A mi profe de 4to básico

Resulta que yo era una niña solitaria. Estaba en cuarto básico, tenía nueve años, y cada vez que tocaban la campana para ir al recreo me preguntaba si esta vez me iba a ir a esconder a la biblioteca, a la capilla (colegio católico) o al baño. La misma transpiración helada la sentía cada vez que había que hacer algún trabajo grupal aunque luego era menos helada porque, claro, uno se acostumbra a todo.

No es que no me gustara la gente. Creo que, por un lado, vivía muy dentro de mi propia mente y que, por otro, no sabía cómo interactuar, por lo que simplemente no lo hacía. Y sí sabía cómo desaparecer. Escondía las invitaciones de cumpleaños para que mis papás no me obligaran a ir. Salía primera de la sala cuando tocaban el timbre y volvía última para no caer en el pánico escénico de tener que conversar. Nunca pedía ayuda, y procuraba no necesitarla. Nunca mostraba debilidad. Sacaba buenas notas, era controlada, serena. Escondía mis sentimientos, o bien, me desconectaba de ellos y, además fuera del colegio, sí tenía un mundo. Varias primas de mi edad que crecieron siendo mis compañeras de juego y con las que todavía cuento. Eso me aliviaba, me tranquilizaba, me hacía sentir importante aunque, por supuesto, no era suficiente.

tameY entonces apareció una profesora. Una profesora joven, bonita (o al menos así la recuerdo), que observó mi situación y que se convirtió en mi cómplice. Se fue acercando de a poco, con cautela, como cuando el principito domestica al lobo: Llamándome cuando estaba por empezar el recreo, y entonces simplemente me conversaba. Nunca trataba de retenerme, como siguiendo el juego de que alguien me esperaba en el patio, y si me veía sola en los pasillos, obviaba, con una sonrisa luminosa y no invasiva, la incomodidad de mi humillación. Nunca me preguntaba por qué no tenía amigas, cosa que obviamente notaba, sino que solamente me ofrecía su compañía, su cariño, sin explicaciones ni preguntas, el que fui aceptando de a pedacitos, en parte porque abrirme a alguien descompensaba la estructura de mi universo, en parte porque tenía claro que hacerme amiga de la profe podía hacerme aún más rarita. Aunque en el curso la querían y ella además tuvo el tino de no ser muy obvia con nuestra conexión. Así que me fui dando.

Esta profesora, cuyo nombre no recuerdo, subió exponencialmente mi calidad de vida. Yo no siempre hablaba con ella, no siempre le abría camino, pero el hecho de que tuviera conciencia de mi persona, me fue dando a mí también conciencia de mí misma. Cuando uno vive aislada, en silencio… es fácil mimetizarse, y olvidar que se es alguien, algo separado de la totalidad, pero la profe se acercaba, me miraba a los ojos, me preguntaba cosas, se acordaba de lo que yo le había contado antes, y eso me humanizaba. Me veía. Yo era distinguible, yo era especial, yo existía, y eso era suficiente. Es todo lo que un niño necesita. Y así vivimos en armonía, hasta el incidente.

musketterResulta que el colegio hacía una kermesse anual y, pese a que yo evitaba los eventos sociales, no podía resistirme a ese… laberintos de cajas de cartón, tiro al blanco, camas saltarinas, y todo tipo de entretenciones campechanas y simples. Todavía me encantan esas cosas. Y fui con mis primas. Estaba tan orgullosa de ir con ellas, porque así también podía mostrarle a las niñitas del colegio que tenía personas de la edad que me querían, y que disfrutaban de mi compañía, aunque probablemente ellas ni siquiera se habían dado cuenta de si las tenía o no. Como dije, era muy hábil para la desaparición. No puedo culparlas.

Mis primas, por supuesto, no tenían idea de mi situación, y estaban felices de poder conocer mi mundo colegial y así, cada vez que alguien me saludaba, me preguntaban si ésa era mi amiga. O esa. O esa. “No”, respondía yo también, cada vez, porque aunque me hubiera gustado decir que sí, encontraba peor que se dieran cuenta solas después de que eran solo compañeras simpáticas, que después de saludar se irían. Al cabo de un par de horas, tuvieron el tino de dejar de preguntar aunque, mirando atrás, no sé si tuvieron tino o si simplemente se olvidaron del tema. Y también me olvidé yo.

Hasta que apareció mi profesora. Fue tan dulce y simpática, y estaba tan aliviada de verme con otras niñitas. Nos recibió con una sonrisa casi incandescente, y me preguntó quiénes eran. Mis primas se acercaron para presentarse, felices de poder expresar su amistad condensada, de hacer lazos con alguien, entusiasmadas y con el mismo tipo de sonrisa.

Pero era una profesora, así que yo tuve vergüenza. ¿Cómo podía ser que la única persona que podía presentarles era una profesora? Además, si ella era tan amorosa, por contraste se notaba que sí tenía una relación conmigo, a diferencia de mis compañeras, que ella sí era lo que podríamos decir, amiga.

Yo no lo podía soportar.

Así que la desprecié. Dije, en tono neutral y robótico, algo así como “tenemos que irnos” y prácticamente tironeé a mis primas a otro lugar. No solo no dejé que las saludara, sino que ni siquiera la saludé yo. Ni siquiera la miré a los ojos. Mis primas me retaron por pesada, pero yo fui tan dura como es un arribista que, en la gloria social, desconoce a sus viejos compañeros. Bueno, no es lo mismo, pero se entiende: La desconocí porque sentí que no hacerlo significaría mi propia ruina y, detrás de mi actitud primitiva, no había más que un profundo pavor.calm

Por supuesto, me odié a mí misma, pero no me permití sentirlo entonces. En vez, me inmovilicé. Había negado a la única persona que me reconocía en el colegio, que me recordaba quien yo era, que me daba esperanza. Le había fallado estrepitosamente, y también a mí misma. Me moría de vergüenza, así que enterré esos sentimientos en lo más profundo de mi ser y, como recordar nuestra complicidad me dolía, también dejé de hablarle. Nunca más me quedé en el recreo. Nunca más la saludé en los pasillos. Ni siquiera me atreví a mirarla a los ojos cuando me hablaba en clase.

Y sin embargo, ella nunca cambió su actitud, ni hasta el último día escolar. Siempre me trató como si no la hubiera herido, aunque sé que lo hice. Siempre me trató con ternura. Obvió el incidente y no trató de forzarme a explicarlo. Obvió que nunca más le hablé, y mirando atrás, creo que lo hizo para no afligirme más. Porque no quería darme más carga, ni ahondar en la herida. Porque sabía que yo sabía. Porque entendía la situación, con esa sabiduría ancestral que solo algunos profesores tienen. Ella supo ver que yo era como uno de esos novillos que se enredan en el alambre de púa y que, mientras más se revuelven, menos pueden salir.

Dondequiera que esté, miss, yo le pido perdón. Me alejé de usted de esa forma terrible no porque no correspondiera a su cariño, sino que porque no quería reconocer mi situación… hablar ni del miedo, ni de la soledad. Yo tenía que seguir viviendo y tuve miedo de ponerme en contacto con mis sentimientos porque pensaba que, si lo hacía, me haría débil y no podría sobrevivir. Era solo una niñita asustada y entonces no sabía mejor.

Usted, de todas formas, realmente hizo una diferencia para mí. Me trató con amor, y su amor me hizo visible, aunque después no estuviera para apreciarlo. Me enseñó a ver tras los disfraces de la gente, porque entonces aprendí a ver el mío. Me enseñó lo que son la paciencia y la compasión.

Gracias a usted soy una mejor persona y se lo agradezco de todo corazón.

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El cansancio o cuando a uno no le importa nada

cans1Yo creo que el mayor problema de la sociedad podría ser el cansancio. Ni la distribución de la plata, ni la sobrepoblación de algunas ciudades, ni la contaminación: el cansancio.

El cansancio nos hace indiferentes, y es muy difícil trabajar con la indiferencia.

Lo ejemplificaré en algo muy cotidiano: Una amiga del colegio, la Mariajo tenía un perro, un rodesiano: Timmy. Ella lo encontraba encantador y seguramente el perro lo era con ella, pero las otras le teníamos pánico: con nosotras no era amable y además era gigante. Una vez se escondió debajo de la mesa cuando estábamos en el living, y era tan enorme, y gruñó tan fuerte, que la mesa empezó a temblar sobre él, con tazas y platos y librotes, y hasta pequeñas esculturas encima. Solo mi amiga podía dominarlo, cosa que hizo rápidamente en esa ocasión, con una voz suave y graciosa, como si nada horrible estuviera por pasar.

¡Dios! Esa vez creí que me moría. Casi llegué a sentir el frío hálito de la muerte soplando tras mi cuello, y lo mismo le pasó a la Coni, otra amiga que también estaba allí, con la que corrimos juntas a escondernos al baño. Admito que, en mi apuro, casi le cierro la puerta encima, jeje. Sorry, Coni. 

Pese a esto, unos días después, la Coni y yo figurábamos otra vez, como si nada, en el lugar del crimen. Era una tarde intersemanal y las dos veníamos agotadas de nuestras respectivas actividades, con ganas de solo echarnos a compartir el espacio. La Mariajo había ido a buscar vasos o algo así, demorándose mucho rato en sus labores de anfitriona, cuando con horror súbito recordé el perro, y le pregunté a mi interlocutora “¿no estará el Timmy otra vez debajo de la mesa?”… porque no había ni rastro de la dueña, y si él aparecía… ay, no podía ni pensarlo. Basta con decir que hubiera preferido que la mesa se moviera por la aparición del mismo demonio en alguna sesión de malogrado espiritismo, que porque el rodesiano, con su simple cuerpo terrestre, estuviera gruñendo bajo ella.

Mi amiga le tenía tanto miedo como yo, pero para mi sorpresa, en esa ocasión solo contestó un escueto “no sé”, hundida en el sillón. “Estoy tan cansada que me da lo mismo que me coma”, explicó después de un aletargado silencio, aún sumergida en ese océano de tela y relleno, con voz totalmente monótona. Era la viva imagen de los hombres y mujeres consumidos por el vivo ritmo actual. Totalmente destruida, y sin tener siquiera vergüenza de admitirlo. 

En ese momento, lo miramos con distancia y resultó tan gráfico y dramático que nos pareció divertido, ¡muy divertido y terminamos riéndonos!… pero en realidad habla de algo bastante serio: de que hay momentos en que las cosas no nos importan nada. Y eso tiene que ver con el cansancio.

Una forma interesante de explicar esto, es a través de algo llamado la pirámide de necesidades de Maslow, que grafica cómo las personas podemos preocuparnos de los niveles más altos solo en la medida de que hayamos cubierto los primeros. El gráfico al respecto lo adjunto, porque habla por sí mismo. 

Analizándolo, podemos ver cómo uno solo puede darse el lujo de cuestionar el mundo y de cambiar los problemas actuales (y personales), si ha dormido bien, comido bien, y se tiene conexión con otras personas, por dar un ejemplo. No es que de otra manera no pueda suceder, es que es antinatural que lo haga. Aunque a veces los seres humanos – para bien o para mal – vamos más allá de la propia naturaleza.

Los profesores trabajamos mucho con esto. Sabemos que los lunes y martes son los mejores días para hacer clase, pero que antes de almuerzo, y los viernes (para qué decir viernes antes de almuerzo) no puede pedirse demasiado. Es un curso totalmente distinto el que aparece refrescado y listo para la acción a principios de semana, que el que está agotado el viernes en la tarde y solo quiere irse, y una también es distinta. Por ende, hay que planear las clases teniendo en cuenta esto. Y no solo hay que tener en cuenta las diferencias durante la semana misma, sino que agregarles las variantes mayores, como los cambios que ocurren entre el principio y el final del semestre, y también considerar las cosas externas que pasan, como cuando hay un partido del mundial, o acaban de rescatar a los mineros y el ánimo general ha cambiado y eso también influye. O como cuando, por ejemplo, vino la gran nevazón, y los profes debimos dar un rato para dejar que los niños miraran por la ventana. Era algo diferente y lindo, y además nosotros también queríamos mirar.

Tener en cuenta esto que nos pasa, no solo es útil, sino que también clarificador. Uno se acuerda de que habitamos dentro de cuerpos meramente humanos, con energía e intereses limitados, y a entenderlo así. Uno aprende de los timings, por darse cuenta, por ejemplo, de que en ocasiones no es que a alguien no le importen las cosas: es que no tiene la energía o el espacio para hacerse cargo. A alguien deprimido posiblemente no le interesará el destino de los bosques, y una persona enojada tal vez le grite a los que hacen la colecta anual, solo por aparecerse en un mal momento. A alguien que se pasa el día cuidando al papá enfermo quizá no le importe si tal o cual político robó tal o cual cosa, y un tipo cesante que está urgido porque no puede llevar comida a la casa, tal vez prefiera tomar un trabajo injusto y mal pagado, antes que ponerse a luchar por su valor personal: Son cosas que pasan, incomprensibles a nivel ético, pero comprensibles a nivel humano, de los hombres y las mujeres que salen cada día a luchar al mundo, y que en ello hacen pequeñas – o grandes – concesiones, y es que uno solo tiene capacidad para luchar ciertas batallas, no todas… aunque tenga esos momentos en que se siente invencible.

En general el orden es así: de lo más cercano a lo más lejano. Primero, vienen uno mismo y los cercanos, luego el propio barrio, y los amigos, y de ahí los compatriotas, y muy al final la totalidad de la gente y de la existencia. Hay algunos, sí, que son más altruistas, o quienes tienen otro orden de preferencia: los animales antes que la gente, y así. Pero ese, en general, es el orden.

Por eso yo creo que es tan importante aprender a descansar: porque así uno puede luchar mejor esas batallas, y dar la cara para algunas que ni se consideran pelear cuando uno está agotado. Fresco y recuperado, uno tiene más energía, se interesa más en las cosas, y eso hace que sea imposible desligarse del mundo y sus consecuencias, como de uno mismo. Uno puede más, y logra más, y eso hace que también sea más estimulante, vivir.

Y con descansar no solo me refiero al comer bien y dormir, que es muy importante, sino que también a la parte emocional: elegir amistades y amores agradables, no decir que “sí” cuando quiere decir “no”, trabajar en algo en lo que se crea – aunque sea muy en el fondo – y etcétera. Me refiero a darse el espacio para encontrar ese espacio de paz mental, que muchas veces se encuentra solo por permitirse parar. Es que, irónicamente, hay que poder parar, para luego correr más rápido.

Por supuesto, hay personas extraordinarias que son capaces de superar el cansancio y las carencias de los niveles más básicos, y creo que todos hemos sido así alguna vez, en momentos de especial determinación o necesidad. Pero en general estamos somos solo seres humanos, y eso es lo que encuentro que hay que recordar.

Y ese ser humano, afinado y preparado, puede lograr muchísimo.

Igual estos son animalitos, pero se entiende el punto.