Las asquerosidades del marketing

snobHoy fui a un seminario de marketing y salí completamente horrorizada. Sí, sé que el marketing está hecho para vender, a veces cosas útiles y a veces cosas que uno no necesita, pero el modo… ¡oh, Dios! Ni siquiera pude quedarme hasta el final.

El culpable fue un vicepresidente o algo así de una multitienda. Yo ya venía un poco chata, de las exposiciones previas, a causa del exceso de anglicismos, esto de decir “merchandising”, “insight”, “sale” y demases, en vez de sus nobles analogías castellanas… pero a este hasta se le escapaba el “whatever”, cual gringo por su casa (y nada en contra de los gringos), así que me empecé a directamente sulfurar porque ¿qué onda con eso, cómo no cachan los efectos que tiene para nuestro propio lenguaje? Implícitamente dicen que no es suficientemente “bueno” para hacer negocios. Que es menos rentable. ¿Somos nosotros menos rentables, también? Qué tontera, habiendo tantas palabras lindas en castellano, más encima.

Pero eso fue solo el comienzo, porque después al gallo no se le ocurrió nada mejor que analizar, larga y contundentemente, un estudio de sostenes. Feliz de la vida, expuso un gráfico del porte de las pechugas de las mujeres chilenas y de qué sostenes comprábamos y luego de cuáles debíamos comprar. La idea era comentar cómo la gran mayoría no sabemos nuestra talla exacta de sostén, pero ¿qué le importaba a él – o a su multitienda? ¡Hasta le conviene que “no nos conozcamos” porque así vende más sostenes!… Ya, sí, acá estoy siendo inmadura, pero… fue casi como si nos retara, y además ¿pueden creer que hasta tuvo la OSADÍA de preguntar a la audencia “quién de acá no sabe su talla?”, así como para mostrar su punto? Por supuesto que NADIE levantó la mano. Es que al gallo le faltaba poco para medir a la voluntaria, equivocada en su propia percepción como el 83% de las chilenas (según encuestas) y decir triunfalmente “¿viste?”.

No poh, nada que ver. No es que yo sea delicada, pero ¿se imaginan en un seminario serio a alguien exponiendo sobre las dimensiones del miembro masculino? ¿Se imaginan al expositor mostrando UN GRÁFICO de los tamaños chilenos, y luego preguntar “¿qué hombre de acá no sabe de qué porte es su VIRILIDAD”? ¡O sea, jamás en la vida! En un escenario realista, dudo ni siquiera nos acerquemos a eso. Lo de los hombres es sagrado, mientras el cuerpo de las mujeres es público y se discute a destajo, o al menos así fue hoy. Una vergüenza.

breast

Dramatización.

Quizá ande sensible, o sea tarde, o qué se yo, pero verdaderamente lo encontré EL COLMO… esa noción de que las mujeres somos cuantificables… esto de que se pueda MOSTRAR un gráfico del “censo” de los atributos femeninos y más encima luego PREGUNTAR a las damas en cuestión sobre sus sostenes (= pechugas). Mencionaré que hubo risillas generales. Unas para quitar tensión y otras porque lo encontraron divertido, indistintamente del sexo de los rientes… pero, aunque en general no soy una persona violenta, yo fantaseaba con subir al estrado y preguntar: “¿Usted señor, se ha medido, está seguro de que esos calzoncillos le quedan bien? ¿Sabía usted que el tamaño promedio del miembro chileno masculino es tanto, y que, al parecer, el suyo (HORROR) va bajo la media? ¡Ah, pero no se preocupe, que el 83% de los hombres no están al tanto de su porte!”… Jaja, sí, otra vez estoy exagerando, pero es que fue TAN ofensivo. No solo por esto de llegar y cercenar nuestros cuerpos y analizarlos como objetos, sino que también porque fue como si nos dijeran “ustedes, mujeres, no se conocen… dejen que un hombre venga a EXPLICARLES cómo son las pechugas y cómo usar sostenes”. “¿Sabían ustedes que el tamaño cambia seis veces en la vida?”. “Nooo, nunca se nos había ocurrido que con los cambios de peso, y los embarazos, y más adelante la vejez, habría un cambio allí, cuando lo hay EN TODO EL RESTO DEL CUERPO” (= somos tontas).

Pero NI SIQUIERA fue eso lo que me molestó más porque, ya, quizá el tipo quiso ser ingenioso y pensó simplemente que era un tema “divertido”, y quizá a la otra gente le gustó (después de todo, oí risillas) y fui yo la grave: Lo que más me molestó de esa charla, lejos, fue… la publicidad. La publicidad en particular de esa multitienda, que no es ajena a otras publicidades comunes, y todo lo que eso significa.

topitopY es que el señor, siempre campante y lleno de satisfacción, después de su gloriosa intro, se puso a mostrar videos de distintas campañas… TODAS en inglés, con apelativos tipo “fun algo”, “sale no sé qué”, “day otra cosa”, blablablá, pero aparte de eso, que ya lo mencionamos… todas habitadas de mujeres prácticamente quinceañeras. Todas y TODAS. Cada una de ellas. Ni rastro de ninguna otra situación distinta en el mundo. Hasta para el día del madre o del padre, las mujeres hacían el papel, siempre jóvenes, o siendo mamás a edades bastante precoces, o hablando de sus papás, todavía desde los años mozos. Del terror. No porque esté mal eso, sino que porque ¡no es real! O ¡porque no solo eso es real! ¡Hay toda una etapa de la vida que no sale reflejada y que es muy importante! Y bueno, agregaré que las mujeres de las campañas no solo eran jóvenes, sino que también altas, rubias y flacas… muy flacas. También todas.

Que no se me malinterprete: No tengo nada contra las altas, ni contra las rubias, ni contra las flacas. También me da rabia cuando se les hace bullying por ser “cuicas” o “desabridas” o tonteras por el estilo, que TAMBIÉN ES DISCRIMINACIÓN y QUÉ LES IMPORTA, e incluso les puedo contar una anécdota… de una amiga que es preciosa y además muy generosamente dotada (jaja),  y que. sorpresa, lo pasó pésimo en la adolescencia, porque las otras mujeres decían que “a los hombres les daba asco, por el porte de sus pechugas”. Envidiosas, nomás. A mí el rumor me hacía hasta reír, porque cómo tan mentira, pero mi amiga estuvo a punto de operarse para dejar de llamar la atención. Qué rabia. Qué manera de generar sufrimiento el tema. Vivan y dejen vivir.

Ya, pero acá me fui por las ramas. Lo que quería decir, más allá del hecho que el aspecto físico no tiene nada que ver con el valor personal, es que la belleza no es exclusiva a un tipo físico. Es cierto que hay niñas altas, rubias y flacas que son preciosas, pero… ¡no es ésa la única belleza! Y, más importante, ¡no es necesario ser rubio y alto y flaco y joven para ser hermoso! Me parece tan poco sano que se nos tapice con una publicidad donde solo tal tipo sea bienvenido, porque ¿cuánta gente es realmente así, un 0,5% quizás? O menos. De hecho, me fijé cuidadosamente en el seminario y vi que no había NADIE, en todo el público, que pudiera realmente calificar para hacer ninguna de esas campañas, más encima supuestamente dirigidas a la “girl next door” (inglés para “chica común y corriente”). Ni su servidora – y créanme que lo digo con cierto dolor en mi orgullo. ¿Se imaginan lo desagradable que fue ver, implícitamente, cómo una multitienda le decía a toda su audencia que no era hermosa? Fue como organizar una fiesta a la que no estábamos invitados.

Así que me fui indignada, pero no solo con el señor importante y lo que representaba, sino que con la sociedad en general… porque si eso vende, es porque lo compramos. La culpa es mutua, ya que es una retroalimentación entre el comprador y el vendedor, o un feedback entre costumers y merchandising, si les gusta más (jaja). Las multitiendas tapizan de anuncios de belleza sobre tipos físicos que casi no existen, pero porque los compramos, y así se propaga la noción de exigencia de un tipo imposible para la mayoría. De ahí que no sea sorprendente que luego a tantos les de anorexia o se operen excesivamente, PARA NO PARECERSE A ELLOS MISMOS. Al chileno medio. Porque el chileno medio es invisibilizado. No aparece en los comerciales. No es rentable. Es – uy, Dios no lo quiera – “feo”. Y nadie quiere ser feo. O sea, OBVIO QUE NADIE QUIERE SER FEO, POH.

Para mí, personalmente, no es tan grave, porque me pasa que siempre he tenido la suerte de ser una persona segura. No me interesa lucir la ropa, sino más que ella me luzca a mí. Tampoco me interesa ser flaca, sino que simplemente normal, porque me gusta ser una mujer y tener curvas, aunque admito que a veces se me pasa la mano con las cazuelas y allí es fome, pero aun así siempre me ha gustado ser yo misma. No me cambiaría por nadie más en el mundo, porque ésa soy yo, única e irrepetible y yo estimo a ese ser sobremanera.

Sin embargo, no todo el mundo tiene esa suerte. Conozco a muchos que no se contentan con su propia persona, siendo también ya perfectos tal cuales son, sin necesidad de cambiar nada… como no lo sienten así, o bien se repudian con triste desesperanza, o bien entran en una incansable – y algo admirable – persecución por la belleza, que es increíblemente violenta y que jamás se puede ganar. O sea, sí, uno se puede arreglar un poco algunas cosillas, cuidarse más, etcétera… pero cuando el cambio va hacia el parecerse a ALGUIEN MÁS… el pronóstico es terrible. Porque es una empresa imposible y no, NO se logrará. Nunca.

jane fonda

Jane Fonda tiene hasta su local de carrete aquí en Chile, la Yein Fonda (no fotografiada en esta ocasión).

Por supuesto, también cabe la posibilidad de que uno efectivamente SEA como las mujeres de las revistas y eso está bien también y qué suerte, que vendan pura ropa que a una le quede bien y etcétera, pero… hay que tener en cuenta que eso tampoco es para siempre. Que igual no es buena idea aferrarse a la juventud, porque es inevitablemente temporal, más que la altura, o el estilo, o el peso, o incluso la salud. Todos envejeceremos, irremediablemente, lo que es difícil de recordar a veces, en especial considerando que las personas mayores apenas existen en la publicidad. Eso no significa, claro está, que uno esté eliminado de la moda solo por ganar años, porque igual hay excepciones como la Jane Fonda. Sin embargo, admitamos que, si la Jane Fonda se mantiene vigente, es porque lo que vende es su propia esencia, su propia persona, antes que su aspecto físico (lindo y cuidado, en todo caso) y la verdad es que son casos contados los de personas mayores en la publicidad… meramente a causa de nosotros mismos, los esquemas baratos que hemos mantenido y las nociones de belleza que hemos permitido existir “legalmente”.

Pero en fin, por último uno podría decir “ya, está bien, que los jóvenes se preocupen de la moda y los mayores se olviden y se vistan de acuerdo a su edad” (jajaja). En cierta forma, consolaría pensar que es algo justo, porque a todos les toca la juventud durante un tiempo determinado y ya está, PERO NO ES REALMENTE ASÍ. Porque la moda actual, además de la juventud, exige varios patrones más, que algunos igual no “lograrán” jamás. No todos son rubios. No todos son altos. Todos pueden ser flacos, eso sí, con el metabolismo, la suerte, o la ayuda suficiente, pero flaco no significa necesariamente tener las pechugas o el poto, o la forma deseada para “entrar”. En conclusión, no todos pueden ser como las modelos de las revistas… de ESAS revistas, y ése es mi punto: que la solución no es esforzarse (a veces en vano) por encajar allí, sino que… diversificar el tipo que elegimos ser visible y, con eso, deseado. Porque hay belleza en todos los tipos y la solución es simplemente dar cuenta de ello. Se supone que nosotros mandamos la publicidad y no viceversa, así que deberíamos incluirnos a todos, y darnos así cierto respiro y cierta noción elevada de importancia. Noción que merecemos, por lo demás.

hijos¡Y la presión! La presión puede volver a la gente loca. ¿Alguien leyó sobre el hombre asiático que demandó a su mujer por “darle los hijos más feos del mundo”? (papá del año). Resulta que ella estaba totalmente operada y él nunca supo cómo era en realidad, antes de conocerla. Sin embargo, la genética sí lo hacía, y así la descendencia apareció sin preservantes ni aditivos, y el galancete horrorizado. Se puede juzgar a ella por mentir, claro, y a él por la falta total de compasión, al menos con la prole, pero a la vez… es un problema de nuestros tiempos. Exigirse cierta forma prefija que ¿quién eligió, los modistas? No sentir que se es suficiente, o no sentir que el otro es suficiente y estar tan indignado como para llegar a juicio y de paso insultar públicamente a los inocentes retoños.

Creo que son experiencias con las que uno vive, y a las que está tan acostumbrado que ni siquiera nota. Por ejemplo, cuando yo era chica, mi mamá tenía una tienda de cerámica, donde pintaba santitos y monitos de bautizos y otras cosas. Los niños que ilustraba en ellos eran muy lindos, gorditos y tiernos, pero siempre rubios o, a lo más, de pelo castaño muy claro.

Yo nunca me di cuenta de eso, hasta que quise uno que se pareciera a mí y como no había, muy enojada y llena de desolación, la increpé: “¿Por qué no pintas niños que se parezcan a mí?”. “Es que no pinto niños morenos”, contestó muy tranquila. Obviamente ardió Troya dentro de mi corazón y también de los alrededores… ni siquiera me había dado cuenta de que era morena, y/o de que eso pudiera ser algo “malo”. “¿Y por qué?”, pregunté  llorosa, y ella pacientemente, “yo los hacía, pero nunca los compraron y los tuve que botar”. No lo podía creer, así que dale y dale preguntando, cada vez más fuera de mí.

Como yo era porfiada y obsesiva, y no parecía poder dejar el tema, mi mamá astutamente fue a buscar uno que todavía tenía en la bodega para que le creyera, y aunque lo hizo para ayudarme y para mostrarme, en cierta forma, que ella quería a los niños como yo y que los encontraba suficientemente hermosos como para ser retratados, no hizo más que aumentar mi inquietud… porque el angelito moreno estaba todo sucio y venido a menos, y entonces yo me sentí tan increíblemente excluida y defectuosa, como mi abandonado alter ego. Así que insistí aún más, ya casi gritando (qué atroz tener a una hija como yo): “¡Pero cómo! ¡Cómo no los compran! ¡Si no todas las señoras tienen hijos rubios!…. ¿¿O sí?? (TERROR)”. “No, pero igual compran esos”. Jajaja (tragicómico).

la foto

<3

Ahí ya fue divertido y nos reímos, porque no tenía sentido alguno y hasta a mi corta edad yo podía entenderlo y así en cierto sentido mi mamá y yo nos hicimos cómplices de la tontera de otros. Además sentí, infantilmente, que ella me quería más que las otras mamás a sus hijos, porque habría comprado (¡había hecho!) un angelito que fuese de mi color, aunque no fuera el “adecuado”… pero aun así, admito que cuando ofreció limpiarme el moreno para que me lo llevara, yo en vez quise uno rubio porque era “mejor”.

Y eso es lo que hace la publicidad. Si uno es inmaduro o inseguro, hace sentir que se es “peor”, si no se encaja con lo que los otros compran. Mi angelito rubio lo tengo desde entonces, y ahora que vivo sola está colgadito cuidándome, lo que está bien porque me recuerda a mi mamá, a mí mamá que no me juzgó cuando yo preferí ser “cool” y elegí la opinión de otras señoras tontas sobre la de ella… pero lo cierto es que el ángel debiera ser moreno, como yo, y como más del 95% de su clientela real. Aunque en ese caso particular ya no me importa porque, sí, todos tenemos derecho a convertir algo en personal.

Y en fin, eso es básicamente lo que quería decir: Que la publicidad general es un asco y nosotros también a veces, por creerle y propagarla. Y que no hay un solo tipo de belleza. No hay un solo tipo de estilo. No hay un solo tipo de cuerpo. No hay un solo tipo de edad. NO ES CIERTO TODO LO QUE DICEN EN LAS REVISTAS. Sí es cierto que hay formas físicas que son más fáciles de vestir, pero… eso no significa necesariamente que sean más o menos bellas. Y es una vergüenza que enseñemos lo contrario a las futuras generaciones. Y a nosotros mismos. Es una vergüenza que escuchemos más a una publicidad obvia o a un señor snob que habla en inglés, que a nuestra propia piel. Eso no significa que no crea que haya que cuidarse un poco, porque sí lo hago, aunque no siempre lo logre tanto como quisiera… sino que todo lo otro que dije y que ya no quiero volver a repetir majaderamente, porque fome.

Para terminar, quiero agregar una sola cosa más y así dulcificar este mal trago que ya me saqué del pecho: Hubo otro exponente en el seminario hoy, que me pareció mucho más honesto (y menos lleno de sí mismo) que el señor del terror. Tal exponente mostró un comercial de otra empresa, de un supermercado cuyos protagonistas se miraban en todos los pasillos y al final terminaban encontrándose en la caja. Entonces, éstos se sonreían, de una manera obvia que sugería (gritaba) enamoramiento, cerrando así la escena triunfalmente.Lo dejaba a uno muy contento, porque estaba muy bien hecho y al final en realidad era ése el golpe de gracia. No el producto mismo.

La cosa es que el señor observó el desenlace del comercial con cierta preocupación, porque también se dio cuenta de que el romance no tenía nada que ver con el supermercado, así que luego de un breve silencio comentó “bueno, el local está tan bueno que hasta trae polola”. Y entonces se rió, atrapado en falta, porque en realidad no había cómo disfrazar eso. Y yo también me reí, porque fue un alivio ver que no era la única loca en el seminario, y porque igual fue un poco divertido.

Bueno, en realidad creo que somos muchos más los que pensamos así, pero aun así tuve unas ganas locas de escribir esto.

PD: La imagen principal es de “La muerte le sienta bien”, ¡una película buenísima! Que juega con la idea de hasta dónde podemos llegar buscando LA BELLEZA.

Encuentros cercanos con la muerte

Cuando tenía cinco años tuve un encuentro cercano con la muerte. Por casualidad.

Sucedió una mañana cualquiera. En nuestro jardín había un columpio, que era más o menos así, aunque de metal y oxidado:

Y estaba mal enterrado por lo que, cada vez que nos columpiábamos, se levantaba alguna de las patas que lo sostenían, amenazando con caerse la cosa completa. Era el mismo balanceo del juego el que mantenía el asunto a raya, porque al volver atrás, la pata volvía a su lugar, y todo estaba bien. Hasta la próxima vez, si no íbamos demasiado fuerte, claro.

Toda la estructura era tan pesada y su poder nos parecía fascinante. Tanto que, con mi hermano Ricardo, cuatro años mayor, nos la arreglábamos para tirarla al suelo a propósito…  solo por el gusto de verla caer. Retumbaba la tierra en un rumor sordo cuando lo hacía, y era algo impresionante, y poderoso, y fascinante de presenciar. Típicas tonteras de niños, aunque por niños que fuéramos, sabíamos que era peligroso estar encima del columpio cuando eso pasaba, así que lo empujábamos directamente cuando queríamos botarlo. Nada de hacerlo de verdad. Cualquiera que sintiera el impacto que producía al venirse abajo, sabía que no era algo para tomar a la ligera.

Por supuesto que mis papás no sabían de este juego loco. Era uno de tantos secretos que compartíamos mi hermano y yo. Como las caminatas por el techo roto, las escapadas en bici a la tarde por calles peligrosas (“al lado”, íbamos), los fuegos artificiales escondidos, las saltadas al suelo desde el segundo piso, o los dulces que comprábamos con plata “prestada”, jeje. Cosas que uno sabe, sin importar la edad, que en el fondo no están bien, así que las oculta Nosotros ni le contamos a nuestros papás que el columpio estaba suelto, porque eso significaba que lo arreglarían y que no podríamos seguir jugando así con él. Y nos encantaba hacerlo.

Mi hermano era responsable dentro de su irresponsabilidad, así que me había hecho prometerle que sería cuidadosa… pero pese a todo lo que lo admiraba, a mí me gustaban la velocidad y los riesgos, así que no era muy obediente, en especial cuando estaba sola. Y la mañana en que sucedió, lo estaba. Iba en kínder, y salía antes que mis hermanos grandes de clases, y mi hermano chico aún no existía, así que figuraba jugando por mi cuenta en el jardín. Y, llevada por un entusiasmo infantil, me columpié lo más fuerte que pude, como quizá nunca en la vida, sin ánimo particular de dar vuelta la estructura, sino que solo por el entusiasmo de sentir el viento en la cara, y la velocidad en mí.

Y eso es todo lo que recuerdo.

Porque de pronto, no había nada. Era la nada. El silencio más absoluto. Como un sueño muy profundo, un trance hondísimo de conciencia… pero algo tan hondo y profundo que ni siquiera se puede definir como la nada, porque para definir un “nada”, tiene que haber un “todo” en alguna parte, y ni siquiera había eso.

Simplemente, yo no era. No había conciencia alguna de mí. Ninguna voz, ninguna idea. Ni siquiera existía el tiempo.

Solo potencialidad y silencio.

Hasta que una voz me llamó. “María Paz”, dijo, con firmeza y dulzura. Era una voz profunda, y de hombre, con mucha autoridad, que rompió el total absoluto de ese espacio. Entonces volví a existir, en separación del resto, aunque todavía de modo muy precario.

Estaba aún demasiado inmersa. Era aún un sueño demasiado profundo, así que la voz debió continuar, “María Paz”… hasta que me “despertó”, por decirlo de algún modo. “Verdad que yo era una niñita, que se llamaba María Paz y que vivía en esa casa, con ese jardín”, o algo así pensé, como retomando un recuerdo muy lejano, mi conciencia volviendo a tomar forma. Y la voz me seguía llamando, atrayéndome. Tenía tanta tranquilidad, y también tanta determinación. Era obvio que yo tenía que responderle. En esa voz se concentraba el universo.

Así que lo hice. Volví. Abrí los ojos. Y entonces la serena voz de hombre, que seguía repitiendo mi nombre, se transformó en la agitada voz de un niño, la de mi hermano Ricardo, que decía lo mi e tanto hacer fuerza y medio llorando sobre mí. Tenía solo nueve años, y sostenía con todo su vigor el pilar central del columpio, que estaba a punto de soltar y que figuraba… a unos cuarenta centímetros de mi cabeza. Yo estaba en el suelo y tendida de espaldas.smo,“¡María Paz, María Paz!”, gritando, rojo de tanto hacer fuerza y medio llorando sobre mí. Tenía solo nueve años, y sostenía con todo su vigor el pilar central del columpio, que estaba a punto de soltar y que figuraba… a unos cuarenta centímetros de mi cabeza. Yo estaba en el suelo y tendida de espaldas.

Cómo mi hermano apareció ahí, es un misterio. Estoy segura de que él no había llegado a la casa cuando esto sucedió, y en especial de que no estaba en el jardín. Entonces se me ocurre que: o fui detenida en el tiempo hasta que él volviera y pudiera salvarme, o que fue un ángel que tomó la forma del niño en quien más confiaba en el mundo, el único cómplice de mis secretos, quien vino a sacarme de allí.

De un modo u otro, yo había vuelto al mundo, y a tener en él apenas cinco años, ¡y una enorme barra de metal estaba a punto de caer sobre mí! Así que me levanté y me corrí, lo más rápido que pude: yo ya estaba aquí y quería vivir.

¡Tenía que vivir!

La gran barra de metal cayó apenas segundos después, retumbando otra vez sobre el pasto en ese rumor sordo. Mi hermano y yo nos miramos con consternación, y luego no dijimos nada. Sabíamos que había pasado algo importante, en especial yo, pero lo dejamos ser. Creo que hasta nos fuimos a ver monitos, en parte para evitar el asunto, en parte porque es lo que los niños hacen.

Nunca más jugamos con el columpio.

Los pequeños errores

Debo haber estado en segundo medio cuando alguna lúcida profesora trajo una columna de consejos, para analizarlos en clase juntas. Lo que ella quería era que pudiéramos darnos cuenta de cómo un buen consejo no tiene que ser largo para ser eficiente, si corto conservaba lo esencial.

Uno de los casos que trajo para ilustrar eso se quedó pegado en mi memoria. Era de alguien que escribía preguntando qué hacer con su secretaria. Decía que era nueva, y que en su inexperiencia se había mandado un error tonto pero garrafal: perder un documento importante y también todas las copias, justo antes de una reunión pro. El dilema era ¿podía o no confiar en ella, luego de esto? ¿Merecía o no una nueva oportunidad?… La profe quería que diéramos nuestras propias respuestas, antes de leer la que habían contestado en la revista. Era de esos seres entrañables que enseñan cómo pensar, antes de qué pensar, lo que puede analogarse como enseñar a pescar antes de regalar el pescado… algo que queda para siempre.

A nosotras el ejemplo nos causó horror. Estábamos en un tiempo donde se nos transmitía día y noche lo importante que es ser responsable y cumplir, más allá de las intenciones últimas (“nada de excusas”, nos decían) y la secre claramente no había cumplido. Además, como adolescentes todavía vivíamos en un mundo sin matices, donde las cosas son buenas o malas, y por consiguiente el error parecía imperdonable. Aún así, intentamos negociar el asunto, aconsejando ciertos castigos y amenazas, seguidas – en general – de sugerir darle a la secretaria otra oportunidad. La mayoría de las respuestas eran extremadamente largas y complicadas, como para que la “blandura de corazón”, de la que casi nos avergonzábamos, conservara cierta respetabilidad y así fuese tomada en serio.

Y entonces la profe leyó lo que salía en la columna: “Hasta las personas más inteligentes cometen errores. Dale otra oportunidad”. Conciso y eficaz. Casi como un látigo de sabiduría, y nosotras tan calladas.

Ah, qué alivio fue escucharlo. Podíamos – teníamos permiso – para equivocarnos. No es que eso fuera a relajarnos (nadie se expondría a cometer el error de la secre, de poder prevenirlo), pero cuando inevitablemente mostráramos la hilacha… bueno, ya sabríamos que en algún momento iba a ser pasar de todas formas, así que… sería más fácil caer con gracia y, en el contexto adecuado, hasta tener preparada la humilde reverencia del payaso. También sería más fácil ser compasivo con los demás, en su propio momento de traspié humano.

Y era mejor saberlo desde ya porque, para ser una especie inteligente, las personas cometemos un sinfín de errores ridículos. Nos caemos, botamos las cosas, nos perdemos, perdemos las cosas, nos ponemos los zapatos en el pie equivocado, y en ocasiones hasta revolvemos la sopa con el lápiz y escribimos con la cuchara (a mí me ha pasado). Dejamos las llaves de la casa dentro de la casa, las llaves del auto dentro del auto y a veces hasta nos subimos en los autos equivocados (culpable). Inventamos contraseñas complicadas para internet que luego olvidamos, y si las anotamos en un papel, lo tiramos pensando que era una boleta vieja y luego tenemos que sacarla de la basura chorreando pepitas de tomate.

Y eso ni siquiera es todo. Leemos los mapas al revés, arreglamos el enchufe sin acordarnos de cortar la electricidad, le echamos sal al café, azúcar a la ensalada, nos llaman del supermercado con que dejamos allí la billetera o el celular, y de pronto nos encontramos con el control remoto perdido en el freezer (también). Y a veces ni siquiera recordamos bien los nombres de las cosas, o de las personas, como pasa en mi casa, donde se refieren a mí como “María Pablo”, un 2×1 de mi hermano chico y yo (y le dicen así a él también).

Visto de una perspectiva amplia, estos errores son bastante chistosos, y por supuesto que se prestan para el tandeo.

Y en este abanico de posibilidades, yo igual tengo un par de favoritos, quizá porque me son más familiares. Uno de ellos, es el de dar vuelta el líquido de turno, y es que, en mi casa, viene a ser casi una costumbre. Tal vez seamos demasiado distraídos, o genéticamente algo torpes, pero el hecho es que no hay comida familiar que no termine con el mantel manchado, y en general chorreando. Mi papá siempre – siempre – da vuelta el vino, tanto así que lo conocen hasta en los restoranes, y muchas veces nos sumamos los hijos con nuestros propios brebajes, y ahora hasta los sobrinos, como dignos herederos de nuestra genética. Es tan así que, cuando estoy viajando, si alguien da vuelta algo… siento como si estuviera otra vez en las mismas mesas familiares que he visto estilar desde mi infancia.

Mi cuñado salió un poco más elegante, pero aún así es el protagonista de uno de mis recuerdos favoritos al respecto. Cuando estaba recién pololeando con mi hermana, lo invitaron a comer, y entonces abrió una bebida que se había caído antes al suelo: La tapa salió disparada, explotando todo el contenido, que llegó hasta el techo… para luego llover profusamente desde allí, en oleadas de negro espumoso. Fueron como fuegos artificiales de Coca Cola, y también una bienvenida en la familia, porque entonces supimos que mi cuñado era uno más de nosotros, aún cuando en general no le pasen estas cosas.

Mi segundo tipo de error favorito tiene que ver con los accidentes físicos. Esos últimos – cuando no son graves – me parecen los más divertidos. Uno de mis recuerdos preferidos, aunque por dignidad no debiera, es de cuando choqué con una pared mientras me miraba el gallo que me gustaba. Yo tenía 20 años, y estaba con él en un bar, cuando le dije “voy al baño y vuelvo”. Me gustaba tanto que me tiritaban las piernas, así que partí totalmente concentrada en mantener el equilibrio y en parecer cool… cuando se me ocurrió mirar hacia atrás, y allí estaba él sonriéndome tranquilizadoramente, casi como diciendo “sigue así, vas bien”, e iluminando con su buenmozura todos los espacios. Encandilada, le sonreí de vuelta, pero tan guapo lo encontraba, que me quedé embelesada contemplándolo mientras seguía caminando… hasta que, tate, me pego santo cabezazo con mi amiga la pared… jejeje. Adiós, dignidad.

La verdad es que fue muy gracioso y que al final hice feliz a toda la gente del lugar.

Sin embargo y poniéndonos más serios, estos errores que cometemos no siempre son tomados de modo tan amable. Hoy me he limitado a contar casos simpáticos, en pos de transmitir un sentimiento de autoaceptación y de buena onda ante las limitaciones cotidianas, pero varias veces he recibido comentarios despectivos o incluso gritos, cuando he mostrado alguna de estas hilachas… como si uno lo hiciera a propósito, y como si uno no tuviera que recibir, cada día, de los demás lo mismo. Y entonces da mucha rabia, y mucha pena. Si uno engancha, claro, pero es que en ocasiones es difícil y hasta inhumano no enganchar.

Es como si nos olvidáramos de que las personas, los animales y la vida misma siempre son más importantes que las equivocaciones.

Mi error anti-favorito es el relacionado con el manejo, justamente porque es el que se toma con el peor de los espíritus y de la mala onda. No sé porqué pasa que en la calle, si alguien comete cualquier error, por pequeño que sea, es como si el otro tuviera el derecho de decir y hacer absolutamente lo que quiera, hasta las cosas más horribles, enfatizado con todo tipo de bocinazos. Hay un nivel altísimo de violencia física y psicológica en las calles. Yo opino que no es un tema menor.

Sin embargo, cuando yo empecé a manejar, no le había dado mucho análisis y así lo tomé simplemente como “lo que era”… por lo que me lo pasaba peleando en la calle y repartiendo insultos a diestra y a siniestra. Hasta que un día llevé a mi mamá, y ella vio cómo le di un bocinazo de aquellos a alguien que se estaba demorando para salir a la rotonda. “¿Para qué tocas la bocina”, me preguntó entonces, “¿acaso crees que va a apurar las cosas?”. Antes de que pudiera contestar (no lo había pensado) agregó como para sí misma “tocar la bocina es desagradable”, y vaya que lo era… pero hasta que no me lo dijo, no me había dado cuenta, por lo que desde entonces me propuse tocarla lo menos posible… y ahora creo que lo hago con suerte dos veces al año, y además ni se me ocurriría gritarle ya a la gente.

Lo gracioso del tema (y positivo) es que, desde que cambié mi actitud en la calle, no me estreso. Sigue habiendo una lucha en el tráfico, pero como ya no participo, no engancho. Si alguien se agita, allá él (o ella), y cuando alguien comete algún error o se me cruza… bueno, paciencia. Respiro, espero, si es mucho quizá cante un poco más alto (casi siempre voy cantando en el auto) o respire aún más hondo, y a otra cosa mariposa. Mi tiempo y mi sentido del humor son más importantes que los diez segundos que perdí porque alguien no se dio cuenta altiro de que la luz volvió a ponerse verde, o por la sutil frenada que tuve que hacer porque alguien señalizó tarde… a no ser que haya sido riesgoso, claro, y entonces viene el bocinazo pero de advertencia, no de frustración confrontacional, aunque si no tiene sentido emitirlo, no lo hago: La otra persona sabe lo que hizo, y mis bocinazos no nos devolverán al pasado. Yo misma me ha zafado de algunos exabruptos bien merecidos alguna vez, y eso me ha generado un gran agradecimiento, y hasta cierta sensación de camaradería.

Lo mismo pasa con todos los otros pequeños errores descritos. Si uno los toma con tolerancia y sentido del humor… dejan de ser un tema e incluso se cometen menos. Hay pocas cosas peores que hostilizarse a sí mismo cuando uno se equivoca, siendo que se es simple – y muchamente – un ser humano, como también hay pocas peores que hostilizar a otros seres humanos. Qué libres somos cuando nos dejamos en paz, y cuando nos reímos de nuestros pequeños errores, sin malicia: Es ahí cuando se acaba el maltrato y viene la aceptación.

Y una vez alcanzada la aceptación, esa fuente inagotable de diversión…

PD: Disney sacó unos videos educativos sobre cómo manejar: “Freewayphobia“, de los años 60. Yo recomiendo echarles una mirada, porque son actuales y muy buenos y es que Disney era un visionario. Por esa onda debe estar el que estaba buscando y no encontré, sobre cómo autos enojados en realidad no eran autos enojados, sino gente enojada dentro de ellos.


 

Dos momentos inolvidables

1994. Mi hermano Pablo tiene 5 años, y pasa por una etapa de fanatismo desmedido por películas gringas de acción. Un buen día se aparece en solemne comida familiar, y anuncia, con un tono aún más solemne: “A partir de hoy, quiero que me llamen Johnny“.

¡¡Oh, Dios!!

En el mismo año, Pablo apestado por alguna imposición y anunciando, esta vez, que se iba de la casa: risas de todos, y su indignado desalojamiento del living. Un rato después, al acordarnos de él y no verlo en ninguna parte, mis papás salen a la calle a buscarlo. Entonces, lo encuentran caminando, ya un par de cuadras más allá, llevando en una mochila: una polera, un calzoncillo limpio y ¡su mono de peluche!

De las cosas más determinadas y exquisitas que he visto jamás.

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¿Quién dijo que no hay cambios de piel?

Una vez hace tiempo escuché, desde lejos, a mi hermano grande en una conversación decir que los yuppies (esos hombres ultra ordenados y trabajadores) eran los mismos hippies, cuando ya habían crecido y habían encontrado otro modo de hacer las cosas. Hippies que habían encontrado otra forma de cambiar al sistema, o bien, hippies que se habían rendido: pero de todos modos, los mismos.

Yo lo encontré tan impresionante (y equivocado) que me saltó al oído y hasta me reí en voz alta (tenía como 13 años y entonces era tan patuda – pensando que lo sabía todo de todo – como irrespetuosa). Sin embargo, más adelante me di cuenta de que esto muchas veces no sólo era real, sino que además ¡un ejemplo de esto vive en mi casa!: Mi papá.

Mi papá, viviendo en los años ‘7o en USA, y asistiendo a la Universidad de Berkeley, en medio de todos estos hippies y siendo, al menos en aspecto, uno más. No tanto después, de vuelta en Chile, mi papá ya siendo mi papá, y siempre impecable, hasta el punto de yo jamás haberlo pillado en blue jeans (vaya una a saber porqué, porque no es como que tenga algo contra ellos: tal vez simplemente no van con él).¿Cierto que es divertido verlo?También es divertido verlo codeando a la copia de cera de Kojak y entender que, no importa cuán distinto se vea por dentro: bajo cualquier piel sigue siendo él mismo, ¡y sigue gustándole jugar!

¡Púdranse, mujeres!

Cachagua, enero del 2006, una casita con vista al mar. Luego de un gran y contundente almuerzo familiar, mi prima y yo, ambas entonces portadoras de un historial amoroso reciente del terror, figuramos lavando los platos, actividad que ese día nos toca, y que de paso combina perfectamente con el cuadro de ¡tapita!

Luego aparece mi hermano chico; 17 años, contento y radiante, posicionado entonces justo en el lado opuesto; casi dueño de las playas. “Púdranse, mujeres” escuchamos que nos dice, yéndose, luego de dejar algunas cosas sucias en la cocina, todo descuidado y simbólico.

Mi prima y yo nos miramos con ojos redondos, llenos de risa, horror y sorpresa, y yo, para alivianar la violencia y para dar cierto toque sarcástico, le digo: “Bueno… quizá quiera que nos pudramos, pero, hey, por lo menos es capaz de decirnos estas cosas a la cara”, lanzando una miradita irónica, ridiculizando el general desastre, y entonces borbotan afuera con impresionante intensidad las carcajadas de ambas, casi ahogándonos. Puro humor negro, pero uno de lujo.

El cabro chico escucha y se devuelve, de tan escandalosa que es la risa. Pregunta del porqué, y cuando al fin logramos hablar y contarle, él nos mira con una expesión tan sonriente como consternada (“ahora sí se volvieron locas”), para luego explicarse, encogiendo los hombros en señal de inocencia, diciendo: “Pero si yo nunca dije eso… yo dije ¡apúrense, mujeres! Y además, lo dije en broma”…

Doble ataque de risa; de la exageración, de las cosas mal escuchadas, del drama hecho carcajadas, de las embaladas y a veces tan equivocadas psicologías; risa, en fin, de la vida misma.

Filosofía cinematográfica

1990, verano. Con sólo 8 años en el cuerpo, mi prima Isi y yo en traje de baño, pero dentro de su living y mojadas. Pan con palta en nuestras manos, leche con chocolate en vasos sobre la alfombra, y la bruja de la Bella Durmiente en la televisión, casi consumando su venganza, exclamando con fanático anhelo y ojos de loca, en la noche en que se suponía que la princesa moriría: “Hoy voy a poder dormir bien por primera vez en 20 años”. Entonces la impresión profunda de mi prima, quien comenta en voz baja, como para sí misma: “Qué mala suerte la de la bruja: justo la noche en que cree que va a dormir bien, es la noche en que se va a morir“, y tras su impresión, la mía (“ohh, verdad”), en infantil admirado silencio.

2006, invierno. Ya grandes, secas y vestidas, robándole unas horas a una tarde de semana laboral/académica para ver “Amadeus”. Yo sentada sobre la cama, con la espalda apoyada a la pared, y ella sentada sobre el suelo, con la espalda apoyada a la cama y liquidando de a poco un helado de manjar light. Mozart haciendo fosforescente la pantalla; escribiendo, creando, amando, sufriendo, siendo derrotado, siendo ensalzado, siendo visto, siendo interpretado, y siendo llamado “Mozart”, “Wolfang”, “Wolfie”, entre otros apelativos que mi mente ya no retiene. Al acabarse la película, otra vez mi prima: “No entiendo porqué la película se llama Amadeus si nunca lo llaman así“, su idea flotando en el aire como una revelación y esta vez la risa mía.

Toda una vida de impecable lógica.

¿Por qué la gente ya no lee?

Cuando era chica me devoraba los libros, mucho más que ahora. Podía pasarme horas enteras leyendo, y así igual eran todos los otros de mi familia. Íbamos siempre a la Biblioteca del Instituto Cultural de Las Condes, con mi mamá y mis dos hermanos grandes, y arrendábamos tantos libros que teníamos dos carnets de biblioteca en vez de uno, para todos. Y así fue como crecí.

Por otro lado, mi hermano chico, que tiene harta diferencia con nosotros, nunca leyó demasiado (aunque lee el diario). Según mi mamá es porque ella dejó de leer tanto, y entonces él no tuvo el ejemplo. Yo no creo que haya sido eso, sino que todos y no sólo ella, hemos dejado de leer por la simple y quizás vergonzosa razón de que ¡la tele hoy es tan entretenida!, y además mucho más fácil de entrar en, ya que para hacerlo prácticamente no se necesita concentración. Y hace unos años, no había esa tele; estaban los canales nacionales, y las teleserie existían pero la mayoría eran lentas, y el peak de diversión televisiva era el Desjueves, Contacto, Informe Especial, o el Sábados Gigantes, momentos así, buenos, pero escasos, porque, además, pese alo entretenido que pudiera ser un programa, luego siempre había una hora en que todos los canales se apagaban inexorablemente.

Yo creo que si las largas tardes o las noches semanales siguieran siendo fomes, sobretodo en aquellos tiempos más tiernos y más lentos, mi hermano chico habría leído igual por iniciativa propia ante el posible aburrimiento, pero por otro lado también hoy existe el Internet y el MSN que es algo tan entretenido que también se come las horas de formas camufladas pero absolutamente reales. Y es cierto que también está la opción de salir a pasear afuera, o juntarse con los amigos, pero esas salidas no quitan la existencia de las horas solas, en donde uno siempre se sumerge en donde realmente quiere y en donde uno se recrea verdaderamente, se escucha.

Y esa es la impresión que a mí me da, algo tan simple como eso, sólo espacios cotidianos que prefieren llenarse de otras formas más fáciles, aunque no necesariamente más entretenidas. El problema es que tanto la televisión como el internet provocan vaivenes que a veces otorgan mucho conocimiento pero que otras no llevan a ninguna parte, pero por otro lado está el tiempo, y es que los libros pueden tomar tanto tiempo que, aunque yo sigo leyendo (no tanto como antes, y más libros de estudio que novelas), admito que me la pienso antes de decidirme entrar a una historia, porque entonces tendré que termianrla y volarán los días… aunque luego también es cierto que a veces gasto el triple de tiempo en ver repeticiones de series de televisión, y sin darme ni cuenta.

Como se ve, las ideas pueden contradecirse, pero no el hecho de que es un tema. Para terminar podría venir la típica pregunta: ¿Los libros o la televisión? y yo contestaría que un poco de todo, y sin temor, ya que la tele además está cada día más culta y a veces expone en documentales lo que uno se demoraría meses en condensar, aparte de ser un indiscutible punto de reunión… ah, pero, por otro lado los libros, son siempre un viaje privado, una ventana a la ensoñación.

¡¡Y otra vez la indecisión!!, si no fuera porque no hay que elegir realmente :)

El mejor mail sentido que me han mandado en la vida

From: Nicole Keller

To: galgata@yahoo.com

Subject: No eres digna de subject

Date: Tue, 29 Sep 1998 14:01:50 PDT

Persona:

Si tú no te das el tiempo de escribirle a tu prima favorita para contarle tus cosas y que ella te cuente su relación amorosa, no mereces su amistad. No le respondiste el pasado e-mail y sus llamadas no son contestadas. Ella es una persona dulce, amorosa, simpática, que habla en tercera persona y necesita de tu amistad.

No la defraudes.

nicole

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