¿El hombre casado sabe más bueno?

He aquí una historia particular, de algo muy llamativo que me pasó hace cerca de un mes.

Entonces estaba en Brasil, específicamente en Maresías, una playa de surfistas bacán, enmarcada por un bosque de esos maravillosos que hay por la zona y con mucho carrete. Allí había llegado sola, pero luego me había hecho una amiga chilena, y así es cómo las dos salimos a aprovechar el sábado, vestidas de fiesta, frondosas y expectantes bajo el clima tropical.

No pasó mucho antes de que conociéramos a un par de austríacos, que se instalaron con nosotras en el bar del hostal. Para ser sincera, yo los había visto antes, en la calle, y uno de ellos, Remy, me había gustado. Mi amiga estaba más bien apañándome, como también su amigo, por lo que no pasó mucho antes de desaparecieran del plano, una vez hecha la magia, y que entonces sobreviniera entre Remy y yo un nervioso silencio, de esos que son hondos y promisorios y sensuales.

El austríaco y yo nos quedamos juntos, conversando con la serenidad controlada que tienen los jugadores de póker, pareciendo casuales pero apenas empezando el juego, sin revelar nada, aunque los dos sabiéndolo. Él era inteligente, carismático, guapo, dulce, y tenía cierto rastrojo de tristeza en la mirada, y aunque al principio exageró un poco enumerando sus méritos personales, como un animal decidido que ha de mostrar sus encantos, a mí me pareció atractivo. Así que lo dejé invitarme unas cervezas más y que, paulatinamente, sus piernas se acercaran a las mías, entrelazándose, y sus manos cubrieran las que yo tengo, como si no se diera cuenta, nos diéramos cuenta, de lo que estaba pasando, hablando entremedio de todo lo que se habla en ese tipo de situaciones: los sueños, los viajes, las esperanzas, el cielo y las estrellas, y los ojos de una, “los más lindos que he visto”.

Por supuesto, el sábado no terminó allí. Un amor nuevo es intenso y aventurero, y no se acaba por convenciones relativas a las horas de sueño. Así que proseguimos la velada en la disco de moda donde, además de conversar, zapateamos con la banda del lugar, dando la vida en la pista de baile, y transformándonos en ello. Remy, todo europeo y formal, tenía una camisa blanca, abrochada hasta el cuello, que fue perdiendo botones a lo largo de la noche, para aliviar el calor nacido de tanto bailoteo, mientras yo tenía unos tacos que también fueron desechados, para quedarme solo con el mero vaivén de mis pies desnudos, pisando tierra, y arena y hojas, y hasta algún pedazo de vidrio molido… todo siendo cada vez más como un remolino de colores, una nube de felicidad tropical, cada vez más y más alegre y promisorio.

¡Ah, qué buen ojo había tenido con Remy!, me felicité a mí misma… los pasos de baile, el tema interminable, la suavidad… Habíamos conectado y la verdad es que yo estaba contenta. Era de esas noches inesperadas que se avecinan mágicas y que se despliegan revelando todo tipo de sorpresas.

Pero la sorpresa que Remy desplegó para mí, resultó ser mayor que cualquiera que yo hubiera imaginado. Porque resulta que el austríaco… estaba casado.

¡Remy! ¡Casado! ¡Remy estaba casado!

Remy estaba casado.

Tal vez fui inocente, pero no lo vi venir, así que cuando me lo contó, me quedé de una pieza. Era bastante joven (34), y no tenía anillo, aunque la verdad es que no me fijé hasta que me lo dijo. Supongo que porque di por hecho que, un tipo que es tan directo en lo que quiere, y que además invierte de esa manera – tiempo y plata – en una mujer… es porque no tiene a otra más en el plano.

Pero Remy sí la tenía, y me lo dijo justo cuando empezaba a ponerse realmente cariñoso, como delegándome a mí la responsabilidad del tema, mientras seguía tomándome de la mano y me miraba a los ojos, tan adentro que daba miedo. Me llamó la atención que más que caliente, como uno imaginaría que alguien sería en tales ocasiones, fue tierno… pero no tierno de esa manera cliché en que alguien cuenta historias tristes sobre su incomprendido matrimonio, sino que de una manera simplemente abierta, buscadora de contacto humano, sin mayores explicaciones ni excusas. Después de todo, había puesto todas las cartas sobre la mesa, y no eran cartas convenientes para su persona.

Fue muy llamativo, por decir lo menos.

Tal vez deba agregar, para quien quiera un poco de contexto, que Remy se había casado a los 20, tenía 34, y que no sugirió jamás de modo alguno que fuese infeliz con su señora. Y que tenían juntos un hijo de 8 años.

Y que, por supuesto, todo eso me convertía en la otra.

Así de violentas pueden ser este tipo de situaciones

¡Dios! ¡La otra! Qué horror. Ah… la situación fue tan extrema y surrealista, aunque a la vez curiosamente serena, dotada de cierta adulta tranquilidad. Remy pareció decepcionado cuando le dije que estaba soltera, supongo que porque así yo estaba más expuesta a lo que podía ser de nosotros, y teníamos menos licencia ilícita, por decirlo de algún modo, más jerarquía y menos igualdad de motivos. Entonces me miró con la ternura de quien mira a un compañero de aventuras que sabe que retrocederá, aunque por buenas razones… un compañero, tal vez sexualizado y – para él – atractivo, pero compañero, a final de cuentas, solo un acompañante casual en el camino y en la buena onda.

Aún así, esperaba mi respuesta. Parecía valer la pena para él, de todos modos, pero yo me quedé bastante callada. Es que por mi mente zumbaban un montón de pensamientos, que colapsaron temporalmente el sistema comunicacional de su servidora y me vi absorta en ellos.

Los primeros tuvieron que ver con mi propia persona, no la suya, algo común en situaciones impactantes como ésta y en criaturas egocéntricas como somos los seres humanos. “¿Será mi culpa?”, me pregunté, con cierto horror inusitado. “¿Por qué vine a atraer a alguien así? ¿Qué hay en mí que podía causar esa impresión en alguien?”, proseguí. En algún momento hasta me reproché a mí misma, con tono irritado, pero después decidí no sentirme culpable: no tenía cómo saber que era casado. No tenía anillo. No era mi culpa no saber pensar como una espía, buscando pistas, adelantando cosas. Era simplemente yo, una mujer cualquiera (no cualquiera jaja) bailando por el trópico en una noche de verano. Una mujer inocente. Así que, luego de un rato, me saqué de la silla de acusados y me dejé ir en mi conciencia.

Ya resuelto el tema mío, mis pensamientos se fueron a Remy y a cómo él vería la vida. ¿Qué buscará en ella, le significarán algo ese tipo de cosas? Lo dudaba, la verdad. Más bien creo que era como esos señores antiguos, que pueden tener aventuras por el mundo sin dejar de querer a su mujer y sin dejar de sinceramente apreciar, siempre que no se meta demasiado en su vida, a la otra: Remy no mostraba ninguna culpa. Me había dicho expresamente que yo le gustaba y me había sugerido romance, mientras hablaba de ella y mientras sus manos cubrían – desde antes – las mías. Y fue horroroso y fascinante al mismo tiempo.

Que no se me malinterprete: cuando digo que fue fascinante, no me refiero a que lo que pasó me gustara, a que yo me sintiera más especial o más mujer que la que él estaba omitiendo (y traicionando), por el solo hecho de estar yo en ese momento existiendo frente a su mirada. No me refiero a que, por esas circunstancias sintiera que Remy me hubiera “elegido” o algo por el estilo, lo que habría sido ingenuo, por decir lo menos… sino más bien a que no pude hacer más que mantener mi propia mirada fija en la suya, con el modo hipnotizado de quien observa a un edificio derrumbarse, o a un puente caer, totalmente inmersa en el momento, que me fue tan – y sé que ya lo he dicho varias veces – absolutamente impresionante. En cierto modo esperaba que la cara suya de pronto también se cayera, como esos edificios o puentes, solo porque lo que estaba pasando me parecía tan increíble. ¿Cómo iba a ser cierto que estuviera casado? No podía ser. Tenía que ser una broma, y en cualquier momento me lo diría y nos reiríamos de ello, claro que sí, eso tenía que ser, eso lo explicaba todo…

Pero Remy no se rió. Se mantuvo serio e incólume, y no hubo temblor alguno en él, sino que incluso cierta inusitada suavidad en medio de la imperturbabilidad de su decisión, sin retroceder, sin dudar, sin mirar atrás, completamente seguro de querer lo que estaba sugiriendo y de las ramificaciones secundarias que implicaba, total y completamente consciente de la situación. “¿Cómo sería ser de esa manera?”, me pregunté cuando me di cuenta de que iba en serio: No lo sabía, no podía saber. “¿Por qué buscaba a otras mujeres?”, quise preguntarle a él, pero no supe cómo. “¿Acaso no era feliz, le faltaba alguna cosa, o era solo por diversión?” Qué se yo. “¿Quería ser yo una más de la lista?” No. “¿Lo censuraba?” Me di cuenta de que tampoco. A final de cuentas, eran sus decisiones, su derecho de elegir, y no era mi responsabilidad enseñarle a ser fiel, como tampoco conocía su vida, ni sus motivos: Remy era simplemente quien era, como todos en el mundo. Y un romance pasajero era todo lo que tenía para ofreceme, y fue muy claro en ello, y en cierto modo lo respeté por eso.

Pero lo que ofrecía no era suficiente para mí, y tampoco podía dejar de pensar en ella, y, aunque no conociera la verdadera vida del austríaco ni fuera responsable de él… sí me conocía a mí misma y le debía responsabilidad a mi propia persona. Y no quería ser la amiga de un hombre casado. No quería ser yo la otra. No era quién yo era. Por ende, retrocedí.

Así que, lo dejé ir, yéndome yo misma del lugar, con mucha prestancia y bastante educación, e incluso con cierta delicadeza. Como si la situación también fuera normal para mí, pese a que sé que él supo que no lo era, por la – al fin – culposa mirada que me dirigió, con ojos de cordero degollado al despedirme y partir. Sin él.

Y no me fue tan fácil en la práctica como en la teoría, tal vez deba admitir, aunque haya tenido éxito en ello. Una cosa era no querer quedármelo, por así decirlo, y otra era que el austríaco me pasara desapercibido en el proceso, porque no fue así: su piel brillaba, y olía a verano, y tenía una risa graciosa y el don del habla. Me había causado cierta emoción, sí… pero estaba casado, y eso lo cambiaba todo. Me costó solo unos minutos hacerme la idea. A los 30 años, ya se tiene cierta práctica. Uno ha dejado de luchar contra dragones invisibles. Es mejor tener las cosas claras desde el principio, porque además hay mucha gente que sí vale la pena. Empezando por uno mismo.

Pero – y esto es lo que me intriga – eso no le pasa a todo el mundo. Y podría no haberme importado. Podría haber estado con él igual, aceptando las circunstancias y disfrutando el momento, y haber callado para siempre al respecto. Nadie habría sabido, su familia europea literalmente a miles de kilómetros de distancia y yo libre en mi soltería, libre como el viento. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, es un dicho que puede ser odioso, pero que también es cierto, que puede funcionar y servir con matemática precisión.

Y yo incluso podría haberlo justificado: no era la primera a quien intentaba conquistar, ni tampoco la última, y eso en cierto modo me hacía inofensiva y anónima. “No le estoy quitando nada a nadie”, podría haber argumentado a aquel interlocutor invisible, ese que siempre está ahí mirando. No a su señora, al menos, porque si Remy no me hubiera encontrado a mí, sin duda habría encontrado a otra, así que qué. La noche encantadora, sí, lo fue, pero cuando se trabaja por ello muchas noches lo son. Dudo que haya sido así porque yo fuese tan imprescindible: habría sucedido con o sin mí. Sin embargo, claro, es muy fácil pensar así, y lavarse las manos de las cosas, decidir que nunca nada es culpa de uno.

La experiencia que tuve me empujó a hacerme tantas preguntas: ¿Qué pensarán otros cuando viven lo que yo estoy viví? ¿Qué pensará Remy? ¿Por qué sucede lo que sucede? ¿Qué es lo que ocurre realmente en el interior del corazón humano? ¿Somos realmente monógamos? No según la fisiología (leer “El hombre desnudo”, de Desmond Morris), y no según la historia: la familia nuclear existe hace pocos siglos, y desde hace muy poco se espera que los cónyuges sean fieles. Además, en algunos lugares aún se aprecia la poligamia, y eso hablando solo de lo que legamente se acepta, no de lo que realmente sucede. En tal caso, ¿no era solo natural verse inclinada a ese tipo de encuentros? ¿Por qué entonces, retrocedí? Tuve toda la privacidad para experimentar lo que quisiera, y yo lo hice de todas formas. ¿Acaso yo era antinatural?

No realmente. Solo fui formada de otra manera. Tuve otros principios y lo natural para mí era seguirlos. Visto de manera meramente biológica, no eran principios demasiado inteligentes, porque van contracasado 8 lo que deberíamos esperar que hiciera el instinto de supervivencia en una especie viva, anulando los encuentros que pudieran potencialmente prolongar tal especie, en un mundo que lo necesitara. Pero hoy día tenemos otras prioridades. El mundo ya está poblado y parece ser más importante cuidar el sentimiento que la biología. Hay más instinto de autoconservación emocional, que de conservación global de la raza, creo yo: Ya no somos solo animales, aunque a mí me encantan los animales.

Yo no me arrepiento de la malograda experiencia con el casado, porque me enseñó cosas. Me hizo conocerme mejor a mí misma, y también pensar en los demás… preguntarme por qué toman las decisiones que uno no toma, por qué sí (cuando lo hacen), dónde está la línea divisoria, qué pasa cuando uno elige, por qué algunos decidimos ser de una manera y otros de otra… cuán cerca estuve de ser esa mujer casual, aún sin saberlo. Todas esas cosas me impresionan mucho y me conmueven también.

También hacen que cada vez sea menos proclive a juzgar a los demás. Cuando uno se ve inmerso en los vaivenes más reales de la vida, uno se da cuenta de que solemos caricaturizar a quienes los viven, desde afuera. Pero en la situación del infiel, no hay dos energías puras del lujurioso y el necesitado, del gozador y la gozadora, el pecador y la tentadora, o de cualquiera de las ecuaciones que podamos imaginar: hay seres humanos. Por ende, nunca estamos tan lejos de ello. Podría, en cierto contexto, en ciertas circunstancias, en la cultura adecuada, pasarle a cualquiera de nosotros. Acercarse a esa realidad, por así decirlo, aunque sea por accidente, permite entenderlo mejor, por mucho – y válido – que no sea lo que uno quiera elegir para sí mismo. Aunque otros lo eligen.

Tal vez deba agregar como última cosa y en honor a la verdad, que mi abandono del lugar igual no fue inmediato. Entre que Remy me dijo que estaba casado y entre que yo me borré, pasaron entre 10 y 20 minutos. Es que me sentí ingenua. Tuve pudor de parecer tan inocente, tan lejana a lo que es una chica de mundo, por lo que reprimí mi impulso de irme en estampida. ¿No son graciosas las cosas que nos preocupan a las personas? ¿Qué me importaba? Bien, injustificado y absurdo, lo hacía, así que demoré algunas palabras, dilaté el asunto, seguí siendo simpática, y solo después, – cuando pensé que mi impresión había pasado desapercibida – inventé la excusa absurda de rigor para partir… aunque antes no pude evitar preguntarle, con fingido espanto (fingido, pero a la vez no) si él siempre “buscaba mujeres” (jeje), a lo que me contestó con cara de ofendido que solo había salido a “acompañar a su amigo” (que había desaparecido millones de horas atrás) y que entonces “había surgido esto”. Plop.  Las pinzas, jaja (es un poco tragicómico, admitámoslo) (aprende a mentir).

casado 9Ojo con que el pudor que sentí, no solo fue por mi propia persona, sino que también por el contexto en donde estoy inmersa: ¡es que no me había dado cuenta de que ya estaba en una edad en que ese tipo de cosas pueden pasar! Ya que, vamos, si hubiera tenido 18 no habría sido tan así, o al menos no con tanta facilidad (creo yo, solo puedo imaginar): Resulta que había venido a ser parte de los adultos hace rato ya, y que recién venía a darme cuenta, ¿cómo alguien puede ser tan distraída? ¿Cómo pudo impresionarme tanto? Qué vergüenza haber sido tan transparente. La verdad es que no tuve mundo a la hora de afrontar la situación, aunque lo aprendí rápidamente. Qué vergüenza ser tan transparente a los 30 años, no imaginarse las cosas, no venir asuntos como estos venir, aunque, insisto, él no tenía anillo (pero de haber tenido, tal vez yo no lo habría visto).

Aunque tal vez sea lindo sentir así y seguir conservando cierta inocencia.

Espero que estas experiencias no dejen una huella en mí. Este Remy se veía como el tipo menos traicionero, más fiable del mundo, ¿irá el hombre con quien me case – de hacerlo – hacerme lo mismo a mí?

Jamás podré saberlo con seguridad. Solo me quedará confiar. Nadie, nunca, puede controlar realmente al otro, aunque crea que lo hace y aunque el otro ayude a creerlo, tanto como nadie puede controlarlo a uno mismo. Y, cuando ocurren las infidelidades, nacen de quien las comete, no de quien es engañado, aunque las cosas sean de dos y haya quienes en cierta forma insten a ello (en algunos casos).

Es fácil de graficar, porque todos lo hemos visto… cómo el infiel busca dónde “jugar”, sin importarle demasiado si la pareja está en un buen o mal momento, es simpático o no, lindo o no, a veces incluso coqueteando con alguien más en su presencia (me estoy yendo al extremo, pero también sucede). Muchos recordamos la aventura que tuvo Hugh Grant con esa prostituta no muy agraciada, mientras estaba de novio con la Elizabeth Hurley, a quien conocía desde hacía años, y quien además es lindísima, y esto porque la infidelidad ocurrirá más allá del control personal de uno, de los méritos propios. La infidelidad, por irónico que sea, a final de cuentas ni siquiera es personal, porque puede pasarle a cualquiera y muchas personas lo vivirán sin merecerlo. O sin siquiera saberlo.

Así que mejor cruzar los dedos, y esperar que el destino me tenga reservado a un hombre de los que cumplen.

Los famosos que me gustan

El miércoles iba con un amigo por el centro, cuando nos encontramos con esa tonelada de revistas hot en los kioscos que hay. “¿Por qué todas las porno son para hombre?”, le pregunté yo. “O para los gays”, agregó él. “Apuesto que si hubiera una de hombres para mujeres, alguien la compraría”, continué, medio acariciando la idea de un nicho de mercado. “Lo dudo”, refutó él, “porque la mujer es más auditiva y menos visual y blablablá. Y mas romántica”

Bien, tal vez tenga razón, pero igual me dieron ganas de escribir un post que funcione como un pequeño espacio de admiración y de homenaje a lo que es el hermoso sexo masculino, que no siempre es tan celebrado como debiera. Aunque mi post no será un post porno, sino que algo más delicado y elegante, propio de una servidora respetable como ésta, que además tiene que cuidar su imagen pública, jaja.

Así que hoy vengo acá a compartir mi top 10 de hombres que encuentro guapos, ¡sí, señor! ¡10 guapotes! A ver si se les alegra un poco el día a otras admiradoras (y admiradores), en especial en estos estresantes tiempos pre-navideños. A mí sin duda me lo alegró bastante, al elegir sus fotos. No fue una elección fácil, dicho sea de paso, y varios se me quedaron en el tintero, pero había que priorizar. También puse varios bonus track graciosos, que hacen que al final sean mucho más que 10. Tómenlo como un regalo de pascua, que va también para mí misma, jojojo.

Y, por supuesto, son muy bienvenidos de comentar sus propias preferencias, si quieren compartirlas..

No llegaremos a este nivel de exposición.

 

Mi top 10 (todo en orden alfabético):

1. David Bowie.

Sí, sé que tiene como 100 años (64, para ser exactos), pero lo encuentro espectacular, en todo sentido. Tiene un ojo por el que apenas puede ver, por una mocha que tuvo con un amigo cuando eran chicos, a causa de una niñita que a los dos les gustaba, y siguen siendo amigos después de eso. Cuanto todavía estaba en el colegio lideró un movimiento estudiantil para que los dejaran usar el pelo largo (se puede encontrar en youtube), y luego, cuando se convirtió en cantante, fue el primer hombre en atreverse a usar maquillaje, lo cual aparece en su video “Rebel Rebel”, que justamente habla de eso.

Es un rebelde y uno de los buenos, porque usó su fuerza creativa para crear cosas positivas y no solo para andar alegando por la vida. Pasó por su etapa de drogas, pero la superó, y aunque no le funcionó su primer matrimonio, está casado hace rato con una somalí y tiene incluso una hija chica. Y escribe una música realmente buena, hasta hoy en día. Sigue vigente y hasta hace cosas como ir a ese show gringo de la Ellen De Generes. Y podría continuar, describiendo, y babeando entremedio.

Yo lo encuentro un ave fénix. Estimulante, pero también mino. Tenía unos dientes horribles, y se los arregló, pero yo lo encontraba mino aún entonces… porque lo más sexy que tiene es pasión. Es un tipo con pasión y se nota en todos sus videos y canciones. Eso es lo que más me gusta de él, porque claramente no es una belleza, aunque sí derroche estilo.

Jejeje.

 

2. Asier Etxeandía.

A éste solo lo he visto en una película (“Gordas y mentiras”), en la que más encima hace de gay, pero lo encontré tan pero tan guapo. Tiene unos ojos límpidos, y un estilo medio chilensis, y ese acento tan sexy que tienen los españoles (es español). Además, en su papel es un tipo muy atractivo, aunque vaya por el otro lado.

Cuando vi la película me picó el bicho de la curiosidad y así descubrí que por ahí dicen que quizá sea gay también en la vida real. En ese caso, a quién le importa. No es como que vaya a casarme con él. Todavía podemos soñar.

 

3. Heath Ledger.

Ledger tenía esa cara tan masculina y ese espíritu tan particular. Yo creo que es especialmente inolvidable para la mayoría de las mujeres, en esa escena en “10 cosas que odio de ti”, donde su pose de macho man revelaba un tipo sensible. Aww, sí, el sueño femenino, es veldá.

Además, era un actor muy bueno. Una lástima que se haya muerto.

4. James Marsden.

Sé que es el prototipo de hombre mino, pero eso no me desincentiva (muchas encuentran eso un defecto, lo que viene a ser simplemente otro tipo de prejuicio). Alto, moreno, bien formado, ojos azules, sonrisa encantadora. Lo que más me gusta es el aura que irradia… esa mirada tan brillante.

Casi siempre lo ponen en papel de mino, y muchos creen que basta solamente por ser mino, pero es también un buen actor. Creo que le pasa lo que le pasa a Rob Lowe, que siendo espectacular, no siempre fue tomado con seriedad (aunque no hay que olvidar que el mismo Brad Pitt empezó siendo un chico medio gigoló, en “Thelma y Louise”).

Sea como sea, yo disfruto viéndolo en las películas. En “Hairspray”, cuando hacía al tipo perfecto que al final cedía en ayudar a los afroamericanos… aunque más en “27 bodas” en donde hacía de este tipo sencillamente espectacular, todo un sueño de hombre y además tan reacio, jaja.

Casi me estoy ruborizando.

5. Ewan McGregor.

McGregor es uno de mis máximos favoritos, aunque nunca he visto “Trainspotting”, su peli clásica. Sé que objetivamente no es demasiado mino, y que ya no es tan jovenzuelo, pero… oh… qué tipo espectacular. Es otro de los que irradian pasión, y no solo en las películas románticas, como Moulin Rouge, sino que también en las más serias, como en Star Wars cuando es el joven Obi Wan Kenobi y tiene que dejar al futuro Darth Vader medio muriendo entre la lava… esa escena donde le grita es para pararse los pelos. El solo hecho de recordarla ya me saca una lagrimita.

Sin embargo, cuando me “flechó”, fue en esa película que hizo con la Cameron Díaz hace millones de años, cuando es un cobardica que la rapta para ganar plata y luego no tiene el coraje de cobrar la recompensa (ella termina haciéndolo, porque se enamora de él). Hay una escena en donde supuestamente van a matarlo y él llora como una niñita, corriendo, y gritando, y cayéndose, haciendo un ridículo total (lamentablemente no la encontré en youtube, porque es genial).

Sí, sé que va completamente contra lo que se espera de las mujeres, un hombre llorón, pero en esa escena apareció tan espontáneo y tan absolutamente encantador. Ninguna dignidad. McGregor totalmente entregado a su personaje llorica. Me hizo reír y llorar también. Lo encontré de lo más refrescante y de algún modo, en medio del desastre, se las arregló para seguir viéndose de lo más hot, en parte por estar vivo, y tener instinto de supervivencia, y sentimientos.

El guapo en la vida real está casado hace años de años, y tiene entre sus hijos un par que son adoptados. Sí, qué me debería importar a mí… pero en cierto sentido me hace admirarlo más.

Y aparte canta que da gusto.

6. Brad Pitt.

Sí, me gusta Brad Pitt y qué. Jejeje. A veces la belleza convencional está muy bien. Es un tipo totalmente masculino, de mandíbula cuadrada, y con esos brazos y esos pectorales… y aparte tiene cierta dulzura, y actúa muy bien. Y no tiene miedo de verse mal, como en Benjamin Button, cuando empieza siendo muy pero que muy requeteviejo. Ponerse en papeles así denota cierta seguridad que siempre es atractiva de encontrar.

Debo admitir que a veces veo películas solo porque sale él, aunque menos que antes (quizá porque simplemente veo menos tele que antes). Sin embargo, no creo que nadie que se lo haya encontrado en “Leyendas de pasión” la haya olvidado porque… ¡Dios!. O en esa en donde tenía un hermano mayor e iban a pescar juntos. Eso sí, hay que admitir que en ambas películas le dio duro al papel del “bello indomable”, siendo mino y rompiendo a toda la gente a su paso, convirtiendo a esta belleza incluso en algo peligroso.

Más adelante hizo películas más serias y fuertes, donde hizo otro tipo de papeles. Pero eso lo digo para dejarlo bien a él, porque a mí no me importa. Que actúe de lo que actúe: para mí, con verlo a él es suficiente: A Brad Pitt, un modelo actual y a la vez clásico de belleza masculina.

Además, he visto películas suyas de tan chica que casi siento que lo conozco (la patuda, jaja).

7. Paul Rudd.

Éste me gusta porque encuentro que tiene de los ojos más dulces de la Tierra. Y es otro que no tiene problemas en hacer papeles donde queda mal él: ha hecho de histérico, de nerd, de tipo sin amigos, de tipo fracasado, del “perfecto” que al final no quieren, etcétera y etcétera… simplemente va y hace su trabajo.

El primer papel conocido que hizo, eso sí, lo deja bien parado. Éste fue en “Clueless”, donde es el hermanastro mayor empollón (jaja) de la Alicia Silverstone y terminan juntis. Sí, empieza como el tipo del que se ríen, pero al final se queda con la chica cool.

Rudd además tiene una cara muy linda, y a pesar de eso es de lo más varonil. Y no siempre está flaco y espectacular, lo que lo hace en cierta forma más abordable. Y en la vida real también está casado con la misma mujer desde hace años (sí, qué me importa a mí, pero de algún modo lo hace).

Pero lo que más me gusta de él, otra vez, son sus ojos. Aún cuando grita o tiene que parecer totalmente mala onda, tiene esa dulzura que cae chorreando de ellos. A mí casi me dan ganas de llorar cuando lo veo (ya, me embalé, jaja) (pero es cierto).

 

8. Dan Stevens.

El heredero improvisado de la serie “Downton Abbey”. Quien lo representa es un actor inglés de unos 28 ó 29 años (la otra vez lo busqué, pero ahora me da lata corroborar). Y a mí me parece guapísimo.

Tal vez mi fascinación tenga que ver con que esta serie está ambientada en la época antigua, por lo que el tipo aparece siempre vestido medio elegantoso y hablando en modales refinados (jeje), siendo además misterioso pero tierno, en su papel.

Pero lo que más me gusta de Stevens es que parece un hombre. Con sus manos y su porte, e incluso el par de kilitos de más que tiene, que se van directamente a una incipiente doble pera. No a todos le sientan bien esos kilitos extra, pero a él lo hacen verse saludable, y aparte me recuerda un poco a mi abuelo noruego, que tenía su propia generosa poncherita. Tanto Stevens como mi abuelo eran señores antiguos, rubios, de ojos claros y con cierto tinte de misterio, enmarcado en tenida de frac.

Sin embargo, me corrijo: lo que más me gusta de Dan Stevens no es que sea un hombre… es que parece completamente contento de ser quién es y de cómo es, sin interés alguno de copiarse a los demás. No se parece a los otros actores de Hollywood, porque no es físicamente perfecto (aunque sí es bastante guapo). Y también tiene unos ojos muy especiales.

Además, según vi la otra vez en youtube, sabe cantar, ¡y en alemán! A quién puede no gustarle eso.

9. Jim Sturgess.

Éste es otro que encuentro sexy, sexy, sexy. Aunque no es feo, tampoco es objetivamente una belleza. Es solo un tipo regular, de ojos redondos, alto pero no tanto, de cara agradable… pero con una expresividad en esa cara y unos gestos que son para morirse. Además, tiene un look chilensis (el pelo medio desordenado, el usar canguro) que me acerca a él, en especial considerando que tiene mi edad, por lo que luego de verlo en la tele se me hace que me lo voy a encontrar en la calle, o en el carrete de turno.

Lo vi por primera vez en el musical “Across the universe”, en donde cantaba de esa forma tan emotiva. Su contraparte, la Rachel Evan Wood (seca), lo hacía de un modo totalmente perfecto, como saliendo de clases de canto, y le salía agradable, pero él, con la voz un poco más ancha y menos cuidada… lograba cierta autenticidad y cierto destello de esos que no se pueden explicar, que se comía todo el escenario y aún más allá. Mi prima y yo nos quedamos perplejas (lo vimos juntas), y terminamos fans absolutas.

Luego de eso, solo lo he vuelto a encontrar en una película de apostadores, donde salía tan guapo como la vez pasada, aunque sin el cool efecto musical.

Es una pena que desde entonces no lo he visto más.

 

10. Jorge Zabaleta. 

Jorge Zabaleta es el mino número uno de la televisión chilena, tanto así que lo usan y abusan de él en los comerciales, y a una no le importa… todo sea por el placer de verlo, vendiendo mayonesa, tratando a la gente de maricón, o lo que sea.

Qué puede decirse: es guapísimo. Tiene buena altura, una cara agradable… pero lo mejor son la nariz que tiene y esos ojos tan brillantes. Y el modo de usar la voz. Hasta puede darse el lujo de tener las cejas juntas (creo que en un momento se las depiló, pero no estoy segura), de lo mino que es.

Yo una vez me lo encontré en un carrete en Bellavista y creí que me moriría de un infarto múltiple, jaja. Casi ni me atrevo a mirarlo, por miedo a quemarme ante la respuesta de su propia mirada. Qué exagerada en realidad, jaja, pero así fue y mis amigas estaban igualito a mí, muy groupies, y groupies in love.

Por supuesto que también influye el hecho de que sigue casado con su mujer, a la hora de ganar puntos. Sí, estuvo separado durante años, pero luego volvieron y sumaron un segundo hijo (creo) al primero. Aunque el amor a veces no depende de uno, y no se puede juzgar a quienes ya no están juntos… uno lo mira de todas las formas románticas posibles, cuando suceden los reencuentros. Además, queda claro que él debe haber luchado por eso, en algún plano. Y que pudo haber tenido a mil mujeres más (que quizá las tuvo) pero luego eligió otra vez a la misma.

Sí, es personal y no tenemos que meternos, pero igual me parece muy, muy romántico.

 

 

Los feítos y/o Old School con los que también me pasan cosas:
 
1. “Gandalf” de “El señor de los anillos”.
Jajaja, sí, sé que me voy en mala porque cómo tan curioso mi gusto, ¡pero de verdad le encuentro algo! Tal vez tenga que ver con eso del poder y de la atracción que produce. Cada vez que aparece a salvar a la gente en la película, siento una oleada de agradecimiento y felicidad que fácilmente puede ser confundida con amor. Aprendan, chiquillos.

 

2. El doctor “Taub” de “House M.D.”.

Sí, sé que a nivel objetivo no se le pueden otorgar muchas gracias físicas: Es bajito, regordete, pelado, narigón, y más encima envidioso y gorrero. O sea, un desastre.

Pero hay algo en sus ojos que lo hace tan humano, y que me atrae. No sabría decir qué. Lo he ido encontrando mino, aunque obviamente el dr. Chase (y el mismo dr. House) se roben la película.

Es una confesión, jaja. Una confesión pública.

 

3. “Sayid” de “Lost”.

La voz melódica. Y la capacidad de ser un hombre hecho y derecho, abriéndose paso a las dificultades. Y esos ojos soñadores y tan negros. Y otra vez esa voz melódica, tan suave y delicada, a la hora de hablar. Con lo primero ya era suficiente.

La verdad es que lo encuentro de lo más apuesto. Tal vez mi favorito de “Lost”, otra confesión inesperada, jeje.

4. Robert De Niro.
Ay, es que tiene una de las sonrisas más dulces de mundo, y esa forma torcida de poner la boca. Todo lo que tengo para decir. Me da lo mismo que pudiera ser mi papá. O mi abuelo precoz.
5. Alec Baldwin.
Sí, también está mayorcito y medio carreteado, pero me gusta el porte que tiene, y su modo de moverse y de vestirse, y muy en especial, su voz. Encuentro que tiene mucho pero mucho estilo. Es como un hombre de verdad.
6. Eli Wallach.
Sí, éste sí que tiene como 100 años y esta vez en serio (¡96 años!), pero tiene una mirada tan especial. Sé que ni de joven era tradicionalmente mino (acabo de investigarlo), pero tiene esa sonrisa lindísima también, con una energía muy llamativa haciéndola nacer.

Captó mi atención en la película “Te amo, Nueva York”. Se veía tan compuesto y elegante, además, en su terno, pese a estar llegando a la centena. Además, me agrada el hecho de que siga haciendo películas, siendo tan viejo: es una lección para mucha gente, y una inspiración segura. No digo que me haya gustado, pero sí me pareció un hombre muy atractivo, en especial para su edad.

En un arranque de curiosidad, también tuve que sapearlo, y caché que está casado con su única mujer desde el 48. Eso también me emocionó un poco, admítolo, aww.

7. Daniel Day-Lewis.

¡Éste se me había olvidado! Lo agregué después. Es de mis FAVORITOS, aunque también medio Old School, pero una vez lo vi en una película donde se puso medio incestuoso con la hija y de ahí lo bloqueé un poco (jaja).

No sé qué pueda describir de él. Es mino (¡sí!), pero también tiene algo especial… una especie de misterio o tal vez solo el viejo “qué se yo”, o el “je ne sais quoi”, si nos ponemos más romanticonas.

Ahora está más viejo y está aún más guapo, pero anda con unos aros gigantes y a mí me gustan los hombres sin, así que voy por mis preferencias personales.

Mención especial para:

1. Los abdominales de Ryan Gosling.



2. La sonrisa de Dustin Hoffman.



3. El estilo de Steve McQueen.

Me confunden (sí, pero no):

1. Johnny Depp.

Nunca me gustó Johnny Depp, pese a ser el favorito de hermana, primas y amigas varias. Pero en la película de “Charlie y la fábrica de chocolate”, algo le encontré. ¡Raro! ¿cierto? Porque tal vez sea su papel más loco, riéndose con esos dientes inmaculados de una forma extrañísima. Heavy yo.

Tal vez sea que la primera vez que lo vi en la tele, con “El joven manos de tijeras”, causó cierto terror en mí, y que por eso no lo encontré guapo antes. Yo era muy chica y encontré a la historia tristísima y durísima a la vez. Era una representación ilustrada de lo que significaba ser diferente. No quería ser como él, matar a todos los que había querido, vivir en un castillo de hielo soñando con el pasado, existir solo a la hora de que cuenten mi trágica historia.

Luego de su papel en la fábrica de chocolates, he tenido más ojo con él. Y debo admitir que en la última, “El turista”, con la Angelina Jolie, pude entender lo que otras ven en cuanto al magnetismo que lleva. No es mino, no es alto, no tiene nada demasiado especial, e incluso la misma Jolie se ríe de eso al final de la película, si alguien se acuerda (spoiler)… pero definitivamente tiene algo.

2. Zac Efron.

Bueno, en realidad seamos claras, ¡sí me gusta Zac Efron! Pero me siento un poco pedófila porque en las únicas películas suyas que lo he visto, aparece como de 18 años (aunque tiene más). Sin embargo, ¿debería sentirme pedófila, si pongo a tipos de 96 años en mi ranking? No debería, siendo un simple manual de admiración a la belleza masculina, jaja. Así que aquí voy.

Este Zac es mino. Hace buenos papeles, con mucha seriedad, llevando a todos ellos su facha apolínea y esos ojos amistosillos. Es un agrado mirarlo. Además, si sirve de consuelo, muchas veces ha hecho papeles estando con mujeres mayores, como fue en esa en que su yo adulto volvía al pasado (¡qué buena era!) y le coqueteaba a su señora de 40 y tantos, teniendo su yo joven apenas 18. Y en la nueva, “Año nuevo”, parece que anda pinchoteando con la Michelle Pfeiffer.

Aunque en realidad da lo mismo. Uno, yo aún no soy tan mayor y dos, aunque lo fuera, las posibilidades de estar en cualquiera de esas dos situaciones son muy bajas.

Ah, y también sabe bailar, y hay pocas cosas más atractivas que un hombre que sabe bailar.

3. Josh Hartnett.

Era guapísimo en esa película de “Pearl Harbour”, todo vulnerable y a la vez masculino, aunque luego lo encontré medio barsa en la película de “40 días”, donde era un tipo que tenía que esperar todo ese tiempo para acostarse con la polola. Como que en esa última exageró un poco su posición de mino. No era una historia tan interesante, aparte. Hay gente a la que le toca esperar mucho más.

De todos modos, no me ha tocado verlo en ningún otro film. Y ya ni me acordaba de él, hasta que para revisar mi lista propia de minocos, me metí a internet a ver qué pensaban los demás. Así que no era tan memorable después de todo, dado que mi papá vio a la Marylin Monroe en el cine por primera vez a los 15 años y sigue hablando de eso, siendo que nunca más – o casi nunca más – ha vuelto a ver una película suya.

Pero igual tiene ese porte distinguido y esos lindos ojos chinos.

4. Robert Pattinson.

No le encontraba nada, tal vez porque está demasiado de moda y etcétera (prejuiciosa), pero la semana pasada llevé a mi sobrina de cumpleaños a ver “Amanecer parte 1”, donde sigue haciendo de vampiro y… ¡le encontré algo! Básicamente en su modo de sonreír, como apretando los ojos, y en su manera de decir nada cuando debía decirlo todo. Me recuerda a alguien que una vez conocí.

Además, es un buen actor y agradable de ver, y como no es tann guapo, es más realista también.

Eso sí, mi sobrina/ahijada me dijo que era bien sucio en la vida real y que nunca se lavaba el pelo (ésa salió más sapa que yo) y en la foto se nota, jajaja.

5. Milo Ventimiglia.

Éste me encantaba cuando hacía “Gilmore Girl”. Actuaba como el pololo/ex pololo de una de las protagonistas, y era todo oscuro y misterioso, pero siempre tan mino. Aunque al final hacía puras tonteras y tenía el típico drama adolescente de “te quiero, pero como no me atrevo a quererte te voy a destrozar la vida”, yendo y viniendo de la vida de la pobre Rory y pagando ella todos los platos… era de ella mi pololo favorito.

Luego, simplemente dejó de gustarme. No sé porqué. Lo vi en otras producciones (no muchas) pero no gatilló lo mismo. Tal vez me gustaba más el personaje que él mismo, aunque sigue teniendo esos ojos tan intensos y oscuros, y ese aire entre griego e italiano.

Como dato freak, pololeó en la vida real con la de Gilmore Girls. Loco, ¿cierto? Tal vez eso explicaba algo de su química.

6. Ian Somerhalder.

¡Qué guapo que es este hombre! Aunque es tan lindo que a veces parece niñita.

Lo vi por primera vez en una serie que creo que se llamaba “Young Americans” (no estoy segura) donde se asustaba porque se enamoraba de un compañero y creía que era gay. Más tarde, se daba cuenta de que el compañero en verdad era un ella, y entonces eran de lo más felices.

Ese papel le resultó absolutamente encantador, en especial porque pese a su tormento interior y a tener que sufrir lo difícil y distinto que debe ser jugar para el otro equipo… al final lo aceptaba y trataba de darle un beso en el baño de hombres, ¡qué escena espectacular! Ella huía y luego él la buscaba y le decía que debían aceptar que ambos eran gays, jajaja.

Luego actuó en “Lost”, aunque ahí duró poco. Y de ahí no lo he visto más. También fue rico verlo entonces, aunque como típico mino le dan papeles bien tontos a veces.

7. Viggo Mortensen.

Viggo Mortensen aparece en esta parte de los “sí pero no” básicamente porque solo me gusta de moreno, cuando actúa en la saga de “El señor de los anillos”. Cuando está rubio, ¡no me pasa nada con él! Simplemente le queda mal, opino. Un poquitín desabrido.

Superficial, ¿no? Eso luego explicaría porqué es tan importante cuidarse el pelo (cosa de la que me olvido a menudo) aunque, claro, imagino que tampoco lo encontraba tan guapo si cambió tan rápido mi opinión.

Mortensen, como dato freak, es mitad argentino (creo) y además habla castellano, así que querido Viggo, si algún día lees esto, ¡soy tu admiradora igual! Y te mando un gran saludo chileno, ejeje.

Me gustaban pero ya no.

1. Gustavo Cerati.

Me gustaba hasta que se metió con la ex señora, o ex polola, del compañero de banda. Sí, sé que uno no tiene idea de la vida de la gente, ni sabe porqué pasan las cosas, pero esto me pasó cuando más chica y me impresionó bastante. Lo encontré poco confiable. Tanto como lo encontraba espectacular de adolescente, dejé de encontrarlo. No era alguien con quien conviniera soñar.

Además, nunca me gustó demasiado la música que hace, excepto hits como “Música ligera”, “La ciudad de la furia” y “Prófugos” (creo).

De todos modos, no le deseo para nada lo que le pasó con el derrame y espero que se mejore pronto, si es posible.

2. Alejandro Sanz.

Con este me pasó parecido. Me encantaba hasta que salió a la luz que, siendo casado y con una hija chica, había tenido otro hijo con la maquilladora. Ella le puso Alexander (un poco causando presión) y él no quería reconocerlo, hasta que su conductor lo chantajeó con que él mismo le iba a contar a los medios, y entonces salió a la luz todo esto.

Sí, no debiera meterme, pero de pronto todo ese romanticismo infinito de las canciones pareció trunco. Fue un poco como cuando se supo que Ricardo Arjona le pegaba a la mujer y entonces uno encuentra que sus canciones son todas mentiras, aunque no sea lo mismo (dicho sea de paso, no sé si es cierto lo de Arjona o un mito urbano… lo averiguaría, pero parece que no me interesa tanto).

Además, Alejandro Sanz se fue poniendo físicamente menos guapo, y con la voz más chillona y etcétera. Pero creo que no me habría importado de haberlo admirado más, como me pasa con algunos vejetes old school que siguen siendo parte de la lista (¡aunque nunca antes había hecho una lista!).

Esto no significa que él haya pasado a ser un peor músico, porque sigue siendo muy bueno. El último álbum “Paraíso perdido” es de mis favoritos. Es solo que como hombre ya no “califica” para mí como antes.

Guapos populares que por algún motivo nunca me hicieron tilín (aunque algunos me caen bien, sea lo que eso signifique en relación a alguien que uno tiene 0,0001% posibilidades de conocer, jaja).

 

1. Ben Affleck.

Lo encuentro un poco fome, aunque admito que no es nada de feo. Además, se parece mucho a mi vecino con quien nos llevamos mahometano.

En todo caso esta foto que encontré casi cambia mi opinión.

2. Antonio Banderas.

En la película del zorro sale muy mino, pero cuando hizo el papel del gato de Shrek perdió todo su sex appeal para mí (¿quién quiere pinchar con un gato?). Además, tengo en mi mente pegada la escena de “Átame”, una de sus primeras películas, donde es un muchachito español muy simpático, pero medio violento y con unos pantalones tan ajustados que creo que mí no me caben.

3. George Clooney.

Nunca he entendido qué le ven, la verdad. Me van a decir que “en E.R.”, pero entonces tampoco sentí ni una cosa. Tal vez era muy chica.

Sí reconozco, eso sí, que tiene unos dientes blancos muy lindos, y que sabe llevar el estilo elegante. Pero hasta ahí nomás llegamos con el amigo.

4. Tom Cruise.

Entiendo qué le han visto, pero siempre he encontrado que su sonrisa es media falsete. Pero igual, aunque no me gusta, encuentro que los medios de comunicación son bien malos con él. Es simplemente un hombre haciendo su vida. No la he hecho nada malo a nadie, a diferencia de Mel Gibson que hace películas sobre la santidad de Dios y luego anda gorreando a la señora, y teniendo hijas con supermodelos ucranianas (aunque no debiéramos juzgar, Mel Gibson es un hombre también).

Así que yo digo “Tom, I don’t think you are so cute, but I do respect you”. Por si algún día lo lee. Uno nunca sabe.

5. Matt Damon.

Encuentro que es medio pavo, pero hermana y amigas mueren por él. En todo caso sí encuentro tiernis que, según he visto en revistas de moda, está casado con su maquilladora o algo así, desde hace años, y son muy felices.

6. Patrick Dempsey.

Sí, reconozco que tiene una sonrisa especial, ¡pero el papel que hace en Grey’s Anatomy… ! Ahora está mejor, pero al principio encontré que era bien poco hombre y debilucho de carácter. No mi tipo. Y aunque ahora el personaje me gusta más… no me gusta tanto él.

La mejor escena que he visto suya, fue en una en una peli na que ver, donde se enamora de una compañera de curso (que en la vida real tiene como 10 años menos que él) y Dempsey le dice una tontera en el fono, de tanto que le gusta, jaja, algo relacionado con el monstruo del lago Ness (por si alguien más lo vio). Eso me pareció mucho más real y masculino que ese papel emo de McDreamy. Si seguía en esa línea, de más que llegaba a gustarme.


7. Leona
rdo Di Caprio.

Hubo un tiempo en que sí fue mino, como en la época de “Titanic”, o “Romeo y Julieta”, aunque a mí nunca me gustó demasiado. Sin embargo, hay que aceptar que es un actorazo. Empezando con cuando hace de retardado en “¿A quién ama Gilbert Grape?”, hasta las pelis de hoy. Así ni se necesita ser guapo, aunque no es como que a la gente le moleste, serlo.

8. Ashton Kutcher.

Nah, no me provoca nada, tal vez por culpa de lo tonto que era en su papel de “That 70s show”. Además, físicamente, me recuerda un poco a mi hermano chico, lo que es un poco incestuoso. Pero admito que en “Two and a Half Men” sale de lo más adorable, aunque debería cortarse el pelo (igual que mi hermano, jaja).

Esta es otra foto que podría cambiar mi opinión, jeje.

9. Jude Law.

Tengo un par de amigas que lo aaaaaman, pero a mí maní. Sí, me gusta el acento británico, pero hasta ahí nomás llegamos con Jude. Tampoco me gusta que en la vida real se haya metido con la babysitter, pero antes de eso igual no le encontraba mucho. Aunque igual actúa bien, en especial en “Alfie”, donde hace un poco de sí mismo.

10. Matthew McConaughey.

Lo encuentro simpático, pero nada más. Tal vez demasiado prototipo, y demasiado gringo, aunque en su estilo es auténtico y eso me parece valioso.

Eso sí, sus abdominales no están de más de ver en una película. O en cualquier parte.

11. Ryan Reynolds.

Yo creo que tiene tanta fama de mino solo porque estuvo casado con la Scarlett Johanson, porque yo no le encuentro mucho. Aunque sí parece muy simpático en sus películas.

Ahora que lo miro bien, en realidad sí es mino.

12. Justin Timberlake.

Tampoco entiendo cuál es el mote con él, pero sí lo respeto como artista y en especial como actor en la película de “Red social”. Tal vez le pasó a él lo que pasa ahora con Bieber, que todas las cabras encuentran tan guapo y en realidad, físicamente, es más bien discutible. Aunque, como se ha dicho tantas veces, y esta lista un poco confirma: de gustos no hay nada escrito.

Excepto esto, claro, jeje.

¡Y ahí estamos! Ejalé. Creo que logramos cubrir múltiples áreas, jaja.

¡¡Feliz pascua!!

FAN DE LOS LENTOS

Estoy absolutamente fascinada con que Doritos haya empezado la campaña a favor de los lentos, porque yo ¡amo los lentos!

Teniendo alguno que otro amigo DJ y yo misma poniendo música de vez en cuando, mi requerimiento siempre era el mismo: que volvieran. Pero, aunque siempre estábamos de acuerdo en que sí, a la hora de ponerlos las personas alegaban, o uno mismo se inhibía. Así que no había éxito.Es curioso, igual. Cuando uno está recién conociendo a alguien, se pone nervioso de llegar y abrazarlo, ¡alegando cuando incluso a veces se desea secretamente! por miedo a demostrarlo primero. Luego, cuando uno está emparejado o pinchando, puede bailar lento aunque toquen heavy metal, así que tampoco opina mucho, y, por último, cuando uno está simplemente partuzeando, pasa que baila en grupo, y emparejarse para abrazarse es hasta una complicación… entonces, pese a que muchos igual querrían volver a ellos, si alguien se lanza con tocar alguno, acusan de que éste baja el nivel de movimiento de la fiesta… ¡cuando en realidad es el instante del suspenso! El instante de la revelación incluso, a veces.

Al final es un problema de organización, opino. Por eso estoy feliz de la posibilidad de que nos organicemos otra vez a favor de ellos. A mí me encantan los lentos y para mí eran indispensables a la hora de la conquista. Recuerdo que mis amigas y yo teníamos calculadas las horas exactas en que los daban, en los diferentes locales, y que nos preocupábamos de acercarnos al tipo que nos gustara unos 15 minutos antes, para que si la conversa no se nos daba tan bien, alcanzáramos a ser invitadas al baile igual: no podía ser menos tiempo tampoco, porque eso lo podría hacer incómodo. Además, tenía que ser “casual”.
Como se ve, todo estaba muy calculado, y no sólo eso, sino que las relaciones que no queríamos desarrollar más amorosamente: Nos preocupábamos de bailar con aquellos amigos que no nos gustaban y cuyos sentimientos no queríamos herir, notoriamente antes o después de eso. Así no había real posibilidad de ofenderlos, y además alcanzábamos a estar cerca de los que nos gustaban a tiempo. Este lenguaje oculto parecía pasar desapercibido para los hombres. Aunque no para las mujeres.

Creo que todas o casi todas hacíamos lo mismo. La hora del lento era la hora de la acción, y sabíamos cómo manejarla truculentamente. Facilitaba tomar la iniciativa de una forma camuflada, efectiva y también graciosa (bastaba, en general, con situarse cerca del objeto del deseo, y luego “oh, me encanta esta canción”). A veces en ella lográbamos lo que de otra forma nos tomaba semanas, y con esto me refiero no sólo al baile y al acercamiento físico, sino que al mero compartir y conversar de una manera audible, en medio de fiestas estruendosas. El lento aceleraba las cosas y además era excitante.

Así que, yo los reclamo de vuelta. Por eso y porque son ricos (cuando a uno le gusta el compañero de baile, claro). Tengo recuerdos divertidos, además, al respecto. No sólo de noches gloriosas en donde el cálculo funcionó perfectamente, ni de veces en que todo se dio, sin ni siquiera pensarlo, de modo espectacular (porque no siempre andamos calculando o a veces en realidad sí son ellos quienes calculan)… sino que de noches más tragicómicas, en esas muy primeras fiestas, en donde a una la sacaban a bailar en los lentos, para luego pararla cuando volvían los rápidos. Eso para los parámetros de entonces ¡era casi violento!, ¡indignante! ¡una aberración total!… y hería total y completamente nuestras dignidades de mujeres aún a medio hacer. Y es que aún no nos dábamos cuenta que ese tipo de situaciones las deseábamos tanto como ellos. No conocíamos nuestra propia calentura, porque estábamos demasiado ocupadas defendiéndonos de la que nuestras madres nos contaban de los otros. Para nosotras, eran trincheras. Excitantes y todo lo demás, pero trincheras al fin y al cabo. Entonces un simple lento era todo un tema. Lo mejor y lo peor de la noche. Como dije antes, el momento de la revelación.

Todo eso me divierte ahora recordar… el remolino excitante de esas primeras ocasiones, la secreta expectación y el viejo juego del tira y apriete, ¡con descarados ya incluidos! que aunque entonces apenas nos llegaran a los hombros, ya estaban en el juego, apostando con todo. Con una amiga siempre recordamos a cierto ser que en séptimo básico le tocaba partes prohibidas con la excusa de que, como era más bajo que ella (que lo era) ¡”se cansaba poniendo las manos tan alto”! Mi amiga terminó agotada esa noche de tanto correrle las manos de vuelta… cosa muy incómoda considerando, que, pese a todo ¡se bailaba a medio metro de distancia! Y así fue cómo hubo situaciones muy cómicas, entre las excitantes.

Esos fueron los primeros lentos, muy distintos ya a los últimos (últimos exceptuando matrimonios y alguna que otra ocasión especial), que para mí fueron hace unos 3 ó 4 años atrás, en una fiesta que hice en mi casa. En ella me di en huelga y sí puse algunos (anduve de DJ), y advertí a mis amigas, desde antes, con que unos 15 minutos antes de hacerlo, iba a dar una señal camuflada (repartir la challa entre la gente), ¡para que pudieran organizarse!

Fue tan divertido ver cómo, aún pese a la falta de práctica, todas se movieron de modo supersónico y con absoluta pericia… ¡sabiendo qué hacer, con tanta exactitud, como si nunca hubieran dejado de hacerlo! Porque al parecer no se olvida, como cuando uno aprende a andar en bicicleta. Todas supieron aprovechar sus momentos de camuflado poder y todas otra vez fuimos cómplices de eso.Lo cierto es que los lentos eran divertidos y, si vuelven, ¡volverán a serlo! Así que yo me declaro pro campaña y estaría hasta dispuesta a practicar los pasos correspondientes si no fuera porque un lento es simplemente un lento ¡y no tiene regla alguna! si no que sólo el mero dejar fluir el movimiento.

El verdadero amor no puede perderse

Paul Auster, un escritor muy conocido, logró en “Creía que mi padre era Dios” dar a luz a una obra magistral que, irónicamente, no salió de su propia pluma, sino que de los escritores más improvisados pero más reales que pudieron encontrarse. Ellos, siendo en principio radioescuchas improvisados, tomaron una invitación a poner en papel historias verídicas y remecedoras que Auster hizo al dirigir un programa de radio, y podría decirse que la suavidad de sus historias logró convertirlos ni siquiera en escritores, sino que en verdaderos poetas.

El resultado de este proyecto son más de 500 páginas de goce sincero y puro, en un abanico de vivencias de personas de todas las edades, credos y razas (aunque todas pertenecientes a norteamericanos), entre ellas una que quiero poner aquí, por ser tan linda, y por ser primavera (o casi):

En 1947 mi madre, que se llama Deborah, tenía 21 años y estudiaba literatura inglesa en la Universidad de Nueva York. Era una chica preciosa, vehemente aunque introvertida, y sentía una gran pasión por los libros y las ideas. Leía de una forma voraz y quería ser escritora algún día.

Mi padre, que se llama Joseph, era entonces un pintor en cierne, que vivía de dar clases de arte en un instituto del West Side. Los sábados pintaba durante todo el día en su casa o en Central Park y después solía permitirse el pequeño lujo de cenar fuera. La noche del sábado en cuestión, decidió ir a un restaurante de barrio llamado La Vía Láctea.

La Vía Láctea resultó ser el restaurante preferido de mi madre, y aquel sábado, después de estudiar toda la mañana y parte de la tarde, se fue allí a cenar llevando consigo un viejo ejemplar de Grandes esperanzas de Dickens. El restaurante estaba abarrotado y mi madre ocupó la última mesa que quedaba. Se preparó para una velada de goulash, vino tinto y Dickens, y rápidamente perdió contacto con la realidad que la rodeaba.

Media hora después el restaurante estaba tan lleno que sólo se podía comer de pie en la barra. La agotada camarera se acercó a mi madre y le preguntó si le importaría compartir su mesa con otra persona. Mi madre dio su consentimiento casi sin apartar los ojos del libro.

“Una vida trágica la del pobre Pip”, dijo mi padre al ver la gastada cubierta de Grandes esperanzas. Mi madre levantó la mirada y en ese momento, según ella, vio algo extrañamente familiar en los ojos de aquel hombre. Muchos años después, cuando yo le suplicaba que me contara la historia una vez más, suspiraba y decía: “Me vi a mí misma en sus ojos”.

Mi padre, totalmente cautivado por la persona que tenía delante, jura hasta el día de hoy que oyó una voz dentro de él. “Esta mujer es tu destino”, le dijo la voz, e inmediatamente sintió un cosquilleo que le recorría el cuerpo de la cabeza a los pies. Sea lo que fuere que mis padres vieron, oyeron o sintieron aquella noche, ambos se dieron cuenta de que había sucedido algo casi milagroso.

Hablaron durante horas, como dos viejos amigos que se encuentran después de mucho tiempo. Más tarde, cuando se despidieron, mi madre escribió su número de teléfono en el interior de la tapa de Grandes esperanzas y le regaló el libro a mi padre. Él le dijo adiós, besándola dulcemente en la frente, y después se alejaron, en direcciones opuestas, y se perdieron en la noche.

Esa noche ninguno de los dos pudo dormir. Incluso después de cerrar los ojos, mi madre sólo veía una cosa: el rostro de mi padre. Y mi padre, que no podía dejar de pensar en ella, se quedó toda la noche levantado pintando el retrato de mi madre.

Al día siguiente, que era domingo, fue a Brooklyn a visitar a sus padres. Se llevó el libro para leerlo en el metro, pero estaba tan exhausto después de pasar la noche en vela que, después de leer algunos párrafos, le entró sueño. Así que metió el libro en uno de los bolsillos de su abrigo – que había dejado en el asiento junto a él – y cerró los ojos. No se despertó hasta que el tren se detuvo en Brighton Beach, en el extremo opuesto de Brooklyn.

Para entonces, el tren estaba desierto y, cuando abrió los ojos y fue a coger sus cosas, el abrigo había desaparecido. Alguien lo había robado y, dado que el libro estaba en uno de sus bolsillos, también se había quedado sin él. Lo cual significaba que también se había quedado sin el número de mi madre. Desesperado, empezó a buscar por todo el tren, mirando debajo de los asientos, no sólo de su vagón sino de los vagones anterior y posterior al suyo. Joseph se había sentido tan feliz el día anterior de haber conocido a Deborah que no se había preocupado de averiguar cuál era su apellido. La única referencia que tenía de ella era su número de teléfono.

Mi madre nunca recibió la llamada que esperaba. Mi padre la buscó en varias ocasiones en el Departamento de Inglés de la Universidad de Nueva York, pero nunca la encontró. El destino los había traicionado a los dos. Lo que aquella primera noche en el restaurante había parecido inevitable pasó a ser algo claramente imposible.

Aquel verano los dos se fueron a Europa. Mi madre fue a Inglaterra a hacer un curso de literatura en Oxford, y mi padre se fue a pintar a París. A finales de julio mi madre tenía un descanso de tres días en sus estudios y voló a París, decidida a absorber toda la cultura que pudiese durante aquellas setenta y dos horas. En el viaje se llevó un nuevo ejemplar de Grandes esperanzas. Después de la triste historia con mi padre, no había tenido la fuerza de volver a leerlo, pero una vez en París y sentada en un restaurante abarrotado después de un largo día de visitas turísticas, lo abrió por la primera página y empezó otra vez a pensar en él.

Después de leer unas pocas frases, un maitre interrumpió su lectura para preguntarle, primero en francés y después en un inglés macarrónico, si le importaría compartir su mesa. Mi madre dio su consentimiento y volvió a su lectura. Poco después oyó una voz conocida.

“Una vida trágica la del pobre Pip”, dijo la voz, y entonces ella levantó la mirada y allí estaba él otra vez.

LORI PEIKOFF
Los Ángeles, California.

Un poco de verano para esta incipiente primavera

Revolviendo unos mails viejos, me encontré con este que le mandé a mi amiga Maqui desde un viaje en Ecuador que hicimos en el 2002 con varias otras amigas. Me pareció tan multicolor, divertido, alegre y tropical que encontré que era casi un deber cívico ponerlo acá, para dejarlo contagiar a quien lo leyera… ¡Ojalá lo disfruten!

Lunes 18 de febrero 2002

E-mail a Maqui

Tema: Yija!

Hola linda! Te cuento que te escribe la María Paz alternativa, ya que decidí que estos días me permitiría ser y hacer cosas que normalmente no haría, para vivir así una extraña y sensual clase de vida paralela… Claro que me salió funado A LA PRIMERA OPORTUNIDAD! Y sé que querrías matarme pero más yo a mí misma, porque conocimos a unos gallos que eran bacanes, y uno me encantó!! (chileno), y durante EL DÍA en que duró nuestro romance (que no alcanzó a serlo) miradita por allí y por allá, y ante la partida tan cercana me dijo sólo te enseño a usar el fono si te quedas conmigo, y era imposible y también absurdo ser tan pasional con tal que me fui con las demás, pero podría haberle un dado un beso y me escapé!

Muy fome, aunque al menos me sirvió para entretener a los demás con mi espectacular tragedia, ya que luego de llevar mi mochilota hasta el terminal, todo galán y cinematográfico, me abrazó como si se le fuera el amor de su vida (aunque más probable es que fuera la calentura de su semana jajaja)… tanto rato que el que manejaba amenazó con irse, y tan trágico que un pasajero, conmovido, le ofreció su pasaje, cosa que al final no fue porque el amigo le dirigió una mirada asesina derretidora de glaciares enteros… jaja ¿Cómo lo hallai? Parece que la rumba ya se posesionó de mí (¿rumba es lo que tocan acá?).

Esto fue en Quito, en donde además hicimos un paseo EXHAUSTIVO por iglesias barrocas y lugares de suma belleza (¡tenía que decir eso!). Lo más divertido fue el carrete porque acá la gente se acuesta máximo a las 2 de la mañana, y unos ecuatorianos que nos querían llevar a pasear estaban horrorizados con nosotras, que fuimos sacadas casi a la fuerza del hostal tipo 12 de la noche, para luego descubrir que estaba todo cerrado!! (Claro que al final terminamos en un after hour que duró hasta las 3 guauu!! (am), tomando aguardiente con sabor a anís y otras particularidades por el estilo…).

Te cuento que ahora estamos en Atacames y tengo que irme onda AHORA porque te cobran SÓLO eeh… quina los diez minutos (¿qué tal?). Acá todo es paradisíaco, y la Maria Paz alternativa por haberla traicionado me hizo llenarla de trenzas por una inspiración, así que ahora soy tropical y combino tan bien, con esto de estar en una playa tomando caipirisima y haciendo cosas propias de películas que se ven llenas de gente linda pero que tan raro es cuando es la realidad… Está lleno de palmeras gigantes, y helechos sobrenaturales que parecen como imitaciones a tamaño gigante de lo que hay por allá… Ha sido todo choro y caluroso con tal que he gastado la plata sólo en agua y nunca en bebida… gozando la naturaleza avasalladora… como la otra noche en que, mientras llovía TROPICALMENTE, vi a un gatito PRECIOSO persiguiendo a un cangrejo que era casi de su porte!!! Lleno de pintas de colores… oohohohohhh… luego se quedaron mirando y jugando a chocar sus patas/tenazas, el típico juego de los gatos y al parecer también de los cangrejos. Creo que hasta lloré un poco, lo que pasó piola con la lluvia jaja, es que lo hubierai visto, te habríai caído derretida, fue casi como una aparición o tal vez simplemente una.

Como ves, lo hemos pasado FUERA DE SERIE, realmente espectacular, no ha habido momentos ni siquiera para sentarse a pensar en las mariposas, es como estar en una montaña rusa, y hemos conocido a TANTA GENTE, además de que casi no ha habido roces entre nosotras; nos queremos y hacemos escalopas en la playa, bailamos en los buses, capeamos olas, tocamos flauta en la calle, conversamos de la vida como si se nos olvidara que esta vez estamos aquí para vivir apuradas casi sin mirarnos las caras (se supone, pero obvio que no, jaja), y caminamos HEROICAMENTE (sin excepción), conviviendo con una humedad tan grande que no sé cómo no se nos han mojado los cerebros (¿o sí? :p). Aparte, nos pasan cosas insólitas, como que saben nuestros nombres sin haberlos dicho, o que gritan Chile cada vez que pasamos, y nos la pasamos halagadas y rientes. Qué puedo decirte, ¡la vida no nos ha tratado mal aquí!

Ojalá las cosas te vayan bien por allá po, saludos, a ver si logras ganarle la batalla al internet y mandarte un mail pa la comunidad viajera jaja, contándonos de ti y cómo te fue en tus cosas… Aunque igual a la vuelta, nos contaremos o recontaremos mejor todo… Más saludos y nos vemos, chaito!

Tu(s) amiga(s) que te quiere(n),

MP normal y MP paralela-tropical.

Un poco de filosofía callejera

En alguna parte alguna vez leí que los perros lazarillos saben cuándo cruzar la calle no por el color de las luces de los semáforos, ya que no pueden reconocerlos, sino que por la posición en que están. Rojo, el más alto. Amarillo, el de al medio. Verde, el de más abajo.

Desde entonces cada vez que miro un semáforo me río sola pensando en lo divertido que es que, tal como en la pura y cotidiana vida real, el “stop” pase cuando uno anda con la guardia alta, y el “pase” con la baja.

Sólo a veces, claro…

El lugar correcto

Fue para el 18 del 2002, cuando se me ocurrió irme al campo sola con dos amigas y sus respectivos pololos. Aunque tenía, por otro lado, varias amigas solteras que se habían ido a pasarlo en Maitencillo, con otros amigos, se me había metido en la cabeza que el campo era para mí la mejor opción, probablemente porque una de las amigas emparejadas es muy yunta mía, estaba pololeando recién, y yo no había asumido todavía que estaba en otra: no había hecho el switch.

Por supuesto que al final no fue tan grato como me imaginé. Pese a que siempre he sido bastante independiente, luego del cuarto día de escuchar eternas peleas sobre quien quería más al otro, empecé a sentirme sobrealimentada de amores que más encima no eran míos. Y no era sólo eso: en las fondas no tenía ni un momento de respiro porque, ya que no tenía con quien estar y no quería ser motivo de preocupación, debía estar en permanente movimiento, revolucionando la pista de baile, o arruinándome en las apuestas de folklóricos juegos… Además, mientras a mis amigas les pagaban todo, yo tenía ya que ir juntando moneditas, o buscar patrocinadores, para poder ir a la par, sin mencionar el soportar de fuertes lluvias fuera de época, que por estar al aire libre, atravesaban mis chalecos, y me hacían ver que, mientras a las otras las cubrían con la ropa prestada suficiente como para ir de expedición por la Antártica, la otra damisela en apuros, que era yo, era totalmente ignorada, pero ni siquiera podía enojarme por ello, pues era la consecuencia directa de no ser de nadie… Y probablemente ni me habría importado, si no fuera por tanto ostentar de amor ajeno, que ya me estaba volviendo un poco loca y en vías ya de pensamientos cebolla.

Lo cierto es que al final, pese a que fui muy invitada, era un cacho: En la rueda de Chicago, la única que se subía sola. En la noche, la única a la que le embutían los seres más bizarros para luego descaradamente desaparecerse, y la única que no saltaba de entusiasmo ante la posibilidad de volver a las 7 de la mañana. En los paseos de la tarde por los huertos, la única que tenía ganas de conversar, mientras los otros estaban en la nube… Al final era hasta un poco divertido, porque en uno de los carretes hasta se olvidaron de mí, y casi tuve que volverme a dedo, lloviendo más encima. Al final yo me sentía casi como un animal salvaje, circunstancial, lejano, indomesticado, de tan poco cuidada que era (por razones lógicas): La verdad es que estaba pelando el cable ahí, porque no pertenecía para nada.

Por alguna razón, nos devolvimos del campo un sábado. A esas alturas estaba aliviada de irme de ese ambiente tan extra dulcificado, pero también apestada de sentir que había pasado mi 18 entre nubes ajenas… hasta que recordé que mis amigas solteras estaban en la playa, ¡y tuve tantas ganas de ir!… Entonces decidí que llegaría como fuera, y así, en un momento de inspiración, al entrar a Santiago por el sur, me bajé del auto de los pololos en el metro Rondizzoni, quienes me miraban con la boca abierta, y con solamente una luca, partí a la Estación Central: Es cierto que no era suficiente, pero alguien tendría que ayudarme. Yo ya estaba allá. Estaba completamente decidida. Las otras, las de la playa, entenderían y me financiarían si era necesario, porque sólo tenía medios para llegar, y si es que.

Y así, recibí toda la ayuda… Llegué a Tur – Bus y cuando me dijeron que el pasaje valía 3 lucas y algo (siendo que ya tenía menos de una), antes de que alcanzara a pensar una solución, una señora se me adelantó y ofreció pagarme la diferencia. Sonrió contándome que tenía un hijo de mi edad y que le gustaría que a él lo ayudaran como ella lo estaba haciendo ahora. Yo acepté encantada y no tuve ni un asomo de culpa, porque estaba muy de acuerdo con la moción, y habría hecho lo mismo… ¡era el equilibrio cósmico!

Y así fue como llegué de sorpresa ese mismo sábado, como a las 7 de la tarde, para descubrir que la supuesta casa bacán que habían arrendado estaba prácticamente cayéndose… pero era parte del encanto, además de dignísimo enmarque de mi locura, y yo estaba fascinada. Me recibieron felices, y así jugué cartas y comí aperitivos con gente que no conocía (excepto dos buenas amigas), olí el mar, me incluí a todos los juegos posibles de tapitas (que muchas veces me perjudicaron), e incluso, circulando por el balcón, me caí por un hoyo enorme que había, al cual casi todos nos caímos en algún momento… un hoyo como de monito, que era casi como una broma y que hasta el día de hoy es un símbolo casi fetichista para todos los que estuvimos.

Luego vino la discoteque, en donde bailamos como contratados, y tanto que dimos vuelta sin querer una mesa, siempre desatados y alegres, y de ahí el after hour, otra vez en la casa casi destruida, en donde, con cada vez más gente, seguimos celebrando el 18, hasta que se nos amaneció encima… Mi último recuerdo de ese carrete fue, ya de día, al ir a buscar algo a un auto, encontrarme a un enorme gato peludo y blanco, con el cual tuvimos un verdadero flechazo, por lo cual se coló a mi casa y luego durmió conmigo hasta la tarde… Esto luego me costó algunos retos de mis anfitriones, que justo le tenían alergias a los lindos felinos, cosa que yo no sabía, pero luego hasta las rascadas las vivimos en la mejor buena onda, porque todos éramos cómplices en la libertad y en el relajo, porque todos estábamos tranquilos y felices.

Yo lo pasé chancho. Volví a Santiago llena de energía y de risa, y con la certeza de que, si lo había pasado tan pero tan bien, era sólo porque estaba en el lugar correcto… en el lugar donde pertenecía entonces. Y esto se sentía en que todos me ayudaron, me prestaron plata que luego devolví, mi amiga Mariajo hasta financiando parte de mi alojada, estando felices de incluirme, y yo de compartir, estando, en fin, felices unos de los otros, y por ello me sentí ni siquiera querida, sino que necesaria, en perfecta armonicidad y sincronía.

Desde entonces, nunca más he tratado de entrar a los lugares a los que creía que quería, sino que a los que quiero realmente, a los que me tocan… y en general sigo pasándolo chancho.

CREAMFIELDS 2004

Ahora que estamos cerca de noviembre, recuerdo CREAMFIELDS, campos de crema, la gran fiesta electrónica… uno de los mejores carretes que tuve el año pasado, justo a esa fecha.

Yo nunca he sido fanática de esa música, aunque me gusta, pero la ocasión me pilló en un momento embalado, en que andaba completamente vestida de entusiasmo estival: yo era el espíritu encarnado del evento. La entrada (carísima) la compré feliz y convencida, y cuando en vísperas de la fiesta empezó a llover, seguía igual de feliz y convencida, si es que no más.


La fiesta, a su vez, no me decepcionó, pues fue un carnaval de principio a fin. Primero, fue la odisea de encontrarse con todas las amigas que fueron (hartas) en el mismo punto, unión que no duró mucho porque empezamos a perdernos unas de las otras desde el principio. Luego, fue la lluvia cada vez más fuerte, no sólo mojándonos (gran parte de la fiesta era al aire libre) sino que sacando barro y barro de todos lados… pero nada de eso nos impidió saltar como locas frente al escenario cuando apareció Groove Armada, en donde el efecto desencantador que podría esperarse de la lluvia funcionó casi al revés: su presencia, y la amenaza del invasivo frío, nos incitaba a saltar cada vez más fuerte, y más alto… y lo hacía todavía más original y desatado.

Era pintoresco, además, ver que toda la gente andaba de un humor parecido, probablemente porque de no tenerlo no quedaba otra que congelarse e irse a la casa, y fue en ese espíritu cómo las horas corrieron llenas de sucesos: Nos sacaron fotos para una revista virtual que nunca pudimos ver porque se nos desintegró el volante con la dirección, por la lluvia; comimos pizzitas calientitas, casi junto a los sapos en el fango; tomamos bebidas y copetes que si no se bajaban rápido, se rebalsaban; nos pasamos encontrándonos con gente (nunca la que buscábamos), ya que el lugar era tan grande que uno no lograba nunca recorrerlo entero, siendo siempre una caja de sorpresas; nos reímos de las pelotas de barro que trataban de tirarnos (al parecer el nuevo modo de seducción) y mucho más.

Luego, yo me perdí. Pasé entonces un buen rato divagando por mi cuenta, bailando por ahí y por allá, echando el pelo, como dice mi mamá (jaja), pero luego, cuando caché que nunca me iba a encontrar con mis amigas, y que tendría que llamarlas, me di cuenta de que mi celular estaba tan mojado que no se podía ni prender… yo seguía en ánimo festivo, y me reía sola, porque todo era ya un poco divertido, casi tropical, exento de toda gravedad… hasta el hecho de que tuviera agua dentro de los calcetines y sonara cada vez que daba un paso, me daba un poco de risa.

ago 3 Trini y yo preparadas para la LLUVIAEl obstáculo del celular, por otro lado, me dio una nueva motivación: Sabía que algunas de mis amigas estaban en el parte VIP, así que decidí que tenía que entrar como fuera, lo que provocó la aparición de nuevas anécdotas en mi camino al libre acceso; pinchar con alguien que se iba, que me pasó su pulsera especial… bastaba con sujetarla con un pelo (o sea que no se me cayera cuando tratara de pasar frente a los guardias), pero ni él ni yo pudimos lograrlo, del puro frío que inmovilizaba las manos… y luego pinchar con un guardia quien me invitó a entrar… cosa que hice, con planeada modesta curiosidad (casi como si no quisiera, para mantener el encanto), sólo para descubrir que todas mis amigas ya se habían ido, excepto las que estaban en pleno romance… Divertida, me devolví a la fiesta, pero a la de afuera del VIP: éste era demasiado elegante, y poco mojada para mí entonces… no tenía el estilo de fiesta en el que ya estaba, literalmente, sumergida; eran personas ignorantes del desastre natural puertas afuera… un desastre sensual y visualmente alucinante… y además yo, con mi aspecto, no encajaba para nada.

Había tenido el buen tino de irme en el auto de mi mamá, con tal que el extravío de mi gente no me convertía en una persona abandonada. Pude disfrutar así la última hora deambulando por sectores, bailando en charcos e intercambiando momentos con seres que se veían tan mojados y extravagantes como yo misma. Y luego me fui, pero ni siquiera se acabó ahí la noche, sino que diría que fue coronada: la llevada a dedo del ser más peculiar de la noche fue la guinda de la torta.

Me abordó cuando yo me iba al auto. Era un tipo bastante guapo, y como de mi edad. Lo habían dejado botado los amigos (probablemente también se les inundó el celular jaja). Me preguntó si podía llevarlo y le dije que bueno: estaba estilando, pero yo también, así que daba lo mismo. Todo el camino al auto comentó lo feliz que iba a ser cuando se sacara la ropa mojada. Yo pensé que era una alucinación de persona húmeda, o que lo decía para asustarme, así que ni le contesté, todo para encontrarme con la sorpresota de, luego de ponerme el cinturón de seguridad, mirarlo y ver que estaba en calzoncillos!! Yo le dije que era el colmo, enojada al principio, y él me dijo que no me pusiera nerviosa, que estaba cagado de frío y que por lo menos no andaba con slip blanco… entonces me sacó la risotada y nos hicimos amigos. Es que al final era todo una broma. En un momento incluso tuve que decirle que se agachara y escondiera, al salir del sector, porque en la calle estaban los amigos de un gallo que me gustaba y habrían pensado lo que habría pensado cualquiera.
Luego, en el camino, él se empezó a ofender de que no me pusiera nerviosa, lo que hacía todo más divertido, y empezaba a darme explicaciones biológicas y sicológicas de lo que debería pasarme. Yo ya estaba más relajada y lo amenazaba con bajarlo del auto. Era una chiste. Creo que en la mitad hasta le di consejos románticos. Luego, como tenía prendida la luz de la bencina, él me puso un poco de plata para echarle al auto, lo que el señor de la Copec hizo sin atreverse a mirar al tipo semivestido a mi lado. Nosotros nos reíamos.

Aunque lo iba a dejar en la calle, al final me dio pena y lo fui a dejar a su casa; quedaba cerca de la mía. En la puerta nos encontramos con su hermano quien también venía llegando. Los dos me ofrecieron entrar a tomar una sopa: yo estaba empapada y no quise, por lo que me invitaron a almorzar al día siguiente para verlos ordenados y bien vestidos, pero había sido demasiada intimidad por un buen tiempo, y además dudo que hubieran soportado la vergüenza de verme sobrios… Así que me separé de ellos, quedándome con el calcetín (mojado) del que llevé, quien insistió en que tenía que ser mío “como símbolo de ese momento”: uno para cada uno. No hubo forma de decir que no, y como al final sonaba adecuado para el fin de esa noche, lo tomé. También me regaló un lápiz.

Luego, al fin llegué a mi casa, riéndome todavía y mojada como pato, y metiéndome en mi cama, alcancé a ver la mañana tan sólo un instante antes de caer zeta, acurrucada contra mi exquisito escaldosón caliente.

El maravilloso deporte

Hubo un tiempo en el que jugaba hockey. Era un equipo de primera división y con gente mucho más experimentada que yo, por lo cual pocas veces conseguía jugar más de medio tiempo. Tenía al principio 14 años y al final 17, y aun cuando mejoré bastante, no lo hice lo suficiente como para ponerme a la altura de las compañeras secas, lo que no me impidió tratar y sobre todo disfrutarlo… El campo abierto existía para todos y la posibilidad de correr por él como un cohete, también.

La experiencia era divertida, y no sólo en las canchas y tiempos dirigidos, sino que en los otros horarios: Iba a carretes bizarrísimos, en donde mi prima, dos años menor, y yo, éramos lejos las más chicas. En ellos habían personas casadas, mayores, absolutamente ancianas para nosotras, que se disfrazaban en las noches, y celebraban como a esa edad nunca pensé que gente tan vieja podía seguir celebrando. Era impresionante ver lo bien que podían llegar a pasarlo, y con ellos a veces nosotras, que en esa época éramos muy chicas para encajar bien, pero igual estábamos.

Además, el hockey es una especie de logia, por lo cual uno podía ver que no sólo pololeaban entre ellos, sino que se casaban entre ellos, tenían hijos entre ellos – que apenas tenían la edad de poder jugar, lo hacían – y así sucesivamente. Era divertido verlo, y glorioso pasar los fines de semana jugando bajo el sol y sobre el pasto, corriendo y gritando, botando energías, empujando, riéndose. También eran divertidos los entrenamientos, dos veces a la semana, de noche. Era el frío colándose por la garganta y raspándola, pero luego de un rato esa sensación riquísima de tener la cara fría pero las manos calientes, y la energía subiendo por todas partes como una hélice in crescendo.

Luego lo dejé: estaba a punto de entrar a la universidad y me faltaba tiempo para hacer todas las cosas que quería hacer antes de. El tiempo invertido en el hockey era agradable, pero también demasiado. Lo lamenté, pero tampoco lo extrañé: ya me había ido a otra parte. Lo único que echaba de menos – además de ese sentirme tan bien – y que nunca olvidé, era aquella visión en mi cabeza de todas las compañeras corriendo como desatadas, jugándosela, cansadas, mojadas por el esfuerzo, casi resoplando. Era impresionante cómo a la hora de hacer uso de su cuerpo, sin importar su físico, TODAS se veían lindas, como si la vida que todos llevamos adentro se hiciera más presente que en otras oportunidades… Era esa libertad de correr sin pensar, sin preocuparse ni del maquillaje, la compostura, o la perfección visual, y de verse VIVA en ello. Me encantaba.

Más que la visión misma, lo que recuerdo siempre es el sentimiento de fondo que transmitía tal visión, de lo fascinante que es poder poseer el propio cuerpo y usarlo para lo que a uno le plazca…, y el impresionante hecho de que fuéramos tan bellas, presentes y capaces en ello…

Hoy, 6 años después, tengo una nueva oportunidad. Luego de varios años haciendo deportes esporádicos, volví a comprometerme con algo, que ahora es una liga de fútbol. Nunca lo había jugado antes, pero es parecido. Estoy contenta. Ni siquiera conocía a mis compañeras, pero no importa porque nos une lo mismo. Ayer perdimos 3-1, lo que es una vergüenza, pero estamos empezando y además el goce de correr siendo libre no me lo quita nadie. Creo que pocas veces me he sentido tan liviana en mi cuerpo como ayer, siendo que además de perder, recibí golpes en varias partes, y un señor mojó todas mis cosas con una manguera mientras yo jugaba. Es una liberación, que me recordó a todas las anteriores de mis viejos tiempos de hockey, que ahora se unen con los de hoy. Se siente como si nunca me hubiera ido.

Es como si todos esos lugares me hubieran estado esperando, y yo vuelvo a ellos con risa y reverencia.