Abre loz ojoz

Hay comerciales que real realmente me indignan.

Uno de ellos es ese que sale sobre el Preuniversitario Pedro de Valdivia. En él aparece un papá conversando con su hijo, en un futuro muy tecnológico, ambos muy bien vestidos y muy bien educados. Entremedio de lo que supone ser una amena y relajada tertulia familiar, el hijo le pregunta al papá, con admiración, sobre el porqué estudió veterinaria. Entonces éste le contesta, con la voz más tierna y nostálgica de la Tierra, que todo empezó “el día en que adoptó a dos cachorritas”.

Cuando llegó a esa parte, yo incluso ingenuamente pensé, sin saber y casi suspirando, “ay, qué señor más dulce”, pero luego veo que aquellas dos cachorritas de las que hablaban, ¡eran dos mujeres! ¡¡”Adoptadas” del calle por el flaite juvenil (el papá, varios años antes, en el hoy en día se supone), con aro en la lengua que perrea a todo cachete al son de la música reggaetón!!

Debo decir que me cayó como patada en la guata. Inmediatamente pasó de ser un señor dulce a un viejo verdísimo y el hijo un barsa. Es que no tengo nada contra el perreo ni contra el reggaetón ni contra nada por el estilo, ¡pero sí contra el que las mujeres seamos vendidas de esa forma tan escandalosa como objetos sexuales! ¿Cómo puede ser que sea tan poco el respecto que incluso se hagan tallas de nosotras con que somos animales? ¿Qué onda esos productores, acaso no tienen hermanas, mamás, señoras, mujeres? ¡Y cómo pueden prestarse las mujeres mismas a hacer un comercial así! Es que lo encuentro sencillamente del terror. Una falta de respeto, total y absoluta.

Más encima ni siquiera es el primer comercial del Preuniversitario Pedro de Valdivia que he visto del tipo. Hay otro, también muy irritante, en que un cabro, también medio enclenque y flaite, baila con dos mujeres semivestidas, por supuesto guapísimas y más altas que él, y que por supuesto lo están pasando chancho, y cuando la mamá entra a la pieza (porque están en la pieza), él le contesta ¡que está estudiando Anatomía! ¡y la señora se va feliz! ¡Creo que en algún momento hasta bailan todos juntos, o pasa algo del estilo!

Sin comentarios.

¿Qué pretenden vender con eso? ¿La complicidad? ¿Decirle a un cabro promedio (es decir, ni más guapo ni menos guapo que la mayoría, ni tampoco ni más ni menos inteligente) ven para acá y vai a tener mujeres? Facilísimas, por supuesto. Es tan descarado que las personas se compren una imagen tan artificial de éxito (y a costa de las mujeres), que me sorprende saber que tal preuniversitario sea, efectivamente, el mejor de Santiago. Yo opino que será muy bueno a nivel académico, pero que la forma en que se vende es realmente indecente, y no es que yo sea una moralista, pero es que hay cosas que son tan descaradas ¡que no puedo dejar de notar!

Esto me recuerda a un comercial de salchichas (cuyo nombre olvidé) al que le dieron en mala durante muchos años en la tele (y creo que todavía). En ella una señora joven, linda, aparece cocinando con sus hijos chicos (ni rastro del papá de ellos en la escena), que le preguntan cosas como “¿quién te enseñó a andar en bicicleta?”, “¿quién te enseñó a… (ya ni me acuerdo)?”, muchas pero muchas cosas… y la mamá, con los ojos brillantes de admiración a su inalcanzable padre (que tampoco aparece), contesta, a cada una de ellas, que él se las ha enseñado todas.

Como los niños siguen preguntando sobre quién le había enseñado tal o cual cosa, y siempre, siempre, había sido el papá, uno de ellos (tan inquieto como yo al respecto) va al grano y le pregunta, “¿y qué te enseñó tu mamá?”… Y ahí pasa algo que yo sencillamente no puedo creer… Se pone una música media lenta, y como romántica, y ella al fin deja de cocinar (todo el resto del tiempo se muestra muy atareada), para mirar al hijo a los ojos y, con voz altamente emocionada contestar, como quien revela un secreto: “¡¡¡¡”MI MAMÁ ME ENSEÑÓ A HACER (las mejores) SALCHICHAS!!!!”

Ah, y luego agrega “y que los hijos son lo más importante de la vida”, como si esa dosis de ternura familiar fuera suficiente como para hacer pasar piola una imagen de las mujeres tan llena de limitaciones y de estupidez. Yo vi tan probable pasar el mal trago con eso, como lo es comerse medio kilo de estiércol y pretender endulzarlo con un solo dedo de tequila (o jugo natural, si estamos en el tema familiar). Y ojo que lo de los hijos más encima viene en segundo lugar. Primero, las salchichas, luego ellos. Las mejores salchichas, eso sí. Muy importante.

Y lo peor es que tales salchichas (cuyo nombre no recuerdo) seguramente son muy famosas, ya que si han dado ese comercial tanto tiempo, es porque seguramente vende. Y entonces yo me pregunto, ¿quiénes son las que compran esas salchichas, las mismas mujeres a las que el comercial insulta? Y tal vez ni se dan cuenta, la mayoría, de que lo hacen, porque lo venden tras la dulzura del hogar y la familia, y entonces si no se fijan tal vez podría pasar piola… cuando además la familia está formada por parte masculina y femenina y… bueno, no creo que tenga que adentrarme realmente en analizar eso, ¿cierto?

Mi pregunta es ¿acaso los que hicieron el comercial creyeron que las mujeres realmente nos sentiríamos identificadas? Y lo peor es que probablemente yo misma he comido, muchas veces, de esas salchichas, aunque como no recuerdo la marca, no sé exactamente en cuáles ocasiones. Por suerte.

A mí me indigna. Ver que a las mujeres, en los comerciales, no sólo nos tratan de objetos sexuales sino que también de tontas. ¿Qué tipo de mujeres quiere incentivar la sociedad aquí? ¿Realmente quieren degradarnos de esa forma, y luego hacernos perder el compañerismo entre ambos sexos? Porque uno no puede tener real relación ni real compañerismo con objetos puramente sexuales ni con personas limitadas. Siguiendo el modelo, dejaríamos a los hombres solos, y también a nosotras solas de ellos. Y luego no tiene sentido la vida así, de lo solitaria, sin poder realmente entre ambos sexos comprenderse.

Tal vez a algunos les parezca exagerada mi reacción, pero es que yo lo encuentro grave. Toda esa información deambulante, si no se mira con cuidado, es capaz de meterse en el subconsciente colectivo, y luego simplemente nos convertimos en lo que vemos. Luego uno se sorprende de que los hombres (algunos) la traten a alguna de esas formas, ¡cuando hace años que es así en la tele! Es lo mismo que pasó en USA, cuando – si alguien recuerda – pasó toda esa controversia de Janet Jackson mostrando una pechuga, siendo que los gringos ¡venden sexo (implícitamente) en todas sus portadas! (como casi todos los países). Y luego se sorprenden de que alguien lo encuentre divertido, venderse, e incluso lo condenan. Eso es desconocer a la misma creatura a la que se ha dotado de vida. Además, la pechuga de la Jackson no es nada al lado de otras cosas que han pasado en USA (y en otros lados). Visto en perspectiva, es un detalle. Una broma, casi.

Entonces yo opino que tenemos que dar a luz a una creatura mejor, ¡una que nos haga mejores y no más degradados! A veces hasta me da miedo mirar los comerciales, porque algunos son tan descarados en cuanto a eso, que ya ni sé con qué me voy a encontrar, y no es porque éstos establezcan diferencias entre hombres y mujeres (que las hay) sino que es por las que dicen que hay, y por cómo las muestran.

Yo he visto comerciales sencillamente excepcionales que sí se ríen de forma adecuada (opino) de las diferencias entre los sexos. Por ejemplo, hay uno de toallitas femeninas (cuyo nombre tampoco recuerdo), en donde una loca dice algo así como: “qué tal si los hombres pudieran estar en nuestro lugar por un día”, y entonces, uno ve a los tipos pasando todas las situaciones con las que una suele vivir (dígase, sensible en días especiales, complicados con simplemente soltar la toalla y correr en la playa, etcétera), pero con cara de stress y dando la impresión de estar ejecutando peripecias. ¡Es muy divertido! Y está muy, muy bien hecho, y ni siquiera es un comercial para el que uno vea que se haya usado mucho presupuesto. Yo diría que ese comercial, más que acentuar las distancias, acentúa la complicidad entre los sexos. Ese es un comercial buena onda.

¡Así que la creatividad positiva existe!, y a esa encuentro que conviene fomentar, mucho más que al comercial del flaite con las “cachorritas” (por mucho que sea jerga aceptada del reggaetón), porque aunque a algunos les parezca divertido llegar a esos extremos, al final hacerlo nos hace daño a todos.

O al menos es esa mi humilde opinión.

Hablo tonteras, y qué

A mí me gusta Sergio Lagos, como animador. Encuentro que en general es chispeante y que dice cosas divertidas. No veo mucho los programas que hace, pero a veces en el mero zapping me encuentro con comentarios divertidos, como hace varias semanas, cuando en en el programa de concursos de karaoke, celebró al público, contestando a un arrebato de entusiasmo suyo, “cuando tenga un hijo le voy a poner Público”. En honor a ellos, claro.¡Fue muy divertido!

Igual también me ha tocado escuchar cosas que me han molestado un poco, como cuando, en ese mismo programa, concursaba una loca llamada Natalia e incitó a que el público la animara diciendo “Wena, Naty”, como ese caso tan conocido de la pobre cabra chica, cuyo supuesto video porno personal pasó a estar en el conocimiento de todo el mundo. Sergio Lagos no lo dijo directamente, pero sí fue implícito al sugerirlo, y verlo no me gustó nada. Yo me imagino que lo hizo para lograr complicidad con el público (cosa que efectivamente logró), pero personalmente encontré que echaba más leña al fuego de un asunto que, como dije en mi post de Britney Spears, creo mejor abordar de otra forma. Lo encontré una falta de respeto, debo decir, porque detrás de todo ese tema hay un ser humano y uno bastante joven y desprotegido. Me cayó mal.

En fin, lo que intentaba hoy no era hablar realmente de Sergio Lagos mismo, sino que de algo que dijo una vez ¡que me gustó mucho! Por allá por el 2003, cuando daban ese reality de Protagonistas de la fama, que admito que entonces veía con verdadero y adolescente fanatismo. Una vez alguno de los críticos contra el programa dijo que lo peor de éste era que nunca había visto a gente tan pero tan tonta. Cuando se le preguntó el porqué de tal opinión, el argumento que dio fue que éstos no solían usar sus horas hablando de economía ni de religión ni de política, ni de ninguno de esos temas elevados e “inteligentes”. Sergio Lagos entonces defendió el asunto contestando algo así como : “¿Y quién habla todo el día de esas cosas? ¡Ni los personajes más reconocidos en esos ámbitos lo hacen!: Nadie lo hace.” Y tenía razón.

A mí me encantó que dijera eso. Además, sobretodo en ese programa iba a pasar así, porque para juntarse socialmente, iban – como todo el mundo – a tocar los temas que los reunieran y no los que los separaran, en especial si se estaban conociendo, ¡y en especial si estaban en la mirilla nacional! Y tales temas suelen ser, sobretodo en los inicios, los más livianos, los más inofensivos. Es después cuando se va profundizando; si aparece la onda o el interés para eso, claro.

De todos modos, ¿quién era el crítico para decir que los del reality eran tontos? El término “ser inteligente” o “hablar de cosas inteligentes” es mucho más complejo que eso. Es cierto que los del programa no solían tocar precisamente los temas más profundos, ¿pero acaso eso los convertía en personas limitadas?

Ah, me cargó leerlo (tanto como me agradó la defensa de Lagos), porque me carga esa forma de dictaminar, ya que es justamente la que luego hace que hayan personas que tienen tanto miedo de que otros los encuentren tontos, que no pueden jugar ni ser libres de nada ¡y eso sí que no es inteligente! La falta de sentido del humor es un problema mucho mayor que la falta de títulos, y causa mucho más problemas en el mundo. Nadie nunca debiera renunciar a su derecho de jugar, y de relajarse, y de poder expresarse a sí mismo, ni tampoco renunciar al derecho de decir “tonteras”… ¡porque esas tonteras muchas veces son diversión!, y si no lo son, sólo al ser expresadas pueden ser convertidas – mediante el diálogo y no el aislamiento – en otra cosa.

Con esto no me refiero a que las personas debamos ser irresponsables y no ponernos las pilas con nada. Me refiero a que es natural decir “tonteras”, y además, a que experimentando se aprende. Jugando se llegan a entender muchas cosas y también a disfrutarlas. Los más exitosos suelen ser los que no censuran ninguno de sus pensamientos, ya que ¡en cualquiera de ellos puede estar la perla escondida! Además, cuando uno piensa que tiene que ser “perfecto” desde el principio, es mucho más difícil atreverse a pedir ayuda… cuando, además, limitar lo “perfecto” a sólo un ámbito delimitado de cosas que son “apropiadas” de decir o de ser… ¡es limitar también la vida!

¿Y quién, por lo demás, tiene la posición o el derecho de hacer un listado de lo que es o no apropiado? Yo pienso que quienes hablan absolutamente todo el día de cosas elevadas son mucho más sospechosos y necesitan mucha más ayuda que los que no, porque no es natural vivir siempre sólo en esos ámbitos… y no soy sólo yo quien piensa así. Tanto en la universidad como en el colegio me ha tocado ver cómo alumnos con impecable promedio 7,0 han sido citados al orientador del establecimiento, ya que los profesores temían que tal nota fuese a costa de otras cosas importantes: como el vivir la propia vida. Ellos querían asegurarse de que, en medio del seguir reglas y lograr notas, no se hubieran perdido a sí mismos… Eso no significa, claro, que haya algo en contra de las personas con notas muy altas y muy exitosas en esos ámbitos, ¡porque eso está muy bien!… sino que resultaría poco sano lograr eso a costa de asuntos más importantes, como lo es del desarrollo – y el disfrute – de uno mismo: No habría sentido así.

Yo estoy a favor del compromiso, el trabajo y el deber (más que un derecho, a mi parecer) de entender el mundo, para poder así amarlo y mejorarlo… pero insisto en que, disfrutando el proceso, se hace mucho más efectivo, y que poder soltar la mente – en especial si es en momentos fuera del trabajo – ¡es perfecto para ello! Soltar la mente es esencial para liberar la creatividad contenida. Además, ¡es divertido! Y en su relajo ayuda al equilibrio, el que es crucial para amar lo que uno hace, lo que me parece ¡esencial! ¡porque es esencial encontrar un sentido en el trabajo diario! al menos si se quiere realmente proseguir con ello, y de paso ayudar a convertir el mundo en un lugar en donde sí vale tanto la pena vivir. ¡Es esencial amar lo que uno hace! Así que, si uno no logra sentir eso por lo que está haciendo, a otra cosa mariposa. Uno no puede realmente trabajar en algo en lo que no cree, y tarde o temprano la experiencia se encarga de demostrarlo.

Por último, quiero acotar que Protagonistas de la fama era un reality y por eso, quienes lo veíamos, teníamos curiosidad de centro de madres, y no de interés científico (exceptuando, tal vez el tema sociológico, pero hasta por ahí nomás, jeje): sabíamos que para ello también hay programas. Así que, si el crítico quería ver cosas “inteligentes”, lo mejor es que hubiera sintonizado a uno de esos, que hay buenos y bastantes, y dejara de pedirle peras al olmo y luego más encima alegar por ello, ¡sobretodo si algunos disfrutamos el fruto de ese olmo! (aunque en la práctica ni sé si se coma).

Mi opinión del fenómeno Britney Spears

Estoy chata de que la gente se pase todo el día pelando a la Britney Spears. ¿No es como mucho que el referente de la tal llamada “juventud perdida” sea una artista pop que vive a miles de kilómetros de distancia, en el otro hemisferio? Una que al parecer nadie tiene interés de ayudar, empezando por los periodistas y los paparazzi. ¿Es que no se dan cuenta de que, gran parte de su conducta colapsada, es gracias a ellos? Pero ellos parecen preferir que le vaya pésimo: así tienen más tema y más ganancias.

Si yo fuera la Britney Spears tal vez habría caído en la clínica psiquiátrica mucho antes que ella…. Tener que ver todo el día cómo en la tele y en las revistas te usan de ejemplo negativo unas personas que no están realmente bajo tu piel… ¡personas que al final parecen querer que una caiga más y más hondo para tener más tema para juzgar y comentar! Que no ayudan en nada, sino que más bien se sienten mejores y más importantes viendo tu desgracia.

En este momento la Britney Spears es una mascota de la farándula. A pocos les importa realmente qué le pasa. Hay hasta un sitio web en donde se hacen apuestas sobre cuánto más va a pasar antes de que se suicide. O sea: diversión a costa de un ser humano.Yo lo encuentro de pésimo gusto, y pienso que los periodistas y paparazzis y los que consumen sus productos se llenan la boca hablando de moralidad y de las buenas costumbres, y se olvidan de ver la maldad con la que están atosigando a esa pobre mujer.

No es que yo sea fan de ella, ni a nivel musical (aunque tiene algunas canciones bien buenas) ni personal… ¡pero simplemente es una mujer! ¡Dejen en paz a esa pobre mujer! Tal vez en algún momento se metió en la farándula con intenciones de utilizarla a su favor, pero luego claramente le salió el tiro por la culata.Nadie debería tener que sufrir tal falta de privacidad… dando justificaciones a un ejército de personas que al final no hacen más que abusar de ella… viviendo a través de ella o simplemente sacándole monedas al asunto. Apuesto a que si la atención mediática se detiene, ella es capaz de mejorarse… pero es difícil que lo haga con cómo lo están las cosas… ¡porque es dejar de complacer a todo un público que estaría más tranquilo si ella termina de autodestruirse!

Hay que recordar que lo que le estamos haciendo a la Britney Spears es lo que le estamos haciendo a nuestra sociedad, y con ella, a nosotros mismos.

Mi registro

paintingA veces me horroriza mi propio corazón. Siento que me condenará. Que pertenece a otros. Que me delata. Quiero, entonces, pasar quieta, pero me horrorizo cuando veo que he dejado mis huellas a lo largo del mundo, que jamás podré dejar de expresar en cada cosa que hago o que dejo de hacer quién he sido.

Trato de replegarme, entonces, o aún antes de esto, para protegerme y sentir que nadie podría manipular mi centro… pero cuando tengo esta sensación de vulnerabilidad simplemente me paralizo.

Y en esos momentos me digo, no puedes tenerle miedo, no puedes tenerte miedo a ti misma; eso es tenerle miedo a la vida, a lo más profundo y a lo más superficial: al todo junto y palpitando, conectado… pero aún así no logro consolarme más que encontrando salidas posibles a la hora de que alguien pudiera revelar mi interior y todo cuanto en él hay… como si no fuéramos así todos, como si no tuviéramos todos heridas, importancias y secretos.

Como si no fuéramos todos vulnerables.

Porque aunque lo somos, y aunque lo sé, no logro desligarme del destino único de mi propio corazón… como si estuviera manchado, cuando en realidad sólo está vivo, y por eso mismo siendo único y sensible, respirando.

… Es que es aterrador a veces sentir.

No me cortes los rayitos

Tenía unos 10 años cuando, en clases, una profesora se puso a hablar de la masacre judía y de cómo todo su sufrimiento y horror había aparecido por el fijarse y jerarquizar diferencias meramente físicas, raciales, culturales: ninguna de ellas más importante que el alma misma, ninguna de ellas relevante, y en especial ninguna de ellas motivo lógico de discriminación – eso último considerando que la discriminación misma pueda ser realmente lógica.

Esa mañana nos pilló como un grupo de niñas uniformadas, mirando con ojos enormes y cada vez más horrorizados a un mundo que se iba revelando capaz de contrariedades como esa. La profesora, siempre sonriente, intentando ilustrar el asunto, intentando quitarle importancia, llamó entonces a unas cinco compañeras y las hizo ponerse adelante, separándolas de nosotras, como si fuera un juego, y dijo: “Sólo estas alumnas se habrían salvado de la masacre”.

No hace falta decir que esas niñas destilaban blancura y los rasgos más europeos posibles… pero sus ojos eran tan redondos como los de cualquier otra, y estaban llenos de tensión y de miedo; llenos de aquella pureza que no entiende divisiones. Nuestros uniformes escolares se convirtieron entonces en unos de soldados, soldaditos arrastrados por la vida, soldaditos disgregados, asustados, inocentes. Nos miramos unas a las otras como si lo que estuviera pasando fuera algo irreal, intentando aferrarnos, juntas, fuera de las divisiones, y no sé quién se sintió peor: si las que fueron llamadas o las que no lo fuimos.

Sólo sé que ese día, aún siendo a través de un juego, sentí la crueldad del destino impuesto por manos ensagrentadas, y que la naturaleza de tal destino, aún aceptado en broma, aún aceptado por algo que pretendía ser didáctico, me marcó lo suficiente como para recordarlo ya más de una década después, en cada detalle de su impresión incisiva, helada, paralizadora del tiempo.

Sé que la profesora tuvo buenas intenciones, pero tengo sentimientos muy encontrados por habernos enseñado, indirectamente, a temernos, señalarnos, condenarnos unos a otros… por habernos dado siquiera la idea, el concepto de que ello podía pasar… Son sentimientos encontrados que en realidad tengo con este mundo, que parece condenarnos con una historia en ocasiones tan agria, tan difícil, que dificulta el darse cuenta que, en ese conocerla, está justamente la liberación; porque ahí aparece la oportunidad de cambiar, de volver a pensar, de decidir mejor, y de así construir una historia cada vez más alegre y más digna.

Hoy miro hacia atrás y veo que aquel día recibí una lección muy dura, pero también muy valiosa: Vi la debilidad, pero vi también la conciencia y el poder. Al sentir una experiencia de vida que era claramente errónea, pude entender con mucha mayor claridad cómo debían ser las correctas. Entendí de esas configuraciones erróneas, y de cómo somos responsables de cambiar lo que no debe ser… porque nadie debería vivir en un mundo como ese que se nos vislumbró, a lo lejos, aquella mañana.

Jamás uno podrá dejar de ver las almas de las personas que son heridas, por mucho que estructurados raciocinios apoyen de vez en cuando en ello. Jamás podremos dejar de ver la injusticia. Jamás podremos creer realmente que puede haber felicidad en un mundo que se hiere a sí mismo. Jamás podremos, tampoco, renunciar a la libertad última: nadie puede obligarlo a uno a tomar una causa, a seguir un patrón, un modo que no se quiera. En conclusión, jamás podremos perdernos de nosotros mismos, sino que, a lo más, demorarnos el triple en aceptarlo y en ponernos en camino.

Por eso más vale empezar altiro.

Oda a la libertad, y a la responsabilidad en ella

Mi impresión es que uno va forjando ciertas teorías a lo largo de la vida, que ayudan a domesticar las situaciones, a ser mejor, o bien, a ser con más orientación o al menos con más tranquilidad… Uno va dibujando esquemas, modelos, para entender los caminos y para dirigirlos mejor, también. Para hacerse más poderoso, eficiente, y también más feliz.

Tipo tercero medio, durante la etapa tal vez más moral, sufrida y beata de mi vida, decidí lo siguiente: que iba a vivir de forma en que, si cualquier persona pudiera ver lo que hacía o lo que no hacía, estaría de acuerdo.

Dos años después, reconsiderando tal teoría, la modifiqué a vivir de forma en que yo misma estuviera de acuerdo… y me devolví el poder.

Tal vez suene un poco exagerado y hasta mala onda, pero durante ese breve e intenso tiempo en que anduve fijándome, me fue muy fácil darme cuenta de las diferentes visiones que tenemos las personas de las cosas, y de cómo muchas veces no hay entendimiento ni comprensión, y no porque el punto acotado sea uno malo o indebido, sino que por una mera consecuencia natural de las diferencias de cada cual, y además de las diferencias entre lo que andamos buscando o de lo que consideramos valioso…

Así fue cómo me di cuenta de que uno no puede esperar que otra persona entienda realmente lo que le pasa a uno ya que es ¡uno mismo quien está bajo su propia piel! y quien sabe lo que realmente significan las cosas, o cómo éstas funcionan para sí mismo. Aunque hayan caminos por recorrer, incluidos los hacia el propio interior, es uno el arquitecto de ese destino, como bien se ha dicho, y en especial es uno el recipiente de ese corazón… nadie le dice a uno cómo sentir, y sólo uno mismo ve las cosas como las ve… y es por eso que nadie más que uno puede jugársela por sí mismo, aunque a veces otros puedan ayudar.

Con el tiempo me he dado cuenta de que las personas más sabias son no sólo las que se otorgan esa libertad, sino que las que se la conceden a los demás; las que saben que si alguien opta por un camino o por otro, sus razones tendrá; las que guardan silencio y permiten que cada quien se haga cargo de su vida, aún cuando puedan ver que algo podría fallar, ya que al creer en alguien, se da por sentado que, por su naturaleza humana, no querrá ser infeliz, por lo cual, no se mantendrá demasiado tiempo sufriendo o haciendo sufrir a otros (algo muy relacionado), si es que se puede evitar, por lo cual eventualmente encontrarán una salida apropiada y feliz… Esas personas ayudan generalmente no dirigiendo sino escuchando, lo que por lo demás es de las cosas más poderosas y útiles que hay, en ocasiones objeto absoluto de iluminación, compañía y hasta trascendencia.

Viendo todo esto y observando la contraparte es cómo uno puede darse cuenta que guiarse por lo que dice la gente a veces obedece a más a un deseo de no hacerse responsable de uno mismo que a otra cosa… y como hay quienes tampoco quieren realmente conocerse, y buscan energía del controlar a los demás, es fácil ser chupada por todos esos qué dirán, en especial por aquellos que más que ayudar o acompañar quieren convencer… pero uno en el proceso se va conociendo, y en ello descubriendo que no se puede ceder la propia libertad, aunque en ocasiones se quiera. No, señor.

Tarde o temprano uno se da cuenta de que se es inevitablemente libre, por ser uno quien está al mando de la propia vida, y, con ello, inevitablemente responsable de plasmarla e insertarla en aquel lugar soñado al que sabemos que sí podemos llegar… si somos nosotros quienes estamos trabajando por él, quienes no cejamos, quienes nos esforzamos, quienes creemos.

Y el mundo entonces pasa a ser tan aterrador como bello, por el mero hecho de estar vivo y con ello llevarlo todo.

A little respect

A mí me gustan los Backstreet Boys. Y Supernova. Y algunos hits de “Mazapán”, como también otros de algunos musicales, o de la Britney Spears, o de los Venga Boys, o incluso del Topo Gigio. Y la Avril Lavigne, por ejemplo, encuentro que es seca, que tiene una calidad pasmosa que puede descubrirse a lo largo de todos sus singles, si se da la atención necesaria para escucharlos, claro: sin prejuicios.

Supongo que esto podría horrorizar a alguna gente, como ya otras veces lo ha hecho… ¡pero lo cierto es que hay entre esa música aportes realmente buenos! Y los prejuicios sobre que una es tonta, otra direccionada a tal parte, otra chatarra… ¡alejan de la posibilidad de sentirla! De darle, realmente, una oportunidad… que a veces la merecen más que ampliamente, ya que no en vano han tenido éxito… porque, sí, es cierto que hay grupos que se basan en pura imagen, pero esos grupos nunca duran demasiado, a no ser que sean una leyenda (y no de las buenas) como Milli Vanilli y el megachascarro que protagonizaron, o eso de preguntarse cómo Xuxa puede haber sido mi ídolo infantil (aunque, para ser sincera, no fue el mío).

Como a mí me gusta tanto la música, y conozco bastante, muchas veces mis amigos me piden que lleve mis CDs para ponerlos en los carretes, o en las fiestas. Yo siempre accedo gustosa, ya que para mí siempre es un placer, en vista de que toda la música que ando trayendo claramente me gusta… pero sigue pasándome que los prejuicios musicales me cortan la inspiración y a veces incluso el ánimo. Me ha pasado tantas veces tener que sacar a alguien de la radio porque (léase como un grito escandalizado, acompañado de una mirada atónita) “¡cómo poni a (a elección)!“, siendo que los habitantes en cuestión jamás han escuchado realmente a tal personaje musical, y por ende, ni siquiera saben de verdad cómo se siente. Reaccionan con una velocidad impresionante, rechazando toda vinculación a él, como si pudieran mancharse con la imagen que alguien dijo que vendían… y ahí es cuando puedo ver con tanta claridad que hoy, la venta de la música, también se entiende como la venta de un modo de ser, de un estilo de vida, de una imagen.

¡Y qué tontera!, opino, todo ese juego de identificaciones… ¡porque uno es tan móvil como la música misma! ¡uno puede tener toda la que le guste! ¡nadie puede decirle a uno: no mires, no disfrutes eso! ¡nadie debería limitar a nadie, ni amenazar con aguar su fiesta!… pero ahí están quienes tienen tanto miedo de proyectar una imagen que creen inadecuada para sus fines generalmente “mejores”, “más sabedores” (debería poner sabihondos, pero la palabra no coincide con la imagen de la que hablo jeje), o “más cool”, que despojan esa música no sólo de ellos mismos, sino que de todos quienes son influenciados por ellos, que, por supuesto, luego tampoco quieren tener nada que ver con el músico paria, ¡cuando hay música que es un aporte tan grande! Y esa música no es siempre la que no se imaginaría en primera instancia, principalmente por esto mismo de los prejuicios.

Que no se me malinterprete. Tampoco soy de esas personas sádicas que andan tratando de obligar a la gente a escuchar música que no quieren. De hecho, estoy muy a favor de que cada quien escuche a quien se le antoje, ya que también he pasado por la desagradable actividad de tener que sobrevivir horas enteras escuchando música que no es de mi agrado, sólo porque alguien – con anhelos de iluminado, y no en el buen sentido – se ha autoimpuesto la misión de educar a los presentes, sin importar si ya el largo rato sin poder agarrarla signifique que probablemente ¡no hay futuro! (aunque otras veces he descubierto en sospechosas novedades el mejor de los futuros)… pero, los prejuicios de los que hablo primero son realmente otra cosa, me refiero a eso de dar la espalda sin ni siquiera mirar a qué se le dio. Es casi como esas películas gringas donde los niños huyen del que tiene anteojos, sólo porque no es conviente para su imagen, cuando el niño de anteojos luego de unos años, además de ser simpático y buen amigo, puede llegar a ser ¡el sucedáneo del mismísimo Brad Pitt!

Quizá estoy exagerando sólo por molestia a la entrevista que leí el otro día en la Revista Ya Joven. En ella aparecía la Elisa Montes, ex Supernova, como una de las chicas de la radio, diciendo que jamás daría cabida en su programa a música proveniente del Club de Mickey (el cual, en USA, fue el que dio a luz a cantantes como Christina Aguilera, Justin Timberlake y la Britney Spears). ¡Qué patudez más grande! ¡Si ella viene de la versión más parecida a ese Club que existe en el medio chilensis!

Más que eso (a final de cuentas, es la conductora, y tiene derecho a elegir), lo que podría decir que me indignó realmente, fue cuando salía que, a la última persona que llamó pidiendo reggateón, ¡le cortó!¡Cómo tanta falta de educación!… Es cierto que los medios no la ayudan mucho, porque lo contaron casi como una gracia natural de gente cool, entonces quizás ella lo encuentre muy choro, pero igual no hay que olvidar que, si en el pasado, otra que se las diera de alternativa hubiera estado recibiendo llamadas, ¡a la primera persona que le hubiera cortado habría sido a quien hubiera pedido Supernova! Eso se llama morder a la mano que se alimenta (por mucho que ella diga que le debe la carrera a su ex-grupo), y se llama también pretensión divina, o algo así parecido, y nada menos que eso. Además, ¿quién es ella para andar criticando los gustos de la gente, para decir si el reggaetón es malo o bueno? ¿quién es ella para cortarle el teléfono a alguien, cuando podría haber dicho, por último, “hey, acá no escuchamos eso, que te vaya bien”?

Si a mí no me gustara Supernova, concluiría esto diciendo, que antes ella justamente complacía al peor de los gustos¡pero a mí todavía me gusta! aunque en exceso sea irritante (al menos para mí)… todavía escucho “Disco Groove”, “Tú y yo”, “Sin ti soy un fantasma”, y “Maldito amor”, entre otras (teniendo incluso versiones karaoke de algunas canciones), aunque ahora cuando lo hago a veces pienso que esa música no es realmente de quienes la cantaron, ya que, habiendo leído el reportaje, no parece ser algo que a la Elisa le haya salido del corazón (no por lo que dice de su pasado musical, sino que por cómo trata a otros grupos de música popular), sino más bien un cúmulo de muy benefactoras circunstancias, y así el lazo con Supernova aparece como una deuda más que una vinculación, lo que me molesta bastante, porque siento que le quita a las canciones el alma que les dio forma entonces…

Pero, por otro lado, yo no perderé la música por unos tontos prejuicios, aún cuando quienes la protagonizaron pudieran hacerlo.

¿Por qué la gente ya no lee?

Cuando era chica me devoraba los libros, mucho más que ahora. Podía pasarme horas enteras leyendo, y así igual eran todos los otros de mi familia. Íbamos siempre a la Biblioteca del Instituto Cultural de Las Condes, con mi mamá y mis dos hermanos grandes, y arrendábamos tantos libros que teníamos dos carnets de biblioteca en vez de uno, para todos. Y así fue como crecí.

Por otro lado, mi hermano chico, que tiene harta diferencia con nosotros, nunca leyó demasiado (aunque lee el diario). Según mi mamá es porque ella dejó de leer tanto, y entonces él no tuvo el ejemplo. Yo no creo que haya sido eso, sino que todos y no sólo ella, hemos dejado de leer por la simple y quizás vergonzosa razón de que ¡la tele hoy es tan entretenida!, y además mucho más fácil de entrar en, ya que para hacerlo prácticamente no se necesita concentración. Y hace unos años, no había esa tele; estaban los canales nacionales, y las teleserie existían pero la mayoría eran lentas, y el peak de diversión televisiva era el Desjueves, Contacto, Informe Especial, o el Sábados Gigantes, momentos así, buenos, pero escasos, porque, además, pese alo entretenido que pudiera ser un programa, luego siempre había una hora en que todos los canales se apagaban inexorablemente.

Yo creo que si las largas tardes o las noches semanales siguieran siendo fomes, sobretodo en aquellos tiempos más tiernos y más lentos, mi hermano chico habría leído igual por iniciativa propia ante el posible aburrimiento, pero por otro lado también hoy existe el Internet y el MSN que es algo tan entretenido que también se come las horas de formas camufladas pero absolutamente reales. Y es cierto que también está la opción de salir a pasear afuera, o juntarse con los amigos, pero esas salidas no quitan la existencia de las horas solas, en donde uno siempre se sumerge en donde realmente quiere y en donde uno se recrea verdaderamente, se escucha.

Y esa es la impresión que a mí me da, algo tan simple como eso, sólo espacios cotidianos que prefieren llenarse de otras formas más fáciles, aunque no necesariamente más entretenidas. El problema es que tanto la televisión como el internet provocan vaivenes que a veces otorgan mucho conocimiento pero que otras no llevan a ninguna parte, pero por otro lado está el tiempo, y es que los libros pueden tomar tanto tiempo que, aunque yo sigo leyendo (no tanto como antes, y más libros de estudio que novelas), admito que me la pienso antes de decidirme entrar a una historia, porque entonces tendré que termianrla y volarán los días… aunque luego también es cierto que a veces gasto el triple de tiempo en ver repeticiones de series de televisión, y sin darme ni cuenta.

Como se ve, las ideas pueden contradecirse, pero no el hecho de que es un tema. Para terminar podría venir la típica pregunta: ¿Los libros o la televisión? y yo contestaría que un poco de todo, y sin temor, ya que la tele además está cada día más culta y a veces expone en documentales lo que uno se demoraría meses en condensar, aparte de ser un indiscutible punto de reunión… ah, pero, por otro lado los libros, son siempre un viaje privado, una ventana a la ensoñación.

¡¡Y otra vez la indecisión!!, si no fuera porque no hay que elegir realmente :)

¡Mundo, aquí vengo yo!

Siempre nos han dicho que hay que tener éxito en la vida, en todo lo que uno se proponga, y también en general. A veces es difícil determinar tal éxito, porque uno no sabe bien qué está buscando y hasta dónde se quiere llegar, y hay ocasiones en que uno no sabe si todavía “ganó la pelea”, o sólo está disfrutando avances previos, o tal vez recuperando fuerzas… pero el fracaso… el fracaso siempre es inconfundible.

Antes yo pensaba que el terror al fracaso era algo que le imponía a uno la otra gente, en un intento bienintencionado pero estresante y probablemente malhecho de asustarnos para creer que así nos obligarían a triunfar… pero hace algunos días, viendo un programa de Discovery Channel, me di cuenta de que es el cuerpo de uno quien no quiere, no quiere fracasar, y por ello cuando pasa provoca todo tipo de reacciones desagradables.

Algunas de esas reacciones son el súbito cansancio, que hace que uno se de cuenta exactamente de cuán cansados están los músculos en todas partes. A eso se le suma el dolor de estómago, el estrés que se siente en la sangre, e incluso la inmovilización, algo que sólo nos ocurre a nosotros y a los reptiles. Pero, lo más importante, es esa sensación aterradora y punzante que se luego clava en el hipotálamo, guardando toda la experiencia como un solo recuerdo de gran tristeza, lo suficientemente desgarradora y profunda como para que uno nunca se arriesgue a repetirla. “No fracases otra vez”, es como si el cuerpo dijera.

Es comprensible tal reacción de parte de seres que siguen viviendo de formas tribales, compitiendo por el alimento y viviendo permanentemente en peligro, pero no tan comprensible para nosotros. Es cierto que a la ciudad se le ha llamado la jungla moderna, por el nuevo tipo de violencia en medio de la cual vivimos, y que todavía y quizá siempre viviremos con un poco de peligro, pero en la sociedad de hoy no es necesario ni conveniente tener esa reacción tan fulminante, pues la paralización y el terror no sólo no nos salvan de inexistentes pedradores, sino que además nos dificultan bastante el seguir adelante y con una renovada actitud renaudar la aventura, la misma que a largo plazo puede convertir a tal jungla en algo muy maravilloso, y dentro de ella, nuestras propias vidas.

Considerando que el concepto de fracaso y de triunfo en este programa fue medido sólo en base de quiénes ganaban ciertas competencias muy puntuales, podemos darnos cuenta que no conviene escuchar al cuerpo en esos momentos, de ser posible, ya que el verdadero éxito en la vida es algo mucho más global, que a veces se alimenta incluso de esas pequeñas pérdidas. Agregando a esto que el éxito no siempre es lo mismo para todas las personas, y que lo que buscamos puede cambiar, queda bastante claro que asustarse como un animal no es la opción a seguir, aunque el cuerpo entero pueda inclinarse a eso, porque ese fracaso puede convertirse en victoria, y porque se necesita tesón ya que probablemente se perderán varias veces antes de ganar.

Recordando que los ganadores, a pesar de a veces quedar aporreados, terminaban siempre bien, cargados de adrenalina y de endorfinas alegres, por estar borrachos de su victoria, propongo que, por dentro, siempre intentemos sentirnos como ganadores, incluso en medio de los temporales fracasos… porque aunque en ese momento lo sintamos como una mentira, con un buen plan y convenciendo al cuerpo, podremos volver al juego con toda la biología a favor, lo cual, según lo que vimos, ¡es decir bastante!

Una bizarra historia y la verdad que arrastra

Una vez, hace tiempo, cuando todavía estaba en el colegio, en unas Misiones a las que fui, conocí a otra entonces colegiala que me contó que, cuando era más chica, podía ver seres sobrenaturales. Estos seres eran como duendes que iban a verla en la noche, entre los cuales había hasta una abuelita que tejía, y a los cuales podía describir con lujo de detalles, pero nadie más ver, porque ellos no se dejaban percibir, en ese alrededor, por nadie más que por ella.

Estos seres la estaban abandonando, y ella ya empezaba a olvidar cómo eran.

Es raro de decir, y quizás más difícil todavía de creer, pero esta niña lloró de una forma tan sincera, (tomándose las manos y pidiéndonos que por favor no le contáramos a nadie de esto porque la encontrarían loca) que todavía no descarto la veracidad de su historia (hay tantas cosas en el mundo)… pero lo impresionante no fue tanto eso, sino que una frase que entonces dijo, que fue como: “pero en un tiempo más no va a importar, porque ya me voy a haber olvidado… y eso es lo que me da más pena”…

O sea, era el olvido lo que más le dolía, ese tipo de separación, ese tipo de despojo, la idea de que si luego alguien le hablara de ellos, al pasar el tiempo, ella sería quién no les creería, no se acordaría… por haberse convertido en un ser ajeno a lo visto, ajeno incluso a su propio pasado… y en ese caso contra su voluntad.

Yo no entendía nada. ¿Cómo los iba a olvidar, si sólo se iban? … pero ella insistía en que sucedería justamente por eso… porque se estaban yendo… yendo de ella. Y el proceso era irreversible e inevitable, y además ni siquiera dependía de su propio deseo… sino de un designio divino o quién sabe qué. Algo que simplemente iba a pasar. Que tenía que ser… porque, claro, si no, no pasaría. (bastante críptico, ¿no?)

A mí me costó la idea. ¿Acaso mi amiga se olvidaría porque ellos de verdad se habían ido?… ¿ido fuera de su corazón, de su mente, de sus recuerdos, de su espacio de conciencia en el universo…? ¿Se podía hacer eso realmente? ¿Existía huida o exilio tan tajante como ese? ¿Uno que lo dejara a uno con amnesia? ¿Uno que separara no sólo en el futuro, sino también en el pasado? Era demasiado poderoso de ser… Me tenía con la boca abierta.

Siempre pienso en esto, pero, contrario a lo que parecería, me da cierto consuelo. Porque, visto del otro lado significaría que, si todavía recordamos a algunas personas, lugares o cosas, si todavía sentimos amor o afecto o quizás mera inquietud… aunque no siempre parezcan cerca de nosotros… es porque todavía las tenemos, y ellas a nosotros… porque son correctas para nosotros, y porque todavía están conectados a uno, siendo parte del fuego que hay adentro, y de nuestro propio ser…

Si no, no las sentiríamos…

Es agradable saberlo.

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