La admiración

Esta es una foto ilustrativa de la admiración por los parientes mayores. La de más a la derecha es mi hermana, la chiquitita soy yo, la segunda más chiquitita es la prima del relato y la más a la izquerda, su hermana. Ojo con la cara de admiración de las más chicas: es adorable.

La indecible presencia

Viña en una arrancada de semana. El cielo desgranado en vapor suspendido. Un gato invisible para la cámara frotándose contra mis piernas.

Mi ahijada es una bailarina

Una de ballet. De día ordinario es una pulcra princesa, metódica y serena, hasta que se sube al escenario y toda la emoción, el remolino y el éxtasis existen sólo para personificarlo ella. Ni todo el celeste de sus ojos infantiles es entonces suficiente para expresarlo todo y así, Javiera se mueve, se concentra, se inclina y cuenta. Baila. Se compenetra en esa masa danzante en donde su pequeño cuerpo, el vestido, y la música son una sola cosa. Estalla en arte. Luego pasa el momento, el saludo, y baja.

Su papá le regala flores que recibe muy contenta: hoy es tan famosa, tan destacada e importante. Comenta, abraza, ríe, y luego se distrae. El momento sublime se ha vuelto a guardar, es un pliegue del tiempo, una verdad que sólo sale a luz a ratos aunque exista siempre. El momento estelar pasa, pero Javiera sigue siendo una princesa. Una de seis años y de mirada casi fosforescente. Con vida chorreando por todas partes, sonrisa enorme, y casa adonde llegar llena de papás, hermanos, lápices de colores, cuadernos a medio rayar, juegos compartidos, y programas de monitos que se prohíben cuando se ven por demasiado rato.