Cuento de un día que suponía ser cualquiera

Me obligaron a bañarme muy temprano. Me obligaron a ponerme este trajecito oscuro y rasposo. Todo para ver a un hombre y a una mujer vestidos del mismo color salir de un oscuro edificio hacia un extraño baño de arroz. Vestidos del color que mi mamá me prohíbe, por decir ella que no es amigo de mis juegos. Tirándoles personas el arroz con que a mí no me dejan jugar.

Quizás por eso llora. En su lágrima lo que podría ser un grano de arroz más. Quizás duela al salir porque mi mamá aprieta cada vez más fuerte mis estrechas manos. “No puedo hacer que ellos no tiren el arroz, mamá”, digo, lo cual multiplica la producción desde sus ojos. Con la garganta apretada y doliendo digo: “No necesitamos para jugar el blanco”, intentando así suavizar la visión que la insulta. Pero no funciona, y se diría que ya seríamos ricos para siempre ante el mar de nuevas lágrimas, pero yo no quiero riqueza sino el rostro otra vez terso y la luz en sus ojos.

En un último intento digo “no te preocupes, mamá, yo no quiero ni el arroz ni el blanco y no me convencerán los locos de la calle”, heroico, desdeñoso, propiamente mío. Tratando suavemente de callarme empieza a decir algo, pero sus palabras mueren como pájaro en vuelo cuando el maleducado hombre de blanco nos ve desde lejos y se acerca. La palidez en su rostro es casi un símbolo de esa muerte. El hombre es como un yo gigante y me mira sorprendido. Orgulloso de mí mismo, de mi austeridad y negrura, de mi educación intachable, tiro a mi madre del brazo gritando mi deseo de irme “a un lugar mejor”.

Mi mamá demora tan sólo unos segundos más que yo, su cuerpo floreado recuperando tímidamente el fresco contoneo habitual. Olvidando el arroz, me lleva a comer papas fritas con pollo. Riendo entre lágrimas dice “eres todo un hombrecito”. Sin entender mucho, me pongo una papa frita en cada oreja y digo “pero también puedo ser un alce”.

Qué difícil irse sin herirse

Virginia está por romper un noble corazón.

Le ha costado asumir esa tarea, le ha costado instalarse, prepararse a la conversación que será seguida por los ya pensados argumentos sentimentales, algunos sinceros, otros no tantos. Y después el desgarro.

A Virginia nunca le ha gustado hacer esta tarea, es delicada y sensible, puede sentir cómo destruye cada célula, cada poro impregnado de aquello que antes tan suavemente sembró, y que ahora saca y quema para no dejar huellas. Se le revuelve el estómago.

Es ver el dolor en los ojos de él, el temblor de la voz, y lo peor de todo es cuando se ha quedado por un instante observando sus entorpecidos labios luchadores, que tan de pronto han naufragado y no precisamente entre besos, como una música que de pronto se corta.

De pronto, como un chispazo, ve en aquella imagen a la niña enamorada que ella también fue. Ve en esos ojos aquella angustia propia del amor, que impulsa a su cuerpo – el de él – ya abandonado de cualquier sentimiento ajeno a éste. Sabe que con esto tiene que crecer, pero preferiría irse lejos, donde ni “te quiero”s, ni rupturas la alcancen.

Y él que se sintió herido…

(1998).

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