La perfecta guinda de la torta

El primer mochileo más o menos largo que tuve en mi vida lo hice a los 17 años, por Chiloé. Empezamos el viaje siendo dos amigas y yo, y lo terminamos siendo más de diez personas, felices inclusiones que se fueron haciendo a lo largo de los días… días que trajeron todo lo que un viaje puede traer y que por eso nos dejaron tanto felices y llenos, como agotados.

Por eso a la hora de separarnos yo sentía que ya casi no daba más… pero también, y más fuerte, sentía la emoción de estar frente a lo más intrigante que me faltaba: un día entero sola, porque mientras todos se irían en la mañana desde Puerto Montt, yo, por motivos que no recuerdo, lo haría en la noche, y no estaba dispuesta a dejar ese día ir, menos siendo la primera vez que estaba tan sola y tan lejos de mi casa, manejándome más encima con sólo un par de chauchas. Me sentía borracha de poder y excitación. Suave y expectante. Feliz y dispuesta a coronar de una forma perfecta ese viaje perfecto, aprovechando hasta la última gota posible y aprovechándola graciosamente.

Así fue cómo, cuando me despedí de mis amigos, eché a correr lo que consideré que sería mi propia personal aventura. Moviendo mis piernas molidas, arrastrando mi cuerpo despellejado, y llevando mi enorme mochila gracias a mi no menor (y necesario) entusiasmo, lo primero que hice fue ir al Museo de Puerto Montt. Lo recorrí con toda la tranquilidad y serenidad del mundo, sintiendo cómo la lluvia torrencial golpeaba con fuerza de titán el techo y sintiendo como si flotara… algo que entonces encontré místico pero que ahora sospecho que era cansancio puro, pero cansancio de esos que se sienten drogadictos y que la hacen a una reírse y caerse.

Más tarde, me tomé un bus a Puerto Varas, para conocerlo. Almorcé allá en una plaza un modesto sándwich que compré en un mercado, y luego recorrí todo lo que alcancé a recorrer de la ciudad, mientras seguía lloviendo, conversando con extranjeros y luego mirándolo todo en silencio… El atardecer me encontró empapada, sentada en el muelle, comiéndome y compartiendo con dos perros callejeros, tan empapados como yo, un dulce artesanal que nunca supe lo que era… mirando el lago que parece mar, y sintiéndome poderosa y libre, como si el tiempo entero se desplegara frente a mí y como si yo, sola, tuviera todo el poder de entenderlo… tan dueña de mí, tan libre y también tan deliciosa y merecidamente cansada…

Creo que en ese momento me fui un poco, porque no me di ni cuenta cuando se hizo de noche y, abruptamente viendo que podría perder mi bus, tomé una especie de micro que me hizo llegar justo a tiempo a la estación que me devolvería a la capital. Recuerdo haber llegado risueña, en un estado completamente barroso y luego haberme quedado dormida instantáneamente al sentarme, tan cansada que ni siquiera alcancé a sentir vergüenza por mi obvio estado carreteado.

Desperté en Santiago al llegar, luego de haber pasado la noche entera durmiendo de corrido y sin moverme, refrescada como si hubiera alojado en una suite presidencial, y riéndome por dentro al ver la cara de espanto de mi casual compañera de asiento por yo haberme quedado dormida mojada y sin chaleco (aunque por suerte me tapó el señor del bus). Mi compañera de asiento quien ni me conocía, y quien no pudo resistirse a decirme, en broma y riéndose: “pensé que te habías muerto”.

Creo que pocas veces he sido tan feliz.

La historia de Orok Nikita

A Orok Nikita lo conocí en Morro do Sao Paulo, en febrero del 2004. Era una noche cualquiera de mi mochileo cuando coincidimos en la playa en justo casi el mismo punto bajo las estrellas. Luego de una breve introducción y de cachar que compartíamos ciertos gustos, nos dirigimos a alguna improvisada fiesta. Él hacía renacuajos y bailes exóticos de toda moda y de todo tipo, moviéndose como una salamandra. Era divertido y pelacable como todos quienes estábamos ahí, un grupo bastante amplio, pero causaba una gracia especial por su particular aspecto; alto, moreno, guapo, y muy ruso, de músculos bien marcados, rondando los 30 años. Así, pese a la cantidad de extranjeros se diferenciaba del resto, y como igual iba moviéndose libre por el trópico playero, era estimulante de ver.

En otra de las noches me contó su historia: Cuando cumplió 18 años viajó por primera vez, a Brasil, por un trabajo periodístico voluntario, para aficionados sin el título. Luego le gustó tanto viajar que nunca dejó de hacerlo: en ello estaba su vida. Ese verano, 12 años después de su primer viaje, había vuelto precisamente a su primer destino: Brasil y toda su maravilla exuberante. Se sentía radiante y se le notaba.

A esas alturas, Nikita era una enciclopedia de conocimientos vistos a compartir, y hubo uno de ellos que me impresionó especialmente. Algunos años antes, había viajado a Isla de Pascua. Allá, unos nativos le ofrecieron unas drogas que nunca antes había probado, y aceptó. Luego, ya poseído por ellas empezó a ver visiones. Había una de cierto animal mitológico que se repetía y se repetía. Él no le dio mucha importancia porque pensó que era un tipo de alucinación, aunque el animal se repetía en su mente junto a un tipo de planta, también muy específico, una y otra vez.

pascuaA Orok le brillaron los ojos de emoción y respeto cuando terminó su anécdota diciendo, que al día siguiente de ello, cuando le contaron la historia del lugar y le mostraron un libro con su religión y mitología, vio en él una ilustración exacta al animal que había visto en su mente, y a la planta que lo acompañaba… ¿Cómo era posible que los hubiera visto, si nunca antes los había conocido? ¿Acaso su mente había capturado una realidad sutil, pero oculta a la mirada diaria, gracias a esa droga? ¿Acaso esos seres existían realmente en algún plano? No lo sabía, pero sentía que había entrado a un territorio demasiado sincronizado, demasiado significativo, demasiado bello. Y, al escuchar su historia, yo sentí lo mismo.

Hay quienes han estudiado que las drogas llevan a estados no comunes a la percepción diaria, pero que existen. A esos estados se puede y debe llegar a través de mucha meditación y mucha elevación espiritual, porque vivirlos sin la preparación y conciencia adecuada puede volver a la gente loca, adicta y enferma. Eso último es lo que pasa cuando se hace a través de las drogas, que vienen a ser pasadizos ocultos para llegar a tales estados, de forma antinatural y sin las condiciones necesarias… pero en donde igual podemos ver, por un instante, maravillas que según estos estudios existen realmente.

Mirando aún más allá, son increíbles la cantidad de secretos y de belleza que hay… como el mismo Shakespeare dijo, a través de Romeo: “Horacio, hay muchas más cosas en el mundo que en toda tu filosofía” (o algo así).

También es alucinante ver lo que son la comunicación y las conexiones, pues la historia de alguien que nació en Rusia, pero que estuvo entonces en Isla de Pascua, fue contada en Brasil a alguien chileno como la Isla pero de América y no Oceanía… como pasa con los conocimientos que le pertenecen al mundo y cuyo intercambio mantiene unido.

Orok y yo nunca más nos vimos desde esa noche, pero yo me llevé conmigo su experiencia.

Lo que me entregó San Pedro de Atacama

Hay viajes que uno hace para salir, y otros para salirse; unos para conocer y otros para desconocer; unos para sumergirse en lo nuevo y otros para tomar perspectiva; unos para exaltarse y otros para calmarse; unos para moverse y otros para sanar.

Mi viaje a San Pedro correspondió a todas las últimas opciones.

Era julio de 2003, y yo había tenido un año multicolor pero también muy intenso y difícil. En ese momento estaba totalmente loca, pero consciente de esa locura y por eso quise irme al lugar más lejano al que pudiera ir. Quería cambiar de ambiente y respirar. Quería dejar de sentirme tan loca. Iba a irme con amigas, pero ellas caducaron a última hora, y yo me fui igual, celosa de mí misma, aperrada, segura, silenciosa, un poco insconsciente. Sola.

Estaba tan desesperada para irme que mentí un poco sobre cuánta plata necesitaba. Siendo estudiante sin trabajo, mis papás y abuela me patrocinaron, pero fue un patrocinio bastante modesto, que no me alcanzaba para mucho, en realidad para lo mínimo, tanto que cada día almorzaba pan con mortadela y en la noche lo mismo otra vez y para qué hablar de tragos o bebidas: eran siempre invitados.

Pero estaba feliz.

El cielo allá era completamente celeste y brillante. El horizonte entero siempre estaba desnudo para mirarlo. El pueblo era precioso, de calles amarillentas y bastante verdor, y en la noche se veían todas las estrellas en enorme silencio. Rápidamente cobré el color fascinante, a la vez que me encontré con varios amigos con los que carretear. Alojé en un hostal con dos tipas más que resultaron ser muy simpáticas, y por ser una mujer sola logré hacer los paseos más bacanes a un precio absolutamente ridículo. La gente me invitaba a todos lados: éramos pocos y ya sabían quién yo era, y yo iba a esos paseos, pero también pasaba horas caminando por las calles, o leyendo en la plaza, o andando en bicicleta por los alrededores, llenos de ruinas. También me la pasaba durmiendo, en el patio del hostal, mirando al desierto, sin exigirme nada más que lo que quisiera hacer. Estaba como en coma, y libre de estar así, dormía todo lo que quería, andaba a mi ritmo, y luego en las tardes, bajo la luz rojiza, era solamente yo estampada sobre ese paisaje.

Era delicioso pasearme a mí misma.

De vez en cuando aparecía gente más loca que yo, realmente chalada y agresiva, como un tipo que me abordó en la plaza y que cuando me preguntó porqué estaba ahí y le dije, se puso a gritar que la energía del pueblo era demasiado fuerte y que me destruiría. Que la gente que se sentía débil no podía estar acá. Gritaba exaltadamente y le faltó poco para echar espuma por la boca… hasta la tiritaron las manos. Parecía un profeta pseudo apocalíptico, pero la verdad es que yo me sentía tan relajada e ida (ya dije que cuando llegué estaba medio en coma), que no hice más que disfrutar del espectáculo. Era bastante particular… Por otro lado, si el pueblo quería destruirme, allá él, yo ya estaba entregada… y mirando el paisaje, y sintiendo la onda, parecía haber caído en unas manos infinitamente mejores que las que ese tipo conocía. Al menos para mí.

Por otro lado, había gente muy buena. Aparte de los amigos que me encontré, con los que fuimos a fogatas y hasta a fiestas electrónicas, las agencias me llevaron casi gratis a lugares como el Valle de la Luna, la Cordillera de la Sal, y los Geysers del Tatío. Anduve paseando con extranjeros (casi todos de mi hostal) a quienes ayudé traduciendo, a lo que ellos me respondían invitándome cosas, y también me hice varios amigos de Antofagasta, que van harto para allá porque les queda cerca. Alguna vez incluso madrugué para ir en la mañana azul a esos desayunos pro para gringos, en donde hasta me hablaron en inglés. Era todo original y entretenido. Lo único fome de estar sola es que había un perro que trató de morderme en una parte del pueblo y luego no podía ni acercarme a ese sector después, y eso que era precioso. Además, no lograba sacarme esa molestia que llevaba en mi corazón, no lograba encontrar esa paz que buscaba.

Pero igual era exquisito simplemente ser y no tener que darle explicaciones a nadie de absolutamente nada…

Luego el viaje terminó, sin durar demasiado, porque se me acabó la plata… pero no importó porque fue en la última tarde, ya haciendo hora para el bus, cuando encontré lo que buscaba. Fui a caminar por el pueblo y un argentino se me unió sin decir nada. Al fin protegida de los perros, caminamos como dos horas, ya no sólo por el pueblo sino que por los alrededores, a través de casonas enormes y paisajes idílicos, sin cruzar más que cuatro frases. Todo lo que supe de él era que había venido de paso y que llevaba dos años pegado, pero era todo lo que necesitaba saber: en ese momento éramos sólo dos hermanos en el viento, en lo anónimo, y en la vida misma… Y así fue, mientras nos sumergíamos en la energía de San Pedro, tan sólo recorriéndolo, que al fin sentí esa paz, en una conexión con lo terrestre… Sentí, con indiscutible claridad, que todos éramos perfectos tal cual éramos, que cada cosa tenía su propio propósito y su propia belleza, y que todos éramos lo mismo al final. Ah, y que yo siempre estaría completamente a salvo..

Sé que esto pudo haber pasado en cualquier otra parte del mundo, pero no sé porqué había buscado que allá me lo dijeran. No sé si tenía que comprobar la fama o qué, pero lo que si sé que no me defraudó. Fue como estar en una película, y sin embargo, no hubieron palabras, ni rarezas, ni artimañas, ni nada más que el desierto, el argentino, yo, y el rumor del viento y de nuestros pasos. Hasta que terminó de oscurecer y yo me fui al bus, y nos despedimos tan sólo con una seña y la sonrisa más enorme de la temporada.

Fue un par de días después, ya en Santiago, cuando me di cuenta que estaba mucho más relajada y tranquila. Recuperada y también expectante. Feliz, e incluso chistosa y pelacable otra vez. Le había devuelto al vida al fantasma. Así que, esa misma tarde, pese a que, después de 23 horas de bus, había prometido no viajar en meses, partí con mi amiga Denise, que también venía llegando de un viaje, a la playa de Cachagua, lugar al que llegamos en menos de 2 horas, por ir a una velocidad supersónica y en donde viví, junto a más amigos, todo el compañerismo y carrete con gente conocida que me había faltado.

Ya había vuelto del coma.

Marcelinho

A Marcelinho lo conocí en Trancoso, Brasil, durante un tropical atardecer, en febrero del 2004. Yo andaba mochileando y él vivía ahí.

Era tarde y aunque yo había venido de Arraial, en donde estaba alojando, con un amplio grupo de amigos, en ese entonces estaba completamente sola y distraída mirando el mar, desde el borde de una meseta que caía como un precipicio hacia ese azul oceánico anticipado de mucho verde. Estaba fascinada y completamente ida.

Fue entonces cuando en medio de mi silencio y desde la oscuridad, se me apareció este personaje, tincudo y moreno, armado de una sonrisa tan blanca que bien podría haber hecho de linterna. Se parecía a la del gato de “Alicia en un país de las maravillas”. Se me sentó al lado y, sin decirnos nada, vimos cómo se ponía el sol. Luego me preguntó, muy sonriente, en un portugués que no podría reproducir, y con muchas señas, si quería que me enseñara Capoeira. Dudando bastante de mis habilidades de contorsionista acepté, pero sólo porque mi espíritu de aventura era mayor que mi sentido de la humillación. Así pasamos varios minutos zamarreando con patadas y mortales el aire, él con destreza absoluta y yo como una feliz y orgullosa pre-principiante. Marcelinho se agarraba de la cabeza, horrorizado de mi performance, retándome y riéndose, e intentaba mejorarme, hablándome del fondo espiritual, de la conexión, del sentimiento de toda esta danza, para que yo lo sintiera… pero aunque mi mente lo entendía, mi cuerpo no se daba por aludido y seguía golpeando con torpeza el aire. Al final nos dimos por perdida en el tema y fuimos a caminar por otros lados, cansados y contentos.

“Un personaje alegre, este Marcelinho”, me dije, pero a medida que caía la noche nos conocíamos mejor y perdía esa condición de superhéroe para ir mostrando rasgos humanos. Marcelinho también tenía sus heridas, por mucha pinta que tirara y por mucha condición de bailarín que tuviera. Lo supe cuando, ya sentados afuera de un bar y con guitarra prestada, me cantó canciones que había inventado, y aunque yo no decía mucho (el choque de idiomas nos tenía cómodos callados) él igual de vez en cuando rompía ese silencio para explicarme porqué había escrito tal o cual y para contarme los motivos ocultos. En esas canciones había de todo: amor, odio, vida, muerte. También habían violencia y asesinatos. Drogas y violaciones… No era una vida tan bailarina y tropical la de Marcelinho. Aún así sus canciones tenían una melodía fascinante, y un espíritu que ha hecho que tenga pegadas una de ellas hasta este preciso momento. Eran puras y sensibles, sobrevivientes a cualquier maltrato.

Picada por la curiosidad y aprovechando mi condición temporal en su vida, luego de un rato, le pregunté porqué se resignaba a vivir así, escribiendo de un mundo que le dolía. Él me dijo que las canciones eran una manera de suavizar ese dolor y de proteger la alegría. Era feliz, me dijo. Sólo había una sola cosa que lo hacía triste. “¿Cuál es?” le pregunté. “Que no puedo hacer lo que más me gusta en la vida”. “¿Y qué es lo que más te gusta en la vida?” inquirí. “Enseñar Capoeira”, me contestó. “Pero si me enseñaste a mí”, le respondí sonriendo muy encantadoramente, y fue entonces cuando él me contó su propia tragedia:

A los 17 años tenía una vida oscura y desastrosa y entonces alguna especie de gurú lo inició en la Capoeira. Esta danza no sólo era movimiento, sino también salud y rito. Tenía orígenes en lugares que ahora no recuerdo. Orígenes poderosos, al parecer. Ayudado por ella, Marcelinho se salvó, y fue cambiando su vida. Empezó a ser cada vez más y más bueno en esta danza, tanto así que le pagaban para que la bailara. Fue después de un tiempo cuando le ofrecieron un trabajo bacán en Argentina, en donde podría perfeccionarse, al mismo tiempo que hacer cursos. Era mucha plata y una enorme oportunidad. Un ticket a la comodidad y al éxito.

trancoso2 Igual Marcelinho no quería irse; su única familia era su mamá, estaba vieja y no quería dejarla sola: él era lo único que tenía. Pero ella insistió y él se fue, sólo para a la vuelta descubrir que la había atropellado una micro y que se había muerto. Sola. Desde entonces, Marcelinho nunca más había bailado Capoeira. Al menos, no oficialmente. Sentía que era un insulto contra su mamá, porque por ella (la Capoeira) la había abandonado justo cuando más lo necesitaba. Y no lo había sabido. Ni había podido estar ahí. Marcelinho había cometido el pecado horrible de andar bailando por el mundo con su mamá muerta, sin ni siquiera saberlo. Le consumía el remordimiento y la pena y estaba dispuesto a cualquier cosa para responder a ella, incluído el quitarse a sí mismo su mayor alegría: el baile y todas sus flamantes puertas.

Igual después con el tiempo, había intentado volver al baile (esto había sido un año antes), porque entendió que su mamá no habría querido que, además de perderla a ella, perdiera eso, pero igual lo sentía todo manchado. Todo se la recordaba. Sentía que por culpa del baile él se había sentido glorioso y que por ello Dios había querido que lo perdiera todo. Por soñar. Y ahora estaba huérfano de todo.

Qué oscura visión, pensé, un poco mareada, pero luego lo miraba y veía que él seguía sonriendo. Me tranquilicé recordando que alguien que escribe esas canciones y que vive así no puede estar toda su vida encerrado en una idea tan suicida. Los sueños y la pasión son más fuertes y lo empujarían fuera de esa autocondena… Igual me dio una tristeza enorme, y tuve ganas de poder darle algo, pero vi que no podía hacer más que estar ahí, celebrar sus canciones y continuar el momento. Era todo lo que él y yo necesitábamos, además. Creo que estábamos conformes.

Luego nos separamos contentos, y quedamos en juntarnos esa noche en Arraial, pero como llovía torrencialmente, se cerraron las fiestas y en vez pasé el carrete con unos israelitas y una amiga, echando la talla y persiguiendo cangrejos por la playa mojada. Nunca más lo vi, pero me imagino que él está bien, como yo lo estoy, y como todos lo estamos en nuestras diferentes vidas, con nuestras diferentes perspectivas, fortalezas y debilidades. Tenía una sonrisa increíble y una forma muy vergonzosa de dedicar canciones que lo hacía adorable y que me hace recordarlo con cierto cariño, aunque con más cariño recuerdo su verdad. Y su canción, la cual estoy segura de que, si algún día logro tener una banda musical, haré tan pero tan famosa que él mismo la escuchará por su radio en Trancoso. Y entonces recordaremos.

Personalidades

Febrero del 2002. Estábamos en Montañita, Ecuador, rodeadas de puros lugares paradisíacos. Llovía muy pero muy fuerte, y el grupo de viaje figuraba tomando kaipirinhas en un bar llamado Sucupira, muy tarde en la noche. El dueño del bar (que había llamado Sucupira al local por la teleserie chilena que justo vio – y le encantó – durante una breve estadía aquí) era casi uno más, haciéndonos descuentos y conversándonos de vez en cuando. Las horas pasaban rápida y festivamente, porque nosotras dale con brindar; en parte por el espíritu del viaje, y en parte por el frío y para esquivar la tormenta.

En algún momento de silencio me quedé mirando a una amiga. Ella estaba muy serena. Ninguna exaltación, ninguna risa en voz alta. Ninguna sonrisa. Su expresión era completamente seria y hacia adentro. Entonces me entró la curiosidad; ¿Acaso no lo estaba pasando bien? ¿Cómo podía ser si estábamos viviendo todo lo que se requería para un viaje espectacular, que además recién empezaba?: Paseos, libertad, viajes en camionetas prestadas, gente nueva, comida rica, largas conversaciones, dedo en la carretera, baños de mar en plena noche, aperitivos en jacuzzi, paisajes alucinantes, romances, problemas con la policía local y el toque de queda, compras entretenidas, ataques de risa, alojadas aperradas en buses y merecidas en cómodos hostales, etc, y más etc. No lo podía entender y después de un rato, patudamente me empezó a molestar. Estaba a punto de decirle algo, ya rumiando mi oposición, cuando ella me miró y me dijo, suave, dulcemente: “Qué increíble todo esto. Éste es uno de los momentos por los que vale la pena vivir“.

Plop… ¡Así que estábamos sintiendo lo mismo, pero a nuestra propia manera! Sonreí y no le dije nada de eso, sino que conversamos de otras cosas. Luego las otras amigas se fueron y ella y yo nos quedamos pegadas. Ya no caminábamos tan bien, y a ella se le había roto una chala con el barro, pero igual fuimos después a cachar una fiesta electrónica, que se canceló por la gran tormenta gran, arrasadora de todo. Ya sin más panorama allí, en un acto heroico / suicida, nos devolvimos caminando al hostal que quedaba a las afueras del pueblo por la playa, con el mar hasta la cintura. Harto que teníamos ganas de vivir para desafiar así el clima, aunque tampoco lo pensamos mucho…

Al día siguiente supimos que la lluvia había dividido en dos el pueblo, y eso nos estancó un día entero allí, que pasamos contemplando el lugar sucio y todo dado vuelta por el flamante poder de la naturaleza… pero ya no era tan importante “atrasarnos” porque, sin duda, el espectáculo era otro momento por el cual vale la pena vivir, y, además, siempre habrían más de esos momentos, sin importar dónde estuviéramos y el temperamento con que los tomáramos.