Fiesta griega

El año pasado tomé un ramo de griego. Pensando que trataría de historia y de etimología, fue fuerte cuando me di cuenta de que además de eso, escribiríamos con su alfabeto, traduciríamos textos antiguos ¡y hasta aprenderíamos a enunciar verbos! Llegué a pensar que mi cabeza estallaría y al principio pasé un poco de miedo. Miraba mi cuaderno con esos símbolos nuevos y en los comienzos era como aprender chino. Creo que hasta transpiré helado la primera vez.

Pero luego lo logré, y lo logré bien logrado. Y, para cerrar el semestre, la profesora nos dio la oportunidad de dar la gran nota final en la llamada “fiesta griega”, en donde cada quien busca alguna forma de hablar de algún tema interesante con respecto a lo tratado, enmarcando el suceso con bebida y comida, y una muy buena onda y mucha complicidad (por esto “fiesta”).

Para entonces, ya le había tomado el gusto y más que miedo sentía cariño. Así que, decidí tratar en la fiesta griega el tema de lo cotidiano: porque es en lo cotidiano, en lo personal, en donde más podemos sentirnos identificados unos con otros. Y, para hacerlo algo más distinto, hice algunas payas.

Como me quedaron chistosas, las comparto:

Durante todo este semestre
a los griegos hemos estudiado:
hemos leído sus letras
y contra ellas hemos luchado

intentando a la sintaxis dominar,
a la gramática y las voces
para así traducir y disfrutar
rastros de su cultura y de su porte.

Sin embargo a estos griegos
no nos los han presentado
sabemos cómo enuncian
pero poco de sus calzados

o de sus vidas cotidianas
o de su vivir en lo diario
cuando el día se ha acabado
y batallar es en vano

o cuando no hay amenaza externa
ni empresas de qué hacerse cargo
sino sólo la naturaleza clara
y su carácter desplegado

sus costumbres allí expuestas
como para cualquiera de nosotros
cuando nos sentimos en casa
y la historia importa poco

sino sólo el momento
en que somos nosotros mismos,
con nuestros gustos y disgustos
y aquel estilo preciso.

Dado que es en esa humanidad
en donde más nos entendemos
yo me he ido a averiguar
algo más de estos griegos.

Así es cómo puedo contarles
de sus matutinos horarios:
temprano siempre el levantarse
y el desayuno liviano.

Luego de lavarse en la mañana
en el pozo de la casa,
el griego comía pan con vino
y a veces algunos higos.

El Estado era un tema
que a todos les tocaba:
numerosas asambleas
eran constante panorama.

A veces duraban todo el día
y además eran muy frecuentes:
cuatro veces al mes,
obligaciones urgentes.

El griego no sólo participaba
sino también a veces dirigía,
el turnarse sus papeles se usaba
y así todos contribuían.

La mujer se quedaba en casa
mientras los hombres salían
no sólo a las asambleas contadas
sino también a las barberías.

Allí era donde en la tarde,
luego de haber comido,
nuestros griegos se juntaban
a discutir temas divertidos:

Divertidos para ellos,
instalados allí bebiendo
comentando alguna noticia
que alguien trajo de algún puerto.

En cuanto a cómo medían el día
estos griegos tan movidos,
puedo decir que les complicaría
dar estatutos tan estrictos

ya que el tiempo no podía contarse
de manera muy exacta
aunque, el gnomon o la clepsidra
neutralizaban este drama.

El gnomon medía el tiempo
según los cuadrantes del sol,
mientras la clepsidra era aquel reloj
en donde el agua marca el son.

Este último no es el mismo
que el reloj hidráulico,
que aunque trabaja parecido,
no existió hasta el tiempo clásico.

Luego, al rescatar sus gestos,
podemos indicar
que al decir que “no” ellos solían
su cabeza levantar.

Al saludarse lo hacían
con la mano derecha levantada,
y eso era suficiente,
porque no se besaban.

Ni siquiera el apretón de manos
era una constante,
pues éste era reservado
para ocasiones importantes.

En el teatro y en la asamblea
su aprobación demostraban
con aplausos y aclamaciones,
y, el desacuerdo, con silbadas.

Gestos más simbólicos habían
como el chasquear los dedos para la alegría,
o señalar con el dedo corazón y los otros doblados
a aquellos que querían ver ridiculizados.

La religión agregó algunos gestos más
como escupir para un mal presagio alejar,
y si un griego lloraba, sufría o se iba a morir
se escondía y tapaba, para a los demás no hacer sufrir.

Estos griegos también celebraban su cuerpo
en los baños públicos, de bañeras llenos.
a las mujeres también se les daban instalaciones
pero las ricas preferían las de sus propias habitaciones.

Como los griegos aún el jabón no conocían,
usaban carbonato de sosa, o bien un tipo de arcilla,
con la que antes de la cena se iban a bañar
pues temprano se dormían para al día siguiente madrugar.

Los hombres griegos la barba se dejaron
hasta después de la aparición en su historia de Alejandro,
y antes si el tema de una navaja era mencionado
era por las mujeres que en depilarse las usaron.

Estas mujeres de su aspecto mucho se preocupaban
con cremas de belleza, y maquillaje, que usaban,
su pelo largo lo cortaban sólo en duelos
y el vestido que usaban era holgado y suelto.

Los hombres, a su vez, ropa interior no usaban
sino sólo la exomida, una túnica muy clásica
que al aire dejaba aquel hombro descubierto:
tanto esclavos como libres las usaban en sus cuerpos.

Las joyas sólo las usaban las mujeres
aunque los hombres con anillos se sentían alegres,
las mujeres no escatimaban con collares y pulseras
y abanicos y sombrillas, con lo soleado que es Grecia.

Mucho más podría decir
de las vidas de entonces,
sin embargo creo que
ya se ha logrado un toque

y con imaginarnos a los griegos
tan reales como nosotros mismos
podemos sentir además
que ellos son nuestros amigos.

Así que doy por terminado
este breve recorrido.
Espero que les haya gustado
la aproximación que he elegido.

Podría ser considerada
como un humilde y liviano homenaje
a aquella patria clásica
que tantos sabios nos trae

y cuya enumeración aquí
sería pretencioso ejecutar
pues toda la hora de la fiesta griega
ocuparíamos en nombrar.

La astucia de los periodistas

Nunca entendí porqué El Mercurio tiene (y siempre ha tenido) un formato tan, pero tan incómodo. Para leerlo, lo más eficiente (si no se quiere perder la circulación de los brazos) es extenderlo en la cama o el suelo y leerlo desde allí. Ni siquiera ponerlo en la mesa es realmente cómodo, porque si se hace así, hay que estar de pie para poder leer adecuadamente los alejados extremos, o estirar el cuello hasta tener tortícolis.

No entendía porque era así, hasta que tomé, en la universidad, unos ramos de Periodismo. En él nos contaron cómo su poder creciente en los tiempos de los revoluciones y grandes cambios sociológicos puso a las autoridades en problemas. Este poder empezó a ser realmente notable desde, más o menos, el siglo XVIII y los estragos que provocó llegaron a afectar hasta al papel en que la información iba. Veamos:

Como la prensa escrita solía ser, en sus inicios, la mera voz del gobierno, la información estaba bastante regulada, y era capaz hasta de apoyar – en ocasiones – causas realmente sospechosas. No había divergencias en ella, ya que solía ser la voz única (si habían otras, no tenían mucha fuerza ni mucha presencia). Así que no hubo reales problemas en cuanto a “manejar la información” y a regular procesos, hasta que con el progreso los costos se fueron abaratando, y con esto apareció la oportunidad de emitir periódicos nuevos, y de haber más voces informativas en vigencia. Voces libres, fuera de los deberes y haceres estatalizados, que se fueron haciendo inmanejables para los gobiernos, por lo que apareció la censura, entonces mucho más fuerte que ahora, porque sí, ha habido una conquista hacia la libertad.

Por todo esto y no en vano, el Periodismo empezó a conocerse como el cuarto poder (del estado), ya que podía realmente cambiar las cosas. Uno de los casos más conocidos e impactantes, fue, ya en el siglo XX, el de Watergate, en donde la corrupción de ciertos gobernantes fue descubierta a la luz pública. La prensa fue la voz de todo el pueblo reunido, la defensora, y nada podía hacerse para callarla. Y las cosas tuvieron que cambiar. Esto, visto a largo plazo, ha sido un proceso positivo, ya que nos ha permitido autorregularnos más unos a los otros e ir paulatinamente aminorando la corrupción (pese a que la prensa a veces también complique más las cosas, dando información inexacta o fomentando actitudes indeseables), pero para los gobiernos de entonces supongo que era una verdadera amenaza.

Lo interesante es que tales gobiernos vieron esto venir antes de que realmente sucediera, y es así cómo se puede explicar que El Mercurio tenga ese formato tan pero tan incómodo, llamado formato sábana por su tamaño impresionante. Y es que, al ver el poder creciente del periodismo empezaron a ponerles impuestos carísimos al papel (cobrando por cantidad de páginas), para que publicaran menos cosas. Entonces, muy astutamente, los periodistas (que entonces no eran periodistas, sino más bien personas con otros trabajos o profesiones, que escribían) decidieron que tales páginas fueran realmente enormes para que así cupiera lo mismo. Si eran menos cantidad de hojas debían ser, por compensación, mucho, mucho, más grandes. Y así fue. Hasta hoy en día, en lugares recónditos como éste.

Si no me equivoco (porque puede que lo haga, y en ese caso porfa periodistas corríjanme), el primer diario en hacer esto fue The Times. Y como era tan serio y con tanto prestigio, luego fue copiado en su formato, por otros diarios que, a través de copiar su forma, pretendían también contagiarse de su estatus (cosa que al parecer lograron). Y el Mercurio, ya hemos visto, es uno de esos diarios.

¿No es curioso pensar que uno lleva años leyendo con total incomodidad, ni siquiera por algo que pasó en el gobierno inglés siglos atrás, sino que por la imagen que tal diario logró vender? Pero el Times hace algunos pocos años al fin decidió cambiarse al tamaño tabloide, ese tan confortable que tienen diarios como La Tercera, y ni hace falta decir que su acto ha afectado a otros diarios también. Más divertido aún de ver es que el mismo Times cambió su formato inspirado en otro diario importante, The Independent, un diario mucho más nuevo, pero agudo y refrescante. Así que, que nadie diga que el contagio no existe y que la venta de la imagen puede ser tan o más importante que la de la información (aunque, si nos movemos a un ámbito más filosófico, la imagen sigue siendo una forma de información).
Así que, ¡esperemos que pronto El Mercurio también se una! Mal que mal, se llama igual al planeta Mercurio, el que según la astrología supone regir las comunicaciones, y el modo en que se emite, al menos para mí, es claramente más confuso que simplificador. Sin embargo, El Mercurio tiene su propio estatus ganado con sus años y tal vez se mantenga con ese formato, aún pese a su incomodidad, por ser simplemente el que ha enclavado y persistido con el tiempo y el que a estas alturas conforma, sin copias ni publicidad derivada, su ganada identidad propia.

FAN DE LA ASTRONOMÍA

Hace un par de días tuve el gozo de ver en la Revista Mujer una entrevista al astrónomo argentino Dante Minniti, y digo gozo porque el año pasado tomé con él un ramo de astronomía en la universidad, y fue ¡de las mejores experiencias que he tenido allí!, por lo que me encantó encontrármelo publicado, y así recordarla.

A mí siempre me gustó la astronomía, pero tomarla con él acrecentó mi amor hacia ella. No sólo fue siempre capaz de contestar a cualquier pregunta, sino que también de ampliarla, de modo tan claro y espectacular, que la mente parecía expandirse a la velocidad del universo mismo. Además, le interesaba lo que pensábamos y era capaz de abrir su mente a cualquier respuesta.

En una de las primeras clases, cuando hizo un resumen de la historia del universo hasta ahora, preguntó cómo imaginábamos que sería el futuro y nosotros contestamos absolutamente de todo, desde viajes espaciales hasta personas que leían la mente y Dante simplemente anotó todo en el pizarrón, sin censurar a nadie. Además, ponía puntos por traer noticias a clases, y fue buscándolas como me di cuenta de que en realidad la astronomía sí era una ciencia en claro desarrollo, ya que siempre habían muchas. No sé si fue porque se suspendieron los viajes (con naves habitadas) a la luna o qué, pero antes de eso yo tenía la impresión de que se había vuelto una ciencia más bien teórica, de que no había pasado nada muy nuevo.

Pero no. El profesor Minniti no sólo nos enseñaba de lo más básico, sino que mostraba los nuevos descubrimientos astronómicos (con fotos incluidas), videos con las simulaciones sobre cómo se deposita con seguridad un aparato que saque fotos en planetas cercanos (los airbag son el secreto para no ser destruidos al caer), como también sobre toda clase de información complementaria que él tenía gracias a sus propios estudios y relaciones con la NASA y a su propio – como bien dice en su entrevista – estar enamorado de la astronomía. Porque el hombre simplemente irradiaba cuando hablaba, y eso era evidente. Una vez en clases acompañó a las ilustraciones de cuerpos celestes con la canción de Pink Floyd, Shine on, you crazy diamond, aludiendo implícitamente a ellos y empapándolo todo de su romance. Y no olvidemos aquella vez en que, para mostrarnos cuánto debía elevarse uno en un salto normal en la luna, intentó realmente graficarlo en una deportiva y colosal demostración, saltando muy, pero muy alto (en talla, claro). El hombre realmente se divertía (y, dado lo que leí en la entrevista, aún lo hace).

Gran parte de lo que Minniti enseñaba podía aplicarse a la vida diaria. Aprendimos cómo medir grados en la bóveda celeste usando cosas que tendríamos a disposición, como nuestras manos. Un pulgar, 2 grados. Un puño, 10. Una mano completamente abierta, 20. Eso convertía al universo en algo que uno podía realmente aprehender de alguna forma, o incluso escuchar: En una de las clases más emocionantes a las que he ido en mi vida se puso a hablar de cómo se puede analizar a una estrella, en cuanto a su edad, masa y materiales, según cómo suena en onda de radio. Acto seguido y para ilustrar, puso cómo sonaban ¡tres de ellas! El sol, una de las de Alpha Centauro (que de lejos se ven como una, pero en realidad son tres) y otra más que no me acuerdo (una gigante roja). Y se oyó como si latieran.

Ah, fue tan espectacular… Nos dejó mudos. Eran tan distintas unas de otras, pero su ritmo seguía siendo constante, como pequeños fetos escuchados por ultrasonido, con la diferencia de que en vez de ser guaguas eran estrellas calientes. Yo creí que lloraría de pura reverencia. Es de las cosas más hermosas que he presenciado jamás. Sentí que se nos había dado a probar parte de un elíxir prohibido, que se nos había desnudado la cálida intimidad de habitantes galácticos del universo. Sentí, como nunca creí que podría sentir, que el interior de una estrella sí podía ser igual al interior de un corazón humano. Así fue, al menos, cómo lo escuché…

Yo quedé tan flechada del asunto, que empecé a ir a las charlas de astronomía fuera de la universidad. Una de ellas, en la ESO, la hizo el mismo Minniti y se trataba, justamente, sobre el descubrimiento de los nuevos planetas. Ahí me llamó mucho la atención ver cómo en el lugar no habían sólo astrónomos o estudiantes dedicados, sino que también amateurs como yo, y también muchos pero muchos niños. Sus papás los habían llevado para que aprendieran del tema. Supongo que ellos también estaban enamorados del asunto y querían compartir con los niños esa belleza.

Ahí me tocó ver algo interesante, que recalcó mi percepción sobre cómo Minniti es, a final de cuentas, un científico: siempre con la mente abierta. Alguien preguntó por las posibilidades de vida en otros planetas dentro de este Sistema Solar, y cuando él dijo que no era posible, el que preguntó cuestionó la definición sobre lo que era “vida”. Ahí fue cuando vi cómo Minniti, sin sentirse ni atacado ni nada parecido, simplemente contestó, como quien ayuda a resolver un acertijo, algo así cómo: “claro, si otros compuestos como el azufre o (no me acuerdo cuál) evolucionan como los que nos conforman a nosotros, sí que podría haberla”.

Pocas veces me pareció que la ciencia fuese algo tan libre. No tenía tendencias antropocéntricas. No tenía limitaciones. Y todo lo que tocaba rebosaba de posibilidades.

Ya a finales del semestre, fuimos en grupos pequeños al observatorio de Santa Martina y allí pudimos ver cosas tan sorprendentes como Saturno con sus anillos, cúmulos de estrellas lejanas (por morir y por nacer), y también la luna desde muy, muy cerca. Escudriñando la esfera celeste sentimos que escudriñábamos el alma del ser, y en vez de sentirnos más pequeños, nos sentimos más grandes.

Ir al observatorio fue muy bueno para mí, porque debo admitir que hubo varios momentos, durante el ramo, en que me sentí ahogada y mareada ante tanta inmensidad, hasta llegar a angustiarme – bastante – en ocasiones… pero a la hora de simplemente contemplarla, como fue en Santa Martina, todo pasó a ser paz, todo pasó a ser armonía. Fue algo que más que pensarse, se sintió, aunque haya sido abrumador también… era la potencialidad misma de la belleza.

Ese sentimiento nos hizo cómplices entre los alumnos (y el ayudante: allí no fue Minniti), maravillándonos en conjunto, y conversando embalados de eso, en una helada noche de viernes, que para mí fue el mejor carrete del semestre. Ahí estábamos, abrigados hasta la punta de los dedos, motivados y expectantes. El universo no sólo se dejaba ver, sino que nos contestaba con su paz, y también con su alegría. Fue tan fuerte, que recuerdo que cuando llegué a mi casa, tipo 11:30 de la noche, me sentía tan llena por dentro que, pese a tener una fiestaza buenísima, me quedé simplemente en mi cama, soñando (con los ojos abiertos, y bueno, después con los ojos cerrados). Quería ayudar a que ese sentimiento se quedara en mí el mayor tiempo posible… pero tal vez no era necesario, ya que todavía lo recuerdo.

Para terminar el semestre, siguiendo la línea de convertir en práctico lo teórico, Minitti de examen final ofreció varios experimentos que podían hacerse desde lo cotidiano. Observación de meteoritos, algo con la hora en que sale y se pone el sol, etcétera. Con unos compañeros (los trabajos eran grupales) elegimos el que tenía que ver con la curvatura de la Tierra, y es que, gracias a ella, midiendo la sombra en dos lugares separados por un número respetable de kilómetros, se puede medir el perímetro del planeta. Esto fue bastante fácil (aunque, un amigo que se manejaba más, hizo gratuitamente la mayor parte del trabajo) y tuvo una exactitud sorprendente (la diferencia entre el perímetro obtenido por nosotros y el establecido era mínima, y además se esperaba por factores que sería muy largo nombrar acá) y lo mejor fue el poder aprender sobre cosas tan grandiosas con elementos tan pequeños, y darse cuenta de que realmente la mente puede viajar, y encontrar respuestas acertadas, si uno encuentra los canales apropiados.

Yo aluciné. Y sigo alucinando. Y una de las cosas que más me gusta de salir de Santiago es que allí se puede ver – y sentir – el gran cielo estrellado… Sólo que hoy, cuando lo miro, sé mucho más de él que antes… lo que me parece muy natural, porque me imagino que es lo que uno quiere cuando ama a algo: conocerlo, y adentrarse en sus profundidades, hasta llevarlo dentro de uno mismo. Y si no ha podido lograrse, seguir intentando y mientras… sentirlo.

Porque sintiendo muchas veces se llega al camino.

Un ramalazo vestido de mail

Este es un mail que le escribí a un amigo hace un tiempo, y que releí hoy y me pareció interesante. Lo malo es que está pésimamente redactado, porque mientras lo escribía estaba pensando y revolviendo dentro de esos mismos pensamientos, de esa forma desordenada en que uno conversa. Aún así, no quise cambiarlo, para mantener su espíritu… jejeje…


Viernes 19 marzo 2004

E-mail a Matías Santiago

Tema: Info pa ti

¡¡Hola!!

Tengo que comentarte una cosa que me pasó ayer en clase. Estábamos pasando el inicio de las epopeyas, el canto de la historia… El señor que enseña es SECO y además es teólogo. Nos habló del islam, el judaísmo y el cristianismo, diciendo que eran muy parecidas, y casi la misma cosa, diciendo que el islam era la más consecuente, la más pura, porque carecían de imágenes para representar a Dios.

Y a Dios, el profesor dijo, podrían haberle puesto cualquier nombre. Luego habló del dios Yahvé, o del dios Makur, que creo que los dos contestaron lo mismo, cuando le preguntaron, ¿cómo te llamas?: “yo soy el que soy”. También dijo algo super inteligente de la contradicción de los judíos diciendo que sólo creían en un dios, y entonces ¿por qué tenían que decir que su dios era el mejor, el único verdadero? AJÁ, estaban aceptando también otras presencias entonces… !!

En fin, el asunto es (me derivo como es usual a mucha info interesante) que el profe dijo que a Dios no podía llamársele porque dejaría de existir. Que su manera de decir el nombre (yo soy el que soy) era decir ninguno… Yo me extrañé un poco, pero luego prosiguió, se puso a hablar de cómo el ser humano sentía poder y dominio por sobre las cosas desde que LAS NOMBRABA, cómo los primeros dibujos de mamuts y animales eran su forma de nombrarlos, su forma de poseerlos antes de la caza, de asegurarse algo…

Según el señor y el pensamiento que lo apoya, Dios no tiene nombre porque si lo tuviera lo podríamos poseer. Mi entender es que no tiene un nombre específico porque es todo, pero el pensamiento es interesante… Tú has sentido el poder que tienen el nombres de las cosas; uno se apropia al nombrarlos, los conoce, los asimila… Es interesante – otra vez – el pensamiento, y luego darse cuenta de que las autoridades de cuando chicos, los profesores, los papás, no se dicen con el nombre directo. Uno no se atrevería a interpelar a esa edad al papá de alguna amiga como “Roberto”, es algo íntimo, es algo poderoso… todos lo sentimos.

Lo que pensé que tenía que comentarte era otra conclusión más que saqué. Sobre los problemas y el dolor. La mayoría de la gente ni los menciona, porque entonces creen que así dejan de existir… Es verdad que uno alimenta las cosas si habla demasiado de ellas, pero ¿no es interesante pensar que si uno no las nombra siguen teniendo poder? Están en el espacio indefectible… pueden serlo todo, carecen de límites. Según lo que dijo el profesor, si uno nombra, conoce, y así también pasamos AL MISMO TIEMPO POR “CASUALIDAD” en un ramo de poesía y prosa. Que el que escribe nombra, y al nombrar da conciencia. Entonces la visión ya no es la misma, no tiene el mismo sentido, o se reelige o se cambia…

Es curioso, igual, nombrar algo, porque siempre quedará más en el tintero, ya que uno es mucho más grande que su nombre… pero el punto de lo que quería decirte, es que pensé en eso, y en cómo las personas de alcohólicos anónimos y toda esa gente se sanan cuando logran mirarse: La conciencia entonces libera, aunque sea una conciencia siempre de a partes… Yo creo que en el mundo no hay nada más difícil que mirarse VERDADERAMENTE. Igual, yo siempre lo intento, pero es difícil, y más fácil y quizá mejor actuar de buena fe… pero los problemas y el dolor… no sé, fue innovador pensar que identificándolos los resolveré mejor. Creo que tengo una nueva arma, aunque la haya previsto hace algún tiempo, desde que me he empezado a fijar, como te he contado, porqué siento casi siempre exactamente como siento…

Te lo quería contar porque sonó muy interesante!! Y ver cómo tantas cosas nacen de lo mismo, los mitos de principio de la historia… al final todos son un mismo Dios. El profesor dijo que quien dijera que conoce a Dios es un pobre infeliz, porque es más grande que cualquier cosa… Sé que tiene razón en el sentido de que es más de lo alguno puede ver ahora, todo el gran cuadro, pero al mismo tiempo SÉ que conozco a Dios a mi manera… Si el profe midiera bien las repercusiones de sus propias palabras se daría cuenta que debe conocer a Dios como conoce a sus propios dedos de los pies, porque si Dios es lo más grande, lo más todopoderoso.. también lo abarca a él mismo (aunque quizá lo sabe).

ABRAZOS Y NOS VEMOS!!!!!!!!!!!

MOI

Prejucios lingüísticos

La gente, en general, acá en Chile, tiene un miedo horrible a pronunciar la “sh”. Yo entiendo (y apoyo) que esto pase a la hora de mostrar un lenguaje pulido, correcto, más útil a la hora de encontrar posiciones y trabajos, pero cuando la gente empieza a decir “chow” en vez de “show”, “suchi” en vez de “sushi”, y así consecutivamente, lo encuentro un poco preocupante.

Hace un par de días fue especialmente impresionante. Estaba yo en mi electivo Lengua Quechua, y empezamos a pasar unos verbos que, en su forma informal, llevan la “sh”. Teníamos que repetirlos de uno en uno y aunque el profesor insistía, muy amablemente, que debía pronunciarse con ella, de los 40 alumnos habremos habido sólo unos 5 que lo hicimos… y ni siquiera creo que haya sido por una mala intención, sino que porque, inconscientemente, muchas personas automáticamente transforman cualquier “sh” en un “ch”, como se haría con algún tipo de peligro del cual hay que siempre alejarse rápido, antes de que incluso exista.

Es una locura porque esas “sh” son partes del patrimonio nuestro, de lo que fueron nuestros ancestros en Sudamérica, y al cortarlas, cortamos parte de la cultura y el cuento que nos heredaron… Lo mismo pasa con palabras invitadas de otras lenguajes, como “show” o “sushi”, que son degeneradas al encapsularlas en el modo en que acá creemos que es correcto de decir para gente culta e impresionante. Es decir, sin la temida “sh”.

Lo curioso es que, al final, todo lenguaje es una degeneración del anterior. Todas las lenguas de origen latín, en su comienzo eran un error, un latín mal hablado… pero luego, en la medida en que la gente las usaba y vivía, se fueron haciendo actuales y correctas, e incorrecto el latín previo. Así mismo podría pasar con las “sh”… si las personas dejamos de usarlos cuando deben usarse, terminarán erradicadas del lenguaje porque ya no correrían para nosotros. ¿Y es eso lo que queremos? ¿Podar el lenguaje por un mero temor?…

Es cierto que al final el lenguaje es vida, y por eso movimiento, y que siempre estará cambiando… pero todas estas omisiones ¿están ocurriendo por las razones correctas?

Lo tragicómico es es que esto lo dice alguien que dice “suchi” y que dice “chow”, pero al menos alguien que a veces se cuestiona sobre todo esto… (y que cita los verbos quechuas lo más fielmente que puede… jaja..)

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