) y me pegaba codazos que me hacían doler las costillas. Cuando terminó con su fiesta personal, que me tenía bastante aburrida, le dije “No entiendo”. “¿No entiendo qué?”, me preguntó. “El chiste, poh”, le dije muy seria, pero también bastante ida porque la situación era tan curiosa e incomprensible para mí que ya no estaba realmente adentro. No estaba ni ahí.

Mi prima me miró como si nunca me hubiera visto antes, examinando todas las expresiones de mi cara, y entonces cachó que el problema de mi no entender el chiste no era por un detalle cualquiera sino que porque yo no sabía nada de nada. “¿ACASO NO SABES NADA DE…?” (no me acuerdo cómo lo dijo) exclamó horrorizada, a la vez que terriblemente complacida. No, dije yo, indiferente. Así que ella, fascinada saber más que yo, me lo contó TODO (o sea, todo lo que puede saber alguien de 7 años). Yo escuché toda su explicación y me pareció bastante lógica, pero no entendí porqué los hombres tenían que ser más altos que las mujeres. Tampoco tuve ningún sentimiento malo ni repulsivo, aunque en ese momento me fue muy curioso pensar que toda la gente que existía hubiera nacido de algo así… Es que me parecía rarísimo que algo que nunca había visto fuera causante de todas las vidas, y tampoco sabía cómo imaginármelo, pero al final supuse que la “gente grande” sabría cómo lo haría, que yo no lo era todavía, y no era mi tema, así que lo dejé en paz, no sin antes lograr reírme del chiste tanto como ella (aunque todavía no lo tenía muy claro, la verdad).

Hoy me acuerdo de toda la escena y me da una ternura enorme. Mi prima dándose aires de grandeza con un infantilismo tan obvio y a la vez tan dulce. Me parece increíble y tan estimulante esa actitud de seguridad con respecto a un tema que casi siempre es complicado, a tan corta edad y sin realmente saber tampoco nada. Encontré bacán esa posición canchera hacia la vida. La verdad es que me hizo reír muchísimo.

Además, aunque entonces me sentí un poco tonta, yo no tenía cómo haber sabido, porque, aunque en mi casa se habla de las cosas, el tema todavía no se había tocado (supongo que mis papás nunca pensaron que tan chica estaría tan bien informada) y yo ni siquiera sabía que existía como para preguntarlo… pero yo me alegro mucho de que me lo haya contado ella (quien por lo demás también me contó la verdad sobre el Viejito Pascuero, el Ratón de los Dientes de Leche y el Conejito) porque además de que así fue más cómodo, mi prima nunca me dio un visto malo o me transmitió una sensación de asquerosidad o vergüenza, y así, mi primera sensación con respecto a todo el tema del sexo fue risa, risa y más risa (además de impresión) y compañerismo. Algo de lo que se puede hablar y de lo que, ya lo dije, se puede reír. Algo natural y no terrible. Supongo que lo que pasó fue que mi prima transmitió en sus explicaciones toda su propia pureza e ingenuidad. Era todo un juego para nosotras y para ella, aunque actuara como si no, claramente también era una gran interrogante.

Fue algún tiempo después, cuando yo tenía 10 años y mi hermana 17, cuando llegó la gran conversación gran y mi mamá nos sentó para explicarnos todo lo que había para explicar, pero las dos la acortamos magistralmente diciendo que ya lo sabíamos. Yo creo que no tuve mejor informante (aunque después tuve más), y me imagino que mi hermana también tuvo a su precocísima teórica iniciadora. Estábamos agradecidas de mi mamá, pero la verdad es que más, que eso, estábamos en paz

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