Los estragos de la ignorancia

Una vez, cuando chica, leí en alguna parte que la inclinación del eje terrestre era una consecuencia de la maldad del hombre, que había terminado por desbalancear todo el planeta, y que nos hacía tener los días contados de forma inevitable.

Entonces, me sentí paralizada de terror y además impotente. No tuve adónde escapar en mi mente. Lloré días enteros y luego usé toda la fuerza de mi represión para sepultarlo en algún lugar de mi cabeza, al que por supuesto evité volver. Es que si era cierto, además de horroroso era inevitable, y entonces me convenía no sufrirlo con anticipación.

Varios años después, en un ramo que tomé de Ecología, supe que tal inclinación, ¡es justamente la que permite la vida! Ya que, de no existir, al rotar el planeta completamente de frente al sol y sin oportunidad de ir repartiéndose el calor, el lado adónde éste pega directamente, ¡estaría completamente desértico! Los mismos trópicos (de Cáncer y de Capricornio) ya están copados de desierto por un sol que, gracias a la inclinación del eje, sólo les llega directamente la mitad del año. Dicho sea de paso, esto mismo explica porqué el Ecuador tiene tanta selva: es ahí adonde el sol está llega en su proporción más protegida y ordenada (y a los polos adonde menos llega). Esta maravillosa “descompensación” es, en definitiva, la causante de que existan las estaciones, el equilibrio y la vida como la conocemos, a final de cuentas.

Así fue cómo, en esta clase de Ecología, no sólo aprendí de cómo la inclinación del eje salva de una caliente destrucción (acompañada de un frío, igual de destructor, en las otras áreas), sino que de cómo la ignorancia me había hecho sufrir por algo que ¡era tan deseable como perfecto! y de lo de que, de paso, no éramos culpables, sino que más bien benditos. Aprendí a la vez cómo esta ignorancia ¡sí que era algo de lo que ocuparse! Mucho más que la inclinación del eje terrestre, o que el obligarse a reprimir información equivocada con respecto a éste, para sufrir menos, ¡sobre algo que nunca fue verdad!

Realmente la ignorancia puede causar estragos. De haberme desesperado, teniendo el poder, y la edad suficientes, podría haber hecho cualquier cosa para “vivir esos últimos años” en felicidad evasiva y ultra carreteada, o qué sé yo. No en vano el viejo Honoré de Balzac dijo que la ignorancia es la madre de todos los crímenes. Porque ese sí que es un tema serio, y a mi parecer la verdadera raíz de los problemas: lo negativo que vemos afuera manifestarse no son más que síntomas de esa ignorancia, y del miedo con el que suele arrastrarnos.

De todas formas, no todo es como uno se imagina. He aquí cómo es realmente la Tierra en cuanto a gravedad. Y aún estamos vivitos y coleando sobre ella:

 

Y ésta es una foto de la Tierra en su color real.
Y, por último, ya que estamos en esto, una foto de ella de noche.
¡¡Qué linda es!!

Fiesta griega

El año pasado tomé un ramo de griego. Pensando que trataría de historia y de etimología, fue fuerte cuando me di cuenta de que además de eso, escribiríamos con su alfabeto, traduciríamos textos antiguos ¡y hasta aprenderíamos a enunciar verbos! Llegué a pensar que mi cabeza estallaría y al principio pasé un poco de miedo. Miraba mi cuaderno con esos símbolos nuevos y en los comienzos era como aprender chino. Creo que hasta transpiré helado la primera vez.

Pero luego lo logré, y lo logré bien logrado. Y, para cerrar el semestre, la profesora nos dio la oportunidad de dar la gran nota final en la llamada “fiesta griega”, en donde cada quien busca alguna forma de hablar de algún tema interesante con respecto a lo tratado, enmarcando el suceso con bebida y comida, y una muy buena onda y mucha complicidad (por esto “fiesta”).

Para entonces, ya le había tomado el gusto y más que miedo sentía cariño. Así que, decidí tratar en la fiesta griega el tema de lo cotidiano: porque es en lo cotidiano, en lo personal, en donde más podemos sentirnos identificados unos con otros. Y, para hacerlo algo más distinto, hice algunas payas.

Como me quedaron chistosas, las comparto:

Durante todo este semestre
a los griegos hemos estudiado:
hemos leído sus letras
y contra ellas hemos luchado

intentando a la sintaxis dominar,
a la gramática y las voces
para así traducir y disfrutar
rastros de su cultura y de su porte.

Sin embargo a estos griegos
no nos los han presentado
sabemos cómo enuncian
pero poco de sus calzados

o de sus vidas cotidianas
o de su vivir en lo diario
cuando el día se ha acabado
y batallar es en vano

o cuando no hay amenaza externa
ni empresas de qué hacerse cargo
sino sólo la naturaleza clara
y su carácter desplegado

sus costumbres allí expuestas
como para cualquiera de nosotros
cuando nos sentimos en casa
y la historia importa poco

sino sólo el momento
en que somos nosotros mismos,
con nuestros gustos y disgustos
y aquel estilo preciso.

Dado que es en esa humanidad
en donde más nos entendemos
yo me he ido a averiguar
algo más de estos griegos.

Así es cómo puedo contarles
de sus matutinos horarios:
temprano siempre el levantarse
y el desayuno liviano.

Luego de lavarse en la mañana
en el pozo de la casa,
el griego comía pan con vino
y a veces algunos higos.

El Estado era un tema
que a todos les tocaba:
numerosas asambleas
eran constante panorama.

A veces duraban todo el día
y además eran muy frecuentes:
cuatro veces al mes,
obligaciones urgentes.

El griego no sólo participaba
sino también a veces dirigía,
el turnarse sus papeles se usaba
y así todos contribuían.

La mujer se quedaba en casa
mientras los hombres salían
no sólo a las asambleas contadas
sino también a las barberías.

Allí era donde en la tarde,
luego de haber comido,
nuestros griegos se juntaban
a discutir temas divertidos:

Divertidos para ellos,
instalados allí bebiendo
comentando alguna noticia
que alguien trajo de algún puerto.

En cuanto a cómo medían el día
estos griegos tan movidos,
puedo decir que les complicaría
dar estatutos tan estrictos

ya que el tiempo no podía contarse
de manera muy exacta
aunque, el gnomon o la clepsidra
neutralizaban este drama.

El gnomon medía el tiempo
según los cuadrantes del sol,
mientras la clepsidra era aquel reloj
en donde el agua marca el son.

Este último no es el mismo
que el reloj hidráulico,
que aunque trabaja parecido,
no existió hasta el tiempo clásico.

Luego, al rescatar sus gestos,
podemos indicar
que al decir que “no” ellos solían
su cabeza levantar.

Al saludarse lo hacían
con la mano derecha levantada,
y eso era suficiente,
porque no se besaban.

Ni siquiera el apretón de manos
era una constante,
pues éste era reservado
para ocasiones importantes.

En el teatro y en la asamblea
su aprobación demostraban
con aplausos y aclamaciones,
y, el desacuerdo, con silbadas.

Gestos más simbólicos habían
como el chasquear los dedos para la alegría,
o señalar con el dedo corazón y los otros doblados
a aquellos que querían ver ridiculizados.

La religión agregó algunos gestos más
como escupir para un mal presagio alejar,
y si un griego lloraba, sufría o se iba a morir
se escondía y tapaba, para a los demás no hacer sufrir.

Estos griegos también celebraban su cuerpo
en los baños públicos, de bañeras llenos.
a las mujeres también se les daban instalaciones
pero las ricas preferían las de sus propias habitaciones.

Como los griegos aún el jabón no conocían,
usaban carbonato de sosa, o bien un tipo de arcilla,
con la que antes de la cena se iban a bañar
pues temprano se dormían para al día siguiente madrugar.

Los hombres griegos la barba se dejaron
hasta después de la aparición en su historia de Alejandro,
y antes si el tema de una navaja era mencionado
era por las mujeres que en depilarse las usaron.

Estas mujeres de su aspecto mucho se preocupaban
con cremas de belleza, y maquillaje, que usaban,
su pelo largo lo cortaban sólo en duelos
y el vestido que usaban era holgado y suelto.

Los hombres, a su vez, ropa interior no usaban
sino sólo la exomida, una túnica muy clásica
que al aire dejaba aquel hombro descubierto:
tanto esclavos como libres las usaban en sus cuerpos.

Las joyas sólo las usaban las mujeres
aunque los hombres con anillos se sentían alegres,
las mujeres no escatimaban con collares y pulseras
y abanicos y sombrillas, con lo soleado que es Grecia.

Mucho más podría decir
de las vidas de entonces,
sin embargo creo que
ya se ha logrado un toque

y con imaginarnos a los griegos
tan reales como nosotros mismos
podemos sentir además
que ellos son nuestros amigos.

Así que doy por terminado
este breve recorrido.
Espero que les haya gustado
la aproximación que he elegido.

Podría ser considerada
como un humilde y liviano homenaje
a aquella patria clásica
que tantos sabios nos trae

y cuya enumeración aquí
sería pretencioso ejecutar
pues toda la hora de la fiesta griega
ocuparíamos en nombrar.

Leo libros “curiosos”, y qué

Hace algunos meses, me tocó presenciar (y defender) algo muy desagradable. Estaba en la biblioteca, una en donde si uno es socio (que lo soy), puede arrendar hasta 8 libros (de 3 diferentes secciones) cuando empiezan las vacaciones de verano, y luego desaparecer con ellos hasta marzo. Un lugar, debo decir, barato, surtido, lindo y muy conveniente.

En eso estaba yo, en el sector de niños, que es donde están también los libros de literatura fantástica, como los de Tolkien o C.S. Lewis con sus Crónicas de Narnia. Había sacado ya de las otras secciones y me faltaba de esa para completar mi préstamo. Ya tenía los libros elegidos y adelante de mí, en la cola, había una loca con aspecto de ser muy tímida. Probablemente universitaria, figuraba totalmente escondida tras una colección de piercings, pelo teñido negro y muy pegado a la cara. Se veía incómoda consigo misma y parecía querer empujar a la gente de la fila, para arrendar luego y desaparecer luego también. Miraba al suelo y se mordía la boca, como manchando el espacio por su vergüenza de estar allí. Llevaba unos libros de Tolkien y de otro tipo que escribe cosas parecidas, que tenía apretadísimos entre sus manos.

Cuando llegó su turno con la bibliotecaria, ella la miró de arriba abajo. Ultra escueta, muy ordenada, y hecha el ejemplo de la pulcritud, al ver los libros de la loca (y al verla a ella), le preguntó, casi retóricamente, que cuántos años tenía. Al escuchar que 19, con cierta felicidad sentenció, en tono total y completamente despectivo: “¿No eres un poco grande tú para leer libros como estos?”. Medio tiritándole la voz (humillación pública), la chica gótica contestó: “Es que a mí me gustan estos libros, porque…” ¡empezando a darle explicaciones!

Como si esto le hubiera dado más pie para opinar, la bibliotecaria, hecha un estandarte de lo correcto (correcto según sus cánones), la interrumpió para dictaminar con sequedad: “Deberías leer lo de las otras secciones, porque esto es para niños”. Punto. Terminante. Yo pude sentir el miedo en la arrendataria, que casi se pone a llorar y se va sin sacar nada. Más que lo que le dijeron, fue cómo se lo dijeron: fue horrible. Yo sentí cómo la loca quiso desaparecer, y yo también quise desaparecer. Fue como enfrentarse con Dios, y con un Dios aterrador, nada de simpático.

Entonces, yo tuve que arremeter. Me acerqué y dije, “yo tengo 26 años y me encantan, ¡me encantan! esos libros”. Me sentí tan mal que admito que hasta exageré en mi ímpetu de defensa. Vi los títulos que llevaba la chica gótica, y le comenté, exclamando hasta con amor, “estos me encantan” (algunos jamás los había visto en la vida): “¡los he leído todos!”. Luego agregué, a la bibliotecaria, intentando sonreír pero aún indignada: “Sabe, los que escriben los libros para niños no son inmaduros, ni inmaduros quienes los leen. ¡Hay unos muy inteligentes! No tienen porqué estar limitados sólo a los niños. Sus autores, muchas veces, además de ser adultos, son personas brillantes.” Se me olvidó agregar que, aunque no lo fueran, la gente igual tendría derecho a leerlos: a leer sobre lo que quieran. ¡Es su libertad! ¡Es su tiempo! ¡Es su elección!

¿Quiénes se creen que son las personas para elegir por otros lo que deberían leer? ¿Quiénes se creen que son para pretender administrar la libertad de otros, y para más encima juzgarlos si no les gustan sus decisiones? Qué patudez más grande. Por último, si van a andar pidiéndole (patudamente) explicaciones a las personas, ¡que no sea a la loca que llegó queriendo desaparecer! ¡que sea a alguien que pueda realmente contestarle! Alguien de su tamaño, como dicen por ahí.

Lo peor de todo es que ni siquiera creo que la bibliotecaria lo haya hecho realmente para herir, sino que fue simplemente un descuido, como el que tantas veces ocurre, en tantas situaciones y sin notarse realmente. Una falta de respeto general por la libertad, validez y credibilidad de cada quien. Por la identidad personal. Esto, por una falta de interés previa por mirar y entender realmente, ¡que ni siquiera es por maldad, sino que por enseñanza! Porque se nos ha enseñado que hay “libros para adultos” y “libros para niños”, y toda una serie de situaciones muy discutibles, disfrazadas tras la – cómoda – máscara de lo indiscutible… como si el mundo pudiera realmente dividirse de esa forma, ¡cuando más encima al intentarlo se pierde tanta riqueza!

Es por cosas como estas que luego simplemente se ataca al que es un poco diferente, ¡pretendiendo igualarlo! y haciéndole creer que le hacen un favor (y muchos lo creen así realmente)… al ayudarlo a “encajar con lo establecido”, ¡lo que al final no es más que automutilación! Le quitamos “lo diferente” a alguien, y en eso también nos lo quitamos a nosotros mismos… porque luego somos todos nosotros, como sociedad y como humanidad, quienes perdemos esa diversidad, esa belleza y sobretodo ¡esa alegría de poder vivir realmente la vida de uno! y no la que otros – con mala o buena intención – pretenden construir para nosotros: esa alegría que hace que la vida realmente valga la pena.

Ah, a mí me indignan situaciones como éstas. Me indignan, pero hasta prefiero que lo hagan: Así estoy lo suficientemente despierta como para ayudar a cambiarlas.

La astucia de los periodistas

Nunca entendí porqué El Mercurio tiene (y siempre ha tenido) un formato tan, pero tan incómodo. Para leerlo, lo más eficiente (si no se quiere perder la circulación de los brazos) es extenderlo en la cama o el suelo y leerlo desde allí. Ni siquiera ponerlo en la mesa es realmente cómodo, porque si se hace así, hay que estar de pie para poder leer adecuadamente los alejados extremos, o estirar el cuello hasta tener tortícolis.

No entendía porque era así, hasta que tomé, en la universidad, unos ramos de Periodismo. En él nos contaron cómo su poder creciente en los tiempos de los revoluciones y grandes cambios sociológicos puso a las autoridades en problemas. Este poder empezó a ser realmente notable desde, más o menos, el siglo XVIII y los estragos que provocó llegaron a afectar hasta al papel en que la información iba. Veamos:

Como la prensa escrita solía ser, en sus inicios, la mera voz del gobierno, la información estaba bastante regulada, y era capaz hasta de apoyar – en ocasiones – causas realmente sospechosas. No había divergencias en ella, ya que solía ser la voz única (si habían otras, no tenían mucha fuerza ni mucha presencia). Así que no hubo reales problemas en cuanto a “manejar la información” y a regular procesos, hasta que con el progreso los costos se fueron abaratando, y con esto apareció la oportunidad de emitir periódicos nuevos, y de haber más voces informativas en vigencia. Voces libres, fuera de los deberes y haceres estatalizados, que se fueron haciendo inmanejables para los gobiernos, por lo que apareció la censura, entonces mucho más fuerte que ahora, porque sí, ha habido una conquista hacia la libertad.

Por todo esto y no en vano, el Periodismo empezó a conocerse como el cuarto poder (del estado), ya que podía realmente cambiar las cosas. Uno de los casos más conocidos e impactantes, fue, ya en el siglo XX, el de Watergate, en donde la corrupción de ciertos gobernantes fue descubierta a la luz pública. La prensa fue la voz de todo el pueblo reunido, la defensora, y nada podía hacerse para callarla. Y las cosas tuvieron que cambiar. Esto, visto a largo plazo, ha sido un proceso positivo, ya que nos ha permitido autorregularnos más unos a los otros e ir paulatinamente aminorando la corrupción (pese a que la prensa a veces también complique más las cosas, dando información inexacta o fomentando actitudes indeseables), pero para los gobiernos de entonces supongo que era una verdadera amenaza.

Lo interesante es que tales gobiernos vieron esto venir antes de que realmente sucediera, y es así cómo se puede explicar que El Mercurio tenga ese formato tan pero tan incómodo, llamado formato sábana por su tamaño impresionante. Y es que, al ver el poder creciente del periodismo empezaron a ponerles impuestos carísimos al papel (cobrando por cantidad de páginas), para que publicaran menos cosas. Entonces, muy astutamente, los periodistas (que entonces no eran periodistas, sino más bien personas con otros trabajos o profesiones, que escribían) decidieron que tales páginas fueran realmente enormes para que así cupiera lo mismo. Si eran menos cantidad de hojas debían ser, por compensación, mucho, mucho, más grandes. Y así fue. Hasta hoy en día, en lugares recónditos como éste.

Si no me equivoco (porque puede que lo haga, y en ese caso porfa periodistas corríjanme), el primer diario en hacer esto fue The Times. Y como era tan serio y con tanto prestigio, luego fue copiado en su formato, por otros diarios que, a través de copiar su forma, pretendían también contagiarse de su estatus (cosa que al parecer lograron). Y el Mercurio, ya hemos visto, es uno de esos diarios.

¿No es curioso pensar que uno lleva años leyendo con total incomodidad, ni siquiera por algo que pasó en el gobierno inglés siglos atrás, sino que por la imagen que tal diario logró vender? Pero el Times hace algunos pocos años al fin decidió cambiarse al tamaño tabloide, ese tan confortable que tienen diarios como La Tercera, y ni hace falta decir que su acto ha afectado a otros diarios también. Más divertido aún de ver es que el mismo Times cambió su formato inspirado en otro diario importante, The Independent, un diario mucho más nuevo, pero agudo y refrescante. Así que, que nadie diga que el contagio no existe y que la venta de la imagen puede ser tan o más importante que la de la información (aunque, si nos movemos a un ámbito más filosófico, la imagen sigue siendo una forma de información).
Así que, ¡esperemos que pronto El Mercurio también se una! Mal que mal, se llama igual al planeta Mercurio, el que según la astrología supone regir las comunicaciones, y el modo en que se emite, al menos para mí, es claramente más confuso que simplificador. Sin embargo, El Mercurio tiene su propio estatus ganado con sus años y tal vez se mantenga con ese formato, aún pese a su incomodidad, por ser simplemente el que ha enclavado y persistido con el tiempo y el que a estas alturas conforma, sin copias ni publicidad derivada, su ganada identidad propia.

¿Por qué la gente ya no lee?

Cuando era chica me devoraba los libros, mucho más que ahora. Podía pasarme horas enteras leyendo, y así igual eran todos los otros de mi familia. Íbamos siempre a la Biblioteca del Instituto Cultural de Las Condes, con mi mamá y mis dos hermanos grandes, y arrendábamos tantos libros que teníamos dos carnets de biblioteca en vez de uno, para todos. Y así fue como crecí.

Por otro lado, mi hermano chico, que tiene harta diferencia con nosotros, nunca leyó demasiado (aunque lee el diario). Según mi mamá es porque ella dejó de leer tanto, y entonces él no tuvo el ejemplo. Yo no creo que haya sido eso, sino que todos y no sólo ella, hemos dejado de leer por la simple y quizás vergonzosa razón de que ¡la tele hoy es tan entretenida!, y además mucho más fácil de entrar en, ya que para hacerlo prácticamente no se necesita concentración. Y hace unos años, no había esa tele; estaban los canales nacionales, y las teleserie existían pero la mayoría eran lentas, y el peak de diversión televisiva era el Desjueves, Contacto, Informe Especial, o el Sábados Gigantes, momentos así, buenos, pero escasos, porque, además, pese alo entretenido que pudiera ser un programa, luego siempre había una hora en que todos los canales se apagaban inexorablemente.

Yo creo que si las largas tardes o las noches semanales siguieran siendo fomes, sobretodo en aquellos tiempos más tiernos y más lentos, mi hermano chico habría leído igual por iniciativa propia ante el posible aburrimiento, pero por otro lado también hoy existe el Internet y el MSN que es algo tan entretenido que también se come las horas de formas camufladas pero absolutamente reales. Y es cierto que también está la opción de salir a pasear afuera, o juntarse con los amigos, pero esas salidas no quitan la existencia de las horas solas, en donde uno siempre se sumerge en donde realmente quiere y en donde uno se recrea verdaderamente, se escucha.

Y esa es la impresión que a mí me da, algo tan simple como eso, sólo espacios cotidianos que prefieren llenarse de otras formas más fáciles, aunque no necesariamente más entretenidas. El problema es que tanto la televisión como el internet provocan vaivenes que a veces otorgan mucho conocimiento pero que otras no llevan a ninguna parte, pero por otro lado está el tiempo, y es que los libros pueden tomar tanto tiempo que, aunque yo sigo leyendo (no tanto como antes, y más libros de estudio que novelas), admito que me la pienso antes de decidirme entrar a una historia, porque entonces tendré que termianrla y volarán los días… aunque luego también es cierto que a veces gasto el triple de tiempo en ver repeticiones de series de televisión, y sin darme ni cuenta.

Como se ve, las ideas pueden contradecirse, pero no el hecho de que es un tema. Para terminar podría venir la típica pregunta: ¿Los libros o la televisión? y yo contestaría que un poco de todo, y sin temor, ya que la tele además está cada día más culta y a veces expone en documentales lo que uno se demoraría meses en condensar, aparte de ser un indiscutible punto de reunión… ah, pero, por otro lado los libros, son siempre un viaje privado, una ventana a la ensoñación.

¡¡Y otra vez la indecisión!!, si no fuera porque no hay que elegir realmente :)

El viejo y la luna

Shó con el pelo al viento, 1999

Verano de 1999, trabajos. Tenía 17 años y estaba en un bosque de película en lo más alto de Curarrehue (IX Región), junto a toda mi cuadrilla, haciéndole la mediagua a un viejo ermitaño que llevaba tanto tiempo solo que ya no sabía bien hablar porque se le habían ido olvidando las palabras.

El sector era precioso. El viejo nos mostró su huerta, sus 4 perros, algunas ovejas, y el río que cortaba con su fuerza el cerro. Su casa era de una madera oscurísima por toda la lluvia, y estaba media podrida, pero ayudaba al misticismo del lugar, muy cercano a un centro mapuche donde hacían nguillatunes para llamar a la lluvia (por el cual también pasamos uno de esos días).

Con el tiempo, que igual fue bastante corto, el viejo cada vez se comunicaba más, y de forma menos arisca, como el lobo del principito. De vez en cuando sacaba palabras muy grandes y rebuscadas lo que nos extrañaba, hasta que un día finalmente nos contó su historia. Venía de una familia con plata y educación, de Talcahuano. Había vivido bien, con bastante lujos (incluso había ido a la universidad cuando nadie iba), y sido feliz. Tenía una vida hecha y hecha en alegre paz, hasta que un día encontró a su hermano con su futura mujer… Entonces él simplemente no lo soportó, se sintió destruido, y ahí fue cuando decidió que todas las personas en la Tierra eran mentirosas, y se fue. Nunca llamó a nadie y ni siquiera sabía si su familia seguía viva en alguna parte: había perdido toda confianza en el ser humano. Sus amigos desde entonces fueron las plantas y los animales, a los que le hacía cariño mientras hablaba.

Fue impactante, pero no tratamos de decirle demasiado, después de todo, el remezón había sido hace unos 50 años, el daño ya estaba hecho, y él ya se veía bien y había encontrado su manera. Eso sí, después de la impresión, no nos resistimos a discutirle el que toda la gente fuera mentirosa, y el que fuera razón lo sucedido para alejarse de todo el mundo, por horrible que haya sido. Queríamos traer un poco de descanso, justicia, visión o esperanza, pero él insistía en la maldad básica del ser humano, la explicaba como una realidad, un concepto, con actitud dulce y didáctica, y daba argumentos y argumentos para apoyarse, los que nosotros contestamos, ágiles y motivados, inmersos en la discusión. Todos estábamos interesados y cómodos (viejo incluido), disfrutando la conversación.

Y entonces pasó lo inesperado. Se acordó de algo que le iluminó los ojos, probablemente el argumento final, tragó aire, levantó la mano y dijo, triunfante, algo así como: “Cachen lo mentirosa que es la gente que una vez escuché por la radio que el hombre había llegado a la luna… A la luna!!… Cómo alguien podría llegar alguna vez a la luna!! Mentirosas personas, nunca más escuché la radio.” y sonrió orgulloso, concluyendo lo que él pensó que era la demostración definitiva de que había ganado la discusión. Le faltó poco para hacer la reverencia.

Nosotros nos quedamos callados.

Fly me to the moon

Aunque todas las Cuatro Estaciones de Vivaldi son buenas, hay una parte sublime que suena como si se cayera el cielo.

Escuché aquella parte (3er Movimiento del Verano) hasta rayar el CD de oferta de mall en donde lo tenía; incontables veces, a todo volumen, siempre levantando los brazos, cerrando los ojos y sintiendo ráfagas de indomesticada energía bajando por mi espalda… invocando como una chamana, expresándome como una bailarina, sometiéndome como una súbdita, hechizando como una bruja, jugando como una niña, implorando como una esclava, debatiendo como una abogada, riendo como una enamorada, soñando como una visionaria, sintiéndolo como una artista…Maravilloso.

Después anduve un tiempo huérfana de esa música, hasta que el domingo pasado supe de un concierto a luca (luca para estudiantes) en la Casona de la Universidad Andrés Bello. Sin pensarlo dos veces, fui incluso elegante; expectante y nerviosa, como quien se arregla para encontrarse con un amante perdido que vuelve a casa.

Al llegar vi que las personas casi no cabían en la sala, pero aún así, al iniciarse el concierto, no hubo entre los espectadores más que un completo silencio, dejando así a la música inundar la habitación entera… Me sentí tan traspasada de sentimiento como si no hubiera nadie más que yo ahí, todos los extremos del universo convergiendo en mi propio latir, en mi propio sentir… hasta que miré las caras de los otros presentes, y se veían tan transportados y a la vez tan unidos, como un engranaje perfecto en un perfecto reloj musical, que no sólo pude sentir mi propia emoción, sino que también reverencia por la comunión de todos juntos sintiendo, y por la fuerza del sometimiento cuando algo cala adentro para todos… cuando ese algo es universal, como la música.

Así, no hay nada que pueda decir yo, ya que tal sentimiento no lleva palabras, sino sólo concluir que, a mi parecer, la música siempre será una bendición: Lo saca a uno de sí mismo, y es como si le ordenara la cabeza… Todo ese rato que estuve ahí el domingo, quedó en mi memoria como una sola mancha colorida de placer y de paz, sin nada más que bendición y encanto. No pensé en nada. No recordé nada. No planeé nada. No hice más que estar ahí, recibiendo el arte y suavizando mi alma. Limpiándome. Disfrutando. Y sin ni siquiera darme cuenta de eso, porque ni me detuve a pensar en mí…

Fue sólo después del concierto, cuando, esperando que desocuparan el estacionamiento, al ir a caminar un rato por los jardines del lugar, llenos de árboles y de pasto, me di cuenta de lo bien que me había hecho, ya que realmente me sentía como si estuviera drogada, y como si en cualquier momento pudieran aparecer duendes entre los matorrales y las callampas…Creo que si hubiera pasado lo último, habría intentado hacer caer el cielo con mis dotes de orquestista imaginaria.

¿Cuál es el problema de la gente?

Todavía no puedo creer que el proyecto Pascua Lama haya sido aprobado. Aunque este proyecto logra extraer reservas de oro y plata, que están bajo algunos glaciales importantes del norte chileno (también en la región argentina), y aunque puede dar trabajo a mucha gente, lo cierto es que su ejecución provocará un desastre mayor ecológico en toda la zona del Valle del Huasco, un desastre mucho más duradero y real que toda la plata que pueda llegarnos de esto, y sobretodo un desastre mucho más valórico.

Todos los que lo han escuchado lo saben, pero los medios se han ocupado de tener este asunto tan importante bastante fuera de la conciencia pública, pues lo mencionan con bastante brevedad y recordando siempre que se tomarán medidas y restricciones al hacerlo, así medio disfrazándolo… pero tales precauciones probablemente no ayudarán nada al lado de lo que dañará el proyecto de forma global, porque además lo que se hará ahora, nunca se ha hecho antes, así que nadie puede predecir realmente qué pasará. Son sólo experimentos y a costa de nuestro

país y de su propia abrumadora salud y belleza, y experimentos que, además, nunca otorgan resultados demasiado claros a nosotros los chilenos, en el sentido de que nunca se dice qué se hará exactamente con toda esa riqueza que tan cara nos va a costar… mucho más de lo que vale.

Todo esto de Pascua Lama tiene tantas fallas a largo plazo, y es tan obvio el daño que provocará que me dan ganas de vomitar (excúsenme mis amables lectores). Encuentro retorcido, ignorante y poco visionario que se ejecute este asunto que herirá a las futuras generaciones (y también a las presentes) de una forma en que la plata nunca podría sanar ni menos validarla, pero al parecer los que tienen el poder, en su mayoría, o al menos los que toman las decisiones finales, siguen sin ver más allá de su nariz, priorizando a la generación vigente y sin siquiera mirar lo que todo esto significa a largo plazo.

Yo estoy realmente indignada. ¿Cómo pueden las personas hacer decisiones tan importantes, y a nombre de todos, si no capturan ni la mitad del cuadro completo? O quizá sí lo hacen, y se dan cuenta, pero no les importa, y eso justificaría bastante la poca información que se maneja en el común de la gente al respecto. Así que, en conclusión, o no entienden nada, o no les importa, y ambas opciones me parecen horrorosas.

Por favor, quienes tengan poder al respecto, hagan algo. Yo seguiré haciendo lo que pueda. No podemos permitirnos perder la esperanza… porque si, esta vez no alcanzamos, tiene que ser la próxima, ya que es probable que, mientras no nos impongamos, sigan inventando hacer este tipo de barbaridades… por comodidad y falta de visión principalmente, no una maldad intencionada como sería a veces mejor creer.

La otra opción es esperar a la evolución de la conciencia, pero podría ser demasiado arriesgado, y venir cuando ya no haya nada más que defender.

 

 

Cambio evolutivo

No se puede negar que la sociedad ha evolucionado en su forma de juzgarse a ella misma, y también de tratarse. Una forma muy clara de notarlo es cómo ha cambiado la forma de hablar de sus propios integrantes, siendo ésta cada vez más respetuosa.Es más fácil notarlo en la diferencia, como hace unos tres días cuando, en El Mercurio, apareció una noticia rescatada de 150 años atrás: del 12 de febrero de 1856, y ella decía: “En el río Chile se encontró el cadáver de un joven, con ropa de persona decente“.

“¡Ropa de persona decente!”… Es agradable saber que hoy en día se levantarían las masas por hacer ese tipo de distinción tan poco delicada, más encima en una situación en donde tales personas ni siquiera se presentan… de alguna forma insultándolas a la distancia, sin ninguna empatía ni consideración y sin ni siquiera imaginar que pudieran sentirse mal, o incluso sentir algo.

La forma en que se han ampliado los conceptos de las cosas, en que se han aceptado visiones menos rígidas, y más abrazadoras, es un fenómeno de amor y tolerancia que apenas ha estado viendo la luz durante estos últimos 50 años.

Ese proceso ha sido propulsado en mayoría justamente por quienes fueron despreciados, como Marthin Luther King, las mujeres dejadas al margen de la sociedad, Gandhi, o los familiares de los incapacitados… pero lo cierto es que al final es tema de todos y que las colaboraciones de ellos han hecho mejor y más feliz a la sociedad entera.

Eso, en el fondo, lo sabemos todos pero a veces nos es más cómodo dejar que reaccionen primero quienes están siendo más perjudicados… algo que, felizmente, cada vez pasa menos puesto que la globalización de la Tierra permite ver cada vez con más facilidad que sí estamos todos conectados… y que un problema en cualquier parte, es un problema de todos.

La misión de conciencia está cumplida cuando, ya de forma social, como en un diario, son presentados los asuntos de una forma nueva (algo que ya podemos apreciar)… porque la forma en que hablamos del mundo viene directamente de cómo lo estamos mirando, y porque, esa forma en que lo vemos, termina por modificarlo.

Por eso hay que cuidar siempre la diversidad y la belleza.

FAN DE LAS CRÓNICAS DE NARNIA

La primera vez que leí las Crónicas de Narnia era tan chica que ya ni recuerdo el año exacto, sólo que no podía dejarlas, y que cuando mi hermana grande me obligaba a apagar la luz, seguía leyéndolas bajo las sábanas de mi cama con una linterna, o dentro del closet, o en el baño. Ya entonces me di cuenta, con mucha claridad, de la calidad de lo que estaba leyendo, ya que, aunque las páginas de cada libro (siete tomos) jamás superan las 200, conservan la eficiencia diriase de páginas incontables, por desplegar un mundo elocuente, preciso, detallado, interesante, acabado, y, sencillamente alucinante, tanto así que incluso hay fragmentos que la sacan a una de sí misma, provocando reír o llorar en voz alta, o incluso ambas cosas al mismo tiempo… Si a esto sumamos el ritmo interno del libro… que tiene algo tan suave y tan correcto, y que está tan lleno de contenido, y el hecho de que es divertido (porque otra cosa más que tiene esa saga es mucho, pero mucho sentido del humor), se entiende que es la mezcla adecuada para convertir a las Crónicas de Narnia en una de aquellas obras imperdibles.

Es por estas simples razones que, al correr de los años, he vuelto a releerlas de vez en cuando, a veces durante un viaje en auto, a veces durante una noche en que no puedo dormir, o a veces mientras persigo el tono fascinante, y siempre vuelvo a sentir ese respeto enfundado de deslumbrado sentimiento. En la simpleza de su narración caben todas las emociones, y también todas las transformaciones y todos los viajes, tanto internos como externos, y en ella se dicen muchas más cosas de las que uno puede, a primera vista, sospechar. Las historias están forjadas y rodeadas por seres mágicos y paisajes imposibles, pero se hacen reales, además de poderosas, por contar con aquella verdad subyacente, que sostiene todas las existencias: la belleza y el misterio de la propia humanidad, que son precisamente las que logran convertir a la historia de cada uno de los seres, separados y conjuntos, en la propia.

Esta inusitada profundidad en las Crónicas de Narnia se ha comparado con lo que pasa en El Principito, pero a mi parecer es más que eso, en el sentido de que no sólo son pensamientos elevados sino también acción y placer de vivir entremezclados. Y luego está Aslan, el León Creador, un personaje crucial que emociona hasta la médula, enigmático pero poderoso, y siempre presente, sobre el cual muchos han dicho que es una representación de Jesús.

No es un secreto que, para C.S. Lewis, el catolicismo fue algo crucial, y que por ello no sólo tiñó algunos de sus libros con él, sino que incluso dio vida a uno exclusivo al tema, Sorprendido por la Alegría, en donde relata su conversión a tal religión, pero la bondad y poder de Aslan son tan grandes y profundos que parecen simbolizar a Dios mismo antes que a Jesús o a cualquier otra entidad que lo represente en una religión específica…

El autor, cabe mencionar, siempre fue controvertido pero precisamente por ello logró tanta riqueza y tanta profundidad en sus escritos. Se pueden encontrar ironías, punzadas y, otra vez, gran conocimiento del ser humano, en libros aparte como Cartas del Diablo a su Sobrino, otra joya literaria. En ella, un diablo experimentado enseña a su sobrino cómo perder a los seres humanos, y cuenta, entre otras cosas, cómo la forma más fácil de hacerlo es sugiriéndoles que “al otro día” pueden cambiar o empezar sus grandes proyectos, ya que en ese otro día generalmente se les va la vida… pero C. S. Lewis, como bien vemos, no dejó la escritura para ese borroso mañana, ni tampoco el girar de su mente el cual fue, justamente, lo que le dio la pasión y la altura de miras necesarias para dar luz a un legado tan colorido, sincero y provocador como el suyo.

Es interesante, en todo caso, agregar que fue J. R. R. Tolkien el católico que lo incitó a la conversión, porque luego vemos que él ha dibujado en sus libros un mundo ficticio tan significativo como el suyo – El Señor de los Anillos -, y así queda la duda de si son justamente los cercanos a Dios los que logran las versiones más magnificas del universo, tan magníficas que de ambas, aún estando muertos, se han sacado grandes películas… lo único que al respecto sé es, que apenas salga la versión fílmica del primer tomo de las Crónicas, el 5 de enero, voy a correr al cine… porque aunque la película no sea igual al libro, es imposible que, basada en él, no sea buena y no lleve los ya consabidos rasgos de indiscutible y abrumadora grandeza.

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