El maravilloso deporte

Hubo un tiempo en el que jugaba hockey. Era un equipo de primera división y con gente mucho más experimentada que yo, por lo cual pocas veces conseguía jugar más de medio tiempo. Tenía al principio 14 años y al final 17, y aun cuando mejoré bastante, no lo hice lo suficiente como para ponerme a la altura de las compañeras secas, lo que no me impidió tratar y sobre todo disfrutarlo… El campo abierto existía para todos y la posibilidad de correr por él como un cohete, también.

La experiencia era divertida, y no sólo en las canchas y tiempos dirigidos, sino que en los otros horarios: Iba a carretes bizarrísimos, en donde mi prima, dos años menor, y yo, éramos lejos las más chicas. En ellos habían personas casadas, mayores, absolutamente ancianas para nosotras, que se disfrazaban en las noches, y celebraban como a esa edad nunca pensé que gente tan vieja podía seguir celebrando. Era impresionante ver lo bien que podían llegar a pasarlo, y con ellos a veces nosotras, que en esa época éramos muy chicas para encajar bien, pero igual estábamos.

Además, el hockey es una especie de logia, por lo cual uno podía ver que no sólo pololeaban entre ellos, sino que se casaban entre ellos, tenían hijos entre ellos – que apenas tenían la edad de poder jugar, lo hacían – y así sucesivamente. Era divertido verlo, y glorioso pasar los fines de semana jugando bajo el sol y sobre el pasto, corriendo y gritando, botando energías, empujando, riéndose. También eran divertidos los entrenamientos, dos veces a la semana, de noche. Era el frío colándose por la garganta y raspándola, pero luego de un rato esa sensación riquísima de tener la cara fría pero las manos calientes, y la energía subiendo por todas partes como una hélice in crescendo.

Luego lo dejé: estaba a punto de entrar a la universidad y me faltaba tiempo para hacer todas las cosas que quería hacer antes de. El tiempo invertido en el hockey era agradable, pero también demasiado. Lo lamenté, pero tampoco lo extrañé: ya me había ido a otra parte. Lo único que echaba de menos – además de ese sentirme tan bien – y que nunca olvidé, era aquella visión en mi cabeza de todas las compañeras corriendo como desatadas, jugándosela, cansadas, mojadas por el esfuerzo, casi resoplando. Era impresionante cómo a la hora de hacer uso de su cuerpo, sin importar su físico, TODAS se veían lindas, como si la vida que todos llevamos adentro se hiciera más presente que en otras oportunidades… Era esa libertad de correr sin pensar, sin preocuparse ni del maquillaje, la compostura, o la perfección visual, y de verse VIVA en ello. Me encantaba.

Más que la visión misma, lo que recuerdo siempre es el sentimiento de fondo que transmitía tal visión, de lo fascinante que es poder poseer el propio cuerpo y usarlo para lo que a uno le plazca…, y el impresionante hecho de que fuéramos tan bellas, presentes y capaces en ello…

Hoy, 6 años después, tengo una nueva oportunidad. Luego de varios años haciendo deportes esporádicos, volví a comprometerme con algo, que ahora es una liga de fútbol. Nunca lo había jugado antes, pero es parecido. Estoy contenta. Ni siquiera conocía a mis compañeras, pero no importa porque nos une lo mismo. Ayer perdimos 3-1, lo que es una vergüenza, pero estamos empezando y además el goce de correr siendo libre no me lo quita nadie. Creo que pocas veces me he sentido tan liviana en mi cuerpo como ayer, siendo que además de perder, recibí golpes en varias partes, y un señor mojó todas mis cosas con una manguera mientras yo jugaba. Es una liberación, que me recordó a todas las anteriores de mis viejos tiempos de hockey, que ahora se unen con los de hoy. Se siente como si nunca me hubiera ido.

Es como si todos esos lugares me hubieran estado esperando, y yo vuelvo a ellos con risa y reverencia.

Un día de expedición

Fue en el verano del 2003 cuando Augusto y yo nos perdimos recorriendo el sur de Chile y Argentina.

En un día de esos, paseando por San Martín de Bariloche, junto al lago Lacar, se nos ocurrió subir el Volcán Colorado, situado justo a su lado. Hacía un día precioso, así que partimos casi sin pensarlo: él llevando la mochilota con las cosas, y yo prácticamente sólo a mí misma, con chalitas y falda corta. Así, nos adentramos en el bosque.

Yo pensaba que no podía ser muy difícil, pese a que andaba medio fuera de práctica. El alrededor entero era muy lindo y la conversación alegre, así que el tiempo pasaba rápido. Al principio nos pasaron cosas chistosas como que un charco de barro casi me tragó la chalita, o que nos metimos por el camino malo y eso nos tenía muy relajados y rientes, pero luego de ya subir por un rato largo, en un paisaje diferente (va cambiando según uno sube) empecé a sentirme realmente cansada.

Pese a mis esfuerzos por ocultarlo y así salvar mi dignidad, mi compañero de viaje me miraba nerviosamente y me decía que le avisara si me sentía mal. Luego empezó a hablarme de unas personas en su ramo de montañismo que habían tenido una enfisema pulmonar por no decir nada, como quien no quiere la cosa. Yo estaba decidida a seguir, así que acepté mi condición y le hice caso en todas sus técnicas para pasar por encima de ella: ejercicios de respiración, caminatas muy lentas, incluso pequeños descansos, y así logré recuperarme… hasta que llegamos al fin de un cerrito para pasar a otro y el paisaje se puso más duro: Matorrales medios secos, que lo arañaban a uno cuando pasaba. El sol contra la espalda y la cara. El camino suelto por la erosión no protegida por grandes árboles, lo que causaba muchos resbalones… y todavía faltaba por lo menos un tercio completo del camino.

Yo nunca pensé en realmente rendirme pero tengo que admitir que entonces sí estaba guateando. Claro que no podía decirlo, ni aceptarlo, así que interiormente me preguntaba qué hacer y eso me tenía todavía más cansada. No sabía cómo contener mi cuerpo y el temporal paisaje rudo parecía un ataque personal hacia mí. Augusto me miraba de reojo, pero se limitaba a repetir los ejercicios de respiración, con la fe de que llegáramos. Yo ya estaba completamente mojada y él apenas tenía un par de gotitas en la frente, y en los hombros. La verdad es que éramos un verdadero espectáculo.

Y, entonces, bajando campantes y felices, en sentido opuesto, nos los encontramos: Una señora de unos 75 años con otro señor más, de la edad. Parecían viejitos decrépitos ¡y sin embargo ya venían de vuelta! Alegres y sonrientes, nos saludaron en inglés (extranjeros) y luego se fueron rápidamente, casi saltando como conejos, probablemente a almorzar en el pueblo antes de subir a otro cerro… No me quedó otra que reírme, y mi partner se rió conmigo. ¡Es que no podía ser que ellos tuvieran tan mejor estado físico que yo! Ya simplemente no podía haber cabida para un no, así que dejé de concentrarme en mi cuerpo y proseguí muy animosamente. Sin pensar en nada, excepto la sonrisa triunfante y dulce de la extranjera, que no me la podía sacar de la cabeza… Es que no podía haber nada más que yo llegando al final.

Y el paisaje se puso otra vez amable, incluso frío, y sin casi darnos cuenta llegamos a la cima. La vista era incomparable, aunque más incomparable era la sensación de estar ahí. Se veía todo, y no sólo los lados argentinos, sino también el Volcán Villarrica, en cuyas laderas habíamos estado tan sólo una semana antes. Hacía ese viento cósmico de cuando uno está en la punta, pero superamos el frío con chalecos y un buen café. Luego él se fue a saltar por las colinitas de al lado, mientras yo le hablaba en voz alta a una imagen depositada ahí. Estábamos locos pero lo habíamos logrado. Un rato después, bajamos cayéndonos y riéndonos, pegándose pinchitos que dolían a nuestras piernas, y sacando fotos crepusculares.

La verdad es que fue un día inolvidable.