Beatrix

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Fue hace solo unos meses atrás, en enero. Como soy profesora, tengo cierto tiempo extra en las vacaciones, así que me tomé tres semanas y media para recorrer por Colombia, Panamá y Costa Rica. Empecé sola y más tarde se uniría una amiga chilena. Pero no todavía.

Entonces estaba apenas comenzando mi viaje, en Cartagena de Indias, al norte de Colombia, en una ciudad que se supone que es un destino estrella, y se suponía que yo debía estar contenta, pero no lo estaba. Estaba irritada. El lugar era tropical y verde, pero muy caliente, y la línea aérea había perdido mi maleta, así que ni siquiera podía cambiarme de ropa. La ciudad era colorida y alegre, con las calles perfumadas de comida rica y de flores, pero también era peligrosa. Ya me habían asaltado, irónicamente cuando solo había salido a comprar un candado, y cuando más tarde arrendé una bici para pasear un rato, y así calmarme a mí misma, me caí en un hoyo del pavimento, y un grupo de locales se rieron de mí. Así que, sí, lo odié al principio, aunque más tarde me gustó.

Empecé a sentirme mejor cuando me cambié de hostal. Me cambié de uno muy carretero, muy a trasmano y un poco sucio, a otro más seguro, más tranquilo, y dentro del área vieja de la ciudad, con enormes sillones de cuero y también aire acondicionado… lo que, en esas circunstancias, puede ser absolutamente glorioso. Hice el check in, me instalé, y después me senté un rato en la sala común, antes de salir de nuevo. Era cerca del mediodía y hacía tanto calor que estaba dilatando mi regreso al turismo puro. Y allí estaba ella, Beatrix.

Al principio pensé que era la mamá de un par de gallas de mi edad. Estaba sentada con ellas, conversando, pero resultó que eran solo viajadoras conversistas, como yo, y un rato después se fueron. Entonces me acerqué, principalmente porque habían desocupado un espacio en el mejor asiento: en frente del ventilador (el aire acondicionado no era tan bueno). Y me senté allí, en silencio.

Beatrix era muy linda, muy rubia y muy delgada, con grandes ojos azules, una mujer de cierta edad que podría ser preciosa si no lo intentara tanto. No se notaban las imperfecciones de lejos, pero si uno se acercaba, se podían ver fácilmente sus labios hinchados por el colágeno, el bronceado artificial y el rímel derritiéndose, como una escultura que uno solo descubre que se está cayendo a pedazos, cuando se detiene en ella. No estaba tan carreteada, pero probablemente para verse más joven, se vestía como una colegiala y eso la hacía ver aún más vieja . Con excepción de sus ojos, muy brillantes, y de atemporal jovialidad.

Su actitud fue tan refrescante como donde estábamos sentadas. Nos dijimos hola, mientras mirábamos la tele distraídamente, pero de la nada y después de un rato, simplemente dijo: “Dios, odio envejecer”. Tuve que mirarla. Ella sonrió y me mostró sus brazos, que tenían unas manchas oscuras desde el hombro hasta el codo, por la parte interna, y me contó que acababa de hacerse una cirugía. “Vine aquí porque es más barato”, explicó. Era belga. “La piel de mis brazos se cayó, así que decidí operármela como regalo de mis 50 años”, continuó. “¿Qué cirugía?”, pregunté suavemente, “la que hizo que mis brazos parecieran brazos otra vez. Me veía como un murciélago, con esto de envejecer”. Tuve que reírme, y fue un divertido, pero triste al mismo tiempo.

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“¿Salgamos a tomarnos algo y a conversar un poco?”, me preguntó. La playa me llamaba, así que me quedé callada. “Yo pago los tragos”, Beatrix enfatizó, así que dije “bueno”, como me di cuenta que uno debe hacer cuando está viajando y deseando ver tantos diferentes aspectos de la vida. O sea, ¿para qué querría uno viajar si no está dispuesto a intercambiar una conversacioncita? A diferencia de en casa, uno puede preguntar o contar fácilmente sobre cualquier cosa.

Así que fuimos. Terminamos en un restorancillo en frente a un parque. Como ella era tan rubia y tenía todo ese maquillaje encima, los colombianos no podían evitar mirarla. Nuestra mesa estaba debajo de un árbol gigante y era muy cómoda y todo era agradable, especialmente considerando que vendían cervezas muy heladas. Llamábamos la atención y no me importó, excepto cuando exageraban con las interrupciones para vendernos una cosa u otra.

Por supuesto, me bajó la vieja curiosidad. Tuve que hacer, un montón de preguntas. ¿Tuvo hijos? No, no tuvo. ¿Por qué? Pensó que requerían demasiado esfuerzo, no era para ella. ¿Estaba casada? Nop. ¿Lo estuvo? Sip, en sus 20s, pero luego el tipo se escapó con su plata. Ella solía ser rica, y él le quitó todas sus casas (tenía muchas). A ella no le importaba, aseguró, pero igual se hizo su primera cirugía justo por entonces: pechugas nuevas. “Perdí tanto peso que desaparecieron”, lloró finalmente. Y yo también lloré.

¿Y después de eso? Tuvo pololos, pero nunca de nuevo uno serio. “¿No te sientes sola?”, pregunté. “No”, contestó, levantando sus hombros, “los hombres son solo para pasarlo bien”, explicó, “para…” y luego gesticuló con entusiasmo el viejo movimiento sexual. Se rió y yo también me reí, ¿qué más podíamos hacer? Dadas las circunstancias, no pude evitar considerar que su decisión era válida, y es que uno nunca sabe cuán profundas son las consecuencias de las heridas de alguien. Nunca me he olvidado de un artículo que leí una vez, sobre Hugh Heffner, probablemente el polígamo más famoso de la Tierra, y sobre cómo su primera mujer lo engañó, y luego lo abandonó. Eso definitivamente lo destruyó, y quizá fue un poco entusiasta en cuanto a la forma que encontró para salir adelante, pero no estamos dentro de su corazón, como tampoco lo estamos dentro del de Beatrix, así que ¿quiénes somos para juzgar? Todos tienen su manera de morir. Y de vivir. Aún si no es la nuestra.

A medida que las horas pasaron, empecé a indagar sobre temas más prácticos, como por ejemplo: “¿Es fácil conseguir hombres?”. La segunda parte de la pregunta (“en esas circunstancias”) no la dije, pero ella entendió a qué me refería. ¿Cómo se las arreglaba?, tuve que preguntar, porque me era muy difícil hacerme la imagen mental de Beatrix viviendo la vida loca con nuestros guapos y casi adolescentes compañeros de hostal. “Sí, sí, siempre puedes encontrar”, aseguró. “No vas a tener a Brad Pitt o a Di Caprio… vas a tener a Dracula, y a Frankenstein, pero lo vas a disfrutar de todas maneras”, continuó. Aunque me impresionó un poco e intenté disimularlo, creo que no lo logré, porque entonces agregó, como para alegrarme, “siempre puedes cubrir sus caras con una almohada”, y se rió un poco. Yo también me reí, pero esta vez fue tan sinceramente tragicómico que lo hice en serio.

“Y, ¿cómo fue que tus brazos se cayeron?”, cambié el tema. Uno podía darse cuenta de que era una persona deportista y bien cuidada, entones era raro que su piel se hubiera caído tanto. “Subí 40 kilos y después los bajé, en dos años”, ella contestó. “¿Cómo?”. “Estuve en Phuket (Tailandia) en el tsunami, en el 2004. Vi tanta muerte. Tuve un año horrible, comí para aliviar mi dolor, y dejé de comer cuando me mejoré. Solo me quedaron toneladas de piel”. “Y esa expresión de dolor en el rostro”, agregué para mí misma, pero ni siquiera podía distinguir si era solo por eso. Es decir, no es como que la vida había sido muy buena con ella, y “¿cuán desafortunada puede ser una persona”, me pregunté. “Bueno, tenía que pasarle a alguien”, fue la respuesta críptica que oí desde el fondo de mi cabeza.

Y me contó más. Me describió cómo, cuando vino el tsunami, ella estaba en un hostal de viajeros, tal como estábamos en Colombia entonces, y cómo hacía calor, y no le gustaba ponerse a quemar, porque cuidaba su piel, así que tomó una micro, para ir de shopping o algo por el estilo, y cuando volvió… todos muertos. Todas las personas que había conocido en el hostal y todos sus amigos, estaban tirados allí, hinchados por el agua, y ella ni siquiera había sabido que un tsunami había ocurrido hasta entonces. Fue bastante gráfica al contar los detalles, pero no la interrumpí, porque se veía que quería hablar de ellos, y yo quería escuchar también. Estaba discutiendo abiertamente todos los asuntos que evitamos en la vida. Uno no puede no tomar una oportunidad como esa.

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“Me sentí culpable”, continuó, luego de un reflexivo silencio, “culpable por vivir”. “Tú tenías que”, fue mi obvia respuesta, “y no era tu opción, y no había nada que hubieras podido hacer para salvar a esas personas”. “Solo fue lo que fue”, Beatrix concilió, y luego me contó como los tailandeses y los extranjeros lloraron juntos y se consolaron mutuamente, y cómo en el aeropuerto ni siquiera le pidieron el pasaporte para devolverla a Bélgica, cómo ni siquiera le hicieron pagar el pasaje. “Yo fui una sobreviviente”, dijo, “lo perdimos todo”… y fue tan claro que, cuando dijo “perdimos”, hablaba no solo sobre ella, sino que también sobre los otros turistas, los locales, los animales y todo, que tuve que llorar. Y así también hizo ella, porque la muerte es igual para todos y porque somos tan irremediablemente frágiles, pero también porque, incluso en medio del horror, el dolor y la pérdida… está eso inconfundible que va más allá de la vida, y de la muerte, así que podemos perder mucho, pero no  todo realmente: Siempre nos tendremos a nosotros mismos, dondequiera que estemos, sea lo que sea que eso signifique, en este lado o en el otro, o así nos gusta creer. Y eso brilla.

Cambiamos a otros temas después, y tomamos algunas otras cervezas, por lo que se siente bien, se siente mal, y todos los matices entremedio. Ella había tenido tantas experiencias que ni siquiera nos quedamos pegadas en la del tsunami, y yo también compartí las mías. No eran tan oscuras, debo felizmente advertir, pero tengo alguna que otra buena historia que contar y, en las circunstancias adecuadas, sé entretener a mi público.

Ya en la tarde, volvimos al hostal. Beatrix se quedó allí, porque no podía exponer sus recientes cicatrices al sol, y yo agarré mi bikini y partí a la playa, sintiéndome extremadamente libre de mí misma y agradecida con la vida. Más tarde, en la noche, la vi de nuevo. Yo estaba con un grupo de hostalamiguis, esperando a otros para ir a comer afuera, y ella me miró con una expresión nostálgica, sentada de nuevo frente al ventilador. Ni siquiera me gustaba el gallo que coqueteaba conmigo, y que había sido de cierta forma “asignado” para mí en el grupo, pero la idea de besarlo se cruzó por mi mente, solo porque él no era ni Dracula ni Frankenstein y yo todavía tenía tiempo. Pero quizás Beatrix tenía tiempo también, y quería las cosas de esa manera, para protegerse a sí misma de sufrir más. No lo sé.

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Lo que sí sé es que ella luchó y la recuerdo por eso. Sus historias eran increíblemente tristes, pero no se rindió. Era una guerrera y probablemente todavía lo sea. ¿No pudo permitirse volver a amar?: Tomó lo que sintió que podía. ¿Le tocó vivir el tsunami y subir 40 kilos?: Los bajó cuando pudo y se hizo cirugía para reconstruir los pedazos. ¿Perdió sus pechugas porque su marido la engañó, y la estafó, y dejó de comer por un tiempo?: Se compró unas nuevas, y qué. “Adelante, vamos que se puede”, fue como si gritara. Ella quería vivir. No sé si yo sería tan aguerrida en esas circunstancias, pero honestamente prefiero nunca tener que saber. La admiro, pero desde una distancia que no quiero cruzar, porque no envidio su vida en absoluto. Al contrario, estoy aliviada de que la mía haya sido diferente, aunque haya tenido sus propios momentos de oscuridad y probablemente se vengan algunos otros.

Conocer a Beatrix también me hizo darme cuenta de que he madurado un poco, porque en mis años adolescentes habría pensado “Pff, yo nunca voy a ser como esta mujer”, pero después la vida me enseñó a ser humilde. O sea, dudo que me convierta en alguien como ella, pero… no puedo realmente asegurarlo, porque no sé todo y a veces las experiencias realmente pueden cambiarte. Me encantaría creer que estamos a galaxias de distancia, y que nunca seré así, porque creo que me haría sentir más segura, pero estoy segura de que ella nunca soñó con la vida que ha tenido, porque no hay niños que sueñen con vidas como esas.

Cuando estoy especialmente cansada, o me siento especialmente distinta o intolerante, me gusta pensar en ella, porque me hace sentir agradecida, y humilde, y compasiva otra vez. Porque todos tenemos una historia, porque todos luchamos, y porque, en el fondo y más allá de los vaivenes y máscaras, todas las personas llevan un torrente de dulzura.

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