A mi profe de 4to básico

Resulta que yo era una niña solitaria. Estaba en cuarto básico, tenía nueve años, y cada vez que tocaban la campana para ir al recreo me preguntaba si esta vez me iba a ir a esconder a la biblioteca, a la capilla (colegio católico) o al baño. La misma transpiración helada la sentía cada vez que había que hacer algún trabajo grupal aunque luego era menos helada porque, claro, uno se acostumbra a todo.

No es que no me gustara la gente. Creo que, por un lado, vivía muy dentro de mi propia mente y que, por otro, no sabía cómo interactuar, por lo que simplemente no lo hacía. Y sí sabía cómo desaparecer. Escondía las invitaciones de cumpleaños para que mis papás no me obligaran a ir. Salía primera de la sala cuando tocaban el timbre y volvía última para no caer en el pánico escénico de tener que conversar. Nunca pedía ayuda, y procuraba no necesitarla. Nunca mostraba debilidad. Sacaba buenas notas, era controlada, serena. Escondía mis sentimientos, o bien, me desconectaba de ellos y, además fuera del colegio, sí tenía un mundo. Varias primas de mi edad que crecieron siendo mis compañeras de juego y con las que todavía cuento. Eso me aliviaba, me tranquilizaba, me hacía sentir importante aunque, por supuesto, no era suficiente.

tameY entonces apareció una profesora. Una profesora joven, bonita (o al menos así la recuerdo), que observó mi situación y que se convirtió en mi cómplice. Se fue acercando de a poco, con cautela, como cuando el principito domestica al lobo: Llamándome cuando estaba por empezar el recreo, y entonces simplemente me conversaba. Nunca trataba de retenerme, como siguiendo el juego de que alguien me esperaba en el patio, y si me veía sola en los pasillos, obviaba, con una sonrisa luminosa y no invasiva, la incomodidad de mi humillación. Nunca me preguntaba por qué no tenía amigas, cosa que obviamente notaba, sino que solamente me ofrecía su compañía, su cariño, sin explicaciones ni preguntas, el que fui aceptando de a pedacitos, en parte porque abrirme a alguien descompensaba la estructura de mi universo, en parte porque tenía claro que hacerme amiga de la profe podía hacerme aún más rarita. Aunque en el curso la querían y ella además tuvo el tino de no ser muy obvia con nuestra conexión. Así que me fui dando.

Esta profesora, cuyo nombre no recuerdo, subió exponencialmente mi calidad de vida. Yo no siempre hablaba con ella, no siempre le abría camino, pero el hecho de que tuviera conciencia de mi persona, me fue dando a mí también conciencia de mí misma. Cuando uno vive aislada, en silencio… es fácil mimetizarse, y olvidar que se es alguien, algo separado de la totalidad, pero la profe se acercaba, me miraba a los ojos, me preguntaba cosas, se acordaba de lo que yo le había contado antes, y eso me humanizaba. Me veía. Yo era distinguible, yo era especial, yo existía, y eso era suficiente. Es todo lo que un niño necesita. Y así vivimos en armonía, hasta el incidente.

musketterResulta que el colegio hacía una kermesse anual y, pese a que yo evitaba los eventos sociales, no podía resistirme a ese… laberintos de cajas de cartón, tiro al blanco, camas saltarinas, y todo tipo de entretenciones campechanas y simples. Todavía me encantan esas cosas. Y fui con mis primas. Estaba tan orgullosa de ir con ellas, porque así también podía mostrarle a las niñitas del colegio que tenía personas de la edad que me querían, y que disfrutaban de mi compañía, aunque probablemente ellas ni siquiera se habían dado cuenta de si las tenía o no. Como dije, era muy hábil para la desaparición. No puedo culparlas.

Mis primas, por supuesto, no tenían idea de mi situación, y estaban felices de poder conocer mi mundo colegial y así, cada vez que alguien me saludaba, me preguntaban si ésa era mi amiga. O esa. O esa. “No”, respondía yo también, cada vez, porque aunque me hubiera gustado decir que sí, encontraba peor que se dieran cuenta solas después de que eran solo compañeras simpáticas, que después de saludar se irían. Al cabo de un par de horas, tuvieron el tino de dejar de preguntar aunque, mirando atrás, no sé si tuvieron tino o si simplemente se olvidaron del tema. Y también me olvidé yo.

Hasta que apareció mi profesora. Fue tan dulce y simpática, y estaba tan aliviada de verme con otras niñitas. Nos recibió con una sonrisa casi incandescente, y me preguntó quiénes eran. Mis primas se acercaron para presentarse, felices de poder expresar su amistad condensada, de hacer lazos con alguien, entusiasmadas y con el mismo tipo de sonrisa.

Pero era una profesora, así que yo tuve vergüenza. ¿Cómo podía ser que la única persona que podía presentarles era una profesora? Además, si ella era tan amorosa, por contraste se notaba que sí tenía una relación conmigo, a diferencia de mis compañeras, que ella sí era lo que podríamos decir, amiga.

Yo no lo podía soportar.

Así que la desprecié. Dije, en tono neutral y robótico, algo así como “tenemos que irnos” y prácticamente tironeé a mis primas a otro lugar. No solo no dejé que las saludara, sino que ni siquiera la saludé yo. Ni siquiera la miré a los ojos. Mis primas me retaron por pesada, pero yo fui tan dura como es un arribista que, en la gloria social, desconoce a sus viejos compañeros. Bueno, no es lo mismo, pero se entiende: La desconocí porque sentí que no hacerlo significaría mi propia ruina y, detrás de mi actitud primitiva, no había más que un profundo pavor.calm

Por supuesto, me odié a mí misma, pero no me permití sentirlo entonces. En vez, me inmovilicé. Había negado a la única persona que me reconocía en el colegio, que me recordaba quien yo era, que me daba esperanza. Le había fallado estrepitosamente, y también a mí misma. Me moría de vergüenza, así que enterré esos sentimientos en lo más profundo de mi ser y, como recordar nuestra complicidad me dolía, también dejé de hablarle. Nunca más me quedé en el recreo. Nunca más la saludé en los pasillos. Ni siquiera me atreví a mirarla a los ojos cuando me hablaba en clase.

Y sin embargo, ella nunca cambió su actitud, ni hasta el último día escolar. Siempre me trató como si no la hubiera herido, aunque sé que lo hice. Siempre me trató con ternura. Obvió el incidente y no trató de forzarme a explicarlo. Obvió que nunca más le hablé, y mirando atrás, creo que lo hizo para no afligirme más. Porque no quería darme más carga, ni ahondar en la herida. Porque sabía que yo sabía. Porque entendía la situación, con esa sabiduría ancestral que solo algunos profesores tienen. Ella supo ver que yo era como uno de esos novillos que se enredan en el alambre de púa y que, mientras más se revuelven, menos pueden salir.

Dondequiera que esté, miss, yo le pido perdón. Me alejé de usted de esa forma terrible no porque no correspondiera a su cariño, sino que porque no quería reconocer mi situación… hablar ni del miedo, ni de la soledad. Yo tenía que seguir viviendo y tuve miedo de ponerme en contacto con mis sentimientos porque pensaba que, si lo hacía, me haría débil y no podría sobrevivir. Era solo una niñita asustada y entonces no sabía mejor.

Usted, de todas formas, realmente hizo una diferencia para mí. Me trató con amor, y su amor me hizo visible, aunque después no estuviera para apreciarlo. Me enseñó a ver tras los disfraces de la gente, porque entonces aprendí a ver el mío. Me enseñó lo que son la paciencia y la compasión.

Gracias a usted soy una mejor persona y se lo agradezco de todo corazón.

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El cansancio o cuando a uno no le importa nada

cans1Yo creo que el mayor problema de la sociedad podría ser el cansancio. Ni la distribución de la plata, ni la sobrepoblación de algunas ciudades, ni la contaminación: el cansancio.

El cansancio nos hace indiferentes, y es muy difícil trabajar con la indiferencia.

Lo ejemplificaré en algo muy cotidiano: Una amiga del colegio, la Mariajo tenía un perro, un rodesiano: Timmy. Ella lo encontraba encantador y seguramente el perro lo era con ella, pero las otras le teníamos pánico: con nosotras no era amable y además era gigante. Una vez se escondió debajo de la mesa cuando estábamos en el living, y era tan enorme, y gruñó tan fuerte, que la mesa empezó a temblar sobre él, con tazas y platos y librotes, y hasta pequeñas esculturas encima. Solo mi amiga podía dominarlo, cosa que hizo rápidamente en esa ocasión, con una voz suave y graciosa, como si nada horrible estuviera por pasar.

¡Dios! Esa vez creí que me moría. Casi llegué a sentir el frío hálito de la muerte soplando tras mi cuello, y lo mismo le pasó a la Coni, otra amiga que también estaba allí, con la que corrimos juntas a escondernos al baño. Admito que, en mi apuro, casi le cierro la puerta encima, jeje. Sorry, Coni. 

Pese a esto, unos días después, la Coni y yo figurábamos otra vez, como si nada, en el lugar del crimen. Era una tarde intersemanal y las dos veníamos agotadas de nuestras respectivas actividades, con ganas de solo echarnos a compartir el espacio. La Mariajo había ido a buscar vasos o algo así, demorándose mucho rato en sus labores de anfitriona, cuando con horror súbito recordé el perro, y le pregunté a mi interlocutora “¿no estará el Timmy otra vez debajo de la mesa?”… porque no había ni rastro de la dueña, y si él aparecía… ay, no podía ni pensarlo. Basta con decir que hubiera preferido que la mesa se moviera por la aparición del mismo demonio en alguna sesión de malogrado espiritismo, que porque el rodesiano, con su simple cuerpo terrestre, estuviera gruñendo bajo ella.

Mi amiga le tenía tanto miedo como yo, pero para mi sorpresa, en esa ocasión solo contestó un escueto “no sé”, hundida en el sillón. “Estoy tan cansada que me da lo mismo que me coma”, explicó después de un aletargado silencio, aún sumergida en ese océano de tela y relleno, con voz totalmente monótona. Era la viva imagen de los hombres y mujeres consumidos por el vivo ritmo actual. Totalmente destruida, y sin tener siquiera vergüenza de admitirlo. 

En ese momento, lo miramos con distancia y resultó tan gráfico y dramático que nos pareció divertido, ¡muy divertido y terminamos riéndonos!… pero en realidad habla de algo bastante serio: de que hay momentos en que las cosas no nos importan nada. Y eso tiene que ver con el cansancio.

Una forma interesante de explicar esto, es a través de algo llamado la pirámide de necesidades de Maslow, que grafica cómo las personas podemos preocuparnos de los niveles más altos solo en la medida de que hayamos cubierto los primeros. El gráfico al respecto lo adjunto, porque habla por sí mismo. 

Analizándolo, podemos ver cómo uno solo puede darse el lujo de cuestionar el mundo y de cambiar los problemas actuales (y personales), si ha dormido bien, comido bien, y se tiene conexión con otras personas, por dar un ejemplo. No es que de otra manera no pueda suceder, es que es antinatural que lo haga. Aunque a veces los seres humanos – para bien o para mal – vamos más allá de la propia naturaleza.

Los profesores trabajamos mucho con esto. Sabemos que los lunes y martes son los mejores días para hacer clase, pero que antes de almuerzo, y los viernes (para qué decir viernes antes de almuerzo) no puede pedirse demasiado. Es un curso totalmente distinto el que aparece refrescado y listo para la acción a principios de semana, que el que está agotado el viernes en la tarde y solo quiere irse, y una también es distinta. Por ende, hay que planear las clases teniendo en cuenta esto. Y no solo hay que tener en cuenta las diferencias durante la semana misma, sino que agregarles las variantes mayores, como los cambios que ocurren entre el principio y el final del semestre, y también considerar las cosas externas que pasan, como cuando hay un partido del mundial, o acaban de rescatar a los mineros y el ánimo general ha cambiado y eso también influye. O como cuando, por ejemplo, vino la gran nevazón, y los profes debimos dar un rato para dejar que los niños miraran por la ventana. Era algo diferente y lindo, y además nosotros también queríamos mirar.

Tener en cuenta esto que nos pasa, no solo es útil, sino que también clarificador. Uno se acuerda de que habitamos dentro de cuerpos meramente humanos, con energía e intereses limitados, y a entenderlo así. Uno aprende de los timings, por darse cuenta, por ejemplo, de que en ocasiones no es que a alguien no le importen las cosas: es que no tiene la energía o el espacio para hacerse cargo. A alguien deprimido posiblemente no le interesará el destino de los bosques, y una persona enojada tal vez le grite a los que hacen la colecta anual, solo por aparecerse en un mal momento. A alguien que se pasa el día cuidando al papá enfermo quizá no le importe si tal o cual político robó tal o cual cosa, y un tipo cesante que está urgido porque no puede llevar comida a la casa, tal vez prefiera tomar un trabajo injusto y mal pagado, antes que ponerse a luchar por su valor personal: Son cosas que pasan, incomprensibles a nivel ético, pero comprensibles a nivel humano, de los hombres y las mujeres que salen cada día a luchar al mundo, y que en ello hacen pequeñas – o grandes – concesiones, y es que uno solo tiene capacidad para luchar ciertas batallas, no todas… aunque tenga esos momentos en que se siente invencible.

En general el orden es así: de lo más cercano a lo más lejano. Primero, vienen uno mismo y los cercanos, luego el propio barrio, y los amigos, y de ahí los compatriotas, y muy al final la totalidad de la gente y de la existencia. Hay algunos, sí, que son más altruistas, o quienes tienen otro orden de preferencia: los animales antes que la gente, y así. Pero ese, en general, es el orden.

Por eso yo creo que es tan importante aprender a descansar: porque así uno puede luchar mejor esas batallas, y dar la cara para algunas que ni se consideran pelear cuando uno está agotado. Fresco y recuperado, uno tiene más energía, se interesa más en las cosas, y eso hace que sea imposible desligarse del mundo y sus consecuencias, como de uno mismo. Uno puede más, y logra más, y eso hace que también sea más estimulante, vivir.

Y con descansar no solo me refiero al comer bien y dormir, que es muy importante, sino que también a la parte emocional: elegir amistades y amores agradables, no decir que “sí” cuando quiere decir “no”, trabajar en algo en lo que se crea – aunque sea muy en el fondo – y etcétera. Me refiero a darse el espacio para encontrar ese espacio de paz mental, que muchas veces se encuentra solo por permitirse parar. Es que, irónicamente, hay que poder parar, para luego correr más rápido.

Por supuesto, hay personas extraordinarias que son capaces de superar el cansancio y las carencias de los niveles más básicos, y creo que todos hemos sido así alguna vez, en momentos de especial determinación o necesidad. Pero en general estamos somos solo seres humanos, y eso es lo que encuentro que hay que recordar.

Y ese ser humano, afinado y preparado, puede lograr muchísimo.

Igual estos son animalitos, pero se entiende el punto.

La plata

A mí me gusta la plata. Ojalá tuviera mucha más de la que tengo. Tiene un montón de cosas buenas: Da seguridad, da libertad y, cuando se gana limpiamente, da también una alta noción de valor personal. Por eso, no querría este auge solo para mí, sino que también para los demás… pero es difícil decirlo, porque resulta que la plata tiene mala fama, y que hablar de ella es de “mal gusto”.

Qué nerd, ¿cierto?, esa relación clandestina, tan intensa y a la vez tan disimulada. Porque hacemos estrategias para ganar lo más posible, dentro de las propias circunstancias, pero luego ni siquiera podemos preguntar con facilidad cuánto gana el otro. Hay pocas cosas más personales que compartir las cifras del sueldo, y aún más personal es expresar que uno quiere, saberlo. Si uno es “educado” y respetuoso, claro. Tener curiosidad por cuánto gana alguien es tener intereses ocultos, no quererlo de verdad, y eso que ni siquiera tiene que ver con el otro, sino que con el mapa del mundo que uno necesita construir para ubicarse en él… y expresar curiosidad sobre cuánto uno mismo va a ganar tampoco es fácil, porque significa “desconfiar” del jefe o de sus pareceres y eso sin duda es empezar con el pie izquierdo.

Mi pregunta es ¿cómo podemos luchar por tener remuneraciones adecuadas si ni siquiera nos atrevemos a hablar del tema? Sí, se habla a veces en las protestas, o en las discusiones públicas, ¿pero se habla entre los colegas? ¿los amigos? ¿la familia? En general no (con excepciones), porque es “feo”, o al menos delicado… pero luego vemos cómo quienes son capaces de discutirlo, en vez de hacerse invasivos y débiles, se hacen asertivos y fuertes, dado que por eso mismo logran detectar potenciales injusticias, mostrar seguridad, y sí, mejorar sus ingresos.

Y esto nos lleva a otra pregunta, la gran pregunta implícita: ¿Qué tiene de malo la plata, que es tan complicada de tocar? ¿Por qué escondemos cuánto ganamos (y cuánto gastamos)? ¿Acaso es algo sucio? Así lo parece, cuando uno siente como si no se pudiera ser una persona altruista y de buenos sentimientos, si exige un sueldo generoso por sus labores… cuando resulta que todos merecemos sueldos generosos por hacer un trabajo honesto y que incluso, para los más débiles, es el modo de mantenerlo honesto.

Especial mención tienen quienes trabajan en temas relacionados con el servicio… profesores, asistentes sociales, carabineros, y para qué decir los bomberos (gratis en Chile), porque son los que más sufren con este prejuicio de que la plata “mancha”. Uno puede regatear un sueldo de ingeniero o de abogado, pero si uno trabaja con las personas de ese modo más directo… es como, si al querer lucrar con ello, se ensuciara la nobleza del fin, como si no fuera de verdad, y eso hace que las cifras se mantengan bajas… lo que a su vez provoca que muchos eviten laborar en esos ámbitos. Lo más curioso es que ese castigo monetario a veces se lo autoimponen los mismos implicados, como los bomberos que no quieren cobrar porque sienten que eso desvalorizaría, “pervertiría” su trabajo.

¿Qué dice esto de cómo miramos la plata? ¿Tan mala nos parece que nos haría malos, recibirla? Todos hemos visto cómo la palabra “lucrar” en estos últimos tiempos se ha convertido casi en un garabato, en un insulto ya, por definición misma (algo con lo que no estoy de acuerdo, dicho sea de paso).

Pero el que tiene plata es “malo” (porque se “mancha”)… pero también es “bueno” (porque lo vale), en otra notable contradicción del mundo humano, y así es cómo los que se quedan trabajando en esos ámbitos, pese al mal sueldo, son desvalorizados por los ignorantes que siguen el principio económico de que “lo que vale harto, es bueno”, y que concluyen que si a alguien se le paga poco, entonces lo que hace no es tan importante. Este argumento, mirado con distancia, sería bastante razonable… si se pagara siempre justamente, y si – más elevado – pudiéramos realmente ponerle precio al valor de una persona. Pero resulta que no pagamos siempre justamente, y que no podemos – por definición – ponerle precio a una persona: solo a su labor, y a eso solo podemos ponerle precio, jamás valor. Entonces, no podemos hacer comparaciones que tengan que ver con “cuánto vale” cada quién, y menos desvalorizar al respecto.

Una persona no tiene precio.
Y entremedio damos a luz a un tipo que vive en una contradicción injusta: Es “bueno” (porque es noble) pero “malo” (porque no es lo suficientemente valioso como para que le paguen bien). No tiene plata pero tampoco – en general – prestigio. ¿Quién querría ser esa persona, entonces, ese profesor, asistente social, carabinero o bombero (y otros)? Solo gente con mucha vocación, que la hay, y con la holgura suficiente como para no obligarse a buscar algo “mejor”… y así es cómo escasean los buenos profesionales – o técnicos – del área. Aunque no siempre es así, claro.

Qué loco es este modo de pensar, opino, y cómo nos perjudica porque, independiente de si lo demostramos o no, y de si queremos que nos importe o no, a todos nos gusta la plata. Y no me refiero a que nos guste como un fin, lo que vendría a ser el querer tenerla solo por tenerla, porque eso no es algo tan común (ni sano), sino que me refiero a que a todos nos gusta la plata, como un medio… porque ella trae holgura, seguridad y libertad, y también la oportunidad y el poder de ayudar más fácilmente al mundo y a la sociedad, ¿y a quién no le iría a gustar eso? Al que no… bueno, es raro, y me trae a la mente un chiste de los Simpsons donde un niño pregunta en las clases de catequesis algo como: “Si una persona es masoquista, ¿no es un premio mandarla al infierno?”… jejeje.

Así que yo opino que deberíamos sacar el tabú de este tema monetario, los “uuuy” y los“aaay”… para poder conocer lo que pasa, y entonces ser capaces de cambiarlo. Y como primera iniciativa, opino que deberíamos visibilizar estas platas. En otras palabras, deberíamos poder saber no solo los sueldos de los que trabajan en el gobierno, sino que los que tiene cualquier hijo de vecino, en cualquier lado y lugar, y también la estructura real de todo tipo de transacciones… cuánto valió realmente el producto, cuánto está ganando cada uno de los eslabones que constituyen la venta, y ojalá todo, todo lo que queramos saber. Que lo escondido salga a la luz, para que podamos trabajarlo. Para los interesados, claro, la idea tampoco es aburrir a quienes no les importa… aunque igual todos deberíamos manejar cierto concepto general, como parte de ser habitantes en el mundo, y la responsabilidad compartida que eso supone.

Este destape al principio causaría un montón de controversias y una decena de señoras (y señores) desmayados… pero eventualmente haría que todo fuese más justo. Luego 

del escándalo, mejoraría la perspectiva, entenderíamos mejor de lo que estamos hablando, replantearíamos las cosas, y entremedio evitaríamos las situaciones inmorales como lo que fueron las indemnizaciones multimillonarias que tan famosas fueron hace un tiempo y algunas otras que de seguro existen y que por ahora siguen ocultas. Dejaría de ser un tema delicado, emocional y personal, para convertirse en una conversación sobre hechos y realidades, que por lo demás siempre pueden cambiar y que ciertamente lo hacen, en este mundo móvil, y es que la plata al final no es buena ni mala: es impersonal. Su valor radica en lo que pensamos de ella, y en cómo la usamos… pero lo que no cambia es que es una herramienta, y que por lo mismo conviene aprender a usar lo mejor que podamos. Es muy poderosa y está muy bien que la deseemos.

Con todo esto no sugiero que todos deban ganar lo mismo, porque claramente hay carreras de más riesgo, y también hay profesiones que requieren mucho más estudio, por lo que es lógico que merezcan más ingresos. Cuando un doctor hace una operación, el alto valor no es porque la operación misma sea tan cara, sino más bien por la gran preparación y largos años de estudio que tuvieron que aprobar él y todos sus ayudantes, y eso me parece correcto.

Pero sí pienso que las otras labores han de pagarse bien también (para lo que ofrecen) y en especial recibir justicia y respeto. trab

En la vida real pasa demasiado lo del chiste del gásfiter, típico de internet (aunque no lo encontré). Por si no lo han escuchado, trata de un gásfiter que va a arreglar una llave que está obstruida: la soluciona el asunto de un solo golpe de martillo y a continuación cobra 100 dólares. El que recibe el servicio lo encuentra muy caro y alega que para eso lo hacía él mismo, así que le pide una boleta con el detalle… en la que el gásfiter pone algo así como “saber dónde y cómo dar el golpe: 90 dólares, dar el golpe: 10 dólares”… jejeje.

A mí me encanta Chile y me patea un poco cuando la otra gente habla de las maravillas de los países desarrollados… como si su éxito fuese algo genético e inevitable, y no una consecuencia lógica de cambios que también podemos hacer nosotros. Pero es un hecho que en países como Australia o Nueva Zelanda (en los que he vivido), labores técnicas como las del gásfiter reciben un sueldo suficientemente respetable como para vivir en paz. Tal vez también deba mencionar que tengo a un amigo inglés que es bombero y vive de eso, y vive muy bien.

El descontento no es algo ajeno a la sociedad actual chilena, lo hemos visto no solo en lo sencillo y pequeño del día a día, sino que también en protestas masivas como ocurrieron por las isapres y la educación, y aunque no estemos de acuerdo entre nosotros en la forma exacta de hacer las cosas para transformar este descontento en contento… sí hay un consenso general de que hay que hacer algo. 

Y para esto lo primero es poder hablar de la plata.

(Aunque preferiblemente no como Mr. Burns).

 

Los pequeños errores

Debo haber estado en segundo medio cuando alguna lúcida profesora trajo una columna de consejos, para analizarlos en clase juntas. Lo que ella quería era que pudiéramos darnos cuenta de cómo un buen consejo no tiene que ser largo para ser eficiente, si corto conservaba lo esencial.

Uno de los casos que trajo para ilustrar eso se quedó pegado en mi memoria. Era de alguien que escribía preguntando qué hacer con su secretaria. Decía que era nueva, y que en su inexperiencia se había mandado un error tonto pero garrafal: perder un documento importante y también todas las copias, justo antes de una reunión pro. El dilema era ¿podía o no confiar en ella, luego de esto? ¿Merecía o no una nueva oportunidad?… La profe quería que diéramos nuestras propias respuestas, antes de leer la que habían contestado en la revista. Era de esos seres entrañables que enseñan cómo pensar, antes de qué pensar, lo que puede analogarse como enseñar a pescar antes de regalar el pescado… algo que queda para siempre.

A nosotras el ejemplo nos causó horror. Estábamos en un tiempo donde se nos transmitía día y noche lo importante que es ser responsable y cumplir, más allá de las intenciones últimas (“nada de excusas”, nos decían) y la secre claramente no había cumplido. Además, como adolescentes todavía vivíamos en un mundo sin matices, donde las cosas son buenas o malas, y por consiguiente el error parecía imperdonable. Aún así, intentamos negociar el asunto, aconsejando ciertos castigos y amenazas, seguidas – en general – de sugerir darle a la secretaria otra oportunidad. La mayoría de las respuestas eran extremadamente largas y complicadas, como para que la “blandura de corazón”, de la que casi nos avergonzábamos, conservara cierta respetabilidad y así fuese tomada en serio.

Y entonces la profe leyó lo que salía en la columna: “Hasta las personas más inteligentes cometen errores. Dale otra oportunidad”. Conciso y eficaz. Casi como un látigo de sabiduría, y nosotras tan calladas.

Ah, qué alivio fue escucharlo. Podíamos – teníamos permiso – para equivocarnos. No es que eso fuera a relajarnos (nadie se expondría a cometer el error de la secre, de poder prevenirlo), pero cuando inevitablemente mostráramos la hilacha… bueno, ya sabríamos que en algún momento iba a ser pasar de todas formas, así que… sería más fácil caer con gracia y, en el contexto adecuado, hasta tener preparada la humilde reverencia del payaso. También sería más fácil ser compasivo con los demás, en su propio momento de traspié humano.

Y era mejor saberlo desde ya porque, para ser una especie inteligente, las personas cometemos un sinfín de errores ridículos. Nos caemos, botamos las cosas, nos perdemos, perdemos las cosas, nos ponemos los zapatos en el pie equivocado, y en ocasiones hasta revolvemos la sopa con el lápiz y escribimos con la cuchara (a mí me ha pasado). Dejamos las llaves de la casa dentro de la casa, las llaves del auto dentro del auto y a veces hasta nos subimos en los autos equivocados (culpable). Inventamos contraseñas complicadas para internet que luego olvidamos, y si las anotamos en un papel, lo tiramos pensando que era una boleta vieja y luego tenemos que sacarla de la basura chorreando pepitas de tomate.

Y eso ni siquiera es todo. Leemos los mapas al revés, arreglamos el enchufe sin acordarnos de cortar la electricidad, le echamos sal al café, azúcar a la ensalada, nos llaman del supermercado con que dejamos allí la billetera o el celular, y de pronto nos encontramos con el control remoto perdido en el freezer (también). Y a veces ni siquiera recordamos bien los nombres de las cosas, o de las personas, como pasa en mi casa, donde se refieren a mí como “María Pablo”, un 2×1 de mi hermano chico y yo (y le dicen así a él también).

Visto de una perspectiva amplia, estos errores son bastante chistosos, y por supuesto que se prestan para el tandeo.

Y en este abanico de posibilidades, yo igual tengo un par de favoritos, quizá porque me son más familiares. Uno de ellos, es el de dar vuelta el líquido de turno, y es que, en mi casa, viene a ser casi una costumbre. Tal vez seamos demasiado distraídos, o genéticamente algo torpes, pero el hecho es que no hay comida familiar que no termine con el mantel manchado, y en general chorreando. Mi papá siempre – siempre – da vuelta el vino, tanto así que lo conocen hasta en los restoranes, y muchas veces nos sumamos los hijos con nuestros propios brebajes, y ahora hasta los sobrinos, como dignos herederos de nuestra genética. Es tan así que, cuando estoy viajando, si alguien da vuelta algo… siento como si estuviera otra vez en las mismas mesas familiares que he visto estilar desde mi infancia.

Mi cuñado salió un poco más elegante, pero aún así es el protagonista de uno de mis recuerdos favoritos al respecto. Cuando estaba recién pololeando con mi hermana, lo invitaron a comer, y entonces abrió una bebida que se había caído antes al suelo: La tapa salió disparada, explotando todo el contenido, que llegó hasta el techo… para luego llover profusamente desde allí, en oleadas de negro espumoso. Fueron como fuegos artificiales de Coca Cola, y también una bienvenida en la familia, porque entonces supimos que mi cuñado era uno más de nosotros, aún cuando en general no le pasen estas cosas.

Mi segundo tipo de error favorito tiene que ver con los accidentes físicos. Esos últimos – cuando no son graves – me parecen los más divertidos. Uno de mis recuerdos preferidos, aunque por dignidad no debiera, es de cuando choqué con una pared mientras me miraba el gallo que me gustaba. Yo tenía 20 años, y estaba con él en un bar, cuando le dije “voy al baño y vuelvo”. Me gustaba tanto que me tiritaban las piernas, así que partí totalmente concentrada en mantener el equilibrio y en parecer cool… cuando se me ocurrió mirar hacia atrás, y allí estaba él sonriéndome tranquilizadoramente, casi como diciendo “sigue así, vas bien”, e iluminando con su buenmozura todos los espacios. Encandilada, le sonreí de vuelta, pero tan guapo lo encontraba, que me quedé embelesada contemplándolo mientras seguía caminando… hasta que, tate, me pego santo cabezazo con mi amiga la pared… jejeje. Adiós, dignidad.

La verdad es que fue muy gracioso y que al final hice feliz a toda la gente del lugar.

Sin embargo y poniéndonos más serios, estos errores que cometemos no siempre son tomados de modo tan amable. Hoy me he limitado a contar casos simpáticos, en pos de transmitir un sentimiento de autoaceptación y de buena onda ante las limitaciones cotidianas, pero varias veces he recibido comentarios despectivos o incluso gritos, cuando he mostrado alguna de estas hilachas… como si uno lo hiciera a propósito, y como si uno no tuviera que recibir, cada día, de los demás lo mismo. Y entonces da mucha rabia, y mucha pena. Si uno engancha, claro, pero es que en ocasiones es difícil y hasta inhumano no enganchar.

Es como si nos olvidáramos de que las personas, los animales y la vida misma siempre son más importantes que las equivocaciones.

Mi error anti-favorito es el relacionado con el manejo, justamente porque es el que se toma con el peor de los espíritus y de la mala onda. No sé porqué pasa que en la calle, si alguien comete cualquier error, por pequeño que sea, es como si el otro tuviera el derecho de decir y hacer absolutamente lo que quiera, hasta las cosas más horribles, enfatizado con todo tipo de bocinazos. Hay un nivel altísimo de violencia física y psicológica en las calles. Yo opino que no es un tema menor.

Sin embargo, cuando yo empecé a manejar, no le había dado mucho análisis y así lo tomé simplemente como “lo que era”… por lo que me lo pasaba peleando en la calle y repartiendo insultos a diestra y a siniestra. Hasta que un día llevé a mi mamá, y ella vio cómo le di un bocinazo de aquellos a alguien que se estaba demorando para salir a la rotonda. “¿Para qué tocas la bocina”, me preguntó entonces, “¿acaso crees que va a apurar las cosas?”. Antes de que pudiera contestar (no lo había pensado) agregó como para sí misma “tocar la bocina es desagradable”, y vaya que lo era… pero hasta que no me lo dijo, no me había dado cuenta, por lo que desde entonces me propuse tocarla lo menos posible… y ahora creo que lo hago con suerte dos veces al año, y además ni se me ocurriría gritarle ya a la gente.

Lo gracioso del tema (y positivo) es que, desde que cambié mi actitud en la calle, no me estreso. Sigue habiendo una lucha en el tráfico, pero como ya no participo, no engancho. Si alguien se agita, allá él (o ella), y cuando alguien comete algún error o se me cruza… bueno, paciencia. Respiro, espero, si es mucho quizá cante un poco más alto (casi siempre voy cantando en el auto) o respire aún más hondo, y a otra cosa mariposa. Mi tiempo y mi sentido del humor son más importantes que los diez segundos que perdí porque alguien no se dio cuenta altiro de que la luz volvió a ponerse verde, o por la sutil frenada que tuve que hacer porque alguien señalizó tarde… a no ser que haya sido riesgoso, claro, y entonces viene el bocinazo pero de advertencia, no de frustración confrontacional, aunque si no tiene sentido emitirlo, no lo hago: La otra persona sabe lo que hizo, y mis bocinazos no nos devolverán al pasado. Yo misma me ha zafado de algunos exabruptos bien merecidos alguna vez, y eso me ha generado un gran agradecimiento, y hasta cierta sensación de camaradería.

Lo mismo pasa con todos los otros pequeños errores descritos. Si uno los toma con tolerancia y sentido del humor… dejan de ser un tema e incluso se cometen menos. Hay pocas cosas peores que hostilizarse a sí mismo cuando uno se equivoca, siendo que se es simple – y muchamente – un ser humano, como también hay pocas peores que hostilizar a otros seres humanos. Qué libres somos cuando nos dejamos en paz, y cuando nos reímos de nuestros pequeños errores, sin malicia: Es ahí cuando se acaba el maltrato y viene la aceptación.

Y una vez alcanzada la aceptación, esa fuente inagotable de diversión…

PD: Disney sacó unos videos educativos sobre cómo manejar: “Freewayphobia“, de los años 60. Yo recomiendo echarles una mirada, porque son actuales y muy buenos y es que Disney era un visionario. Por esa onda debe estar el que estaba buscando y no encontré, sobre cómo autos enojados en realidad no eran autos enojados, sino gente enojada dentro de ellos.


 

Cumplir 30

Sí, todos sabemos que cumplir 30 es un tema, o al menos se supone que lo sea, aunque todos lo vivimos diferente, cuando (y si) nos toca. Mi mamá, por ejemplo, dice que para ella fue terrible, porque fue la confirmación de que ya no era una jovenzuela, mientras que mi hermana estaba fascinada porque encontraba que los había cumplido justo donde quería y que ya había logrado harto. Entremedio y como un referente feliz, se me viene a mi mente mi papá diciendo que los 30 es la mejor edad de la mujer (aw).

Aparte están la amiga que lo puso como fecha crucial para “dejar de hacer tonteras”, la prima que simplemente se deprimió, y el amigo que me dijo que aunque le había dado miedo llegar al mítico número, cuando lo hizo encontró que era lo mismo solo que con más responsabilidades, y más. En general es algo importante, y la gente sabe lo que piensa al respecto tanto cómo recuerdan dónde estaban cuando fue el terremoto o supieron que los mineros estaban vivos.

Pero mi caso personal no fue demasiado intenso. No, al menos, de parte mía. Para mí cumplir 30 fue simplemente cumplir 30, aunque me costó zafarme de las grandes conclusiones cuando fui ametrallada por la típica pregunta de cómo se sentía, llegar a ellos, o bien ser alcanzada por ellos. Los 30 me pillaron en Australia, donde estaba mochileando con un grupo de amigos que, al ser backpackers, incluía a pocos que hubieran cruzado ya esa frontera… entonces cuando yo lo hice, fue casi como si fuese a formar parte de la tribu de ancianos sabios de aquella selva y así es cómo esperaban mis sabias palabras al respecto.DSC03641

Pero resulta que yo no había cumplido 30 años de un día para otro: solo había cumplido un día más, que me había hecho llegar a ese número, ¿cómo iba a sentirme diferente? Estaba usando la misma ropa aún que el día anterior (veníamos bajando de un bus en el que pasamos la noche), el espejo devolvía el mismo reflejo, y no obstante, me veía recibiendo preguntas como ésas. ¿Qué tenía yo para contestar? ¿Era acaso tan diferente a los demás, al grupo de veinteañeros que yo había dejado? ¿Tan parecida, también, a los treinteañeros cuyas filas había pasado a engrosar?

Sí, y no.

Así que, visto desde esa perspectiva… ya no me importa. He aprendido a tomar y a respetar a cada quien tal como es, y a no pensar que no podemos ser amigos sólo porque son muy menores o muy mayores, como tampoco a pensar que tienen que serlo únicamente por estar más cercanos a mi propio número… Lo mismo me pasa con el amor: no me importa si hay cierta diferencia, ni para arriba ni para abajo, aunque por supuesto que es preferible por motivos biológicos y de ciclo vital humano que sean más cercanos a mi propio número. Pero si algún motivo no es así, y yo siento algo, filo.

Y sin embargo, por otro lado, resulta que sí me importa la edad porque… yo no cambiaría la mía. No volvería atrás. No retrocedería los años que tengo, y es que hoy soy mucho más inteligente, compasiva, relajada y graciosa de lo que era antes. Entiendo mejor al mundo, sé mejor cómo hacer las cosas, y así es cómo me ahorro tantos errores de cálculo y con ello tantos – tantos – disgustos: Sé mucho mejor cómo vivir, y por eso soy mucho más feliz. Me es mucho más fácil ser feliz.

Cuando escribo esto se me viene a la mente otra vez mi papá, quien dice que ahora también es mucho más feliz que “cuando era cabro”. No es que antes haya sido una persona triste, explica, es que hoy vive con menos angustias. Él me cuenta que cuando joven su vida tenía tantas preocupaciones, porque tenía tantas decisiones a tomar, y todo parecía tan trascendental y en cierta forma lo era… no sabía cuál y cómo iba a ser su camino, con quién se iba a casar (de hacerlo, aunque quería), cómo iban a ser sus hijos (lo mismo), cuál iba a ser su trabajo y, con ello, sus luchas… pero todo eso ya lo sabe, y ahora está en esa etapa en donde puede disfrutar lo forjado y sentirse, en general, mucho más sereno, aunque siga todavía construyendo. Ahora puede, en cierta forma, descansar sobre el trabajo hecho.

Cuando chica yo no entendía esa forma de pensar, encontrándola aburrida y un poco fatalista, porque me hacía sentir que mi papá estaba en cierta forma atrapado en su historia… que su exceso de identidad (por así decirlo) era más bien una falta de libertad… pero ahora lo voy captando, y eso que tengo apenas 30 años, y estoy recién empezando a construir. Puedo entender lo que es, con la experiencia y las elecciones personales, ir acumulando cierto nicho y ciertas respuestas… ir forjando ese propio camino, que en general se empieza a machete limpio, por mucho que uno tenga una familia y amigos haciéndole barra a uno.

La verdad es que yo me alegro de haber dejado los 20s atrás. 20s: Check. Trabajo hecho, y a ver qué se me viene ahora. Que no se me malinterprete: hubo momentos muy lujosos y en ocasiones muy emocionante de vivir pero ¡qué años tan difíciles! en especial los primeros. ¡Qué dudas existenciales tan fuertes, y qué manera de correr entremedio! Uno estudia, piensa, carretea, pincha, se hace amigos, viaja, trabaja, discute con Chile y su tía (la autoexpresión es algo muy importante y nuevo en ese entonces), y de alguna manera se las arregla para hacerlo todo y para entremedio forjar una identidad: Es agotador. Una odisea. Pero lo agotador no es el ritmo de vida, que uno igual sigue en años posteriores… es que, a los 20, aún no se es tan fuerte, mentalmente. Uno, en general, recién está aprendiendo a distinguir matices, a tener paciencia, y a juntar esa fortaleza interna… No en vano es bordeando los 30 cuando suelen ganarse las maratones… el cuerpo llega a su auge mucho antes que eso, pero todavía falta desarrollar la mente. Y al final la mente manda.

Algunos tal vez piensen que siento así porque mis 20s no fueron fáciles, pero lo cierto es que igual la vida casi nunca lo es, ni para mí ni para nadie. Tiene un montón de cosas buenas y vale la pena vivirla, pero también es exigente, y requiere un montón de espíritu, de flexibilidad y de disciplina. Requiere un montón de trabajo… aunque como dicen “no hay que tomarla muy en serio porque igual nadie sale vivo de ella”, jejeje (Les Luthiers). La vida es para los valientes.

Y esta vida transcurre en todas las edades, que todas son respetables y tienen todas su propia lucha, lo que me recuerda a un cuento que leí una vez cuando chica, que podría llamarse “El carrete de oro”. Era de un hombre a quien una bruja le daba un carrete mágico, y con carrete me refiero a esas cosas cilíndricas en donde se enrollan los hilos. El hilo mágico era de oro y simbolizaba su vida.

Al empezar el cuento, el hombre era tan solo un niño, y al recibir el carrete, se dio cuenta de que, cada vez  en que sacaba hilo, se transportaba mágicamente a su propia vida cierto tiempo más adelante. Así, y siguiendo la curiosidad, se trasladó a cómo sería de adolescente, pero luego quiso saber cómo sería ir a la universidad, y luego cómo se sentiría ser, por ejemplo, doctor (estoy inventando)… y de ahí cómo sería la mujer con la que se casaría, y luego cómo serían los hijos, y después los hijos cuando grandes… y así fue tirando y tirando el hilo, hasta que se murió, sin haberse detenido realmente en ninguna de esas escenas.

Como casi todo cuento infantil, es bastante violento, pero también deja su cuota de sabiduría: Si pasamos la vida preguntándonos cómo será lo que viene a continuación, dejaremos de vivirla, y entonces de pronto ya se habrá acabado. Es como esa vieja enseñanza oriental que dice que la vida es como una taza de té… y que si no se toma con consciencia y fijándose, de pronto ya no estará ahí:  lo habremos tomado sin darse cuenta.

Ese cuento me gustó mucho cuando chica, pero recién hace poco que he llegado a entenderlo realmente. Porque, como dije, ahora entiendo las cosas mucho mejor que antes, y eso me permite disfrutar la vida con mucha más facilidad, esté en la etapa en que esté.

Y es por eso que estoy feliz de haber cumplido 30. Por eso y porque mi papá dice que son la mejor edad en una mujer (aw).

Pd: ¡Encontré el cuento! Se llama “El carrete mágico” y está aquí. Eso sí, no logré encontrar quién lo escribió. No lo recordaba igual, jeje, pero sí parecido.

El proceso

La verdad es que siempre he tenido muy buena memoria. Las cosas que he visto y los lugares por los que he pasado han quedado impresos en mí con una claridad que me impresiona, como si tuviera un secretario mental anotando todo a mi lado. Aún más claras que las vivencias mismas, ha sido lo que ellas han ido significando para mí. No sé por qué. Supongo que realmente he estado escuchando a las cosas, que he tenido la intención de estar realmente aquí. Yo creo que es eso. Siempre he sospechado que quienes no recuerdan cosas, es porque no quieren realmente recordarlas.

Esto tiene su lado divertido, porque es como si llevara un catálogo Blockbuster entero sobre mí, un catálogo que además es interactivo porque va constantemente creciendo en complejidad e interpretación. Entonces, no me aburro nunca. En medio de las experiencias que me han ido marcando, no le he hecho el quite al lado doloroso: es parte del proceso. Nunca he sido de quienes le tienen miedo a la vida: pasará por mí la mire o no la mire, por lo que me conviene disfrutarla, con todo lo que me traiga. Bienvenida, vida, trato de decirle, aunque a veces se divierte haciendo que me salga el tiro por la culata… Peor me trata cuando no quiero mirarla, porque entonces me repite los mismos obstáculos una y otra vez.

Como todo esto va en permanente evolución, los significados se van reinterpretando a lo largo del camino, y a veces recuerdo muchos años después algo que en un momento lo entendí de modo completamente distinto. El ejemplo más clásico para mí fueron las innumerables veces en que, cuando chica, alguien me decía “más grande lo entenderás”, y ahora opino – al menos por ahora – que muchas veces ese argumento era una simple excusa para disfrazar algo, como una flojera de realmente explicarlo, o bien una especie de inmunidad ilusoria… como si el mundo estuviera descifrado para ellos, cuando no lo está para nadie ni debería estarlo: porque el mundo no se ha acabado todavía, y actuar como si fuese así viene a ser incluso una irresponsabilidad, ya que inevitablemente tendrá consecuencias.

Yo recuerdo muchas cosas, y muchas van más allá de esos primeros desencuentros infantiles. En especial recuerdo las muchas ocasiones en donde hice o dije algo que hoy no repetiría: situaciones en las que hoy actuaría totalmente distinto, porque ahora resulta que soy mejor que antes y que sé más. En tales situaciones, a veces conscientemente me fui en mala, pero en otras no me di cuenta o incluso me pareció chistoso, actuar como lo hice, lo que hoy, cuando no soy capaz de mirarme con amor, me atormenta en demasía.

Sin embargo, trato de pensar que, gran parte de lo bueno que hoy hay en mí, fue gracias a lo negativo que demostré antes y que luego me hizo cambiar, como supiera o como pudiera. Más fácil que saber quién soy, me resultó saber quién no era, mediante vivir esas experiencias y luego trabajar desde allí (o como dicen los místicos, experimentar quién uno no es, para saber quién sí). Esto a veces ha sido sabiduría, pero a veces también ha sido miedo o algo medio obligatorio, y así es cómo hoy en día podría decir que, aunque muchas veces saco lo mejor de mí por mero sentido cívico y buena onda y hasta cierto placer, otras es cierto que lo hago sólo para luego poder vivir conmigo misma.

Es que ya sé que, si hiero a alguien, o no actúo a la altura de las circunstancias a propósito, yo también saldré herida. Sé que, aunque en el momento se pueda sentir bien, luego el recuerdo me perseguirá (además de las consecuencias), y eso no sólo es desagradable sino que también absurdo, cuando tengo (y todos tenemos) herramientas para hacerla mejor… Herramientas que no siempre me fue fácil conseguir, pero que tuve que encontrar cuando aprendí a conectarme con los otros (y conmigo misma), y a ser una persona empática, ¡cuando decidí estar realmente en el mundo! años atrás, ya.

En general, uno sabe exactamente qué hacer en cada situación, si se conecta (la que viene a ser la herramienta principal), y cuando uno se conecta está tan claro lo que hay que hacer, que hasta los desafíos dejan de ser amenazantes. Uno simplemente se tira, porque si toca hacerlo, es la única opción válida. Hay cierta libertad, cierta incluso fanfarronería en ello, pero una fanfarronería brillante y con base. Uno es responsable de lo que ve y de lo que sabe, y está protegido, y compelido a actuar en pos de eso. Más que el decir o especular, se es y se hace, y es que cuando se mira a la vida, conectado, todo es claro como el agua y es muy agradable… pero como estar conectado significa también encontrarse con todo, incluyendo el dolor de los propios desastres que uno a veces deja.. es necesario evitar tales desastres y convertirse en una mejor persona. El aumento de la sensibilidad otorga poder, en su lado positivo, pero en su lado negativo puede desenergetizar completamente. Es un arma de doble filo, como se ve.

La verdad es que yo disfruto todo este proceso, aunque a veces es dificultoso. Es que me gusta tener cierta consciencia de las cosas, y tener buena memoria, pero lo malo de eso son, repito, aquellos recuerdos que a veces son medio majaderos, y que no la dejan a una en paz. Puedo haber hecho algo horrible años atrás y aún censurarme por ello. Me cuesta perdonarme a mí misma. Me cuesta soltar los asuntos. Una cosa es recordar, es cierto, y tener conciencia, pero otra es recordar culpándose.

Yo nunca he creído que sea necesario olvidar para perdonar (aunque sí que es importante no hacerlo culpándose). Pienso que es necesario perdonar, simplemente, y no tachar de un plumazo la experiencia entera, porque se pierde también la riqueza entregada, que a veces costó más dolor y más trabajo del que queremos saber: la perla de la ostra. Olvidar, puede impedir realmente aprender algo de eso (o tomar tal perla)… pero igual a veces recuerdo esas cosas que simplemente me torturan, sin importar con cuánto amor y comprensión quiera mirarlas, y entonces preferiría nunca haber estado allí. Entonces es cuando entiendo a quienes también se evaden de sí mismos: porque requiere mucho coraje, hacerse cargo (aunque somos más que capaces de ese coraje). Siempre he pensado que es mucho más fácil morir por algo, que vivir por algo. Lo difícil es quedarse.

En fin, hoy pienso que todo este (a veces) incómodo auge de conciencia me ha hecho ser una mejor persona: porque me ha incitado a buscar toda esa tolerancia, para poder vivir. Aunque tal vez empecé por mí, he llegado así a los demás, y viceversa… Muchas veces he sido buena y amable y respetuosa con los demás, como un modo de aliviarme a mí, y de amarme a mí. He aprendido a perdonar a los demás , como un modo de también perdonarme a mí, y de valorarlos, para valorarme a mí, y así ha sido cómo, aprendiendo a dibujar caminos para mí misma, he aprendido a hacerlo también para los demás, y a entender a los demás, y al final a hacerlo por todos juntos, como tal vez sea el único modo real…

Así que pienso que, por todo esto y más, pese al dolor implicado estuvo bien que eligiera saber, y no dejar escurrir el conocimiento: No olvidar las cosas, sino que intentar entenderlas y hacerme más fuerte, y ayudar a hacer más fuerte también al resto. Además, también tengo manos que devolver: en este mundo interconectado, he seguido recibiendo cuidados aún cuando en algunas etapas parezco haber salido de alguna escena de El Exorcista (bueno, tal vez exagero, pero sí tengo mis días)… aunque, considerando que los otros son también parte de mí, y yo de ellos, no hay real mano que devolver sino que tan sólo continuar el proceso. Con alegría.

Aunque, visto de cierta perspectiva, convertirme en alguien más sensible y más respetuoso haya sido un acto de egoísmo antes que de generosidad, porque esto empezó por mi felicidad: yo creo que está bien. Como al final estamos todos conectados, y lo que hago por mí, lo hago por otro y viceversa, dado que estoy dentro de mí, la primera persona a quien debo honrar y con quien debo trabajar… soy yo misma. Además, es conmigo con quién me es más fácil trabajar, y el mismo Mahatma Gandhi dijo algo parecido: “Sé el cambio que quieres hacer en el mundo”.

Y es que, conectado, uno ve que es lo mismo hacerlo por sí mismo que por alguien más, y que la felicidad de uno está donde está la de los demás, así que es muy bueno que se elija ser feliz. De hecho, podría decirse que hasta es un deber, antes que un derecho… decidirse a ser feliz, y pleno, con todo lo que esto significa: decidirse a ocupar el propio y radiante lugar en el mundo… a vivir la propia pasión y el sueño más alto, que ha de estar diseñado de modo perfecto… ¡que está llamado a hacerse realidad! ¡Es un deber! Porque vivir en disonancia no es vivir realmente. Porque quitarle a alguien la posibilidad de ser él mismo, es algo que jamás le haríamos a alguien a quien queremos, si sabemos cómo quererlo… ¿Entonces porqué hacérsenoslo a nosotros mismos? Ningún tipo de amor pediría eso, y basta conectarse para recordarlo (si no, a veces puede ser confuso).

Por eso yo he decidido amarme todo, todo, todo lo que humanamente pueda… así me capacito, también, para amar a los demás. Así, de hecho, estoy ya amando a los demás. Así convierto, en todo lo que toco, en mi hogar y no paso carencias en ninguna parte. Porque cuando uno está bien, uno lleva a la fiesta consigo.

Los estragos de la ignorancia

Una vez, cuando chica, leí en alguna parte que la inclinación del eje terrestre era una consecuencia de la maldad del hombre, que había terminado por desbalancear todo el planeta, y que nos hacía tener los días contados de forma inevitable.

Entonces, me sentí paralizada de terror y además impotente. No tuve adónde escapar en mi mente. Lloré días enteros y luego usé toda la fuerza de mi represión para sepultarlo en algún lugar de mi cabeza, al que por supuesto evité volver. Es que si era cierto, además de horroroso era inevitable, y entonces me convenía no sufrirlo con anticipación.

Varios años después, en un ramo que tomé de Ecología, supe que tal inclinación, ¡es justamente la que permite la vida! Ya que, de no existir, al rotar el planeta completamente de frente al sol y sin oportunidad de ir repartiéndose el calor, el lado adónde éste pega directamente, ¡estaría completamente desértico! Los mismos trópicos (de Cáncer y de Capricornio) ya están copados de desierto por un sol que, gracias a la inclinación del eje, sólo les llega directamente la mitad del año. Dicho sea de paso, esto mismo explica porqué el Ecuador tiene tanta selva: es ahí adonde el sol está llega en su proporción más protegida y ordenada (y a los polos adonde menos llega). Esta maravillosa “descompensación” es, en definitiva, la causante de que existan las estaciones, el equilibrio y la vida como la conocemos, a final de cuentas.

Así fue cómo, en esta clase de Ecología, no sólo aprendí de cómo la inclinación del eje salva de una caliente destrucción (acompañada de un frío, igual de destructor, en las otras áreas), sino que de cómo la ignorancia me había hecho sufrir por algo que ¡era tan deseable como perfecto! y de lo de que, de paso, no éramos culpables, sino que más bien benditos. Aprendí a la vez cómo esta ignorancia ¡sí que era algo de lo que ocuparse! Mucho más que la inclinación del eje terrestre, o que el obligarse a reprimir información equivocada con respecto a éste, para sufrir menos, ¡sobre algo que nunca fue verdad!

Realmente la ignorancia puede causar estragos. De haberme desesperado, teniendo el poder, y la edad suficientes, podría haber hecho cualquier cosa para “vivir esos últimos años” en felicidad evasiva y ultra carreteada, o qué sé yo. No en vano el viejo Honoré de Balzac dijo que la ignorancia es la madre de todos los crímenes. Porque ese sí que es un tema serio, y a mi parecer la verdadera raíz de los problemas: lo negativo que vemos afuera manifestarse no son más que síntomas de esa ignorancia, y del miedo con el que suele arrastrarnos.

De todas formas, no todo es como uno se imagina. He aquí cómo es realmente la Tierra en cuanto a gravedad. Y aún estamos vivitos y coleando sobre ella:

 

Y ésta es una foto de la Tierra en su color real.
Y, por último, ya que estamos en esto, una foto de ella de noche.
¡¡Qué linda es!!

FAN DE LAS MATEMÁTICAS

A mí me encantan las matemáticas. Me parecen tan claras y tan entretenidas, si se las aplica en la vida diaria… Todo puede predecirse y entenderse y eso siempre me ha dado, no sólo cierta noción de control, sino que también de diversión.

Desde muy chica, aprendí a usarlas con destreza, como un cuchillo. Aprendí a amarlas como un modo de amar a la precisión: porque las matemáticas no mentían, y eso me daba seguridad. Además de seguridad, vi que podían darme creatividad, por abrir más perspectivas para mirar al mundo. Con ellas, se podía jugar. Dar vuelta las cosas. Expandir la mirada.

Algo que hacía – y que todavía hago – era ordenar la plata en unidades específicas, usando como moneda de cambio Coca Colas Lights, o CDs para grabar, o cualquier cosa que comprara frecuentemente. Al ser un valor que entendía bien, también entendía cómo una Coca Cola Light de 1.5 litros (considerando que valiera 800 pesos) significaba casi 8 viajes en transporte público con mi pase escolar, o cómo esa chaqueta nueva significaba 30 de esas Coca Colas. Muy, muy gráfico. Sé que mucha gente hace lo mismo con paquetes de cigarro. Como se ve, no soy la única que ama a las matemáticas.

Y es que con ellas, no sólo se puede descifrar el asunto monetario, sino que cualquier otro… fechas, kilómetros, edificios, incluso estadística: todos son lugares amistosos a los que entrar. Con ellas se puede tallar cualquier cosa que a uno se le ocurra, usándolas como esa veraz y poderosa herramienta que es. Da luz a otros matices y además es indiscutible.

Todo esto, además de revelador, siempre me ha resultado placentero. Me ha causado gracia. Me ha causado tanta gracia que invertí en varios cumpleaños pedir de regalo una calculadora de esas power, para hacer más rápido los procesos, y digo varios años, porque con tanto uso no me duraban demasiado y como esto pasaba tenía que cubrir el reemplazo.
Esos cumpleaños incluyeron a algunos muy adolescentes que debieron haberme dotado de chapitas de colores, ropa a la moda del último grito, pósters del galán de la teleserie, o cualquier cosa menos la calculadora: pero, como dije, me causaba gracia y eso era suficiente para mí (además, no exageremos, tampoco era lo único que me llegaba para mis cumpleaños).

Esta pasión hacia las matemáticas a veces me ha abierto ventanas de complicidad arrebatada y compartida, con otros entusiastas, con el gozo evidente de cuando dos personas están viendo lo mismo. En el 2002 fue una de las mejores ocasiones. Estaba con mi amiga Kika, carreteando por la vida, y después de quedarnos pegadas horas en un bar decidimos partir a la ex Eve, a partuzear y a hacerle al dancing como Dios manda. Para cuando llegamos, ya eran las 4 de la mañana, pero entramos de todas formas, sin considerarlo demasiado, porque el entusiasmo aquella noche estaba a cargo de nuestros pies.


Y he ahí que la Kika y yo figurábamos apoyadas sobre esa baranda que mira desde el segundo piso hacia la pista de baile del primero. Estábamos simplemente mirando a la gente, muy tranquilas, y tomándonos todo el tiempo del mundo para bajar a bailar, aunque la música estaba espectacular. Entonces yo, distraídamente, me puse a analizar el asunto en voz alta con ella, diciendo algo así como: “A ver: si cada canción dura, en promedio, unos 3:30 minutos, pero la ponen unos 3 minutos para dejarle sólo la parte más movida… y la hora nos salió… 4 lucas (porque entramos a las 4 y cerraban a las 5, y eso valía la entrada)… emm… cada canción nos sale… ¡¡200 pesos!!

“¡¡Kika, vamos a bailar, que nos está saliendo 200 pesos la canción!!” (imagínese esto vociferado, y con cara de fingido terror).

Mi amiga, luego de dedicarme una mirada horrorizada (no por el precio de las canciones, sino que por escuchar un análisis como ése en medio de una fiesta), soltó la carcajada – a ella también le gustan las matemáticas – , con los ojos redondos exclamó “¡¡es cierto!!”, y partimos sopladas como dos rayos al dancing.

Pd: Quise usar para ilustrar alguna foto del Mago de las Matemáticas de la película “The Phantom Tollbooth”, pero no lo encontré en ninguna parte. Dicho sea de paso, ¡recomiendo esa película! Aunque tiene por lo menos 50 años y es difícil de conseguir. Lo que sí encontré fue la película completa (bonus track):

Leo libros “curiosos”, y qué

Hace algunos meses, me tocó presenciar (y defender) algo muy desagradable. Estaba en la biblioteca, una en donde si uno es socio (que lo soy), puede arrendar hasta 8 libros (de 3 diferentes secciones) cuando empiezan las vacaciones de verano, y luego desaparecer con ellos hasta marzo. Un lugar, debo decir, barato, surtido, lindo y muy conveniente.

En eso estaba yo, en el sector de niños, que es donde están también los libros de literatura fantástica, como los de Tolkien o C.S. Lewis con sus Crónicas de Narnia. Había sacado ya de las otras secciones y me faltaba de esa para completar mi préstamo. Ya tenía los libros elegidos y adelante de mí, en la cola, había una loca con aspecto de ser muy tímida. Probablemente universitaria, figuraba totalmente escondida tras una colección de piercings, pelo teñido negro y muy pegado a la cara. Se veía incómoda consigo misma y parecía querer empujar a la gente de la fila, para arrendar luego y desaparecer luego también. Miraba al suelo y se mordía la boca, como manchando el espacio por su vergüenza de estar allí. Llevaba unos libros de Tolkien y de otro tipo que escribe cosas parecidas, que tenía apretadísimos entre sus manos.

Cuando llegó su turno con la bibliotecaria, ella la miró de arriba abajo. Ultra escueta, muy ordenada, y hecha el ejemplo de la pulcritud, al ver los libros de la loca (y al verla a ella), le preguntó, casi retóricamente, que cuántos años tenía. Al escuchar que 19, con cierta felicidad sentenció, en tono total y completamente despectivo: “¿No eres un poco grande tú para leer libros como estos?”. Medio tiritándole la voz (humillación pública), la chica gótica contestó: “Es que a mí me gustan estos libros, porque…” ¡empezando a darle explicaciones!

Como si esto le hubiera dado más pie para opinar, la bibliotecaria, hecha un estandarte de lo correcto (correcto según sus cánones), la interrumpió para dictaminar con sequedad: “Deberías leer lo de las otras secciones, porque esto es para niños”. Punto. Terminante. Yo pude sentir el miedo en la arrendataria, que casi se pone a llorar y se va sin sacar nada. Más que lo que le dijeron, fue cómo se lo dijeron: fue horrible. Yo sentí cómo la loca quiso desaparecer, y yo también quise desaparecer. Fue como enfrentarse con Dios, y con un Dios aterrador, nada de simpático.

Entonces, yo tuve que arremeter. Me acerqué y dije, “yo tengo 26 años y me encantan, ¡me encantan! esos libros”. Me sentí tan mal que admito que hasta exageré en mi ímpetu de defensa. Vi los títulos que llevaba la chica gótica, y le comenté, exclamando hasta con amor, “estos me encantan” (algunos jamás los había visto en la vida): “¡los he leído todos!”. Luego agregué, a la bibliotecaria, intentando sonreír pero aún indignada: “Sabe, los que escriben los libros para niños no son inmaduros, ni inmaduros quienes los leen. ¡Hay unos muy inteligentes! No tienen porqué estar limitados sólo a los niños. Sus autores, muchas veces, además de ser adultos, son personas brillantes.” Se me olvidó agregar que, aunque no lo fueran, la gente igual tendría derecho a leerlos: a leer sobre lo que quieran. ¡Es su libertad! ¡Es su tiempo! ¡Es su elección!

¿Quiénes se creen que son las personas para elegir por otros lo que deberían leer? ¿Quiénes se creen que son para pretender administrar la libertad de otros, y para más encima juzgarlos si no les gustan sus decisiones? Qué patudez más grande. Por último, si van a andar pidiéndole (patudamente) explicaciones a las personas, ¡que no sea a la loca que llegó queriendo desaparecer! ¡que sea a alguien que pueda realmente contestarle! Alguien de su tamaño, como dicen por ahí.

Lo peor de todo es que ni siquiera creo que la bibliotecaria lo haya hecho realmente para herir, sino que fue simplemente un descuido, como el que tantas veces ocurre, en tantas situaciones y sin notarse realmente. Una falta de respeto general por la libertad, validez y credibilidad de cada quien. Por la identidad personal. Esto, por una falta de interés previa por mirar y entender realmente, ¡que ni siquiera es por maldad, sino que por enseñanza! Porque se nos ha enseñado que hay “libros para adultos” y “libros para niños”, y toda una serie de situaciones muy discutibles, disfrazadas tras la – cómoda – máscara de lo indiscutible… como si el mundo pudiera realmente dividirse de esa forma, ¡cuando más encima al intentarlo se pierde tanta riqueza!

Es por cosas como estas que luego simplemente se ataca al que es un poco diferente, ¡pretendiendo igualarlo! y haciéndole creer que le hacen un favor (y muchos lo creen así realmente)… al ayudarlo a “encajar con lo establecido”, ¡lo que al final no es más que automutilación! Le quitamos “lo diferente” a alguien, y en eso también nos lo quitamos a nosotros mismos… porque luego somos todos nosotros, como sociedad y como humanidad, quienes perdemos esa diversidad, esa belleza y sobretodo ¡esa alegría de poder vivir realmente la vida de uno! y no la que otros – con mala o buena intención – pretenden construir para nosotros: esa alegría que hace que la vida realmente valga la pena.

Ah, a mí me indignan situaciones como éstas. Me indignan, pero hasta prefiero que lo hagan: Así estoy lo suficientemente despierta como para ayudar a cambiarlas.

No al estepaisanismo

Me carga que la gente hable de Chile como de “este país”. Que “en este país todo funciona como el ajo”, que “en este país no hay cultura”, que “en este país no hay justicia”, ni derecho, ni decencia, ni creatividad, ni nada bello o bien hecho, casi. Así, al menos, hablan los estepaisanos.

A mi parecer estos estepaisanos son los despojadores de Chile. Les encanta dictaminar tragedias. A veces me da la impresión de que hasta sienten cierto placer denunciando las supuestas miserias. Cuando algo realmente sale mal, o funciona de forma nociva, pareciera que se relamen en la desgracia, se empapan de ésta, se alegran secretamente (o a veces ni tan secretamente) de haber tenido razón. En ocasiones pienso que lo peor que les podría pasar es que todo salga como las velas. Botaría al suelo todas sus excusas. Tal vez hasta los dejaría sin tema, Dios no lo quiera, sin superioridad injustificada.

Yo encuentro que, con tal mirada pesimista, no aportan en nada. Las clásicas discusiones son como las siguientes: “En Europa o incluso en Argentina la gente es tan culta. Uno va a las plazas y es otra cosa. Siempre hay algún mimo, o alguien haciendo algo. La creatividad les sale hasta por los poros. Aquí, yo haría panoramas culturales, pero, claro, en este país no hay cultura”.

¡Cómo no va a haber cultura! Es cierto que no hay personas haciendo peripecias en cada esquina… pero buscando un poco ¡uno encuentra de todo! Sin embargo, los estepaisanos prefieren criticar antes que actuar realmente, que ser parte. Lo cierto es, además, que el que la cultura crezca, ¡depende de todos! incluyéndolos a ellos, que si dicen sentir tanto amor por la cultura, ¿por qué no la incitan, y se suben a la micro simplemente? ¿Por qué no dejan de atacar las carencias (muchas veces supuestas), y apuestan por el sueño? ¿Por qué no se la juegan, y dejan las excusas? ¿Por qué no entran en el asunto en vez de mirarlo desde afuera, para así poder juzgarlo? Y evitar ponerse realmente la camiseta.

Este caso de la cultura puede aplicarse con cualquier otro de los temas de los que adoran quejarse los estepaisanos, y es que es mucho más fácil andar mirando al de al lado que a uno mismo. También es fácil encontrar al pasto de al lado más verde, aunque no siempre lo sea. Todas esas explicaciones sobre la supuesta naturaleza de las cosas, a mi parecer, en realidad son una flojera mental. Pretenden eximir de la responsabilidad personal, ¡pero no la eximen realmente!

Es cierto que hay trabajo a por hacer, pero la mejor forma de lograr cualquier tipo de cambio es simplemente empezando, y lo primero que hacer para que algo salga de la nebulosa y Yo encuentro una patudez que, porque estos estepaisanos no tengan ganas de realmente tomar cartas en el asunto, ¡lo atribuyan a una característica inamovible de “este país”, y nos metan a todos en el saco! Cuando, además, dicho sea de paso ¡todos los países, empezaron desde lo más básico! ¡ninguno empezó siendo culto! porque la cultura se construye… Y no sólo encuentro que sea una patudez hablar así por su propio evadirse, ¡sino que por llegar y manchar con su negatividad un proyecto que muchos sí tenemos la intención de amar y de sacar adelante, en el que muchos sí creemos y por el que muchos sí estamos luchando! Vienen y niegan la belleza con sólo dos palabritas sentenciosas “este país”, que no tiene arreglo porque “es el que es”, ¿y entonces qué pasa con el trabajo hecho, qué pasa con el espíritu, qué pasa con las avances? ¡No nos despojen de esa belleza! No se despojen tampoco a ustedes mismos de ella. Además, estamos juntos en esto, inevitablemente.

empiece a ser real… ¡es atreverse a nombrarlo!… para poder soñarlo, y así con planos más claros construirlo… Decir que sí hay cultura en Chile, y justicia, y derecho, y decencia, y creatividad, y belleza, y todo lo que podamos darnos… aunque esté escondido o atrapado o demorándose, ¡apostar por ello! ¡potenciarlo, expandirlo, darle cauce y posibilidades de crecimiento! Y si en medio de ello hablamos de Chile como “este país”, que sea con una connotación positiva, y no terrible… la más positiva y maravillosa que podamos darnos.

Se ha dicho que “cada quien vive en el universo que es capaz de imaginar” y yo opino que hay que imaginar el universo más grandioso que podamos concebir.

Luego será mucho más fácil llegar.

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